Herencia en el paraíso Capítulo 7
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Capítulo 7

La llegada de Alexandra fue un soplo de aire fresco.

A Andrew se le torcieron un poco las cosas y no quise atosigarle, por lo que mi prima le tomó la delantera.

Fui a recogerla personalmente al embarcadero y su reacción al descubrir la isla compensó por sí sola el madrugón.

Durante todo el trayecto desde el aeropuerto había permanecido pegada a la ventanilla de la lancha observando la laguna con una mezcla de incredulidad y entusiasmo que me resultó imposible no encontrar divertida.

Cada pocos minutos señalaba algún rincón del paisaje, convencida de que aquello no podía ser real, y yo terminaba riéndome porque, en el fondo, había sentido exactamente lo mismo la primera vez que regresé después de marcharme a Nueva York.

—Caroline, te juro que me siento estafada —declaró mientras desembarcábamos—. Llevas años diciéndome que Bora Bora es bonita y resulta que es obscenamente bonita. Hay una diferencia importante.

—Intenté explicártelo.

—No. Me dijiste que había playas preciosas. Esto parece un decorado de cine con presupuesto ilimitado.

La conversación continuó durante buena parte del camino hasta la casa familiar.

Alexandra absorbía cada detalle con la curiosidad de quien descubre un mundo nuevo y yo disfrutaba viéndola maravillarse con lugares que para mí habían formado parte de la vida cotidiana durante tantos años.

Sin embargo, aquella ligereza desapareció en cuanto cruzamos la puerta principal y le resumí todo lo sucedido durante la lectura del testamento.

Mi prima me escuchó sin interrumpirme mientras atravesábamos el vestíbulo y solo reaccionó cuando terminé de contarle la parte del embarazo.

—Espera un momento —dijo, deteniéndose en mitad de la escalera—. Entonces tu padre te deja el control del grupo hotelero, Samantha descubre que hereda bastante menos de lo que esperaba y, justo después, anuncia que está embarazada.

—Más o menos.

—Caroline, esto no parece una familia. Parece una serie de televisión.

No tuve tiempo de responder porque Samantha apareció en el extremo opuesto del vestíbulo.

Su presencia provocó exactamente la misma sensación que una nube cruzando delante del sol.

La atmósfera cambió al instante. Venía acompañada de una asistente y llevaba varios documentos bajo el brazo. A juzgar por su expresión, había tomado alguna decisión importante.

Nos observó unos segundos antes de dirigirse directamente a mí.

—Precisamente estaba buscándote. Hay un asunto práctico que debemos resolver cuanto antes.

La palabra «debemos» ya me puso en guardia.

—Te escucho. Suéltalo.

—Creo que ha llegado el momento de reorganizar la convivencia. Mi situación es diferente ahora y necesito privacidad durante los próximos meses. Además, esta casa va a convertirse en un lugar complicado para todas las partes implicadas.

Alexandra permaneció callada, pero conocía esa expresión. Era la misma que aparecía cada vez que estaba a punto de disfrutar de un espectáculo. Por cierto, que Samantha no la conocía y ni siquiera se presentó.

—Esta es mi prima Alexandra, por cierto. Gracias por tu interés —le comenté con sorna.

—Me importa un bledo exactamente —me soltó con todo el descaro.

—Lo suponía. Muerto mi padre, te quitas la máscara del todo, so farsante. ¿Qué estás proponiendo exactamente? —le pregunté.

—Que os trasladéis al hotel. Ya he ordenado preparar la mejor suite del complejo. Tendréis espacio de sobra, servicio permanente y todas las comodidades imaginables. Estoy intentando facilitar las cosas.

Tardé varios segundos en responder porque quería asegurarme de haber entendido bien.

—¿Me estás pidiendo que abandone mi casa?

—Te estoy ofreciendo una alternativa mucho más cómoda.

—No. De eso nada.

La respuesta salió tan rápida que incluso Samantha pareció sorprendida.

—Caroline, intenta ser razonable.

—Lo estoy siendo. Y la casa no está en tu parte de la herencia, sino en la mía.

—Sobre eso hay mucho que decir. Las cosas han cambiado. Y necesito tranquilidad.

—Y yo necesito seguir viviendo donde he vivido siempre.

La mandíbula de Samantha se endureció ligeramente.

—No conviene dar nada por definitivo. Mi embarazo introduce nuevas circunstancias —insistió.

—Quizás…

—No es un quizás. Es un hecho.

—Perfecto. Entonces será un hecho que se estudiará cuando corresponda. Mientras tanto, sigo viviendo aquí.

Samantha dejó escapar una sonrisa breve que no contenía ni una pizca de cordialidad.

—Ya veremos cuánto dura esa seguridad tan chula —me desafió.

—Todo lo que sea necesario. No lo dudes.

Mi prima decidió intervenir entonces.

—Y yo también me quedo, por si te lo estás preguntando.

Las dos nos giramos hacia ella.

—Alexandra, ¿ves? Por estas cosas te quiero —bromeé con la intención de fastidiar a Samantha.

—No. Lo digo en serio. He cruzado medio planeta para apoyarte y, además, esto se está poniendo interesantísimo.

—¿Interesantísimo? —repitió Samantha.

—Desde un punto de vista narrativo, sí.

Samantha pareció quedarse sin respuesta. Se limitó a observarnos con evidente desaprobación antes de anunciar que tenía asuntos más importantes que atender y marcharse hacia la zona de despachos.

Esperamos a que desapareciera y después salimos de la casa.

Necesitaba aire.

Y, sinceramente, Alexandra también necesitaba conocer la isla antes de que terminara convencida de que Bora Bora era únicamente un campo de batalla familiar rodeado de playas espectaculares.

Amaba aquel lugar y aspiraba a transmitirle ese amor a mi prima.

Pasamos el resto de la mañana recorriendo distintos rincones de la isla.

Visitamos mercados locales, pequeñas calas escondidas entre la vegetación y varios miradores desde los que podía contemplarse la inmensidad de la laguna.

Alexandra fotografiaba prácticamente todo. Las montañas, las flores, los barcos de pescadores e incluso los perros que dormían bajo las palmeras. Entre una parada y otra, la conversación regresaba una y otra vez al mismo asunto.

—Lo que sigo sin entender —me comentó mientras caminábamos por una playa casi desierta— es si tu padre sospechaba que Samantha reaccionaría así.

—Mi padre era muchas cosas, pero ingenuo no.

—Entonces sabía perfectamente el terremoto que iba a provocar ese testamento. Y eso que no sabía que estaba a punto de ser padre de nuevo.

Aquello me hizo pensar.

Quizás sí.

Quizás Michael Reed había entendido antes que nadie quién estaba allí por él y quién estaba allí por lo que representaba.

—Hay otra cosa que me llama la atención —continuó Alexandra.

—¿Cuál?

—La carta.

—¿Qué pasa con ella?

—Que no te pidió que actuaras como una ricachona. No te pidió que conservaras las acciones. No te pidió que protegieras su fortuna.

La miré.

—Te pidió que protegieras Bora Bora.

Su observación me acompañó durante el resto del día.

Mientras recorríamos senderos bordeados por vegetación tropical y contemplábamos un océano que parecía imposible de abarcar, empecé a comprender algo que no había visto con claridad durante la reunión con los abogados.

El verdadero legado de mi padre no eran los hoteles. Ni las cuentas bancarias. Ni las propiedades.

Era aquel lugar.

Y, por alguna razón que todavía no terminaba de comprender, había decidido confiarme su futuro.