Capítulo 6
La reunión tuvo lugar dos días después del funeral, en una de las salas privadas de dirección del resort.
Se trataba de una estancia amplia, rodeada de ventanales desde los que podía contemplarse la laguna, aunque aquella mañana nadie parecía interesado en el paisaje.
Sobre la mesa descansaban varias carpetas, documentos encuadernados y una botella de agua para cada asistente.
Los abogados de mi padre ya estaban sentados cuando llegué.
También estaba el notario encargado de la sucesión, varios asesores financieros y Samantha, que había aparecido vestida con un traje blanco marfil que parecía elegido para transmitir autoridad.
Yo ocupé mi asiento sin demasiadas expectativas. Me imaginaba que la influencia que esa mujer siempre tuvo sobre él habría determinado parte del testamento.
No me importaba especialmente su decisión. Por mal parada que saliera, parte de la fortuna familiar iría a parar a mis manos. Y eso ya representaba una cantidad desorbitada.
Por supuesto, entendía la importancia de la herencia. Mi padre había construido un imperio hotelero internacional y era lógico que hubiera mucho que organizar.
Pero en aquellos momentos seguía siendo incapaz de pensar en Michael Reed como un conjunto de acciones, propiedades y balances financieros.
Seguía siendo mi padre.
Y aquella silla vacía al final de la mesa continuaba resultándome insoportable.
El notario comenzó repasando distintos aspectos legales de la sucesión.
Habló durante varios minutos sobre propiedades inmobiliarias, inversiones internacionales, fondos y participaciones empresariales.
La mayor parte de la explicación transcurrió sin sobresaltos hasta que llegó el momento de abordar el futuro del grupo hotelero.
Fue entonces cuando noté el cambio.
Samantha enderezó ligeramente la espalda. Ella sí que estaba expectante, frotándose las manos de manera imaginaria.
Sus dedos se entrelazaron sobre la mesa.
Y por primera vez desde que comenzó la reunión, pareció realmente interesada. El dinero la volvía loca.
El notario abrió una carpeta distinta y consultó varias páginas antes de continuar.
—El señor Michael Reed estableció una distribución patrimonial que respeta íntegramente la legislación aplicable en los distintos territorios afectados. Dentro de esos límites legales, decidió asignar porcentajes diferenciados entre los beneficiarios —carraspeó.
Vi cómo Samantha esbozaba una expresión satisfecha. Sin duda, se imaginaba como la principal beneficiaria.
Duró poco.
Muy poco.
—La señora Samantha Davies Reed recibirá la residencia de Londres, varios activos financieros específicos, una renta vitalicia que más tarde concretaré y una participación minoritaria del grupo empresarial.
La sonrisa desapareció.
—¿Minoritaria? —preguntó ella como no pudiéndoselo creer. Debe haber algún error. Revíselo, por favor.
El notario levantó la vista.
—No hay nada que revisar, señora Reed. Minoritaria, he dicho, sí.
Samantha parpadeó, absolutamente incrédula. Luego volvió a hacerlo. Y más tarde, una vez más.
—Creo que debe haber algún error, insisto.
—No lo hay.
La sala se volvió mucho más interesante.
—Mi marido y yo hablamos extensamente sobre el futuro de la empresa. Y le aseguro que siempre pensé que Michael tenía claro que yo era la persona ideal para dirigirla, en el caso de que él faltara.
—No pongo eso en duda.
—Entonces comprenderá que esta distribución no tiene sentido. Algo no encaja.
El notario permaneció impasible.
—Tiene exactamente el sentido que el señor Reed quiso darle. Y ahora, si me permite, me gustaría poder continuar con la lectura.
Por primera vez desde que la conocía, vi auténtica sorpresa en el rostro de Samantha.
Porque no estaba desprotegida.
Ni mucho menos.
La herencia que acababa de describirse seguía siendo enorme.
Pero no era la herencia que ella esperaba.
Y ambos lo sabíamos.
El notario continuó.
—La señorita Caroline Reed recibirá la mayoría accionarial del grupo hotelero, el control efectivo de las sociedades principales, las propiedades asociadas al resort de Bora Bora y la posición de máxima representación dentro del consejo de administración.
Samantha giró la cabeza hacia mí.
Aquella vez no intentó disimular.
La hostilidad apareció desnuda en sus ojos.
—¿La mayoría accionarial?
—Así es.
—Eso es imposible. Le digo que es imposible. Y no voy a cejar en mi empeño de asegurarle que lo es.
—No lo es.
—Caroline jamás ha trabajado aquí. Yo llevo años dándolo todo en este resort.
La miré como si fuera un comino. Y no porque me enorgulleciera de que mi padre me hubiera favorecido de ese modo frente a su viuda (que también), sino porque volvían a darme arcadas en su presencia.
—Caroline es licenciada en Finanzas y el señor Reed llevaba años preparando esta transición.
La palabra transición pareció golpearla.
—Eso no puede ser cierto. Insisto en que…
—Puedo asegurarle que lo es —la cortó porque resultaba insoportable escuchar sus repetitivos argumentos.
Samantha me observó como si acabara de descubrir una conspiración internacional.
Y lo cierto era que yo estaba tan sorprendida como ella.
Sabía que mi padre confiaba en mí. Siempre se sintió orgulloso de mis logros.
Sabía que siempre había querido que me implicara más en los negocios familiares.
Pero nunca imaginé algo semejante.
El notario abrió entonces una última carpeta.
—Hay además una carta personal que el señor Reed pidió expresamente que fuera leída durante esta reunión, el día que se produjera.
—Pero la muerte de mi padre ha sido inesperada, ¿no es cierto? —le pregunté.
—Así es —me respondió—. Estoy en posición de poder contestar a su pregunta. Su padre rebosaba vitalidad, Caroline, pero también era un hombre de negocios.
»Tenía la certeza de que la muerte no escoge, y que cualquier giro de los acontecimientos, en el caso de alguien como él, no debía quedar al azar. En definitiva, ya hace años que otorgó testamento, por si un día faltaba de forma súbita.
»Y ahora, si le parece, voy a proceder a la lectura de la referida carta.
La voz del hombre se suavizó ligeramente al comenzar.
— Si estáis escuchando esto, significa que las cosas han salido bastante peor de lo que esperaba. Mi intención era seguir molestándoos durante muchos años más.
Algunas personas sonrieron.
Yo también.
Aquello sonaba exactamente a mi padre.
— Caroline, si estás ahí sentada, probablemente estarás enfadada conmigo por algo. Es una apuesta segura. Siempre tuviste claro que no lo hice bien del todo.
Mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
— Quiero pedirte algo. No como empresario. No como fundador del grupo. Como padre. Sé que cometí errores. Algunos muy graves. Sé que te fallé más veces de las que merecías. Y sé que quizás todavía estés molesta conmigo por cosas que nunca supimos arreglar.
La sala desapareció a mi alrededor.
Solo escuchaba su voz en aquellas palabras.
— Pero si algún día consigues perdonarme, y espero que sea dentro de muchísimos años porque mi plan es vivir hasta los ciento veinte, quiero pedirte que te pongas al frente del resort.
No porque seas mi hija. Porque eres la persona más preparada para hacerlo.
Porque entiendes a las personas antes que los números.
Porque amas esta isla. Y porque sé que la cuidarás mejor que nadie.
Tuve que bajar la vista. Demasiado dolor. Demasiado amor. Demasiadas cosas que jamás llegaríamos a decirnos.
— Si decides aceptar, confío plenamente en ti. Si decides no hacerlo, seguiré queriéndote igual. Aunque para entonces espero estar disfrutando de una playa mejor que esta.
La lectura terminó.
Y durante unos segundos nadie habló.
Samantha fue la primera en reaccionar.
—Esto es una locura. No tiene ni pies ni cabeza. Yo, y solo yo, he sido la mano derecha de Michael desde que nos casamos.
La emoción desapareció de golpe.
—¿Perdón?
—Es una locura —repitió—. Michael jamás habría dejado toda la responsabilidad sobre una niña que lleva años fuera del negocio.
—Michael dejó exactamente lo que quiso dejar —respondió el notario.
—Michael también era mi marido.
—Y Caroline es su hija.
Esa certeza pareció irritarla todavía más. Tenía una verdadera pataleta y ganas de mostrarla.
—Yo he estado aquí todos estos años. Yo y solo yo…
—Nadie ha dicho lo contrario.
—He dirigido este resort. ¿O es que alguien lo pone en duda?
—Como empleada de alta dirección, señora. Todos lo tenemos claro —le aseguró el notario.
—Mucho más que eso.
Su voz subió varios tonos.
—Muchísimo más que eso.
Los abogados comenzaron a intercambiar miradas.
Y fue entonces cuando Samantha tomó una decisión.
Lo vi en su expresión. Porque dejó de discutir. Y sonrió. Una sonrisa lenta. Extraña. Satisfecha.
—Quizás esta conversación sea prematura, en cualquier caso.
El notario frunció el ceño.
—¿Cómo dice?
—Digo que tal vez debamos esperar antes de cerrar determinadas conclusiones —lo pronunció con una certeza que dio que pensar.
Yo también me giré hacia ella.
—¿De qué estás hablando?
Samantha apoyó ambas manos sobre la mesa.
Y entonces soltó la bomba.
—Estoy embarazada.
La frase atravesó la sala como un cuchillo. Nadie esperaba aquello. Nadie.
—¿Qué? —fue lo único que conseguí decir.
—Estoy embarazada de Michael.
Durante unos segundos pensé que había escuchado mal.
Pero la expresión de los abogados me confirmó que no.
—De casi dos meses.
El notario dejó la pluma sobre la mesa.
—¿Dispone de documentación médica que acredite tal extremo?
—Por supuesto que dispongo de ella. Empecé a encontrarme mal cuando mi marido murió y entonces acudí a mi ginecólogo. Pero ante tal desgracia, no creí que fuese el momento de anunciarlo al mundo. Una siempre imaginó un momento así como inmensamente dichoso.
—¿Y cuándo pensaba comunicarlo?
—Cuando considerara oportuno hacerlo. Y es ahora, como ve.
Aquella respuesta provocó un gesto de desaprobación en varios presentes.
A Samantha pareció darle igual.
Toda la furia que había mostrado minutos antes había desaparecido.
Ahora volvía a sentirse fuerte.
Porque acababa de introducir una variable completamente nueva.
Una variable capaz de alterar muchas cosas.
—Supongo —añadió mientras me observaba— que ahora todos tendremos que replantearnos ciertas decisiones. Como comprenderá, ya no hay un solo heredero legítimo de mi marido, sino dos. Un futuro bebé que llegará para cambiar las cosas. O mejor dicho, para ponerlas en su sitio.
Su maldad nunca había conocido límites. Samantha fue así desde el día que la conocí. Y tener un argumento tan potente como aquel para esgrimir parecía llenarla de felicidad.
Mientras la sala entera intentaba procesar aquella revelación, comprendí que la guerra que creía terminada acababa de empezar.