Herencia en el paraíso Capítulo 5
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Capítulo 5

Aquella noche permanecí en la terraza hasta que las luces del resort comenzaron a apagarse poco a poco.

Desde allí podía ver parte de los bungalós extendidos sobre la laguna, las pasarelas iluminadas que parecían flotar sobre el agua y el perfil oscuro del monte Otemanu recortándose contra el cielo.

Había pasado siete años sin regresar a Bora Bora y, sin embargo, bastó una sola mirada para descubrir que algunas cosas seguían ocupando exactamente el mismo lugar dentro de mí.

El problema era que aquella isla nunca venía sola. Bora Bora siempre arrastraba recuerdos. Algunos felices. Otros dolorosos. Y, entre ellos, apareció de nuevo Lucas.

Quizás porque no recordaba una infancia sin él.

Cuando intentaba buscar el inicio de nuestra historia, nunca encontraba un punto concreto.

No existía una primera presentación ni una fecha que pudiera señalar en un calendario.

Lucas había formado parte de mi vida desde siempre.

Era el niño moreno que corría por los jardines del resort con una energía inagotable, el que se sabía cada sendero oculto entre la vegetación, el que conocía los mejores lugares para pescar y el que estaba convencido de que cualquier tarde podía convertirse en una aventura si uno se esforzaba lo suficiente.

Su padre trabajaba para el complejo desde hacía años y toda su familia era muy querida en la isla.

La mía también. Por eso crecimos compartiendo espacios sin que nadie le diera importancia.

Para los adultos éramos simplemente dos niños que pasaban demasiado tiempo juntos. Para nosotros, aquella amistad era tan natural que jamás nos preguntamos de dónde venía.

A medida que crecimos, el resort se convirtió en nuestro territorio particular.

Mientras otros adolescentes soñaban con grandes ciudades que solo conocían por películas, nosotros teníamos una isla entera para explorar.

Pasábamos las tardes navegando por la laguna, recorriendo playas escondidas o caminando por senderos que atravesaban la vegetación tropical.

Todavía puedo recordar la facilidad con la que Lucas conseguía hacerme reír incluso en los días más complicados.

Nunca fue el tipo de persona que necesitara llamar la atención.

No era el más ruidoso ni el más temerario.

Su encanto estaba en otra parte.

Tenía una forma especial de mirar el mundo, una capacidad casi milagrosa para encontrar belleza en las cosas sencillas.

Si yo señalaba una construcción espectacular, él prefería enseñarme un rincón de la isla donde las tortugas aparecían al amanecer.

Si alguien hablaba de dinero, él hablaba de libertad.

Si yo me preocupaba por el futuro, Lucas conseguía convencerme de que aquella tarde seguía siendo nuestra y merecía la pena disfrutarla.

Mi padre lo adoraba.

A veces creo que lo veía como al hijo que nunca tuvo.

Michael Reed respetaba a las personas trabajadoras y Lucas era una de ellas.

Mientras muchos chicos de nuestra edad solo pensaban en divertirse, él empezó a colaborar en el resort muy joven.

Primero ayudaba donde hacía falta. Después asumió pequeñas responsabilidades y, con el tiempo, terminó trabajando como botones.

Lo recuerdo perfectamente con aquel uniforme impecable, moviéndose por las instalaciones con una profesionalidad que sorprendía a todo el mundo.

Resultaba curioso observar la diferencia entre el Lucas que atendía a los huéspedes y el que aparecía fuera de horario laboral.

Durante el trabajo era educado, eficiente y responsable.

Cuando terminaba la jornada, volvía a ser el chico que me convencía para subir a una lancha y perseguir una puesta de sol porque, según él, aquella tenía colores distintos a todas las anteriores.

Creo que empecé a enamorarme de él mucho antes de darme cuenta.

No fue algo repentino ni espectacular.

No hubo una fecha marcada en rojo ni una revelación inesperada.

Sencillamente, llegó un momento en el que Lucas se convirtió en la primera persona a la que quería contarle cualquier cosa.

Si me ocurría algo bueno, pensaba en él. Si estaba enfadada, buscaba su compañía.

Si tenía miedo, terminaba encontrándolo de una forma u otra.

Cuando Samantha llegó a nuestras vidas y todo comenzó a complicarse, su presencia se volvió todavía más importante.

Yo quería a mi padre, pero la aparición de aquella mujer cambió muchas cosas dentro de casa.

Nunca logré sentirme cómoda con ella.

Había algo en su forma de comportarse que me hacía sentir desplazada, como si mi existencia representara un estorbo para la vida perfecta que intentaba construir junto a Michael.

Durante años soporté comentarios, actitudes y pequeñas crueldades que mi padre jamás llegó a percibir del todo. Y cada vez que salía de aquella casa sintiéndome enfadada o triste, Lucas estaba allí.

No intentaba solucionar mis problemas.

Nunca habló mal de mi padre. Tampoco alimentó mis resentimientos.

Se limitaba a escucharme y a recordarme quién era cuando yo empezaba a olvidarlo.

Muchas veces caminábamos junto al mar durante horas mientras yo me quejaba de Samantha y de la situación en casa.

Otras veces ni siquiera hablábamos de aquello.

Navegábamos, nos bañábamos o compartíamos una cena improvisada en cualquier rincón de la isla.

Con él la vida recuperaba cierta normalidad. Era el lugar al que volvía cuando todo lo demás empezaba a desordenarse.

Por eso el paso de la amistad al amor resultó tan sencillo.

Llegó de forma tan natural que ninguno de los dos sintió necesidad de ponerle nombre durante mucho tiempo.

Nos besamos una tarde cualquiera y lo vivimos con la misma tranquilidad con la que habíamos vivido todo lo anterior.

No hubo promesas grandiosas ni declaraciones imposibles.

Éramos dos jóvenes enamorados que compartían una isla, un pasado y una confianza construida durante años.

Aquel fue probablemente el detalle más importante de nuestra historia. Antes de ser novios habíamos sido amigos. Amigos de verdad. De esos que conocen los defectos del otro y aun así deciden quedarse.

A veces me pregunto si precisamente por eso dolió tanto la despedida.

Cuando cumplí dieciocho años, ya sabía que iba a marcharme a Nueva York. Mi madre llevaba años deseando tenerme cerca y yo misma necesitaba alejarme de la influencia de Samantha.

Estudiar Finanzas me parecía una oportunidad maravillosa y, además, suponía empezar una vida propia lejos de todos los conflictos acumulados durante mi adolescencia.

Lucas entendió mi decisión desde el primer momento. Nunca me pidió que me quedara. Nunca intentó convencerme de que cambiara mis planes. Creo que los dos sabíamos que hacerlo habría sido egoísta.

La última noche antes de mi partida nos encontramos en el embarcadero donde habíamos pasado media vida.

Recuerdo las luces del resort reflejadas sobre el agua, la temperatura agradable y la sensación extraña de estar viviendo algo que no volvería a repetirse.

Hablamos durante horas. De Nueva York. De Bora Bora. Del futuro. De las posibilidades que se abrían delante de nosotros.

Ninguno quiso convertir aquella conversación en un drama.

Ninguno pidió promesas imposibles de cumplir.

Los dos éramos conscientes de que la distancia acabaría cambiándolo todo.

Aun así, cuando llegó el momento de despedirnos, comprendí que estaba dejando atrás una parte enorme de mi vida.

No solo me alejaba de mi primer amor. También me separaba de mi mejor amigo, de la persona que había estado presente en prácticamente todos mis recuerdos importantes.

Durante mucho tiempo intenté convencerme de que aquello no tenía por qué significar un final.

Seguimos hablando durante meses. Después las llamadas se hicieron más espaciadas.

Llegaron las clases, los nuevos amigos, las responsabilidades, la vida adulta.

Y un día descubrí que habían pasado semanas desde nuestra última conversación. Con los años, llegó Andrew.

La vida siguió avanzando para ambos. O al menos eso creí.

Aquella noche, mientras contemplaba la laguna desde la terraza de mi habitación, comprendí que nunca había conseguido olvidarlo por completo.

Había aprendido a vivir sin él.

Había aceptado que nuestros caminos se separaron cuando apenas comenzábamos a descubrir quiénes éramos.

Pero verlo aquella mañana, entre la multitud reunida para despedir a mi padre, despertó algo que seguía intacto bajo años de distancia y recuerdos acumulados.

No sabía quién era Lucas Teva ahora.

No sabía si seguía viviendo la misma vida, si era feliz o si había encontrado a alguien.

Lo único que sabía era que, durante unos segundos, al reconocer su sonrisa entre toda aquella gente, tuve la sensación de regresar a casa de una forma mucho más profunda de lo que Bora Bora, por sí sola, habría podido conseguir.

Un nuevo día amanecía y mis sensaciones eran de lo más contradictorias, de lo más encontradas.

Dicen que debes regresar donde un día fuiste feliz, pero mi perspectiva en aquel momento tenía más que ver con que aquel lugar dolía.