Herencia en el paraíso Capítulo 4
10%

Capítulo 4

Samantha me hizo pasar a una sala lateral después de que Maeva me ofreciera agua y de que varias personas se acercaran a darme el pésame.

La estancia era una de las favoritas de mi padre, una biblioteca luminosa con vistas a la laguna, estanterías de madera clara y un escritorio amplio desde el que solía revisar contratos con las mangas de la camisa remangadas.

Ver a Samantha allí, dando instrucciones con una carpeta negra entre las manos, me pareció una intromisión casi física.

—La ceremonia comenzará en una hora —anunció, sin invitarme a sentarme—. He preparado un orden breve, aunque digno.

Hablarán las autoridades, después un representante del consejo turístico y, si el ministro confirma su llegada, también convendría concederle unos minutos. Michael era una figura relevante para toda la Polinesia Francesa.

Miré la carpeta y después la miré a ella. Llevaba los labios pintados en un tono oscuro, demasiado perfecto para una mujer que se suponía devastada.

Quizás en otra situación habría conseguido que todo pareciera elegante. Aquel día solo parecía una puesta en escena.

—Mi padre no habría querido un acto político —le respondí, procurando que la voz me saliera firme—. Le habrían sobrado la mitad de esos discursos.

Samantha levantó una ceja.

—Tu padre era un empresario internacional, Caroline. No podemos despedirlo con la sencillez de una comida familiar junto a la playa.

—Precisamente eso se habría parecido más a él que esta recepción de autoridades.

La boca se le curvó con una paciencia falsa, de esas que utilizan los adultos cuando creen estar tratando con una niña caprichosa. Habían pasado siete años, pero Samantha conservaba intacto aquel talento para reducirme a algo menor con un solo gesto.

—Entiendo que estés afectada, pero hay compromisos que atender. Michael no era solo tu padre.

—Y tampoco era solo tu apellido de casada.

Sus dedos se cerraron sobre la carpeta.

—Soy su viuda.

—Y yo soy su hija —repliqué, dando un paso hacia el escritorio donde mi padre había pasado tantas tardes—. No lo olvides cuando hables de él como si fuera una marca, una propiedad o un evento pendiente de cerrar.

Durante un instante vi algo más que frialdad en sus ojos. Fue irritación pura, rápida, mal escondida bajo la capa de refinamiento que llevaba años puliendo. Después rio por lo bajo, sin alegría, con una malicia suave que me recordó demasiadas tardes de mi adolescencia.

—Sigues siendo igual de sentimental.

—Y tú sigues confundiendo controlar un lugar con pertenecer a él.

Samantha dejó la carpeta sobre la mesa con una precisión estudiada. La cubierta negra rozó la madera y me dieron ganas de retirarla de allí, de devolver aquel escritorio a la memoria de mi padre, lejos de sus listas, sus nombres importantes y sus prioridades retorcidas.

—La ceremonia se hará como estaba previsto —sentenció—. No voy a permitir que tu reacción de hija dolida convierta el funeral de Michael en una escena íntima y desordenada.

—No voy a discutir delante de su féretro —le contesté—, pero tampoco voy a dejar que lo despidas como si estuvieras inaugurando una ampliación del resort. Hablará quien tenga que hablar, pero después quiero un momento para la familia y para la gente que de verdad le quería. Los empleados incluidos.

Su expresión se endureció.

—Los empleados ya han presentado sus respetos.

—Algunos llevaban más años con él que tú.

La frase salió antes de que pudiera medirla, pero no me arrepentí.

Samantha abrió la boca, aunque en ese momento llamaron a la puerta y uno de los organizadores del funeral asomó la cabeza para avisar de que todo estaba preparado.

Ella recuperó su máscara de anfitriona en menos de un segundo, tomó la carpeta y salió delante de mí con la espalda recta y la seguridad de quien aún creía que aquella casa respondía a su paso.

La ceremonia se celebró en los jardines que descendían hacia la laguna. Habían colocado sillas blancas bajo una estructura cubierta de flores tropicales, con el monte Otemanu al fondo y el mar extendiéndose más allá de los bungalós del resort.

Era un lugar precioso, aunque el montaje tenía un aire demasiado solemne para mi padre. Michael habría preferido menos protocolo, menos discursos ensayados y más gente contando anécdotas con una copa en la mano al atardecer.

Me senté en primera fila, junto a Samantha, aunque la distancia entre nosotras parecía ocupar toda la hilera.

Ella saludaba con inclinaciones discretas a cada autoridad que llegaba, aceptaba pésames con una mano sobre el pecho y pronunciaba el nombre de mi padre con una dicción impecable.

Desde fuera podía parecer una viuda admirable. Desde donde yo estaba, solo veía a una mujer pendiente de quién la observaba.

Las autoridades hablaron de inversión, empleo y legado. Un directivo del grupo mencionó la visión empresarial de Michael. Otra autoridad recordó su contribución al turismo de lujo.

Todo era correcto, incluso hermoso en algunos momentos, pero me dolía que faltara el hombre real.

El que a veces no dudaba en comerse las sobras del desayuno en la cocina con Tama.

El que se sabía los nombres de los hijos de los jardineros.

El que bailaba fatal en las fiestas del personal y se reía de sí mismo con una alegría contagiosa.

Cuando me tocó levantarme, no llevaba ningún discurso escrito.

Samantha me lanzó una mirada breve hacia la carpeta que tenía sobre las rodillas, quizás esperando que me limitara a leer unas frases formales. No lo hice.

Me coloqué frente a todos y miré primero el mar.

—Mi padre amaba esta isla —empecé—. Mucha gente recordará a Michael Reed por el resort que construyó, por sus decisiones empresariales o por la forma en que convirtió este rincón en un lugar conocido en todo el mundo.

»Yo prefiero recordarle por otras cosas. Por cómo se detenía a hablar con cualquiera, por cómo era incapaz de pasar junto a un niño sin hacer alguna tontería para arrancarle una sonrisa, por cómo defendía que la belleza de Bora Bora no se compraba, se respetaba.

Algunas personas bajaron la cabeza.

Vi a Maeva llorar sin intentar ocultarlo. Tama permanecía en un lateral, con las manos unidas delante del cuerpo y la mandíbula firme.

—Era mi padre —continué, notando que la voz me temblaba solo lo justo para seguir siendo mía—. Y aunque vivíamos lejos, nunca dejé de sentir que una parte de mí seguía aquí con él.

»Hoy no quiero hablar del empresario. Quiero despedirme del hombre que me enseñó a mirar el mar y a distinguir los azules. Del hombre que me llamaba Caroline con el más dulce de los tonos cuando quería que le perdonara algo. Del hombre que me quiso incluso cuando no supo protegerme de todo.

La última frase no estaba pensada para Samantha, pero la sentí moverse en su asiento.

Terminé dando las gracias a quienes le habían acompañado durante tantos años y pedí que, después de la ceremonia, los empleados pudieran acercarse sin prisas.

No era mucho. Era apenas una pequeña victoria. Pero vi en varios rostros una emoción que compensó la tensión que esperaba encontrar en Samantha al volver a mi sitio.

Fue entonces cuando lo vi.

Estaba entre los trabajadores del resort, algo apartado, con una camisa blanca sencilla y el cabello oscuro movido por la brisa.

Lucas Teva.

Por un momento pensé que la memoria me estaba jugando una mala pasada, que quizás aquel hombre no podía ser el chico que fue mi primer amor de juventud en la isla.

Pero luego sonrió con timidez, apenas un gesto breve, y reconocí de golpe al muchacho que me esperaba cerca del muelle cuando yo tenía diecisiete años y creía que marcharme a Nueva York era lo único que podía salvarme.

Lucas.

No me acerqué.

No era el momento, ni el lugar, ni la despedida adecuada para despertar algo que había permanecido dormido durante siete años.

Pero saber que estaba allí, entre la gente que quiso a mi padre de verdad, me provocó una punzada extraña, dolorosa y dulce a la vez.

Samantha siguió recibiendo condolencias junto a las autoridades, demasiado ocupada en representar su papel para advertir que, en medio de aquel funeral organizado a su medida, Bora Bora acababa de recordarme que aún guardaba cosas mías.