Capítulo 3
Apenas había subido los primeros escalones cuando Samantha apareció en la entrada principal de la casa, vestida de negro de pies a cabeza, con un traje de corte parisino y un collar de perlas que debía pesar más que ella.
Aquella mujer vivía para su imagen y, por lo que sabía de ella, a lo largo de los años no perdió la costumbre de visitar París con asiduidad a fin de engalanar su vestidor como decía merecer.
Bajo mi punto de vista, sin embargo, no merecía ni agua.
Durante un instante pensé en mi madre, en su elegancia serena y en esa forma suya de llenar una habitación sin imponerse a nadie.
Samantha era lo contrario. No entraba en los espacios: los ocupaba. Los reclamaba. Los convertía en una prolongación de sí misma.
Seguía siendo hermosa, de una manera fría y calculada.
Era bastante más joven que mi padre y también que mi madre, aunque su juventud no tenía nada fresco.
Había algo rígido en ella, en la barbilla elevada, en la boca apenas curvada, en las manos entrelazadas delante del cuerpo con un aire de propietaria absoluta.
No parecía una mujer que acabara de perder a su marido. Parecía la anfitriona de un acto social que se le había alargado más de lo previsto.
—Caroline —saludó, sin acercarse demasiado—. Por fin llegas.
El «por fin» quedó flotando entre ambas con una mala educación tan pulida que casi habría podido confundirse con cortesía.
Tama, a mi lado, inclinó la cabeza, pero noté en su mandíbula una dureza que no recordaba.
Dos empleadas que cruzaban el vestíbulo con bandejas de bebidas se detuvieron al verme.
Una de ellas, Maeva, a quien reconocí al instante pese al paso de los años, se llevó una mano al pecho y sus ojos se humedecieron.
Samantha giró apenas la cabeza hacia ellas y las dos retomaron el paso con una rapidez que me dijo más que cualquier explicación.
—El vuelo era largo —respondí, haciendo un esfuerzo por no dejar que la rabia se mezclara con el dolor—. Vine en cuanto pude.
—Todo se ha retrasado mucho —añadió ella, repasando mi ropa con una mirada breve y afilada—. Comprenderás que hay autoridades, directivos y representantes de varios grupos hoteleros esperando desde hace horas. Michael era una figura importante y este tipo de cosas requiere organización.
«Este tipo de cosas».
Mi padre, muerto en el salón de nuestra casa, reducido por Samantha a un inconveniente de agenda.
Sentí que el aire se volvía escaso dentro de mis pulmones.
No quise contestar. No allí. No delante de Tama, de los empleados, de las coronas de flores ni de aquella casa que ya me recibía con una pena demasiado grande.
Avancé sin pedirle permiso y crucé el vestíbulo de mármol claro, aquel mismo vestíbulo donde de niña corría descalza después de bañarme en la laguna, mientras mi padre fingía enfadarse porque iba dejando huellas de agua por todas partes.
El salón principal estaba lleno de flores blancas.
Había orquídeas, lirios, rosas, tiarés y coronas enviadas desde Nueva York, París, Los Ángeles y Papeete, por nombrar algunos lugares distantes entre sí.
El perfume era intenso, casi mareante, mezclado con el aire salado que entraba desde la terraza abierta al océano.
Varias personas conversaban en grupos pequeños, con copas o cafés en las manos.
Algunos dejaron de hablar al verme. Otros inclinaron la cabeza con respeto.
Reconocí rostros de mi infancia, empleados del resort que habían envejecido conmigo en la distancia y que ahora me miraban con un cariño que terminó de quebrarme por dentro.
El féretro estaba en el centro de la estancia.
Me acerqué despacio, sin mirar a nadie más.
Mi padre descansaba rodeado de flores, vestido con un traje oscuro que le sentaba con la misma elegancia de siempre.
Le habían peinado con cuidado y conservaba esa expresión distinguida que tantas veces le vi en reuniones, cenas benéficas y fotografías oficiales.
Pero ya no estaba allí.
No estaba en su boca, que no iba a torcerse con ironía; ni en sus manos, que no iban a buscar las mías; ni en sus párpados cerrados, detrás de los cuales ya no quedaba ninguna idea brillante ni ninguna promesa pendiente.
—Papá… —murmuré.
La palabra salió muy baja, casi rota.
Apoyé los dedos sobre el borde del féretro.
La madera estaba fría, pulida, perfecta. Demasiado perfecta para contener lo único que me quedaba de él.
Durante unos segundos intenté recordar su voz sin que el dolor la deformara.
Su risa grave en la terraza.
La manera en que pronunciaba Caroline cuando quería convencerme de algo.
Sus mensajes de madrugada porque olvidaba la diferencia horaria y luego fingía que lo había hecho para comprobar si seguía siendo su hija favorita.
Era su única hija.
Y aun así Samantha se movía por aquella casa con la seguridad de quien ya había decidido que todo le pertenecía.
La escuché detrás de mí, hablando con la máxima autoridad de la isla y con dos hombres a los que reconocí vagamente del consejo turístico.
Su tono había cambiado.
Ahora sonaba suave, casi meloso, adornado con frases sobre el legado de Michael, la continuidad del resort y la importancia de mantener la estabilidad.
No hablaba de amor. No hablaba de pérdida. Hablaba de imagen, de futuro empresarial, de compromisos institucionales.
Cada palabra parecía escogida para recordarles a todos que ella seguía allí, al frente, ocupando un puesto que nadie le había discutido todavía.
—Ha sido un golpe terrible para todos —decía, con una mano apoyada sobre el brazo de uno de aquellos hombres—. Pero Michael habría querido que protegiéramos lo que construyó. Yo me encargaré de que así sea.
«Yo».
Me giré apenas.
Tama permanecía cerca de la entrada del salón, atento a mí y no a ella.
Maeva había dejado una bandeja sobre una mesa auxiliar y me miraba con los ojos llenos de pena.
Otro empleado, Henri, bajó la cabeza cuando nuestras miradas se cruzaron.
Había afecto en ellos. Un afecto antiguo, sincero, lleno de recuerdos compartidos. También había prudencia. Una cautela aprendida a fuerza de convivir con Samantha, de medir cada gesto, de escoger cada palabra antes de pronunciarla.
Ella lo notó.
Claro que lo notó.
Samantha podía no tener corazón, pero tenía un instinto perfecto para detectar cuándo una habitación dejaba de girar a su alrededor.
—Caroline —intervino desde el otro lado del salón, elevando la voz lo justo para atraer la atención de todos—, cuando termines, deberíamos hablar unos minutos sobre el orden de la ceremonia. Hay varios detalles que conviene cerrar cuanto antes.
Cuando termines.
Miré a mi padre una última vez antes de apartarme del féretro. Me obligué a no responder desde la herida, aunque tuve que apretar los dedos contra la palma de la mano para conseguirlo.
—Acabo de llegar para despedirme de mi padre, Samantha. Los detalles pueden esperar.
Algunos rostros se volvieron hacia ella. No hubo escándalo ni murmullos evidentes ni gestos exagerados. Solo una atención nueva, pequeña, suficiente para que la piel de Samantha se endureciera bajo su maquillaje perfecto.
Sonrió.
Una sonrisa mínima, sin afecto.
—Por supuesto. Todos comprendemos tu estado.
Aquello fue casi peor que una ofensa directa.
Me estaba colocando en el papel de hija desbordada, de mujer incapaz de entender la importancia del momento, mientras ella se reservaba el lugar de viuda eficiente y dueña de la situación.
La gélida Samantha seguía allí. La misma que convertía cualquier crueldad en una frase educada. La misma que me había hecho sentir intrusa en mi propia casa cuando todavía llevaba uniforme escolar y trenzas mal hechas.
Maeva se acercó entonces con una copa de agua.
—Caroline —susurró—, ¿quieres sentarte un momento?
La ternura de su voz me atravesó con más fuerza que la hostilidad de Samantha.
Cogí la copa y le apreté los dedos un segundo, agradecida por aquel gesto sencillo que me devolvía una parte de lo que había perdido al marcharme.
—Gracias, Maeva.
Sus ojos brillaron.
—Bienvenida a casa.
Samantha oyó la frase.
Vi cómo su expresión cambiaba apenas. Fue rápido, casi imperceptible, pero lo suficiente para entender que aquella bienvenida le molestó más que mi respuesta anterior.
Porque el resort podía obedecerla, los directivos podían escucharla y las autoridades podían sonreírle por educación, pero aquella casa recordaba.
Sus paredes, sus empleados, sus jardines y hasta el aire que entraba desde la terraza sabían que yo no era una invitada.
Era Caroline Reed.
Y había vuelto.