Capítulo 2
Cuando el avión comenzó a descender, dejé de fingir que estaba leyendo los documentos que los abogados de mi padre me habían enviado y giré la cabeza hacia la ventanilla.
Durante unos segundos me quedé quieta, observando el océano que se extendía bajo nosotros y sintiendo una presión extraña en la garganta.
Habían pasado siete años desde la última vez que puse los pies en Bora Bora y, aun así, la reconocí al instante. Era imposible no hacerlo.
En aquellos años, mi padre aprovechó ciertos viajes de negocios para visitarme en Nueva York, él solo, y yo evité volver a ese lugar paradisíaco del mundo para no encontrarme con su mujer.
La laguna rodeaba la isla con una gama de azules tan amplia que parecía inventada.
En algunas zonas el agua era tan clara que podía distinguirse la arena blanca del fondo; en otras adquiría un tono turquesa intenso que siempre me había parecido irreal.
Más allá se elevaba el monte Otemanu, cubierto de vegetación y parcialmente envuelto por nubes bajas.
Durante toda mi infancia pensé que aquella montaña vigilaba la isla. A los diez años estaba convencida de que, si algún día me perdía, bastaría con seguir viéndola para encontrar el camino de regreso a casa.
Casa.
La palabra resultaba complicada.
Nueva York era mi hogar desde los dieciocho años. Allí me gradué. Allí vivía mi madre. Allí estaba Alexandra. Allí estaba Andrew. Sin embargo, cada vez que alguien me preguntaba de dónde era realmente, mi respuesta seguía siendo la misma.
Bora Bora.
Aunque aquella isla también guardara algunos de los recuerdos más difíciles de mi vida.
El avión aterrizó poco después y una oleada de calor me envolvió en cuanto descendí por la escalerilla.
Cerré los ojos durante un instante. El aire olía a mar, a flores tropicales y a una humedad que no tenía nada que ver con los inviernos neoyorquinos. Sentí que el cuerpo reconocía aquel lugar antes incluso que la cabeza.
La lancha privada que había enviado el resort me esperaba junto al embarcadero del aeropuerto.
Durante el trayecto apenas aparté la vista del paisaje.
Los motus, pequeños islotes de arena y coral, aparecían cubiertos de palmeras que parecían surgir directamente del agua.
Los bungalós construidos sobre pilotes se extendían sobre la laguna formando dibujos geométricos perfectos.
Algunas embarcaciones navegaban a lo lejos y el sol arrancaba destellos plateados de la superficie del mar.
Bora Bora seguía siendo mágica.
Dolorosamente mágica.
Mientras la lancha avanzaba, recordé las tardes que había pasado allí con mi padre.
Michael Reed conocía cada rincón de la isla mejor que muchos habitantes locales.
Había llegado siendo joven, enamorado de aquel lugar y convencido de que podía construir algo extraordinario sin destruir la belleza que lo rodeaba.
Lo consiguió. Con los años, y con la ayuda de mi madre, levantó uno de los complejos hoteleros más exclusivos del Pacífico y convirtió Bora Bora en el centro de su vida.
Y de la mía.
Hasta que apareció Samantha. Apreté los labios y desvié la mirada hacia el horizonte. No quería pensar en ella todavía.
La lancha atracó finalmente en el embarcadero principal del complejo. Apenas pisé sobre la madera cuando vi una figura conocida esperándome junto a uno de los vehículos del resort.
Tama.
Durante un segundo volví a tener pocos años.
Seguía siendo enorme. El tiempo había cubierto de canas gran parte de su cabello y había dibujado nuevas líneas alrededor de sus ojos, pero conservaba la misma expresión afable que recordaba.
Ese hombre trabajó para mi padre prácticamente toda la vida. Oficialmente, era chófer. En realidad era mucho más que eso. Había formado parte de mi infancia de una manera tan natural que jamás lo consideré un empleado.
Ni siquiera intentó saludarme desde la distancia. Se acercó directamente y me abrazó.
Apreté los ojos al sentir sus brazos alrededor de mis hombros.
—Mi pequeña Caroline —murmuró con voz ronca—. Ojalá nos hubiéramos reencontrado en otras circunstancias.
Su frase consiguió lo que llevaba horas evitando. Las lágrimas volvieron a aparecer.
—Yo también lo hubiera deseado, Tama.
Él negó con la cabeza y me observó durante unos segundos.
—Tu padre hablaba de ti todos los días.
Tuve que apartar la vista. Porque sabía que era cierto. Porque, pese a la distancia, jamás dejamos de llamarnos.
Porque las discusiones que mantuve con él a causa de Samantha nunca llegaron a romper lo que existía entre nosotros.
Subimos al vehículo y abandonamos el embarcadero.
Mientras avanzábamos por la carretera que bordeaba parte de la costa, fui reconociendo lugares que creía olvidados.
Pequeños restaurantes familiares, senderos que conducían a playas escondidas, jardines rebosantes de hibiscos y buganvillas.
Cada rincón parecía despertar una historia distinta.
—La isla está muy afectada —comentó Tama mientras conducía—. Michael ayudó a muchas familias durante años. Hay gente que todavía no se cree que haya fallecido.
Asentí sin apartar la vista del paisaje.
—Yo tampoco termino de creérmelo.
Aquello era lo más extraño de todo. Había llorado. Había surcado el aire durante miles de kilómetros. Había dejado atrás mi vida durante varios días para asistir a su funeral. Y aun así, una parte de mí seguía esperando recibir una llamada suya preguntándome cuándo pensaba llegar.
Poco después apareció el complejo.
Había visto fotografías recientes, informes financieros y campañas publicitarias del resort. Nada se acercaba a contemplarlo en persona.
El Reed Paradise Resort ocupaba una enorme extensión frente a la laguna.
Los jardines descendían hacia el océano formando terrazas cubiertas de vegetación tropical. Varias piscinas se integraban entre palmeras y cascadas.
Los caminos de piedra blanca serpenteaban entre villas privadas ocultas por la vegetación. Más allá se extendían las famosas pasarelas de madera que conducían hasta los bungalós flotantes sobre el agua cristalina.
Todo desprendía elegancia.
Pero no una elegancia ostentosa.
Mi padre siempre insistió en que los huéspedes debían sentir que la naturaleza era la verdadera protagonista.
—Está precioso —susurré.
—Michael estaría orgulloso de escucharte decir eso.
Seguí observándolo mientras avanzábamos. Había dedicado años a estudiar balances financieros y gestión empresarial. Sabía perfectamente el valor económico de aquel lugar. Sin embargo, al verlo de nuevo comprendí algo que las cifras nunca reflejaban.
Aquel resort era la obra de toda una vida.
Y ahora pertenecía a un futuro incierto.
La residencia familiar apareció unos minutos después, situada sobre una elevación desde la que podía contemplarse buena parte de la laguna.
Se trataba de una construcción espectacular, aunque siempre me había parecido más un hogar que una mansión. Grandes ventanales abiertos al océano, terrazas cubiertas de vegetación y espacios diseñados para disfrutar del paisaje sin necesidad de encerrarse entre paredes.
Allí había crecido. Allí había aprendido a nadar. Allí había celebrado cumpleaños, Navidades y veranos interminables. Y allí me esperaba ahora mi padre.
El coche se detuvo frente a la entrada principal.
Había vehículos aparcados por todas partes. Empleados, amigos, directivos y vecinos entraban y salían de la casa con expresiones sombrías. Sobre los escalones se acumulaban coronas de flores llegadas de distintos lugares del mundo.
Entonces levanté la vista hacia los ventanales del salón principal.
Y lo vi.
El féretro descansaba en el centro de la estancia, rodeado de flores blancas y bajo la luz dorada que entraba desde la terraza abierta al mar.
Mi llegada era lo único que faltaba para que pudieran despedirlo.
Y, de repente, comprendí que ningún abogado, ninguna herencia y ninguna preocupación sobre el futuro importaban en aquel instante.
Porque detrás de aquellas puertas estaba el hombre que más había querido en el mundo.
Y estaba a punto de decirle adiós.
Permanecí inmóvil durante unos segundos que se hicieron eternos.
La casa estaba allí, exactamente igual a como la recordaba, bañada por la luz brillante de Bora Bora y rodeada por unos jardines que mi padre mimó con un orgullo casi infantil. Sin embargo, aquella no era la misma casa de mi infancia. No para mí. No aquel día.
Mis ojos permanecieron fijos en la entrada principal mientras intentaba reunir fuerzas para avanzar.
Recordé la última vez que crucé aquellas puertas.
Aquel día salí con una mezcla extraña de rabia y tristeza. Mi padre me acompañó hasta el coche. Recuerdo que intentó sonreír varias veces durante la despedida y que ninguna le salió bien. Cuando me abrazó, tuve la sensación de que ambos sabíamos que algo importante estaba terminando.
Ahora volvía siete años después.
Y él ya no estaba esperándome al otro lado de la puerta.
Tragué saliva, sujeté con fuerza el asa de mi bolso y obligué a mis piernas a moverse. Apenas eran unos metros, pero nunca un camino tan corto me había parecido tan difícil de recorrer.