Capítulo 22
La Caída de los Imperios
El olor a humo y a pólvora que impregnaba mi ropa parecía disiparse a medida que cruzaba el umbral de la casa segura.
La adrenalina que me había mantenido en pie durante el asalto al puerto finalmente comenzó a abandonar mi cuerpo, dejando en su lugar un cansancio sordo y pesado que se me calaba en los huesos.
Me quité la chaqueta táctica y la arrojé sobre una silla en el pasillo, junto con mi arma reglamentaria.
Por primera vez en meses, no sentía la necesidad inminente de tener el dedo pegado al gatillo.
Romero estaba muerto. Su imperio era cenizas. La ciudad volvía a ser mía, pero nada de eso importaba mientras caminaba hacia la habitación del fondo.
Empujé la puerta con suavidad, temiendo romper la fragilidad del momento.
La estancia estaba iluminada por la pálida y limpia luz de la mañana.
Beth estaba despierta, sentada contra el cabecero de la cama con una taza de té humeante entre las manos.
Al verme entrar, sus ojos verdes buscaron los míos de inmediato.
No había miedo en su mirada; solo una profunda, casi dolorosa, expectativa.
—Se acabó, nena —dije con voz ronca, acercándome lentamente a la cama—. Romero ya no es una amenaza. Nunca más volverá a tocarte.
Beth soltó un largo suspiro, un sonido que pareció arrancar de su pecho semanas de angustia acumulada.
Dejó la taza en la mesa de noche y estiró los brazos hacia mí.
No dudé un segundo. Me senté en el borde del colchón y la envolví entre mis brazos, con una delicadeza extrema para no lastimar sus costillas vendadas.
Ella hundió el rostro en mi cuello, respirando profundamente, como si mi presencia fuera la única ancla que le quedaba en el mundo.
—Estaba tan asustada, Vivaldi... —susurró, y sentí la ligera humedad de sus lágrimas contra mi piel—. No por mí. Tenía miedo de que su trampa te alcanzara. De que no volviera a ver tu estúpida y arrogante sonrisa.
Una sonrisa genuina, desprovista de la frialdad mafiosa que solía definir mi rostro, apareció en mis labios. La aparté un poco, lo suficiente para sostener su rostro entre mis manos y obligarla a mirarme.
—Te dije que quemaría el mundo entero si era necesario para traerte de vuelta —le recordé, acariciando con el pulgar la pequeña cicatriz de su pómulo—. Y lo cumplí. Pero ahora el fuego se apagó. Solo quedamos tú y yo.
Beth me miró fijamente, asimilando mis palabras.
El trauma de los últimos días seguía allí, visible en la tensión de sus hombros y en las marcas físicas de sus muñecas, pero la sombra de Romero ya no nublaba su futuro.
Habíamos sobrevivido al infierno y, contra todo pronóstico, salíamos de él tomados de la mano.
—Hablé con mis padres —mencionó de repente, con un tono más ligero que me devolvió la vida—. Johnson los escoltó de regreso a su hotel. Mi madre me pidió que te dijera que... bueno, que parece que todavía tienes la garganta intacta, así que hiciste un buen trabajo.
Solté una carcajada limpia, recordando la feroz advertencia que aquella mujer mayor me había lanzado en mi despacho.
—Tu madre da más miedo que la mitad de los capos del sindicato, Beth. Ahora entiendo perfectamente de dónde viene esa terquedad tuya que casi me vuelve loco.
Ella sonrió, una expresión hermosa que iluminó la habitación por completo. Se inclinó hacia delante y unió nuestros labios en un beso suave, pausado, un sello definitivo que dejaba atrás la violencia y la sangre. Sabía a alivio, a redención y a un nuevo comienzo que jamás creí merecer.
Me acomodé en la cama a su lado, permitiendo que apoyara la cabeza en mi pecho sano.
Escuchamos el silencio de la mañana, un silencio que ya no era una tregua incómoda, sino una paz ganada a pulso.
Sabía perfectamente quién era yo y el mundo en el que operaba, pero al mirar el amanecer a través de la ventana, comprendí que los monstruos también podían encontrar su propio santuario, siempre y cuando tuvieran por qué luchar.