HERENCIA DE SANGRE ( Romance Contemporáneo) Capítulo 21
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Capítulo 21

El Último Movimiento del Rey

La noche había caído sobre la zona portuaria como un manto espeso de brea y niebla.

Las luces de los viejos muelles industriales parpadeaban a lo lejos, dibujando siluetas fantasmales sobre las fachadas de los almacenes abandonados.

El complejo principal de Romero se alzaba ante nosotros: una antigua planta empacadora de pescado que ahora servía como fortaleza para su mermado imperio de contrabando.

Estábamos agazapados detrás de una hilera de contenedores de carga oxidados.

A mi lado, Johnson ajustaba la correa de su rifle de asalto, con el rostro pintado de camuflaje negro y los ojos fijos en la entrada trasera del edificio.

Lucius permanecía a unos pocos metros, respirando de manera entrecortada, pero manteniendo una pistola ametralladora pegada al pecho con una firmeza que desafiaba su estado médico.

Mis cinco mejores tiradores ya se habían posicionado en los techos colindantes.

—El perímetro exterior tiene tres guardias fijos —susurró Johnson, señalando a través de su mira nocturna—. Dos en la pasarela metálica y uno cerca del generador.

—Tómenlos —ordené con un hilo de voz frío y letal.

Dos siseos casi imperceptibles rasgaron el aire.

Los tiradores apostados en los tejados hicieron su trabajo con silenciadores de precisión.

Los cuerpos de los centinelas de la pasarela se desplomaron sin emitir un solo grito, cayendo al suelo como sacos de arena.

El tercer guardia cayó un segundo después, neutralizado antes de que pudiera rozar su radio de comunicación.

—Es nuestro momento. Múvanse —siseé.

Avanzamos en formación cerrada, cruzando el patio de asfalto agrietado. Johnson colocó una pequeña carga de demolición controlada en los goznes de la puerta de metal trasera. Nos pegamos a la pared, conteniendo el aliento. Tres, dos, uno...

Un estallido sordo y seco reventó los cerrojos. Pateé la puerta y entramos como una ráfaga de viento negro.

El interior de la planta era un laberinto de tuberías oxidadas, maquinaria industrial en desuso y pasillos de concreto húmedo.

No tardaron en sonar las alarmas. Un eco ensordecedor comenzó a rebotar contra las paredes de metal, tiñendo el lugar con el destello intermitente de las luces rojas de emergencia.

—¡Intrusos! ¡Están en el sector b.!! —el grito de un enemigo fue cortado en seco por una ráfaga corta de mi rifle. El hombre cayó hacia atrás, su sangre salpicando las láminas de acero.

A partir de ese instante, el infierno se desató.

Un diluvio de plomo comenzó a llover desde el piso superior.

El estruendo de los disparos era ensordecedor; el olor acre de la pólvora quemada inundó mis fosas nasales en cuestión de segundos, nublando la vista.

Nos parapetamos detrás de unas columnas de hormigón mientras las balas arrancaban trozos de cemento a escasos centímetros de nuestras cabezas.

—¡Vivaldi, por la derecha! —gritó Lucius.

De reojo, vi a dos hombres armados flanqueándome desde una escalera de caracol.

Antes de que pudiera girar mi arma, Lucius se asomó por encima de su cobertura y vació su cargador contra ellos con una ferocidad suicida.

Los dos hombres rodaron por los escalones, sin vida.

Lucius me miró por una fracción de segundo, asintiendo levemente, demostrando que en el campo de batalla su sed de sangre contra Romero superaba cualquier vieja rencilla entre nosotros.

—¡Johnson, fuego de cobertura! —bramé, aprovechando la brecha.

Johnson y los tiradores abrieron una línea de fuego continuo que obligó a los hombres de Romero a replegarse hacia las oficinas del segundo nivel.

Avancé a pasos agigantados, subiendo las escaleras de metal mientras los casquillos vacíos tintineaban bajo mis botas.

La adrenalina bloqueaba cualquier rastro de fatiga o duda.

Cada hombre que se cruzaba en mi camino era borrado del mapa; me movía impulsado por la pura necesidad de arrancar la cabeza del monstruo que había osado tocar a Beth.

Llegamos al pasillo principal del área administrativa. Las puertas de madera contrachapada estaban destrozadas por los impactos de bala. Al fondo del corredor, una pesada puerta de roble doble permanecía cerrada.

—Está ahí dentro —dijo Lucius, recargando su arma con manos temblorosas debido al esfuerzo físico—. Es su oficina privada. El último reducto.

Hice una seña a mis hombres para que rodearan el umbral. Me planté frente a la puerta y, de una sola patada reforzada por toda mi rabia, la abrí de par en par.

La oficina estaba en penumbras, iluminada únicamente por las pantallas de un sistema de vigilancia que parpadeaban con imágenes de la planta bajo ataque.

En medio del caos informático, Romero estaba de pie detrás de su escritorio de caoba.

Su habitual pulcritud había desaparecido: tenía la camisa desabrochada, el cabello revuelto y sostenía un revólver de gran calibre con una mano que vibraba por la desesperación pura.

Tenía la mirada de un animal acorralado que sabe que su hora ha llegado.

—Se acabó, Romero —dije, entrando con el rifle abajo pero listo para levantarlo en un milisegundo. Johnson y Lucius se posicionaron a mis costados, cerrando cualquier posibilidad de escape.

Romero soltó una carcajada histérica, un sonido patético que denotaba la pérdida total de su cordura. Miró a Lucius y luego a mí.

—¿El Don y el traidor operando juntos? —escupió con desprecio, apuntándonos intermitentemente con el revólver—. Qué conmovedor. Pero no ganaron nada, Vivaldi. Aunque me mates, destruí tu paz. Le demostré a tu preciosa Beth lo débil que eres. La rompí, y cada vez que la mires, recordarás mi nombre.

Aquellas palabras fueron el detonante final. No disparé mi rifle; lo arrojé a un lado y me abalancé sobre el escritorio antes de que pudiera apretar el gatillo de su revólver. El impacto nos mandó a ambos al suelo, arrastrando papeles, lámparas y cables en la caída.

Le propiné un puñetazo directo a la mandíbula que le hizo soltar el arma.

Romero gimió, pero la adrenalina del miedo lo hizo responder, enterrando sus dedos cerca de mis ojos.

Me incorporé lo suficiente para asestarle otro golpe en las costillas y luego lo tomé por el cuello de la camisa, estampando su cabeza contra el borde metálico del escritorio.

El sádico criminal que había atormentado a mi mujer ahora sangraba profusamente por la nariz y la frente, suplicando con la mirada mientras el aire se le escapaba de los pulmones. Lo levanté del suelo a la fuerza y lo arrojé contra la pared.

—Tú no rompiste nada —le siseé al oído, hundiendo mi antebrazo en su garganta hasta que su rostro comenzó a tornarse morado—. Ella es mil veces más fuerte que tú, y tú solo eres un cadáver que olvidará la historia.

Saqué mi pistola Glock de la pistolera soba cajera, presionando el cañón frío directamente debajo de su barbilla. Romero cerró los ojos, temblando por completo, desprovisto de toda la arrogancia con la que me había amenazado por teléfono.

Miré a Lucius por encima del hombro. Había una deuda de sangre compartida en esa habitación. —¿Quieres el honor? —le pregunté con voz ronca.

Lucius miró al hombre que lo había despojado de su facción y que casi lo mata en una cama de hospital.

Levantó su propia arma, pero tras un segundo de tensa reflexión, la bajó lentamente, soltando un suspiro pesado.

—No, Vivaldi. Él te quitó a Beth. Termina con esto.

Mi venganza ya está completa al verlo de rodillas.

Giré de nuevo la vista hacia Romero. No hubo discursos, ni últimas palabras, ni clemencia. El submundo de la mafia no perdonaba los errores de esta magnitud.

Apreté el gatillo.

El disparo resonó con un eco seco dentro de la oficina. El cuerpo de Romero se desplomó como un títere al que le han cortado los hilos, quedando inmóvil sobre el suelo cubierto de escombros. El silencio regresó al almacén de golpe, un silencio denso, pesado, impregnado del olor, a fin de cuentas.

Guardé mi arma y me limpié la sangre ajena de la mejilla con el dorso de la mano. La guerra había terminado. El precio había sido altísimo, pero el nombre de Romero ya era pasado.

—Johnson —ordené, sin mirar el cadáver—. Limpien todo. Que no quede ni un solo rastro de que estuvimos aquí. Quememos este maldito lugar hasta los cimientos si es necesario.

—Entendido, señor —respondió Johnson, comenzando a coordinar a los hombres de inmediato.

Caminé hacia la salida de la oficina, pero me detuve frente a Lucius. El hombre que había intentado destruir mi imperio ahora permanecía de pie, pálido y exhausto, apoyado contra el marco de la puerta.

—Nuestra tregua termina al cruzar esa puerta trasera, Lucius —le advertí con tono severo, aunque sin la hostilidad asesina de antes—.

Tienes veinticuatro horas para tomar a tus hombres restantes y desaparecer de esta ciudad.

Si vuelvo a ver tu rostro en mis calles, no habrá explicaciones médicas que te salven.

Lucius esbozó una sonrisa cansada y asintió levemente con la cabeza. —No me verás más, Vivaldi. Cumplí mi parte. Cuida de ella.

Salí del complejo industrial a grandes zancadas, respirando el aire frío de la madrugada portuaria.

Mientras detrás de mí las primeras llamas provocadas por mis hombres comenzaban a lamer las ventanas de la planta, mi mente ya no estaba en la pólvora ni en los imperios mafiosos.

Mi mente estaba en la casa segura, en la habitación donde Beth me esperaba para comenzar a sanar nuestras verdaderas cicatrices.