Capítulo 20
Sombras entre Aliados
El pitido rítmico y apagado del monitor cardíaco era el único sonido que quebraba la pesadez de la habitación.
Estábamos en una de las casas seguras de la periferia, un lugar blindado que Johnson mantenía equipado con material médico de primera categoría para emergencias que la policía no debía registrar.
El olor a desinfectante y a hierro flotaba en el aire, mezclándose con el aroma del café rancio que nadie se había molestado en beber.
Beth descansaba en la cama, con los ojos cerrados y la respiración débil pero constante.
Verla así, desprovista de su habitual fuego defensivo, me destrozaba por dentro.
Tenía parches de gasa en los brazos y una quemadura pálida cerca de la clavícula, marcas inconfundibles del sádico juego de Romero.
Tenía los labios agrietados y pequeños hematomas que comenzaban a tornarse amarillentos en sus muñecas, allí donde las cuerdas la habían aprisionado.
Me senté en la silla metálica a su lado, hundiendo el rostro entre las manos. La culpa era un veneno lento. Yo la había arrastrado a esto. Mi nombre, mi estatus y mi maldita guerra habían pintado una diana en su espalda.
Un leve quejido me hizo levantar la cabeza de golpe.
Beth entreabrió los ojos, parpadeando con pesadez contra la tenue luz de la lámpara de noche.
Cuando sus pupilas enfocaron mi rostro, un destello de puro terror cruzó su mirada por una fracción de segundo.
Intentó incorporarse bruscamente, pero el dolor de sus costillas heridas la obligó a soltar un gemido y a dejarse caer de nuevo sobre la almohada.
—Tranquila, nena... Tranquila. Estás a salvo —murmuré, forzando una suavidad en mi voz que rara vez utilizaba. Extendí la mano para tocarla, pero me detuve a mitad de camino cuando noté que se tensaba de forma instintiva. El trauma seguía allí, dictando sus movimientos.
Ella respiró hondo, tragando saliva con dificultad. Miró a su alrededor, asimilando las paredes desnudas y el equipo médico, antes de fijar sus ojos verdes en los míos. El fuego que Romero había intentado apagar seguía parpadeando, débil, pero vivo.
—Él... Él sabía que vendrías —consiguió decir con la voz rota y carrasposa—. Todo era una maldita distracción, Vivaldi. Quería debilitar tus defensas en la ciudad.
—Lo sé —respondí, apretando la mandíbula al recordar la llamada burlona en la casa del lago—. Pero subestimó con quién se estaba metiendo. Y te subestimó a ti. Estás viva, Beth. Eso es lo único que me importa ahora mismo. El resto del mundo puede arder.
Ella desvió la mirada hacia la ventana, donde los primeros rayos del amanecer comenzaban a teñir el cielo de un tono grisáceo.
—Lucius... —pronunció el nombre con una mezcla de confusión y desprecio—.
Lo vi en el bosque antes de que todo se volviera oscuro.
¿Cómo es posible? Yo le disparé. Sentí el impacto en mis propias manos.
—Es una larga historia que involucra a Johnson jugando a ser Dios para proteger el sindicato —expliqué con amargura, poniéndome de pie para caminar por el espacio reducido de la estancia—.
Sobrevivió. Y, por irónico que suene, su sed de venganza contra Romero fue lo que nos dio tus coordenadas exactas.
Está abajo, custodiado por mis hombres. No confío en él ni un milímetro, pero por ahora, compartimos el mismo enemigo.
Beth cerró los ojos, asimilando la abrumadora realidad de que los fantasmas de nuestro pasado se negaban a permanecer enterrados.
Estiró la mano débilmente sobre la sábana, buscando la mía.
Esta vez no hubo dudas. Enlacé mis dedos con los suyos, sintiendo su piel fría, y me incliné para besar su frente con una devoción que me asustaba.
—No dejaré que nadie vuelva a ponerte una mano encima —le prometí al oído, con un juramento de sangre que pretendía cumplir hasta mi último aliento—.
Romero ya no tiene dónde esconderse. He bloqueado sus cuentas, sus rutas de escape y sus contactos en el puerto.
Está atrapado en esta ciudad, y voy a cazarlo como al animal herido que es.
La puerta de la habitación se abrió con un leve chasquido.
Johnson asomó la cabeza, con el rostro serio y cansado de quien no había dormido en cuarenta y ocho horas.
Me miró y asintió levemente hacia el pasillo.
Era la señal de que los negocios de la organización no podían esperar, ni siquiera por el dolor.
Miré a Beth una última vez. Ella asintió, dándome permiso en silencio, demostrando una fortaleza que me recordaba por qué era la única mujer capaz de mantenerse en pie al lado del Don de la ciudad.
Salí al pasillo, cerrando la puerta detrás de mí. Johnson me esperaba con una tableta digital en las manos y los brazos cruzados.
—¿Qué tienes? —pregunté, recuperando instantáneamente mi tono frío y autoritario.
—Los hombres de Lucius han confirmado que la red de Romero se está desmoronando más rápido de lo esperado —informó Johnson, mostrándome un mapa de la zona portuaria con varios puntos parpadeando en rojo—.
Intentó abordar un carguero comercial bajo un nombre falso hace una hora, pero nuestros informantes en el muelle cerraron el paso.
Está desesperado, jefe. Cuando un hombre como él se queda sin opciones, se vuelve predecible. .. o suicida.
—No me importa cuál de las dos sea, siempre y cuando termine bajo tierra —sentencié, revisando las rutas marcadas—. ¿Dónde está Lucius ahora?
—En el sótano, bajo vigilancia constante. Sus heridas se abrieron un poco durante la extracción en el bosque, pero nuestro médico ya lo remendó. Pregunta cuándo nos moveremos contra la base principal de Romero. Quiere estar en la primera línea.
Solté una risa desprovista de humor, mirando hacia el final del pasillo oscuro. La alianza con mi antiguo enemigo era un hilo delgado que podía romperse en cualquier momento.
—Dile a Lucius que se prepare. Nos moveremos cuando caiga la noche —ordené, clavando la mirada en Johnson—. Y Johnson... si vuelves a ocultarme algo de esta magnitud, no me importará cuántos años lleves sirviendo a mi familia. Te mataré yo mismo. ¿Quedó claro?
Johnson mantuvo la mirada firme, asumiendo la amenaza con la seriedad de quien conoce las reglas del juego. —Entendido, señor. No volverá a ocurrir.
Volví a mirar la puerta de la habitación de Beth.
La tormenta no había terminado; simplemente estábamos en el ojo del huracán.
Pero esta vez, Romero no se enfrentaba a una mafia dividida.
Se enfrentaba a un hombre que no tenía nada que perder y a un imperio dispuesto a quemar sus propios cimientos con tal de ejecutar la venganza perfecta.