HERENCIA DE SANGRE ( Romance Contemporáneo) Capítulo 19
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Capítulo 19

El Pacto con el Carnicero de Romero

—No dejes que me lleve, por lo que más quieras... —la oí susurrar en un hilo de voz apenas perceptible. Supuse de inmediato por la fijeza de su mirada horrorizada que Ian se encontraba parado justo detrás de mí en la penumbra del pasillo.

—Beth, tranquila. No pasa nada, todo está bajo control —empecé a decirle, intentando dar un paso al frente para acortar la distancia, pero ella me interrumpió de golpe.

—Mátame —le suplicó con una desesperación desgarradora al hombre de la cicatriz que la sujetaba por el cuello.

Sentí cómo una violenta e incontenible oleada de celos me invadía las entrañas al escucharla suplicarle la muerte a otro sujeto antes que confiar en mi rescate.

Elizabeth llevó su mano temblorosa directo hacia el estómago del captor, justo donde el brazo robusto de este la oprimía contra su anatomía, en una imploración muda que me encendió la sangre.

—Beth, escúchame con atención de una puta vez —comencé de nuevo, forzando a mi voz a mantener un tono grave y pausado mientras daba otro paso tentativo hacia el centro de la estancia—Este hombre no es Lucius.

Ella me clavó una mirada perdida, empañada por las lágrimas que corrían descontroladamente por sus mejillas; era evidente que el trauma psicológico le impedía creerme.

Su cuerpo continuaba pegándose de forma instintiva a su captor, buscando una barrera inexistente contra sus propios fantasmas.

Sabía de sobra que traer a este sujeto a mis filas operativa resultaría una pésima idea debido a las cicatrices de Elizabeth, pero la realidad era implacable: el infeliz literalmente había asesinado a Romero por mí.

Le había prometido un puesto de alta jerarquía en la organización si cumplía el encargo con éxito, y había cumplido su parte del trato a la perfección.

—Solo... aprieta el maldito gatillo —le suplicó de nuevo al secuestrador, volviendo el rostro hacia él en una dolorosa rendición.

—Elizabeth, no tienes absolutamente nada de qué preocuparte, te lo voy a explicar todo en cuanto salgamos de aquí —intenté de nuevo, pero ella ni se inmutó ni me hizo el menor caso.

Comprendí que la vía del diálogo con mi esposa estaba completamente rota en este instante, así que decidí encarar directamente al sicario.

—Déjala ir ahora mismo o te juro por mi honor que mis hombres se encargarán de hacer que el resto de tu miserable existencia sea un auténtico infierno en la tierra —le advertí, clavando mis ojos en los suyos.

—¡No! —gritó Elizabeth, perdiendo la compostura por completo—. ¡Al único maldito hombre al que deberías meterle un tiro es al que se encuentra parado justo detrás de ti!

—No es él, Beth. Te repito que Lucius está bien muerto y bajo tierra —sentencié con una firmeza inquebrantable. Me giré sutilmente hacia el pasillo e indiqué a Ian con un gesto severo de la mano que saliera de la habitación de invitados; ahora solo quedábamos el captor, ella y yo en el espacio.

Me acomodé las solapas del saco y clavé una mirada indescifrable en el hombre de la cicatriz.

—Mire, caballero... su jefe Romero está oficialmente muerto y usted tiene únicamente dos opciones realizables sobre el tablero: o me entrega a Elizabeth en este preciso segundo y sobrevive para cobrar su recompensa, o simplemente decide morir aquí mismo.

El sujeto de la cicatriz evaluó el peso de mis palabras, miró la fijeza de mi arma de repuesto y, al cabo de un agónico instante, una sonrisa de absoluta suficiencia se dibujó en sus labios agrietados.

Aflojó la presión de su brazo alrededor de la garganta de Beth y dio un paso atrás, rindiéndose de forma pragmática.

Elizabeth se apartó de él de un salto y corrió a refugiarse en la esquina opuesta del dormitorio, temblando de arriba abajo. Traté de aproximarme para estrecharla contra mi pecho, pero ella levantó las manos, rehusando cualquier rastro de mi tacto.

—Necesito a mi lado a un hombre en quien pueda confiar de verdad, Dimitri... alguien que no se dedique a mandar a matar ni a violar a la gente —articuló en un susurro roto; su voz se quebró por completo al final de la frase.

—Beth, por favor, si no cooperas...

Ella soltó una burla amarga cargada de un desprecio absoluto. —Y ahí vas de nuevo, recurriendo a las amenazas y a los castigos en cuanto pierdes el control....

Antes de que pudiera formular una sola palabra para defenderme de su acusación, dos golpes secos en la madera del umbral interrumpieron la tensión. Ian entró a la estancia con paso apresurado.

—Disculpen la interrupción, jefe, pero Johnson necesita verlo en el piso inferior de carácter urgente —anunció, y sus ojos pasaron de largo para analizar sutilmente la figura de Elizabeth. Ella reaccionó de inmediato dando unos pasos hacia atrás, buscando la seguridad de la pared.

—No te preocupes por nada, Beth. Volveré muy pronto por ti —le prometí en un susurro antes de darle la espalda.

Salí del dormitorio acompañado por Ian y nos dirigimos a zancadas firmes hacia mi oficina principal del ala oeste. Johnson ya se encontraba allí de pie junto al imponente escritorio de roble, sosteniendo una carpeta de manila sellada entre las manos.

—Es completamente oficial, jefe —informó el sargento con su habitual rigidez militar—. Romero está muerto y su nombre ha sido borrado de forma definitiva de los servidores de la prensa nacional.

—¿Cómo carajo lograste limpiar semejante desastre con los federales en tan poco tiempo, Johnson? —pregunté, abriendo el archivo de inteligencia para verificar los datos.

—Moví algunos hilos de alta seguridad en las altas esferas y los registros civiles volvieron a la normalidad —explicó con una sonrisa de complicidad—También me encargué de confeccionar la nueva lista de clientes prioritarios para los siguientes envíos de mercancía.

Me entregó un trozo de papel arrugado donde figuraban minuciosamente anotados los nombres y las coordenadas de los posibles compradores del mercado negro.

—Bien... esto tiene un aspecto asquerosamente lucrativo. Deberíamos continuar con la distribución de inmediato... —detuve mi discurso en seco en cuanto mis ojos leyeron el último renglón del papel.

Un vacío helado se instaló en mi estómago y la fijeza de mi mirada se congeló en las letras.

—¿Le hiciste una rigurosa verificación de antecedentes civiles y penales a cada uno de los sujetos de esta lista, Johnson? —inquirí con un hilo de voz grave, devolviéndole el papel con dedos rígidos.

—No, señor, planeaba encargarme de ese rastreo más tarde. ¿Ocurre algún problema o cabo suelto con los nombres? —preguntó, frunciendo sutilmente el ceño ante mi cambio de actitud.

—Hay una identidad específica ahí abajo que necesito que revises de inmediato —ordené.

—¿Cuál de todas, jefe?

Ian dio un paso al frente en el despacho, estirando el cuello para tratar de divisar la lista sobre la madera del escritorio.

—La última —sentencié con una frialdad absoluta.

—¿Por qué es tan jodidamente importante ese nombre en nuestro negocio, señor? —preguntó Ian, y ambos hombres de confianza clavaron su fijeza directamente en mis pupilas, esperando una explicación.

Me recosté contra el respaldo de la silla de cuero, sintiendo que el aire se volvía denso en la oficina.

—Porque es matemáticamente imposible... —murmuré para mí mismo en medio del silencio...