Capítulo 17
Traición Bajo la Lluvia
El cañón de mi Glock temblaba levemente, no por miedo, sino por la incontenible oleada de violencia que amenazaba con nublar mi juicio.
Allí, de rodillas en el frío suelo de mármol de mi vestíbulo, rodeado por diez hombres que le apuntaban a la cabeza, estaba Lucius.
Tenía el rostro demacrado, ojeras profundas que parecían hendiduras en la piel y una cicatriz blanquecina que se asomaba por encima del cuello de su camisa.
Estaba vivo. El maldito traidor estaba vivo.
—Dame una sola razón para no esparcir tus sesos por toda la entrada ahora mismo —siseé, dando un paso al frente y hundiendo la boca del arma justo en su frente. El frío del metal pareció no inmutarlo.
Lucius soltó una risa seca, rota, que terminó en una tos áspera. —Porque si me matas, Vivaldi... ella morirá en las próximas dos horas. Y tú lo sabes.
—¡Cállate! —le propiné una patada en el pecho que lo mandó directo al suelo. Lucius se encogió, jadeando de dolor y presionándose el costado izquierdo. Mi furia era un animal ciego—. Le disparaste a mi gente. Ella te disparó a ti. Te vi desangrarte. ¡Te vi morir!
Giré la mirada hacia Johnson, que permanecía un paso atrás, inusualmente pálido. Un terrible presentimiento me heló la sangre al ver la culpa reflejada en los ojos de mi mano derecha. —Johnson... —mi voz bajó a un susurro peligroso—. ¿Qué significa esto?
Johnson tragó saliva, dio un paso adelante y bajó la cabeza, adoptando una postura de absoluta sumisión.
—Lo lamento, señor. Fue decisión mía. Cuando Beth le disparó, la bala colapsó su pulmón izquierdo, pero no tocó el corazón.
Estaba muriendo en el suelo, sí, pero cuando usted se llevó a la señorita Elizabeth, mis hombres y yo nos quedamos a limpiar la escena. Todavía tenía pulso.
—Me mentiste —dije, sintiendo una punzada de traición en el pecho. Johnson había estado conmigo en las buenas y en las malas; era el único en quien confiaba ciegamente.
—Lo hice por el negocio, jefe, y por usted —respondió Johnson con firmeza, aunque su voz flaqueó—.
Estaba perdiendo la cabeza por Beth. Si sabía que Lucius seguía vivo, habría desatado una guerra abierta antes de tiempo, destruyendo nuestras finanzas y alertando al sindicato internacional.
Lo mantuve en una clínica clandestina bajo mi nombre, conectado a un respirador.
Despertó del coma hace apenas tres días.
Cuando se enteró de lo de Romero, escapó de la vigilancia médica para buscarlo a usted.
Miré de nuevo a Lucius, quien se incorporaba con dificultad, apoyándose en una de las columnas del vestíbulo. Sus ojos, antes llenos de ambición arrogante, ahora reflejaban una desesperación sombría.
—No vengo a pelear por tu territorio, Vivaldi —dijo Lucius, escupiendo un hilo de sangre—.
Romero no solo tiene a Beth. Se ha aliado con los disidentes de mi antigua facción.
Me quitaron todo mientras estaba en esa cama de hospital.
Pero no me importa el dinero. Conozco a Romero; sé cómo piensa ese psicópata.
Sé lo que les hace a las mujeres antes de.
.. —se interrumpió, incapaz de terminar la frase.
Un destello de genuino dolor cruzó su rostro—.
Ella no se merece lo que él le está haciendo.
Déjame ayudarte a recuperarla. Después de eso, puedes pegarme un tiro si quieres.
Guardé la pistola lentamente, aunque el pulso seguía acelerado.
La lógica fría del tablero de ajedrez mafioso regresó a mi mente.
Odiaba a Lucius con cada fibra de mi ser, pero conocía el terreno.
Si Romero lo había despojado de su poder, Lucius era el único animal herido que podía rastrear su rastro de sangre.
—Si das un solo paso en falso, te despellejaré vivo —le advertí, tomándolo por la solapa de la chaqueta y levantándolo violentamente—. ¿Dónde está?
Lucius respiró con dificultad, pero asintió.
—Romero tiene un complejo forestal. No está registrado a su nombre, sino al de una corporación fantasma que usábamos en los viejos tiempos para el tráfico de armas.
Es una cabaña fortificada en el sector denso del bosque estatal, a unos sesenta kilómetros al este del lago.
Tengo las coordenadas exactas memorizadas aquí —se tocó la sien.
Miré a Johnson, cuyos ojos imploraban perdón, pero también acción.
—Prepara los vehículos —le ordené crudamente—.
No quiero treinta hombres esta vez. Hace demasiado ruido y Romero está esperándonos.
Quiero a los cinco mejores tiradores. Armamento pesado, silenciadores y visión nocturna. Nos movemos en cinco minutos.
El viaje en la enorme camioneta blindada fue un ejercicio de tortura psicológica.
Yo iba al volante, con el acelerador a fondo, devorando la carretera oscura que se adentraba en la densidad del bosque.
A mi lado, en el asiento del copiloto, Lucius permanecía en silencio, con la mirada fija en el parabrisas y una mano presionando su costado herido.
En los asientos traseros, Johnson y tres de nuestros hombres más letales revisaban los cargadores de los rifles en un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el clic metálico de las armas.
Nadie hablaba. La tensión dentro del habitáculo era tan espesa que casi se podía cortar con un cuchillo.
Yo no dejaba de pensar en la llamada telefónica, en los gritos de Beth reverberando en mi cabeza.
Cada segundo que pasaba era una gota de su sangre que caía al suelo.
“Estoy justo delante de tus narices”, había dicho Romero.
El maldito nos había tendido una trampa en la casa del lago para ganar tiempo y destrozarme los nervios, alejándome de su verdadero escondite.
—Gira a la izquierda en el próximo camino de tierra —indicó Lucius de repente, rompiendo el mutismo con su voz pastosa—.
Apaga las luces frontales. A partir de aquí, Romero tiene puestos de avanzada con cámaras térmicas.
Si ven faros en la ruta, la matará antes de que crucemos la primera línea de árboles.
Giré el volante con brusquedad, adentrando el vehículo en una boca de lobo cubierta por pinos gigantescos. Apagué las luces principales, activando el sistema de navegación por infrarrojos en la pantalla del tablero. El coche avanzaba como un fantasma sobre el barro y las hojas secas.
A medida que nos acercábamos a las coordenadas, el bosque parecía cerrarse sobre nosotros, como si nos advirtiera que estábamos entrando en la boca del lobo.
Mi mente bailaba entre el deseo salvaje de arrancar el corazón de Romero con mis propias manos y el pavor paralizante de llegar demasiado tarde y encontrar el cuerpo sin vida de la única mujer que le había devuelto la humanidad a este monstruo en el que me había convertido.
—Estamos a quinientos metros —anunció Lucius, revisando una pequeña tableta táctil que Johnson le había proporcionado—. Detén el vehículo aquí. El resto del camino se hace a pie.
Frené la camioneta bajo la sombra de un desfiladero rocoso. Apagué el motor. El silencio del bosque nos envolvió al instante, un silencio sepulcral que solo presagiaba muerte.
Descendimos del coche de inmediato. El aire de la madrugada era helado, congelando nuestro aliento en pequeñas nubes blancas.
Nos colocamos las gafas de visión nocturna; el mundo se tiñó de un verde fosforescente y fantasmal.
Ajusté mi chaleco táctico, cargué mi rifle de asalto con un movimiento seco y miré a los hombres que me rodeaban.
A mi izquierda, Johnson me dedicó un asentimiento de cabeza, un mudo juramento de lealtad absoluta en la batalla que se avecinaba.
A mi derecha, Lucius sostenía una pistola con mano firme, a pesar de su evidente debilidad física.
Un traidor y una mano derecha que me había ocultado la verdad; un equipo maldito, unido únicamente por el hilo conductor de la venganza y el rescate.
—Escúchenme bien —les hablé en un susurro frío que cortó el viento—.
No quiero prisioneros. No quiero advertencias.
Cada hombre de Romero que vean es un cadáver en potencia.
Nos abrimos paso hasta el centro de la cabaña, aseguramos a Beth y rodeamos a Romero.
Quiero a ese infeliz vivo el tiempo suficiente para que me suplique por su maldita existencia.
Los hombres asintieron al unísono.
Nos adentramos en la maleza espesa, moviéndonos como sombras letales entre los árboles, con los rifles arriba y el dedo en el gatillo.
A lo lejos, entre la densa niebla del bosque, la silueta oscura y fortificada de la cabaña comenzó a materializarse.
Había luces tenues en las ventanas altas y el brillo intermitente de lo que parecía ser una cámara de seguridad en el perímetro exterior.
Beth estaba allí dentro. Podía sentirlo en la vibración de mi propia sangre. La hora del juicio había llegado, y el bosque entero estaba a punto de arder.