Capítulo 14
Un Cañón Apuntando al Destino
Me desperté mucho antes de que el primer destello del amanecer lograra colarse por las cortinas de la habitación.
Me quedé unos minutos contemplando su rostro sereno mientras dormía, ajena por completo al caos que se cernía sobre nuestras cabezas.
Fue en ese momento de quietud cuando tomé una decisión drástica y dolorosa: tenía que dejarla atrás.
Arrastrarla conmigo a la cacería directa contra Romero era un riesgo asquerosamente alto que no podía permitirme correr.
En el estado de desprotección en el que nos encontrábamos, cualquiera de las bandas rivales o los propios hombres de Romero podría secuestrarla con alarmante facilidad para usarla como moneda de cambio.
Y si yo me veía obligado a rendirme o a bajar la guardia para salvar su vida, la realidad del submundo criminal era implacable: nos ejecutarían a los dos sin el menor remordimiento.
Bajé las escaleras en silencio y me serví una taza de café negro en la cocina, donde Mary Ross ya se encontraba esperándome.
Me explicó con calma que había viajado directamente a esta propiedad segura en cuanto los rumores sobre la traición y caída de Lucius comenzaron a esparcirse por las cloacas de la organización.
—Te visité en el hospital central en cuanto supe del tiroteo en la azotea —mencionó ella, rompiendo el silencio del amanecer mientras sostenía su taza entre las manos.
Levanté la vista despacio, clavando mis ojos en los suyos.
—Parecías un hombre completamente derrotado, Dimitri... —continuó con un hilo de voz seria—Era como si el peso de todo nuestro maldito mundo finalmente hubiera encontrado la forma de vencer tu resistencia.
No pude evitar que una ligera y amarga sonrisa se dibujara en mis labios ante su descripción.
—En ese entonces te pregunté explícitamente por el paradero de Elizabeth, pero tú ni siquiera lograbas recordar su nombre o sus facciones. Llegué a pensar con verdadera preocupación que la amnesia te había borrado por completo la existencia de tu propia esposa.
—No lo he olvidado todo, Mary Ross —respondí con voz grave, dándole un sorbo al café amargo—Algunas secciones de mi memoria reciente continúan estando un poco borrosas o fragmentadas, pero las piezas del rompecabezas van regresando a mi cabeza poco a poco, con el pasar de los días.
—Me alegra infinitamente escuchar eso —asintió ella, suavizando sutilmente la fijeza de su mirada.
Nos sumergimos en un denso silencio durante varios minutos, cobijados por el calor de la cocina, hasta que decidí formular la pregunta que me venía calando el pecho desde que leí el expediente psiquiátrico de Beth.
—Dime una cosa, Mary Rose... ¿Tú estabas al tanto de que Lucius le había sido infiel a la organización? ¿Sabías con total certeza lo que le hizo a Elizabeth cuando se la llevó por la fuerza?
Ella comenzó a juguetear nerviosamente con sus dedos sobre la encimera, forzando a sus pulmones a respirar de manera lenta y pausada para controlar la tensión del recuerdo.
—Jamás en mi vida me inspiró la menor simpatía ese maldito sujeto, Dimitri.
Siempre se comportó como un hombre asquerosamente engreído, soberbio y arrogante ante el resto de las familias criminales —confesó entre dientes— Pero debo admitir con honestidad que nunca llegué a sospechar que se transformaría en una amenaza real de tal calibre en contra de los tuyos.
Asentí firmemente con la cabeza, asimilando la respuesta. Supongo que el muy infeliz se las había ingeniado de forma magistral para engañar a absolutamente todos los miembros del clan mientras tejía su traición a mis espaldas.
—Deberías haber sido tú quien lo mandara a la tumba, Dimitri —susurró Mary Rose de pronto, y sus ojos destilaron una frialdad cortante.
Fruncí el ceño sutilmente. —¿Qué dices?
—¿Acaso olvidaste lo que ocurrió cuando la tocó aquella maldita noche en la antigua mansión?
—inquirió con un deje de indignación en la voz— Ese enfermo esposó a la pobre chica a la estructura de la cama en contra de su voluntad y comenzó a manosearla de la forma más vil imaginable.
Elizabeth estaba completamente aterrorizada, Dimitri.
.. ¿Es que ya no recuerdas la mirada rota de sus ojos esa mañana?
Recordaba perfectamente cada maldito detalle de aquella mañana de infierno. El recuerdo me encendió una furia asesina en las venas.
—¡¿Por qué demonios no lo mataste en ese mismo instante?! —me recriminó de nuevo, elevando sutilmente la voz.
Solté un pesado suspiro cargado de hastío, dejando la taza sobre la barra.
—Llegué a pensar ingenuamente que con despedirlo de la organización y desterrarlo de mis rutas civiles sería suficiente castigo para escarmentarlo, pero la realidad demostró que cometí un error imperdonable... —admití con amargura, interrumpiendo mi propio discurso.
Me despedí de Mary Rose y subí las escaleras de regreso al piso superior.
Entré a la habitación de invitados y me encontré a Elizabeth despierta, trasteando con una fijeza analítica la pistola compacta de nueve milímetros que le había entregado horas atrás.
Sinceramente, todavía me causaba una profunda sorpresa interna notar que no hubiera intentado al menos usar el metal para dispararme en la pierna en un arranque de desesperación por recuperar su libertad.
—Beth, yo... necesito decirte algo —comencé, dando un paso tentativo hacia el interior de la estancia.
Sin embargo, mi discurso se vio bruscamente interrumpido por el eco ensordecedor de una ráfaga de disparos proveniente del patio exterior de la propiedad.
La adrenalina se me disparó al segundo. Reaccionando por puro instinto criminal, la agarré fuertemente del brazo, la jalé hacia mí y nos ocultamos detrás de la estructura de madera de la puerta, usando la distribución de la pared como escudo.
Había alguien asaltando las instalaciones.
Los hombres de Romero nos habían localizado de forma inexplicable.
—Dimí... —Elizabeth intentó formular mi nombre con la voz rota por el pánico súbito, tratando de decir algo en medio del caos.
—¡Cállate de una puta vez! —le susurré al oído con una ferocidad inquebrantable.
Para imponer autoridad absoluta y garantizar que no emitiera un solo sonido que delatara nuestra posición exacta, le tapé la boca firmemente con la palma de mi mano libre y, en un movimiento desesperado, le apunté con el cañón negro de mi pistola reglamentaria directo a la sien.
Todo su cuerpo se estremeció con una sacudida violenta al darse cuenta de la crudeza de lo que yo estaba haciendo; sus pupilas se dilataron por el pánico primario ante el metal frío rozando su piel.
Escuchamos cuatro detonaciones más resonando en la planta baja.
Mary Rose continuaba allá abajo, batallando por su vida en medio de la línea de fuego.
Por la cadencia de los pasos pesados y el crujido de los tablones del vestíbulo, calculé mentalmente que se trataba de al menos seis hombres fuertemente armados irrumpiendo en el refugio.
—¡Registren cada maldito rincón de la casa! Ese infeliz de Dimitri tiene que estar oculto en alguna parte de este piso —bramó una voz ruda y desconocida en el pasillo central.
Se escuchó el impacto de objetos siendo destrozados con violencia y una de las ventanas del salón principal se hizo añicos, esparciendo cristales por el suelo.
—¿Está perfectamente cargada tu arma, Beth? —le susurré de nuevo contra el oído, sin relajar un solo milímetro la presión de mi mano sobre su boca.
Ella se limitó a asentir levemente con la cabeza, manteniendo los ojos fijos en los míos.
Fui retirando los dedos de sus labios de forma pausada y le indiqué con un gesto firme de la mano que permaneciera oculta dentro de los límites de la habitación de invitados.
Para mi alivio, su instinto de supervivencia venció a su orgullo y no tuvo el menor problema en obedecer mi directriz de inmediato.
Me asomé con cautela por la esquina del umbral de la puerta y divisé la trayectoria de los asaltantes; era evidente que contaban con equipo táctico y armamento pesado de asalto.
Apunté con total frialdad al centro de la masa del primer sujeto que se interpuso en mi campo de visión y le disparé un tiro limpio a la cabeza.
Al salir al pasillo central exponiéndome, logré mantener el control de la cadencia y descargué tres balazos certeros contra los otros dos cómplices que intentaban cubrirse.
De pronto, un cuarto asaltante emergió de la penumbra de un armario lateral y me propinó una violenta patada directa en el antebrazo diestro.
El impacto me sacó el aire y provocó que mi arma reglamentaria saliera despedida, cayendo con un chasquido metálico a varios metros de distancia sobre el suelo.
Sin darle tiempo a que levantara su rifle, me agaché esquivando su trayectoria y le encajé un brutal puñetazo directo en la mandíbula que lo hizo tambalearse.
Aprovechando su desestabilización, le arrebaté el arma de asalto de las manos y le disparé ráfagas cortas en el pecho, haciendo exactamente lo mismo con un quinto individuo que venía corriendo rezagado desde el sector de la cocina.
El eco de los disparos se disipó y un pesado silencio volvió a instalarse en la mansión. Mis sentidos se mantuvieron alerta, escaneando los corredores, pero ya no vino nadie más al ataque. Había limpiado el perímetro.