HERENCIA DE SANGRE ( Romance Contemporáneo) Capítulo 13
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Capítulo 13

Ecos del Pasado Bajo las Luces del Teatro

Elizabeth no dijo ni una sola palabra; se quedó allí plantada, completamente inmóvil en el centro del almacén abandonado.

Fue como si el tiempo se hubiera detenido de golpe por un instante eterno.

Creo que fue en ese preciso milisegundo cuando su mente asimiló la cruda e irreversible realidad: lo había matado.

El charco de sangre comenzaba a expandirse bajo el cuerpo inerte del informante.

Mi primer instinto, impulsado por mi entrenamiento, fue acercarme con lentitud para hacer que bajara el arma despacio, evitando que el pánico la hiciera cometer otra locura.

—¿Te encuentras bien, Beth? —le pregunté con una suavidad inusual en mí.

Ella no reaccionó ante el sonido de mi voz; ni siquiera parpadeó.

Tenía la mirada completamente perdida, fija en el cadáver del hombre que yacía a sus pies.

Con extrema delicadeza, deslicé mis dedos sobre los suyos para quitarle el arma de las manos y, en cuanto sintió el metal lejos, sus brazos cayeron inertes a ambos lados de su cuerpo.

Me planté justo frente a ella, buscando bloquear la sangrienta escena de su campo de visión, intentando por todos los medios capturar su atención.

—Mírame, Beth. Ya pasó. No pasa nada, era un mal hombre que iba a terminar con mi vida —le aseguré en un susurro, tomándola de las mejillas.

Ella levantó la vista despacio; tenía las facciones desentendidas y el labio inferior le temblaba descontroladamente por el inicio del shock postraumático.

—Él... él tenía una f-familia, Dimitri... tenía una esposa y un hijo —consiguió articular con la voz rota por el llanto, reviviendo la amenaza que yo mismo había usado minutos antes.

—Eso no quita que siguiera siendo un maldito delincuente peligroso, Elizabeth. Iba a matarme y tú me salvaste la vida —repliqué con firmeza, intentando grabarle esa verdad en la mente.

Ella me clavó una mirada cargada de una indignación sutil, una chispa de rabia tiñendo sus lágrimas.

—Vámonos de este maldito lugar, ya —sentenció, apartándose de mi tacto.

Regresamos al coche a paso apresurado, escudándonos en las sombras de los callejones y asegurándonos minuciosamente de que ningún testigo o patrulla civil nos viera salir de la zona industrial.

Elizabeth se subió al asiento del copiloto en absoluto silencio, cerrando la portezuela de un golpe seco.

Puse el motor en marcha y nos incorporamos de nuevo a la autopista.

Mientras conducía, no lograba comprender su lógica interna: ¿cómo era posible que una mujer que hacía apenas unos minutos había golpeado brutalmente al informante en la cara sin mostrar un solo atisbo de duda, terminara derrumbándose en un mar de lágrimas al dispararle para defenderse?

El submundo criminal tenía códigos que ella aún se negaba a digerir.

El silencio sepulcral se prolongó durante varios kilómetros y la tensión dentro del habitáculo se volvió tan densa que ya no pude soportarla más.

—Habla conmigo, Beth. Por lo que más quieras, dime algo —le exigí de reojo.

—¿Y de qué maldita cosa pretendes que hablemos ahora, Dimitri? —preguntó con amargura, cruzándose de brazos mientras clavaba su fijeza a través del cristal de la ventana, contemplando el paisaje borroso de la noche.

—Hiciste lo correcto en ese almacén, Beth. Tienes que meterte eso en la cabeza. Ese infeliz se habría cobrado mi vida de no ser por tu intervención.

—¿De verdad estás completamente seguro de eso? —inquirió, girando sutilmente la cabeza.

—Sí, lo estoy. Intentó usar su fuerza para dejarme inconsciente en el suelo, pero su siguiente movimiento inevitable habría sido descargar el cargador de mi propia arma contra ti para no dejar testigos sueltos. Me salvaste, Beth.

Ella soltó un largo suspiro, dejando caer los hombros, y desvió el tema de forma tajante: —Tengo hambre, Dimitri.

—Pronto nos detendremos en un punto seguro para conseguir comida —le aseguré, pisando el acelerador.

—¿Dónde se supone que vamos a parar? —inquirió, entornando los ojos.

—Conozco a una persona de mi total confianza en la siguiente provincia que puede brindarnos refugio y suministros sin hacer preguntas —revelé.

—Pero yo creía que habías dicho que estábamos completamente solos en esta cacería... —replicó ella, arqueando una ceja con escepticismo.

—Y seguimos siéndolo en términos operativos, Beth —aclaré de inmediato—Esta persona no pertenece a mis filas de la mafia; es un viejo contacto independiente que me debe un par de favores del pasado. Nos mantendrá ocultos tanto de los hombres de Romero como del despliegue de los federales.

Elizabeth se limitó a asentir levemente antes de recostar la cabeza contra la tapicería de cuero. El cansancio psicológico terminó por pasarle factura y, al cabo de unos minutos, sus ojos se cerraron y se quedó profundamente dormida en la penumbra del asiento.

Aprovechando su descanso, me concentré en devorar kilómetros en la oscuridad de la autopista.

El silencio del trayecto me obligó a sumergirme en mis propios recuerdos, reviviendo los engranajes de nuestro turbulento pasado.

Me resultaba extrañamente nostálgico recordar cómo funcionaban las cosas entre nosotros antes de que la traición de Lucius lo dinamitara todo.

Mi mente retrocedió de golpe hacia aquel día fatídico en el teatro, el momento exacto en que la vi por primera vez.

Aquella maldita reunión de negocios en los palcos.

.. Todo mi panorama criminal se había complicado de forma irreversible en el preciso segundo en que decidí involucrar a Elizabeth en mi órbita.

Hoy en día, mirándolo con la perspectiva de la distancia, me preguntaba con amargura si, de no haber tenido el egoísmo de llevarla conmigo a mi mundo aquella noche, ella habría logrado disfrutar de una vida infinitamente más pacífica y segura, lejos de las balas.

Sabía de sobra en aquel entonces que resultaría un movimiento asquerosamente arriesgado e imprudente mostrarle al resto de los clanes mafiosos a la mujer que despertaba en mí un deseo tan salvaje y posesivo.

Jamás en toda mi existencia me había sucedido algo semejante con nadie.

Pero aquel bendito día, cuando mis ojos se cruzaron con los suyos en el vestíbulo del teatro, quedé completamente hipnotizado, preso de una fijeza de la que nunca logré escapar.

Esa hermosa mujer, con su candor y su valentía silenciosa, me había salvado la vida indirectamente, y a pesar de que se encontraba muerta de miedo y desorientada, mantenía una amabilidad que me desarmaba las defensas.

Estaba convencido de que, con el paso del tiempo, su sola presencia me había transformado en un mejor hombre, limando las aristas más crueles de mi naturaleza mafiosa.

Recordé perfectamente una conversación nocturna con Lucius en mi antigua oficina, semanas antes de su traición.

El muy infeliz me había advertido de forma severa que midiera mis arranques de ira, argumentando que Elizabeth era una mujer excepcional que no merecía ser quebrada por mis demostraciones de fuerza física.

Lucius pensaba que mis demonios terminarían por ahuyentarla de mi lado, y la realidad demostró que no se equivocaba; la demente intentó huir de mi cautiverio en incontables ocasiones.

Sin embargo, poco a poco, contra todo pronóstico criminal, las piezas habían comenzado a encajar entre nosotros, llegando a consolidar una especie de tregua y entendimiento mutuo que nos unía en la intimidad.

Aún hoy, conduciendo en medio de la noche, sentía una rabia asfixiante que me quemaba el pecho al pensar en Lucius.

Desearía con cada fibra de mi ser haber sido yo quien lo encontrara en aquella cabaña; le habría otorgado una muerte asquerosamente lenta, dolorosa y despiadada, disfrutando de cada uno de sus alaridos de agonía.

Pero el maldito infeliz tuvo una suerte descomunal: Elizabeth se le adelantó y le descerrajó un tiro limpio, otorgándole un final rápido y sencillo que no merecía en lo absoluto.

Me preguntaba a menudo si ella experimentaba algún tipo de remordimiento tardío por haberle disparado a su captor.

Abajo, en la mansión, me había jurado con madurez que ya lo había superado por completo, ¿pero de verdad una mente civilizada es capaz de dejar atrás una ejecución semejante sin secuelas?

En gran parte, me consideraba el único culpable de toda esta maldita tragedia.

Si no hubiera cometido la imprudencia de clavar mis ojos en ella aquel día en el teatro, si Lucius simplemente la hubiera escoltado de vuelta a la seguridad de su hogar ordinario, nada de este infierno de persecuciones y sangre habría salpicado su existencia.

Solté un pesado suspiro cargado de hastío, bloqueando los remordimientos de mi cabeza para concentrarme en la carretera. Tenía una jornada asquerosamente larga y compleja por delante antes de llegar a las sábanas de Romero.

De pronto, un leve movimiento a mi derecha me indicó que Elizabeth se estaba despertando en la penumbra del asiento.

—¿Dimitri...? —su voz suave y vacilante rompió el silencio del coche.

—¿Sí, Beth? Dime —respondí, manteniendo la fijeza en el asfalto.

Hubo una pausa prolongada antes de que se atreviera a formular la duda que le carcomía la conciencia.

—¿Tú crees... que esto se hará más fácil con el tiempo? —preguntó en un hilo de voz temblorosa.

Fruncí el ceño sutilmente. —¿A qué te refieres exactamente, mi vida?

—A esto... —ella bajó la mirada hacia sus manos, que aún conservaban el fantasma del retroceso del arma—¿Quitarle la vida a la gente se volverá más fácil de digerir en el futuro?

Me quedé completamente mudo ante su pregunta, sintiendo que el aire se volvía pesado en el habitáculo.

Sabía de sobra lo mucho que esa idea le destrozaba la cordura.

Elizabeth no pertenecía a las cloacas de la mafia; ella no era una asesina, y cruzar esa línea de sangre la estaba consumiendo por dentro. ..