HERENCIA DE SANGRE ( Romance Contemporáneo) Capítulo 12
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Capítulo 12

La Batalla del Almacén Abandonado

Le toqué suavemente el hombro para despertarla de su letargo.

Elizabeth había pasado prácticamente todo el trayecto durmiendo en el asiento del copiloto, lo cual supuso un verdadero alivio para mis nervios.

Era plenamente consciente de que asimilar nuestra nueva realidad como los fugitivos más buscados del país no debía de ser una tarea en absoluto sencilla para ella.

—Hay, hermosa... ya estamos aquí —anuncié en un susurro pausado.

Abrió los ojos lentamente, parpadeando contra la penumbra.

Noté de inmediato que sus dedos se cerraban con fuerza alrededor de la culata de la pistola que le había entregado en la cabaña, mientras escaneaba minuciosamente el entorno a través de los cristales oscuros.

Me había detenido en un motel de carretera de baja categoría, un lugar lo suficientemente deprimente y anónimo como para pasar desapercibidos mientras descansábamos unas horas.

Mañana por la mañana, con la mente despejada, nos encargaríamos de averiguar el punto exacto donde se escondía Romero.

Elizabeth se mantuvo en un sepulcral silencio mientras caminábamos a paso rápido hacia la habitación asignada. En cuanto crucé el umbral y cerré el cerrojo, ella se dirigió directamente al cuarto de baño y, al cabo de unos segundos, el nítido sonido de la ducha corriendo inundó el ambiente.

Me quedé sentado en la orilla de la cama matrimonial, con la mente yendo a mil kilómetros por hora, incapaz de concentrarme en un solo pensamiento fijo.

La pregunta me taladraba las sienes: ¿cómo carajo se suponía que iba a mantenerla a salvo a partir de ahora?

Si permanecía atada a mis pasos, sin duda alguna se encontraría en el centro de una línea de fuego constante; pero si cometía la debilidad de dejarla marchar libre, perdería por completo el control de su seguridad y Romero no tardaría en capturarla para destruirme.

Estaba sumido en ese dilema cuando la puerta del baño se abrió y ella emergió, envuelta en una ligera bruma de vapor. Tenía el cabello castaño aún húmedo, cayéndole de forma desordenada sobre los hombros.

—Muy bien, Dimitri. Cuéntame el plan de una vez —exigió de forma directa, cruzándose de brazos.

Dios, cómo adoraba la determinación de esta mujer. No quedaba nada de la chica indefensa del pasado.

—Localizaremos un punto débil en la estructura de la banda de Romero, interceptaremos a uno de sus hombres clave, lo obligaremos a hablar por las malas, lo liquidaremos para no dejar cabos sueltos y luego iremos directo a las sábanas de Romero para meterle un tiro —revelé con una frialdad puramente criminal.

A Elizabeth se le cortó la respiración de golpe y tragó saliva con notable dificultad ante la crudeza de mis palabras. Me maldije internamente al segundo; tal vez debí haber buscado una manera infinitamente más sutil y delicada de plantearle la sangrienta estrategia.

—E-Está bien... suena como un plan lógico —consiguió articular en un hilo de voz temblorosa, intentando sostener su fachada de madurez.

Acto seguido, se dirigió al borde del colchón, se metió bajo las mantas y se acomodó dando la espalda a mi posición. Me desvestí con parsimonia, apagué la lámpara principal y me uní a ella bajo las sábanas de la cama matrimonial.

—Beth... yo entiendo perfectamente que tengas miedo de lo que viene —le dije en la oscuridad, estirando la mano hacia su silueta.

—¿Y por qué demonios iba a tener miedo en este instante, Dimitri? —espetó de inmediato, sin girarse— Te aseguro que toda esta persecución no es, ni de cerca, lo peor que me ha tocado padecer en la vida.

Me quedé mudo en la penumbra. Dios, ¿por qué tenía que recurrir siempre a ese tipo de mezquindades y reproches dolorosos para recordarme mis errores del pasado?

—Lo sé, sé perfectamente lo que sufriste —suspiré, acomodándome más cerca de su espalda— Pero te doy mi palabra de honor de que esta vez te mantendré a salvo de cualquier peligro, te lo prometo.

Elizabeth no volvió a emitir un solo sonido y el silencio nos cobijó hasta que el amanecer comenzó a colarse por las rendijas de las cortinas del motel.

Unas horas más tarde, tras un trayecto silencioso y tenso, logramos interceptar el rastro de uno de los informantes veteranos de Romero.

Lo emboscamos en un callejón sin salida y lo trasladamos a un almacén abandonado en los suburbios de la pequeña ciudad.

Lo sentamos en una silla de madera en el centro de la estancia y le até los brazos firmemente a la estructura metálica trasera.

Me planté frente al anciano informante con los brazos cruzados, mientras Elizabeth permanecía un par de pasos detrás de mí, sosteniendo la pistola compacta con una fijeza que me sorprendió.

—Danos las coordenadas exactas de la ubicación de Romero y te garantizo que saldrás caminando de este almacén —le advertí con un tono de voz gélido.

El viejo soltó una carcajada ronca, escupiendo un hilo de saliva con desprecio. Paseó sus ojos inyectados en sangre por mi traje antes de clavar su vista fija directamente en Elizabeth. Una sonrisa lasciva y asquerosa se dibujó en sus labios agrietados.

—Vaya, vaya... pero si es la preciosa perra de Dimitri —se mofó el anciano, elevando la voz para provocarme— Dime una cosa, muñeca.

.. ¿acaso extrañabas tanto las cadenas que decidiste regresar corriendo a los brazos de tu captor?

¿O es que simplemente eres una maldita ramera que se acostó con la mitad de sus hombres mientras él fingía estar bajo tierra?

La furia criminal me encendió la sangre en las venas y di un paso al frente con la clara intención de pulverizarle la mandíbula de un puñetazo. Sin embargo, no tuve el tiempo de mover un solo músculo.

Antes de que pudiera reaccionar, Elizabeth dio una zancada felina hacia el frente, cerró el puño con una fuerza descomunal impulsada por el puro resentimiento de sus traumas y le propinó un brutal impacto seco directo en el centro del rostro al informante.

El golpe resonó con eco en las paredes del almacén y la cabeza del viejo se sacudió violentamente hacia atrás, rompiéndole el labio al instante.

Me quedé completamente estupefacto ante la reacción de mi esposa. El anciano soltó un gemido de dolor, intentando reacomodarse la postura mientras la sangre comenzaba a mancharle la barbilla.

—¡¿Qué más tienes para decir de mí, maldito bastardo?! —le rugió Elizabeth directo a la cara, acortando la distancia con los ojos inyectados en una furia inquebrantable.

El viejo, lejos de acobardarse, soltó una risotada cínica y sangrienta, mirándola de arriba abajo con una audacia pedante.

—Follas endemoniadamente bien por lo que andan diciendo en las calles, hermosa... —escupió con malicia—¿Qué pasa? ¿Acaso tienes ganas de montarme a mí también en esta silla?

Este maldito demente estaba cavando su propia tumba.

Al ver que Elizabeth levantaba de nuevo el puño, completamente descontrolada por la provocación, di un paso al frente, la tomé firmemente por los hombros y la arrastré un par de metros hacia atrás para darle un poco de espacio y evitar que lo matara antes de tiempo.

—Ya es suficiente, Beth. Déjame esto a mí, solo necesitamos que nos dé la ubicación exacta de Romero —le dije en voz baja, interponiendo mi cuerpo entre ella y el prisionero.

Me giré despacio para encarar al informante, acomodándome las solapas de mi saco. El viejo me clavó una mirada desafiante y escupió un espeso coágulo de sangre directo sobre el suelo de hormigón.

—No te voy a revelar absolutamente nada de su paradero, Dimitri. Puedes cansarte de golpearme si quieres —sentenció con soberbia.

Esbozé una sonrisa gélida y despiadada, recostándome contra la mesa auxiliar. —De acuerdo, viejo... si esa es tu postura, no me dejas más opción. Supongo que tendré que ir a hacerle una pequeña visita de cortesía a tu encantadora esposa y a tu pequeño hijo.

En ese mismo milisegundo, los ojos del anciano se abrieron de par en par, llenos de un terror súbito que borró por completo toda su arrogancia previa. La palidez se instaló en sus mejillas.

—¿C-cómo carajo te enteraste de la existencia de ellos? —tartamudeó, forcejeando inútilmente contra sus ligaduras.

Sinceramente, no tenía la menor idea de su trasfondo familiar; en mi negocio, un farol a tiempo basado en la pura intuición criminal valía más que mil reportes de inteligencia. Había adivinado el punto débil de su armadura a la perfección.

—Lo sé absolutamente todo sobre ti y sobre los tuyos —mentí con una fijeza indescifrable— Así que, si verdaderamente tienes el deseo de que sigan respirando el día de mañana, más te vale que me digas dónde carajo se esconde Romero en este preciso instante.

El informante se quedó completamente mudo, con el rostro demudado por el pánico real.

Era evidente que nadie en su miserable vida se había atrevido a lanzar una amenaza directa en contra de su familia.

Aguardé pacientemente su reacción, cruzando los brazos.

El viejo reflexionó internamente durante un agónico minuto antes de soltar un largo suspiro de rendición absoluta.

—Está bien... tú ganas, maldito monstruo —articuló con la voz rota.

Una sonrisa de absoluta suficiencia se instaló en mis labios.

—P-Pero tienes que darme tu palabra de honor de que vas a dejarlos completamente fuera de esta maldita guerra civil —suplicó mirándome a los ojos.

—Yo nunca hago promesas en este negocio, viejo —respondí con indiferencia.

El anciano gruñó con frustración antes de revelar los detalles: —Romero se encuentra escondido dentro de los límites de la ciudad principal.

Su oficina de operaciones cuenta con un apartamento secreto de alta seguridad en el piso superior.

Lo encontrarán refugiado allí dentro, pero les advierto que el despliegue de seguridad y los sistemas de protección son asquerosamente altos.

No lograrán pasar de la entrada principal.

Asentí firmemente con la cabeza, dando por buena la información obtenida. Caminé despacio hacia su posición por la espalda y comencé a desatar los nudos de las cuerdas que unían sus brazos a la estructura de madera, con la clara intención de dejarlo inconsciente y marcharnos.

—¡Dimitri, cuidado! —el grito desesperado de Elizabeth desgarró el silencio del almacén.

No sé cómo demonios se las ingenió el maldito viejo, pero en el preciso milisegundo en que sintió sus brazos completamente libres, hizo gala de una agilidad animal imprevista.

Dio un giro violento sobre sus talones, estiró la mano con rapidez y se a balanceo directamente en dirección a la funda de mi axila para arrebatarme mi arma reglamentaria.

No fui lo suficientemente rápido como para bloquear su trayectoria y el cañón metálico de su codo me golpeó con una violencia brutal directo en el centro del rostro, haciéndome perder el equilibrio hacia atrás mientras el mundo se me volvía un borrón de pura adrenalina...

¡Menudo final de capítulo tan brutal! Dejaste la acción en el punto de máxima ebullición (cliffhanger). El informante ha arremetido contra Dimitri, Elizabeth tiene un arma en la mano y la travesía hacia el apartamento secreto de Romero acaba de volverse mil veces más peligrosa.