HERENCIA DE SANGRE ( Romance Contemporáneo) Capítulo 9
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Capítulo 9

La Advertencia que Llegó Demasiado Tarde

—¿Beth? —la llamé con insistencia al entrar al jardín trasero, pero el viento se llevó mi voz sin obtener respuesta. Dejé mi taza de café vacía en la barra y salí a buscarla decididamente.

Finalmente, la divisé cerca del muro de piedra que delimitaba la propiedad.

No había intentado llegar lejos esta vez; simplemente se encontraba de espaldas a mí, con los hombros hundidos, llorando en un absoluto y doloroso silencio.

Una punzada de pura frustración me atravesó el pecho.

Dios mío, odiaba ver las lágrimas correr por su rostro; me generaba una impotencia tan salvaje y destructiva que nublaba mi juicio, haciéndome reaccionar de la peor manera imaginable.

—Por favor, Beth, no llores más —le pedí, maldiciendo el tono áspero y autoritario que salió de mi garganta.

—¿O qué, Dimitri? —escupió ella de inmediato, girándose bruscamente para encarándome. Tenía las mejillas empapadas y la mirada encendida en una mezcla de rabia y dolor—. ¿Qué vas a hacer si sigo llorando? ¿Vas a levantarme la mano? ¿Vas a pegarme para que me calle?

El insulto me dolió. Impulsado por el arrebato, la agarré con firmeza del brazo y la obligué a sostener la mirada.

En el mismo instante en que mis ojos se clavaron en los suyos, noté que el desafío desaparecía, reemplazado por un destello de puro terror primario.

Estaba muerta de miedo. Igual que en el pasado.

Aquella epifanía me cayó como un balde de agua helada; solté su brazo de inmediato y di un paso atrás mientras ella se limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano de forma apresurada.

—Lo siento... —murmuré en un susurro honesto, bajando la cabeza.

Elizabeth se limitó a guardar un silencio sepulcral, mirándome con desconfianza.

—Beth, de verdad... no era mi intención gritarte en la cocina —intenté disculparme.

—Uf, claro, tu intención nunca es gritar. Tu verdadera intención siempre es matar, Dimitri —soltó con una risa desprovista de gracia—. Eres un asesino. No sabes resolver las cosas de otra manera.

Me tragué el orgullo. No me consideraba un asesino en el sentido estricto de la palabra; me veía más bien como un caballero de un submundo oscuro que, de vez en cuando, se veía obligado a liquidar a escorias que merecían estar bajo tierra.

—Sé perfectamente que estás furiosa conmigo —suspiré, cruzando los brazos—, pero necesitas entender que no puedo cruzarme de brazos y permitir que Romero se salga con la suya después de lo que te hizo pasar.

—Yo ya me encargué de cobrar mi propia venganza con Lucius; él fue quien pagó el precio más alto —replicó ella, manteniendo la voz firme—. Romero nunca me puso una sola mano encima. Lo único que hizo ese infeliz fue dar la orden directa para mi secuestro, nada más.

—¿Estás completamente segura de que Romero jamás te tocó mientras estuviste cautiva? —inquirí, entornando los ojos.

—Que yo logre recordar... no, nunca lo hizo —afirmó con una sombra de duda cruzándole el rostro.

Una sospecha siniestra se instaló en mi mente.

Era muy probable que la hubieran mantenido drogada o sedada durante la mitad del tiempo que pasó encerrada en los almacenes de Romero y Lucius.

La realidad era que yo nunca llegué a enterarme con precisión de las atrocidades que Lucius cometió a mis espaldas después de que me disparó en aquella azotea y me dio por muerto.

—Beth... ¿qué tan malo fue verdaderamente Lucius contigo? —pregunté, bajando la voz a un tono grave.

Se le escapó un suspiro cargado de un dolor viejo. —Tú mismo viste las condiciones en las que me encontraste la primera vez, Dimitri.

—Me refiero a lo que pasó después del hospital.

.. —insistí, dando un paso hacia ella—. La segunda vez que te llevó.

Cuando leí el expediente médico confidencial, decía que te negabas por completo a hablar de los detalles con los especialistas.

Solo mencionaba que te defendiste y que su muerte fue catalogada como defensa propia.

Pero los reportes de la escena decían que la policía halló juguetes sexuales en una de las habitaciones de la cabaña, y tu historial describía moretones severos en tus muñecas y tobillos.

¿Qué carajo pasó verdaderamente allí dentro, Elizabeth?

La piel de mi esposa se tornó de una palidez espectral y las lágrimas amenazaron con desbordar sus ojos de nuevo.

—Dios mío, Beth... dime qué te hizo ese maldito desgraciado —rogué, sintiendo cómo una furia criminal me quemaba las entrañas.

—Bueno... él se las ingenió para transformarse en algo mil veces peor de lo que tú jamás fuiste conmigo —soltó en un hilo de voz quebrado. De inmediato, pareció arrepentirse de la confesión; se guardó las palabras y se apartó bruscamente de mí.

—Elizabeth, por lo que más quieras, por favor háblame —le supliqué, intentando tomar su mano.

—¡No puedo! —sollozó de forma desconsolada, cubriéndose el rostro—. ¡Solo déjame en paz!

Dio media vuelta y entró furiosa a la casa, dejándome solo en el jardín.

Me quedé estático, respirando hondo varias veces para contener las ganas de destruir algo.

¿Por qué demonios se negaba a abrirse conmigo?

¿Qué clase de tortura le había infligido Lucius?

¿Acaso la había tenido encerrada en una maldita jaula?

¿O la realidad era que ese maldito enfermo la había violado sistemáticamente?

La rabia me cegaba, pero me obligué a calmarme antes de caminar hacia el interior para seguir sus pasos.

Subí las escaleras directo a nuestro dormitorio principal y la encontré hecha un ovillo, sentada en medio del colchón con las rodillas pegadas firmemente al pecho.

—Te dije claramente que me dejaras en paz, Dimitri —murmuró sin levantar la cabeza.

—Háblame, por favor, te lo ruego —le pedí, acercándome a la orilla de la cama.

—¿Para qué querrías saberlo? ¿Con qué fin? —inquirió con amargura.

—Para poder ayudarte a cargar con esto, Beth. Para ayudarte a sanar —respondí con la mayor sinceridad de la que era capaz.

Ella soltó una risotada cínica y despectiva. —Ya no necesito tu ayuda con él, Dimitri. Yo misma me encargué de meterle un maldito tiro en la cabeza.

—Lo sé, sé perfectamente que lo mataste —asentí, sentándome con cuidado a su lado en el colchón—Pero necesito entender qué fue lo que te hizo.

Elizabeth apartó la mirada hacia la ventana, apretando los puños, dejando en claro que el simple hecho de recordarlo le revolvía el estómago.

Comprendí que, si quería que ella se desnudara emocionalmente conmigo, yo debía ser el primero en mostrar mis propias debilidades.

Era el momento de confesarle la verdadera razón de mi silencio.

—Tú estuviste en aquella azotea el día del tiroteo, ¿verdad? Lo viste dispararme a traición —comencé en voz baja.

Ella levantó la cabeza despacio, clavando sus ojos en los míos. Yo continué con el relato:

—Los malditos médicos del hospital de la mafia me dieron por muerto; el impacto estuvo a milímetros de mi corazón.

De hecho, pasé varias semanas sumido en un coma profundo.

Cuando finalmente logré abrir los ojos, me encontraba en una habitación médica clandestina y extraña.

Mi herida física había cicatrizado bien gracias a los cuidados, pero mi mente estaba completamente en blanco.

No lograba recordar absolutamente nada de lo que había sucedido en los últimos meses de mi vida. Había perdido la memoria por completo.

Elizabeth entreabrió los labios, completamente estupefacta por la revelación. Odiaba con toda mi alma mostrarme tan vulnerable y expuesto ante ella, pero sabía que era la única llave para derribar sus muros.

—Apenas lograba recordar las operaciones de la organización o las caras de mis hombres —continué, buscando su mano—.

Ellos me explicaron lo de la azotea y cómo Lucius me había traicionado para quedarse con el control.

Pasé semanas escondido en las sombras, recuperándome, pero hubo un detalle.

.. Tu rostro, Beth. No recordaba tu nombre, ni quién eras, pero soñaba con tus ojos y con tus curvas cada maldita noche de mi existencia.

No fue sino hasta que recuperé la lucidez y la memoria de forma clara que recordé el día en que te secuestré y que eras mi esposa.

Su rostro parecía congelado en una expresión de shock absoluto, procesando cada una de mis palabras mientras miraba al vacío.

—¿Así que... de verdad perdiste la memoria por el disparo? —tartamudeó.

—Todavía hoy hago un esfuerzo sobrehumano por reconstruir cómo eran exactamente las cosas entre nosotros antes de la traición —admití con dolor—. Lo único que tengo claro en mi mente es que te amo con locura, y que en el pasado fui un auténtico monstruo que te trató de la peor manera imaginable.

Elizabeth se mordió el labio inferior con fuerza, debatiéndose internamente.

Recordar que en el pasado la había besado, abrazado e incluso llegado a golpear en mis arranques de ira criminal me provocaba una culpa asfixiante.

No entendía cómo demonios había sido capaz de lastimar al único ser que verdaderamente amaba.

Un par de lágrimas silenciosas comenzaron a rodar por sus mejillas, pero esta vez no hizo el intento por ocultarlas.

—Sabes perfectamente que toda esta historia suena a una completa locura de película, ¿verdad? —susurró, mirándome a los ojos—. Por lo que sé de ti, podrías estar inventándote todo esto de la amnesia solo para que te perdone.

—Mírame, Beth. ¿Te he mentido alguna vez en tu vida? —le pregunté con total honestidad.

Se mordió el labio de nuevo, sopesando mi historial. —Supongo que no. en eso tienes razón.

—¿Entonces por qué te cuesta tanto creerme ahora?

Elizabeth soltó un largo suspiro, dejando caer los hombros. —Espera... entonces, ¿lo que estás intentando decirme es que la única razón por la que no fuiste a rescatarme de Lucius fue porque despertaste del coma con la mente borrada, sin el menor recuerdo de mi existencia?