HERENCIA DE SANGRE ( Romance Contemporáneo) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

—No.… por favor... —graznó a duras penas, y los ojos que antes destilaban ira ahora solo reflejaban un pánico primario, el mismo miedo que debió sentir con Lucius.

Al ver esa mirada rota, la culpa me golpeó en el pecho. Solté un largo suspiro, aflojando la presión de inmediato.

—No quiero lastimarte, mi amor. Jamás querría hacerte daño —le aseguré con voz ronca, acariciando la piel de su cuello—. Solo quiero recuperar a mi esposa. Solo quiero que volvamos a ser lo que éramos.

Elizabeth tragó saliva con dificultad, pero se mantuvo en absoluto silencio, mirándome fijamente.

—¿Podemos hablar de esto con calma ahora? Por favor —le pedí, suavizando el tono.

Ella se mordió el labio inferior con fuerza, dudando, pero finalmente asintió de forma leve con la cabeza.

La solté por completo y me aparté de su cuerpo, dándole espacio.

Ella permaneció tumbada en el colchón, inmóvil, asimilando la situación.

Con delicadeza, la tomé de los hombros para ayudarla a incorporarse y luego me senté de lado en el borde de la cama, justo a su lado.

—¿De verdad... quieres hablar? —preguntó ella en un hilo de voz, acomodando sus manos esposadas detrás de su espalda.

—Sí, Beth. Necesitas entender que si te mantengo en esta mansión es única y exclusivamente por tu propia seguridad —le expliqué de manera seria—.

Esos tres malnacidos del parque anoche te habrían hecho cosas verdaderamente horribles si yo no hubiera intervenido.

Las calles ya no son un lugar seguro para ti.

Elizabeth soltó una burla cargada de un desprecio absoluto.

—Como si fuera a estar mucho más segura aquí dentro, contigo... —ironizó de forma cortante.

—Escúchame, Beth... —estiré la mano para apartarle unos mechones de cabello que le caían desordenados sobre el rostro, pero ella desvió la cabeza de inmediato hacia el lado opuesto, rehusando mi contacto.

—No quiero estar aquí, Dimitri. Entiéndelo bien: esta vez tu jueguito no va a funcionar conmigo —sentenció con una madurez fría.

—¿Qué es exactamente lo que según tú no va a funcionar? —inquirí, frunciendo el ceño.

—¡Todo esto! —casi gritó, perdiendo la compostura de nuevo mientras se ponía de pie de un salto, a pesar de tener las manos firmemente unidas por el metal a la espalda—.

¡Me retienes en esta casa completamente contra mi voluntad, me quitas mi libertad de vivir, me castigas y me aíslas un día y al siguiente pretendes que te amé y me tratas con cariño!

¡Es una jodida locura! —su voz resonó con fuerza en las paredes, y me clavó una mirada llena de acusación—.

¡Me has sometido psicológicamente al maldito síndrome de Estocolmo!

Me quedé helado en la orilla de la cama. ¿Perdón? ¿Qué carajo acababa de decir?

—¿Qué quieres decir con esa estupidez? —pregunté, sintiendo un vacío en el estómago.

—Sabes perfectamente a qué me refiero, Dimitri. Una cautiva que termina enamorándose de su captor por mera supervivencia psicológica. ¡Es una puta enfermedad mental, una mentira de la mente, nuestro amor no es real! —bramó, desnudando su alma con desesperación.

¿Estaba atreviéndose a decir que los años que pasamos juntos, que nuestro matrimonio y que nuestro amor mutuo eran solo el producto de un trauma psicológico? ¿Cómo demonios podía ser tan cruel de llamarlo así? Un dolor agudo y real me atravesó el corazón al escuchar sus palabras.

—Elizabeth, por favor, cálmate —le rogué, poniéndome de pie también y dando un paso hacia ella—. Todo va a salir bien entre nosotros, te lo prometo. Y lo nuestro es real, tú sabes perfectamente que nos amamos.

—¡No, no lo es! —gritó ella, y sus barreras finalmente se desmoronaron—. ¡Y si alguna vez hubo algo de verdad en lo que sentía por ti, quiero que sepas que hoy ya no te amo, Dimitri!

Alcancé a ver cómo las lágrimas silenciosas desbordaban sus ojos; pude notar perfectamente que le dolía en el alma pronunciar esas palabras, pero lo hacía para herirme.

Me quedé completamente mudo, sin la menor idea de cómo responder ante semejante golpe.

Un pesado y denso silencio se instaló en el dormitorio durante un largo minuto.

—Por favor... —susurró Elizabeth finalmente, soltando un suspiro que sonó a rendición absoluta—. Déjame ir.

—No —respondí de inmediato, con firmeza.

—Por favor, Dimitri, te lo suplico... No puedo volver a pasar por tus torturas y tus encierros otra vez... —rompió a llorar de forma desconsolada, encogiéndose sobre sí misma.

Verla derrumbarse de esa manera me partió el alma en mil pedazos.

Dejando de lado mi orgullo y mi fachada de jefe, me acerqué rápidamente y la estreché con fuerza entre mis brazos.

Elizabeth comenzó a sollozar de forma convulsa, temblando de arriba abajo contra mi pecho.

Me incliné y le planté un tierno beso en la frente.

—No será como la última vez, Beth. Te lo juro por mi vida, no volveré a lastimarte —le prometí en un susurro.

La obligué a girarse con suavidad para quedar a su espalda, saqué la llave de mi bolsillo y le quité las esposas. En cuanto el metal se abrió, noté que sus muñecas estaban completamente rojas e inflamadas debido al forcejeo desesperado que había hecho contra el acero.

—Gracias... —alcanzó a susurrar en un hilo de voz, frotándose la piel lastimada.

No añadí nada más. Di media vuelta con el corazón apesadumbrado, salí de la habitación y, con todo el dolor de mi alma, volví a pasar el cerrojo con la llave, dejándola encerrada en la opulencia de su prisión dorada.

¡Qué confrontación tan magistral! Elizabeth ha puesto las cartas sobre la mesa y ha atacado directamente la cordura y los sentimientos de Dimitri al cuestionar la autenticidad de su amor. La tensión entre la protección obsesiva de él y el trauma de ella está en su punto de máxima ebullición.