HERENCIA DE SANGRE ( Romance Contemporáneo) Capítulo 3
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Capítulo 3

Las Lecciones que Enseña el Infierno

A la mañana siguiente, me levanté antes del amanecer para entrenar.

Necesitaba descargar adrenalina y estar en perfecta forma física antes de bajar a hablar con ese tal Sam.

Si ese estúpido rubio creía que podía acercarse a Elizabeth y cortejarla como si nada, estaba jodidamente equivocado.

Me aseguraría personalmente de que no volvieran a cruzarse una sola palabra en lo que les quedaba de existencia.

Después de correr intensamente durante una hora para despejar la mente, me di una ducha rápida, me vestí con un traje impecable y bajé directo al sótano de la mansión.

Este espacio subterráneo era considerablemente más grande que el de mi antigua propiedad; además, contaba con cuatro túneles de escape ocultos, estratégicamente construidos en caso de que alguien osara irrumpir en la casa.

Johnson ya se encontraba allí abajo, esperándome de pie junto al pasillo de hormigón armado.

—¿Dónde está? —pregunté sin rodeos.

—Celda ocho, señor —respondió con su habitual tono monocorde.

—¿La ocho? —Arqueé una ceja, sorprendido—. ¿Cuántas celdas construyeron aquí abajo?

—Creo que hay unas veinte en total, señor.

Esbocé una sonrisa fría. No estaba seguro de que alguna vez fuera a necesitar alojar a veinte personas simultáneamente en este lugar, eso sería una auténtica locura, pero en nuestro negocio la previsión nunca sobra.

Caminé firmemente hacia la celda ocho y empujé la pesada puerta de metal.

En el centro de la habitación rectangular había una mesa de acero atornillada al suelo con dos sillas a cada lado.

Sam estaba sentado en una de ellas, con la mirada fija en la entrada.

El lugar estaba sumido en una penumbra densa hasta que presioné el interruptor; una bombilla amarilla y mortecina se encendió sobre la mesa, proyectando sombras alargadas.

Para mi sorpresa, el tipo no parecía asustado.

Mantenía una postura extrañamente arrogante.

—¿Qué quieres? —soltó de inmediato, con una voz impertinente.

—Veo que quieres ir directo al grano —comenté con parsimonia mientras cerraba la puerta a mis espaldas y pasaba el cerrojo. Di unos pasos lentos a su alrededor—. Dime, Sam... —Dios, cómo detestaba pronunciar su maldito nombre—, ¿qué es exactamente lo que buscas de Elizabeth?

—¿E-Elizabeth? —El rubio tartamudeó por primera vez, parpadeando confundido—. ¿Así que toda esta mierda tiene que ver con ella? Bah, no quiero nada con esa perra.

No se había movido ni un centímetro porque Johnson se había encargado de esposarlo fuertemente a la estructura metálica de la silla antes de mi llegada.

Continué mi caminata lenta detrás de él, midiendo la distancia.

Al escuchar el insulto hacia mi esposa, solté una risita gélida, desprovista de cualquier pizca de humor.

Antes de que pudiera reaccionar, di un giro rápido y le propiné un brutal puñetazo directo en el centro del rostro.

El impacto seco resonó en las paredes y la sangre comenzó a brotar de inmediato de su nariz rota.

—No hace falta que uses malas palabras aquí, Sam —le advertí con calma. Me sacudí las manos, me arreglé las solapas del saco y me senté tranquilamente en la silla frente a él.

—¿Qué coño te pasa? ¿Qué quieres de mí? —escupió con rabia, limpiándose la sangre con el hombro. Su tono era colérico, pero seguía sin mostrar el miedo que yo deseaba ver.

Deslicé la mano bajo mi chaqueta, saqué mi arma reglamentaria y la dejé caer sobre la mesa con un golpe seco.

—Quiero que dejes a Elizabeth en paz para siempre —sonreí, clavando mis ojos en los suyos.

El tipo soltó una carcajada cínica.

—Bien, como sea. Encontraré a otra persona.

No sé por qué, pero la ligereza de sus palabras me revolvió el estómago. No me gustó en absoluto la forma en que lo dijo. «Encontraré a otra persona» ... ¿Para hacer qué?

Mi sonrisa se volvió aún más peligrosa.

—Lo sé todo sobre ti, Sam. Sé perfectamente a qué te dedicas.

—No sabes un carajo de mí —espetó de inmediato, intentando sostener la mirada—. Mi historial público está completamente limpio. Sin embargo, alcancé a notar cómo sus pupilas se dilataban. Se estaba poniendo nervioso.

—Oh, lo sé. Tu historial civil es una belleza —ironicé, recostándome en el respaldo—.

Pero me refiero a tu expediente sellado, ese que el gobierno intentó ocultar.

Verás, resulta que tengo un amigo muy eficiente en la red que puede encontrar los trapos sucios de cualquiera, y vaya que encontré una mina de oro en el tuyo.

Sam se quedó completamente inmóvil, mudo. Se limitó a mirarme fijamente mientras el color desaparecía de sus mejillas.

—No me agrada en lo absoluto la idea de que una escoria como tú ande caminando libremente por las calles sin que nadie lo vigile —continué, bajando la voz a un susurro amenazante—. Dime... ¿lo sabe la policía local?

El arquitecto tragó saliva con dificultad, el sudor frío comenzando a correr por su frente. Me quedé en absoluto silencio, saboreando el colapso de su fachada mientras esperaba su respuesta.

—¿Q-qué vas a h-hacer conmigo? —preguntó finalmente, con la voz rota por el pánico.

—Bueno... —Solté un largo suspiro, fingiendo sopesar las opciones—. Has cometido el único delito que mi organización simplemente no tolera bajo ninguna circunstancia, así que es obvio que no puedo dejarte trabajar para mí. Te enviaré con las autoridades correspondientes lo antes posible.

—¿Qué? ¡No! Por favor, no lo hagas —comenzó a suplicar, su arrogancia desmoronándose por completo—. Haré lo que quieras, lo que sea. ¡Ni siquiera toqué a esa chica!

Había vuelto a hablar de mi amor como si fuera una cualquiera, una presa frustrada.

Comenzó a forcejear desesperadamente contra las esposas, haciendo crujir el metal.

Sonreí internamente. Bien, por fin tenía miedo, el mismo terror absoluto que probablemente sintieron sus víctimas antes de que él destruyera sus vidas.

—Dime una cosa —lo interrumpí, provocando que se detuviera en seco—. Si tuvieras la oportunidad, si pudieras salir impune... ¿lo harías de nuevo? ¿Aunque fuera una sola vez más?

Clavé mis ojos analíticos en sus facciones. Por una fracción de segundo, vi una leve y asquerosa sonrisa asomarse en la comisura de sus labios, antes de que intentara ocultarla apresuradamente con una mueca de falsa preocupación y arrepentimiento. El maldito monstruo no sentía culpa.

—No.… no, jamás lo haría. Me arrepiento de todo, señor, lo juro por mi vida —declaró con voz temblorosa.

La ira me cegó. Agarré mi arma de la mesa y, en lugar de disparar, le propiné un violento culatazo directo en la mandíbula.

Sam emitió un alarido de dolor indescriptible.

Vaya... realmente había extrañado esta gloriosa sensación de control absoluto.

Lo golpeé una vez más en las costillas, disfrutando el sonido de su sufrimiento.

—No vas a tener la oportunidad de arrepentirte —sentencié.

Apunté directamente hacia abajo y le disparé un tiro limpio en la rodilla izquierda.

Un estruendo ensordecedor inundó el sótano, seguido de inmediato por unos gritos desgarradores que resonaron con eco en las paredes de hormigón.

Sin darle tiempo a recuperarse, le metí otro balazo en el hombro derecho y comencé a girar sobre mis talones hacia la salida.

El tipo se retorcía en la silla, aullando de agonía.

—¡¿Pero porque estás haciendo esto?! —bramó entre lágrimas y sangre.

Me detuve justo antes del umbral y me giré para mirarlo una última vez, con los ojos vacíos de cualquier rastro de humanidad. Abrí la puerta de la celda.

—Los violadores deberían aprender su lección en el infierno —respondí tajante, antes de salir.

—¡Ay, por favor! ¿Como si tú no lo hubieras hecho? —escuché su voz desesperada gritar a mis espaldas, intentando provocarme—. Un tipo como tú, un maldito mafioso... seguro que has tomado tu ración de mujeres a la fuerza.

Apreté los puños con tal fuerza que las venas de mis brazos amenazaron con reventar. ¿De verdad esa escoria me estaba comparando con él? ¿Estaba insinuando que éramos iguales? Sé perfectamente lo que intentaba: sacarme de quicio para que le diera un tiro de gracia y terminar con su sufrimiento.

No le daría ese privilegio. Me acerqué lentamente de nuevo, ignorando sus sollozos, apunté al otro lado y le disparé directo en la rodilla sana.

—Yo nunca obligué a una mujer, maldito despojo —dije con una amargura que me quemó la garganta, y lo dejé allí tirado, sangrando y pudriéndose en la oscuridad.

Subí a mi oficina cuando ya se estaba haciendo bastante tarde.

Encendí mi computadora portátil y abrí el software de interceptación militar que Johnson había configurado para monitorear el apartamento y el teléfono de Elizabeth.

Me coloqué los auriculares y comencé a reproducir el registro de las llamadas telefónicas del día.

La gran mayoría eran conversaciones rutinarias de su trabajo y de su familia, nada fuera de lo común.

Sin embargo, hubo una grabación específica que capturó toda mi atención.

Le di al play.

—¿Hola? —la voz de Elizabeth resonó en mis oídos.

—Oye, Beth... Mira, de verdad siento mucho haberte dejado plantada el otro día, es que estaba... —la voz de Jason sonaba suplicante.

—Ni te molestes, Jason —lo cortó ella de inmediato, con un tono extrañamente frío y decidido.

—¿Qué... qué quieres decir?

—Esta es la quinta vez consecutiva que me dejas plantada por tus inseguridades. Se acabó —sentenció ella sin titubear.

—¡No! ¡Espera, Beth, por favor! —suplicó el imbécil al otro lado de la línea.

Elizabeth soltó un largo suspiro cargado de frustración. —¿Qué, Jason? ¿Qué quieres?

—Sé que hemos tenido nuestros altibajos últimamente, pero...

—Jason, sé perfectamente que tienes miedo —dijo ella, y su voz tembló sutilmente.

—¿Qué? No, no es eso, claro que no tengo miedo —mintió él con torpeza.

—Sí... lo tienes —afirmó Elizabeth en un susurro que me detuvo el corazón—. Pero Dimitri ya no está... Él ya no volverá para molestarnos más.

Hubo un silencio sepulcral en la grabación. Escuchar mi propio nombre en sus labios después de tanto tiempo me causó un escalofrío violento. Dimitri. Dios, sonaba tan hermoso cuando ella lo pronunciaba, incluso en la distancia.

—Es que... ustedes dos estaban casados... —la voz de Jason regresó, cargada de una duda dolorosa—. Tú todavía lo amas, ¿verdad?

Elizabeth guardó un silencio prolongado, un vacío que para mí valió más que cualquier respuesta afirmativa. No lo negó. Jamás lo negó.

—Adiós, Jason —concluyó ella firmemente.

Y la llamada finalizó con un pitido seco.

No pude evitar reír a carcajadas en la soledad de mi oficina mientras cerraba la pantalla de la portátil.

Elizabeth ya no quería saber absolutamente nada de ese idiota; lo había sacado de su vida para siempre.

¡Qué maldito alivio! Me había deshecho por completo del peligroso Sam y ella acababa de enterrar su historia con Jason.

Las piezas del tablero se estaban alineando a mi favor.

Volvería corriendo a mis brazos muy pronto; era inevitable.

Tengo muchísimas ganas de sentir su piel, de tenerla de nuevo entre mis brazos y reclamar lo que es mío. Pronto, muy pronto, la tendré de vuelta en esta casa. Y esta vez, me aseguraré personalmente de que nunca más se vuelva a marchar de mi lado.

¡Qué capitulado! La tensión está en su punto máximo y Dimitri está listo para ir a buscarla ahora que no hay "rivales" en el camino.