Herencia Alday 39. RUBÉN HERRERA
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39. RUBÉN HERRERA

La llamada de Lucía Prado llegó el jueves por la tarde.

—Rubén Herrera ha sido exonerado esta mañana —dijo—. El juez ha dictado el auto. Herrera saldrá mañana.

Me quedé con el teléfono en la mano mirando la pared del salón.

Dieciocho meses en Soto del Real, luego dieciséis de proceso de revisión. Dieciocho meses en total desde el día de su detención hasta mañana, cuando cruzara las puertas del centro penitenciario en dirección contraria a como había entrado.

Dieciocho meses. Sus hijos habrían crecido en esos dieciocho meses.

Sus padres habrían envejecido. Sus amigos habrían seguido adelante con sus vidas, con la incomodidad de saber que el amigo que estaba en prisión no debería estar ahí y con la imposibilidad de hacer nada con esa incomodidad excepto sostenerla.

El derecho puede declarar la exoneración, puede anular la condena, puede registrar oficialmente que el error ocurrió. Lo que no puede hacer es deshacer los dieciocho meses.

Eso era lo que yo llevaba dieciséis meses sabiendo de una manera general y que ahora, con la noticia concreta de que mañana saldría, se volvía específico y físico de una manera diferente.

Mañana, a las diez de la mañana, Rubén Herrera cruzaría una puerta y habría dieciocho meses que no estarían ahí y que tampoco podrían no haber estado.

Pensé en lo que significaba eso para sus hijos.

Para la gente que lo había conocido antes y que lo iba a conocer después.

La persona que entra y la persona que sale no son exactamente la misma, aunque sean el mismo hombre, y hay algo en ese cambio que las personas cercanas tienen que aprender a recibir sin que nadie les enseñe cómo.

Era el trabajo de acompañamiento que yo iba a empezar a hacer aquí, con las familias del proceso judicial.

No el proceso legal sino el proceso humano, que dura más y que no tiene plazos fijados por ningún juez.

Y ahora tenía la habilitación para hacerlo.

—¿Cómo está él? —pregunté.

—Mejor de lo que cabría esperar. Tiene familia y a sus hijos. Ha dicho que quiere hablar con usted.

No lo esperaba.

—¿Conmigo?

—Cuando esté listo. No hay prisa, no hay obligación. Pero ha dicho que le importa más entender lo que ocurrió que tener a quién culpar. —Lucía Prado hizo una pausa—. Es el tipo de persona que no debería haber pasado dieciocho meses en ninguna prisión.

—La mayoría de las personas no deberían.

—Lo sé. Por eso me pidió hablar con usted específicamente. Hay personas que en su situación buscarían a quién culpar porque es como gestionan lo que les ha pasado. Rubén Herrera quiere entender. Y usted es la persona del proceso que puede explicarle qué vio y por qué lo vio, desde dentro.

Era verdad. Era exactamente lo que yo podía darle —la reconstrucción de cómo el proceso pericial había funcionado y en qué punto había sido manipulado por alguien con intereses distintos a los de la verdad. No era suficiente para los dieciocho meses. Pero era lo que había.

—Hablaré con él cuando quiera —dije.

Colgué.

Salí al patio. Los geranios habían abierto ya las primeras flores pequeñas, ese rojo específico de los geranios de invierno que es más oscuro que el de verano, más concentrado. El sol de las cuatro de la tarde les daba por el lado izquierdo.

Rubén Herrera iba a salir mañana. Y yo había contribuido a que pasara dieciocho meses dentro.

No por error mío en el sentido de negligencia, que era lo que había creído durante dieciséis meses, sino porque alguien había construido el contexto en el que mis herramientas llegarían a la conclusión que necesitaban.

Eso no me absolvía de haber sido el instrumento.

Ser el instrumento inconsciente de un daño no es lo mismo que causarlo deliberadamente, pero tampoco es no haber estado ahí.

Había pensado muchas veces en lo que le diría cuando hablara con él.

Lo que Rubén Herrera merecía no era ni una disculpa ni una explicación.

Merecía la verdad de lo que había ocurrido, contada con la misma precisión con que yo le había contado la verdad al fiscal.

Sin minimizar mi parte ni maximizarla. Sin convertir la conversación en un proceso de absolución mía.

No era suficiente para los dieciocho meses. Pero era lo que cabía hacer.

Había algo en recibir la noticia de la exoneración de Rubén Herrera y la noticia del levantamiento de mi suspensión en el mismo día que tenía el peso de una coincidencia significativa.

No lo era, estrictamente. Eran dos procesos distintos que habían avanzado en paralelo y que habían llegado a sus respectivas resoluciones en momentos próximos por razones propias.

Pero coincidían de una manera que el cuerpo recibía como si tuvieran algo en común.

Y sí tenían algo en común. Los dos eran el resultado de que alguien, en algún momento, había decidido falsear la verdad para que dos personas llegaran a conclusiones que no debían haber llegado.

La corrección de ese falseamiento era lo que producía esos dos resultados en el mismo día.

No era un cierre limpio. Rubén Herrera iba a salir mañana con dieciocho meses que no se deshacían.

Yo iba a seguir con la memoria de haber sido el instrumento, aunque no el responsable.

La historia no se cerraba con una exoneración y un levantamiento de suspensión.

Se modificaba en una dirección diferente y más honesta, que era todo lo que el proceso podía hacer.

**********

Llamé a la decana del Colegio de Psicólogos esa noche.

—Hemos revisado el expediente disciplinario —dijo la decana—. A la luz de lo que el proceso judicial ha establecido sobre la gestión de la evidencia y sobre la cadena de transmisión de información al perito, la junta ha decidido levantar la suspensión temporal con efecto inmediato.

Lo escuché sin interrumpir.

—El informe que presentó usted al inicio del proceso pericial era correcto dado lo que le proporcionaron para trabajar.

La manipulación de los materiales es responsabilidad de la unidad instructora y no del perito.

—Una pausa—. El Colegio lamenta que el proceso disciplinario se abriera antes de que existiera información suficiente para evaluar su actuación en contexto.

—Gracias —dije.

La suspensión levantada. Dieciséis meses. El tiempo que había tardado el proceso en establecer lo que yo sabía desde el principio que era cierto. Que había actuado de buena fe. Que el error no había sido mío en el sentido que importa. Que podía volver al trabajo con las credenciales en su sitio.

Podía volver al trabajo. Y elegir dónde hacerlo.

—¿Cuándo piensa retomar la actividad? —preguntó la decana.

—En el pueblo —dije—. Aquí hay mucho trabajo que hacer.

Familias del proceso judicial que necesitan acompañamiento psicológico.

Personas que llevan décadas con un peso que no han podido depositar en ningún sitio.

—Una pausa—. Voy a empezar aquí. ¿El colegio profesional de esta provincia tiene convenio para acreditar actividad en municipios pequeños?

—Lo tiene. —La voz de la decana tenía algo que podría haber sido sorpresa o podría haber sido reconocimiento—. Le mando la documentación mañana.

Colgué.

Me quedé en la cocina de la casa de mi madre con el teléfono sobre la mesa y el silencio del pueblo alrededor y la certeza, no nueva pero sí más clara que nunca, de que esto era lo que había venido a hacer y que ahora podía hacerlo con las herramientas en su sitio.

La primera vez que había llegado a este pueblo, tres semanas atrás, había venido para enterrar a mi madre.

Llevaba la carta de suspensión en la maleta y el expediente del Caso Herrera como un peso específico en algún lugar del pecho y la sensación de ser la persona menos indicada para gestionar lo que el pueblo iba a pedirle que gestionara.

Suspendida de sus funciones, sospechosa de homicidio, con su propio criterio en entredicho.

Ahora tenía la suspensión levantada. Tenía el expediente del Caso Herrera reconstruido con los ojos correctos.

Tenía el convenio del colegio profesional de la provincia.

Tenía los geranios que crecían. Tenía a Eugenia con su cuaderno y a Diego con sus archivos privados y a Vera con su librería y la piedra con el nombre de Sofía apoyada en el romero del pinar.

Era la persona que hacía falta aquí, con esta historia detrás.

Eso no lo podías planear. Solo podías estar disponible para ello cuando llegaba.

No era lo mismo que lo había planeado a los dieciocho años cuando se fue de aquí prometiéndose que no volvería. Pero era lo que había. Y lo que había era suficiente.

Más que suficiente.

Me fui a la cama a las diez. Antes de apagarme la luz, cogí el cuaderno de notas y lo abrí en la página donde había escrito la frase sobre Sofía tres semanas atrás.

Sofía. 1994-2008. Trece años. Ya la encontramos.

Debajo, en la misma página, escribí dos frases más.

Rubén Herrera, libre mañana. El proceso siguió.

Clara Alday, suspensión levantada. El trabajo sigue.

Lo leí tres veces. Las tres frases en la misma página, con las letras del bolígrafo que había comprado en la ferretería del pueblo y que tenía la tinta ligeramente más azul que los bolígrafos de Madrid, lo cual era una diferencia pequeña e irrelevante pero que yo había notado la primera vez que lo usé y que seguía notando.

Como si el color de la tinta importara. Como si el lugar desde donde se escribe dejara alguna marca en lo que se escribe.

Quizás sí. Quizás por eso había necesitado estar aquí.

Cerré el cuaderno.

Fuera, en la calle del Pozo, el farol de la esquina encendía su luz puntual contra el cielo de febrero que era menos oscuro que el de enero, con un poco más de estrella, con el primer indicio de que la primavera estaba en algún lugar del horizonte, aunque todavía no se pudiera ver.

Diego me mandó un mensaje a las diez de la noche.

Herrera mañana a las 10. ¿Quieres que te avise cuando salga?

Le respondí.

Sí.

Puse el móvil boca abajo sobre la mesa y me fui a dormir.

Por primera vez desde que había llegado al pueblo, dormir fue lo único que hice hasta que amaneció.

Sin preguntas que circularan en bucle, sin la hipervigilancia que se instala cuando hay algo que perder si te descuidas.

Solo el sueño, que es lo más ordinario del mundo y que esa noche fue también lo más extraordinario que me había ocurrido en mucho tiempo.

Mañana avanzaría el proceso. Rubén Herrera cruzaría una puerta en dirección contraria a como había entrado.

Mañana empezaría el trabajo que había venido a hacer, aunque no lo hubiera sabido cuando llegué.

Mañana habría que regar los geranios y contestar los mensajes y seguir con el expediente y con todo lo demás que forma parte de vivir en un lugar.

Pero eso era mañana. Esta noche era eso, el sueño que llega cuando el cuerpo ya no puede más y que es suficiente cuando llega.