Herencia Alday 40. EL PINAR CON VERA
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40. EL PINAR CON VERA

Vera llegó el sábado.

Había pasado una semana desde la llamada del informe, exactamente como ella había pedido.

Tiempo suficiente para que lo que sabía transitara desde el lugar donde se instala lo nuevo hasta el lugar desde donde se puede actuar con ello.

Era la misma semana que yo había necesitado para prepararme para el viaje a Valencia a ver a Amparo, aunque con una diferencia importante.

Vera no iba a buscar respuestas sino a estar presente en el lugar donde estaban.

Eso era diferente y lo sabía.

El autobús llegó a las por la mañana con el cielo de febrero que en las últimas semanas había ido ganando claridad, no temperatura todavía pero sí esa calidad de luz que anuncia que en algún lugar más allá del horizonte la primavera está preparándose.

Vera bajó con la misma mochila de siempre y la bolsa de tela que usaba para los recados.

En la bolsa, me dijo cuando llegó a mi lado, llevaba algo para el pinar.

Diego nos esperaba en el coche frente a la casa.

Los tres hicimos el trayecto sin hablar mucho.

No era incomodidad. Era la cualidad específica del silencio que se instala cuando tres personas comparten el mismo peso en el mismo momento y ninguna necesita nombrarlo para que los otros dos lo sepan.

Diego conducía con la concentración pausada de los trayectos que importan.

Vera miraba por la ventanilla el paisaje de pinos y olivos y la sierra al fondo con la atención de quien ve algo por primera vez, aunque lleve tiempo teniéndolo en la memoria.

En algún punto del trayecto, Vera preguntó:

—¿Se puede ver el hotel desde el pinar?

—El muro norte —dije—. Entre los pinos.

—¿Sigue abierto?

—Cerrado desde que empezaron las diligencias. El fiscal ha pedido que permanezca cerrado durante el proceso.

Vera asintió.

—¿Qué va a pasar con el edificio?

Era una pregunta que yo también me había hecho y que no tenía una respuesta clara todavía.

—No lo sé. El juzgado decidirá sobre el uso una vez que termine el proceso.

Hay quien propone que se convierta en un espacio de memoria.

Hay quien propone que se derribe. Eugenia dice que debería ser un centro de documentación.

Que los edificios que han sido testigos de algo tienen la obligación de seguir siendo testigos.

—¿Y tú qué crees?

—Creo que el edificio importa menos que lo que se ponga dentro. —Miré el paisaje—. Y que la decisión debería tomarla alguien que tenga derecho a tomarla. No un juez ni un político. Las familias.

Vera asintió. Dejó la pregunta ahí y volvió a la ventanilla.

Aparcamos en el arcén de la carretera de la sierra.

Caminamos hacia el pinar en silencio. El suelo estaba más húmedo que la última vez que yo había estado aquí, con ese olor de tierra mojada y resina fría que los pinos tienen en los días en que el sol llega pero no calienta del todo.

Las cintas del perímetro forense habían sido retiradas.

El trabajo técnico había terminado. Solo quedaban las estacas de madera marcando los puntos identificados, y en el primero de ellos, el que correspondía a Sofía, el arbusto de romero que Diego y yo habíamos plantado tres semanas atrás.

Vera lo vio desde lejos.

Se detuvo a unos metros y lo miró durante un momento antes de acercarse.

—¿Lo plantasteis vosotros? —preguntó.

—Diego eligió el romero —dije—. Dice que crece en suelos difíciles.

Vera se acercó. Se arrodilló frente al arbusto con la misma concentración con que se arrodillaba delante de los libros que merecían atención especial.

Completa, sin prisa, con las manos sobre las rodillas.

El romero había crecido un poco en tres semanas, con ese empuje silencioso de las plantas que han decidido que van a crecer aunque nadie las vea.

Vera abrió la bolsa de tela.

Sacó tres cosas. La primera era un libro pequeño, de los de tapa blanda y lomo desgastado, de los que llevan muchas lecturas encima. Lo dejó junto al arbusto apoyado contra el tronco, con la cubierta hacia arriba.

La segunda era una fotografía, de las de papel, que colocó bajo el libro para que el viento no se la llevara.

La tercera cosa era una piedra pequeña y plana, del tipo que se recogen en los ríos, con una superficie lisa que alguien había usado para escribir con rotulador permanente negro una sola palabra: Sofía.

Vera puso la piedra delante del romero.

Luego se quedó quieta durante el tiempo que hizo falta, con las manos sobre las rodillas y los ojos en el arbusto y el viento de la sierra moviéndole el pelo.

Diego y yo permanecimos a unos metros, en silencio, dándole el espacio que necesitaba sin que tuviera que pedirlo.

Cuando Vera se levantó, lo hizo con el mismo movimiento de siempre —sin dramatismo, sin colapso, con la solidez de alguien que hace lo que hay que hacer y sigue. Se giró hacia nosotros.

—Gracias por el romero —dijo. Lo dijo mirando a los dos pero especialmente a Diego, con algo en los ojos que no era gratitud en el sentido ordinario sino el reconocimiento de algo más específico —que Diego había estado aquí, que había plantado el arbusto, que había hecho ese gesto para alguien a quien no conoció de adulta y que era al mismo tiempo la persona más cercana a él que ninguna otra cosa de las que había en este pinar.

Diego asintió sin decir nada. No hacía falta nada más.

**********

Caminamos de vuelta a la carretera despacio, por el mismo camino de tierra entre los pinos que Sofía había tomado aquella tarde de septiembre de 2006. El sol estaba ya en su posición de tarde, lateral y rojizo, el que convierte las sombras en algo sólido. Los pinos olían a resina y a tierra húmeda.

Vera caminaba entre Diego y yo, con las manos en los bolsillos del abrigo y los ojos en el camino delante. En algún momento dijo, sin dirigírselo a ninguno de los dos en particular:

—Hay algo que no he dicho todavía y que creo que tengo que decir en voz alta para que sea real.

Diego y yo esperamos.

—Soy Vera Alday —dijo—. No sé si ese es el apellido que me corresponde legalmente o si tendré que gestionar algo para que lo sea. Pero es el nombre que quiero tener. El que ella me habría dado.

Caminamos un momento en silencio con eso entre los tres. El silencio era de los que solo puede tener lugar cuando algo importante acaba de ser dicho en el lugar correcto, por la persona correcta, en el momento correcto.

Vera Alday. Era un nombre que encajaba con la persona que yo había conocido en la trastienda de La Escucha, que tenía su propia solidez.

—Es el nombre que te corresponde —dijo Diego—. El resto es trámite.

—El trámite lo resolvemos —dije.

—Lo sé. —Vera miró hacia delante, hacia la carretera que salía del pinar—. También quiero ir al pueblo con tiempo algún día. No de paso. Con tiempo de verdad. Para conocerlo.

—Cuando quieras —dije.

—¿Es complicado? ¿El pueblo, la gente?

—El pueblo es el pueblo. Hay personas que todavía están procesando lo que ha salido. Hay personas que llevan semanas construyendo algo diferente. Como en todos los sitios —hay de todo. —Una pausa—. Pero es tu pueblo también. Si decides que lo es.

Vera asintió.

Salimos del pinar a la carretera con la luz de la tarde sobre el asfalto y el coche de Diego aparcado en el arcén y el pueblo visible a lo lejos entre las colinas, con su silueta de siempre —la iglesia, el ayuntamiento, los tejados y las chimeneas y el campanario que marcaba las horas desde hacía siglos.

El mismo pueblo. Diferente ya, y para siempre.

**********

Vera se quedó a cenar.

Hicimos tortilla de patata porque era lo que había en la nevera y porque la tortilla de patata es el tipo de comida que ocurre en las cocinas de los pueblos pequeños cuando tres personas se juntan sin haberlo planeado del todo y necesitan comer algo que no requiera demasiadas decisiones.

Hablamos de cosas pequeñas —del libro que Vera había dejado junto al romero, de cuándo sería posible hacer el trámite del apellido, de los geranios que habían abierto ya la primera flor completa esa semana.

Era la conversación que tiene lugar después de algo muy grande —las cosas pequeñas que dan a lo grande el espacio que necesita para asentarse sin que nadie tenga que sostenerlo activamente.

La tortilla de patata sobre la mesa de la cocina de Carmen Alday.

El cuaderno de tapas negras en la mesilla.

La tarjeta de La Escucha junto al azucarero.

Tres personas que unas semanas antes no se conocían y que ahora compartían algo que no tenía todavía el nombre exacto pero que era real de todas las maneras que importan.

Diego preguntó a Vera por la librería. Ella le contó cómo había llegado ahí —la primera vez que entró, el dueño anterior que le ofreció trabajo y luego le vendió el negocio cuando decidió jubilarse.

—¿Cómo supiste que era lo que querías? —preguntó Diego.

—No lo supe —dijo Vera—. Empecé a hacerlo y descubrí que quería seguir haciéndolo. Eso es diferente a saber de antemano.

Diego asintió despacio.

—Sí —dijo—. Eso es diferente.

Vera cogió el último autobús de las diez. La acompañamos a la plaza. Antes de subir se giró y me miró con esos ojos que seguían siendo los de Sofía y los suyos al mismo tiempo.

—El libro que guardé para ti. Cuando vengas a la librería.

—Iré —dije.

—Lo sé —dijo Vera. Y subió al autobús.

Diego y yo nos quedamos un momento en la plaza vacía después de que el autobús desapareció por la carretera comarcal. El farol de la esquina encendía su luz contra el cielo de febrero. Las estrellas, más visibles que en enero, claras y frías.

—¿Cómo estás? —preguntó Diego.

Era la misma pregunta que me había hecho en el pinar. Y como entonces, la respuesta tardó un poco en formarse, no porque no existiera sino porque era múltiple y necesitaba el orden correcto.

—Mejor —dije finalmente—. No bien todavía en todos los sentidos. Pero con menos peso del que tenía cuando llegué. Y con más de lo que vine a buscar de lo que esperaba encontrar.

Diego asintió. Esa respuesta le llegó de una manera que yo vi sin que él intentara ocultarla —una apertura pequeña, del mismo tipo que la que yo había visto en Amparo en Valencia cuando los dos reconocieron el mismo idioma.

—Yo también —dijo en voz muy baja.

Nos quedamos un momento más en la plaza con el frío y las estrellas y el silencio del pueblo que ya no me resultaba opresivo sino simplemente lo que era —el sonido de un lugar que descansa y que al día siguiente volverá a ser lo que es, con toda su complicación y toda su ordinariez y todo lo que ha cambiado y todo lo que no ha cambiado.

Era suficiente.