Herencia Alday 38. DIEGO
88%

38. DIEGO

Diego llamó el martes a mediodía para preguntarme cómo había ido con Vera.

Le dije que bien, en el sentido en que bien puede decirse de algo que no es bueno pero que ocurrió de la manera más honesta que podía ocurrir. Diego entendió esa distinción sin que yo tuviera que explicarla.

—¿Tienes tiempo ahora? —preguntó.

—Sí.

—¿Puedo ir?

—Ven.

Llegó con algo que no era el café en plástico de las mañanas sino una bolsa de papel con dos bocadillos de tortilla de la churrería de la plaza, que era el lugar donde todo el pueblo compraba los bocadillos cuando no quería pensar demasiado en qué comer.

Nos sentamos en la cocina. Comimos los bocadillos con el café que yo ya había puesto antes de que llegara. Durante un rato no hablamos de nada que fuera el caso.

Hablamos del pueblo. De las novedades que iban apareciendo en el proceso judicial, de las familias que seguían llamando al número del juzgado, de la reunión que la alcaldesa entrante había pedido con Diego para coordinar la respuesta institucional.

De Eugenia, que había recibido una carta del Colegio de Maestros reconociendo formalmente su contribución a la documentación del caso, y que la había leído tres veces antes de guardarla en el cajón de la cocina con la misma meticulosidad con que guardaba todo lo que importaba.

De Marcos Serrano, que había vuelto a Madrid pero que llamaba cada semana para saber cómo avanzaba todo, y que le había dicho a Diego que estaba considerando escribir sobre lo que había hecho su padre, no como denuncia sino como retrato de alguien que lo había intentado.

—¿Tú qué le dijiste? —pregunté.

—Que escribirlo era la mejor manera de que Tomás dejara de ser solo el guardia que falló. —Diego cogió el café—. Que fallar es parte de la historia. Que lo que haces después del fallo también es parte de la historia.

—Él, ¿cómo lo recibió?

—Dijo que necesitaba tiempo. Pero que iba a escribirlo.

Era la conversación que tiene lugar cuando dos personas que han pasado por algo muy intenso y juntas necesitan encontrar la manera de seguir siendo las mismas personas que eran antes y al mismo tiempo las que son ahora, que son diferentes, y de encajar esas dos versiones en la misma relación.

No era fácil. Pero estaba ocurriendo. Era el trabajo que hacen dos personas que no tienen instrucciones y que van encontrando la manera sobre la marcha, que es la única manera real de hacer este tipo de trabajo.

Al margen de la investigación activa, del peso de las revelaciones diarias, fuera de la urgencia que había marcado cada día desde mi llegada, lo que había entre Diego y yo tenía otra textura. Más lenta. Menos definida en sus bordes.

El tipo de asunto que crece cuando se deja espacio suficiente, que no puede crecer mientras todo lo demás reclama urgencia.

Era el tipo de situación, que yo no había dejado crecer en mucho tiempo.

No desde Madrid, no desde antes del Caso Herrera, quizás no desde los dieciséis años que habíamos nombrado antes.

Yo llevaba cuarenta y cuatro días en el pueblo desde que llegué para el funeral de mi madre.

Diego llevaba nueve años. En esos nueve años había habido días en que yo era una presencia imaginada en esta cocina, en este caso que él estaba construyendo sin saber exactamente cuándo y si alguien vendría a recibirlo.

Y en las últimas semanas yo había sido real, presente, parte del trabajo.

Esa transición de imaginada a real tiene sus propios costes y sus propias ganancias, y los dos los habíamos pagado sin haberlos negociado.

En algún momento, después de que los bocadillos habían terminado y el café se había enfriado y el sol de febrero —que había llegado con más luz que el de enero aunque todavía sin calor— entraba por la ventana del patio y le daba a los geranios el color que iban ganando día a día, Diego dijo:

—Cuando te fuiste a los dieciocho años, ¿pensabas que ibas a volver algún día?

—No. Quería irme y no volver. El pueblo me parecía el lugar donde había pasado lo peor. —Miré la ventana—. Lo que no sabía era que lo peor no era del pueblo. Era de lo que el pueblo había callado. El pueblo en sí era solo un lugar.

—¿Y ahora?

—Ahora es el lugar donde está la casa de mi madre.

Donde están los geranios. Donde Eugenia tiene el cuaderno y el río suena detrás de los chopos y el farol de la esquina parpadea cuando llega el viento de la sierra.

—Una pausa—. No es sentimentalismo. Es que los lugares, son los hechos que acumulan con el tiempo.

Diego asintió.

—¿Y la suspensión? ¿El Caso Herrera? —preguntó—. ¿Cómo encaja eso con quedarte aquí?

—La suspensión está levantada. —Lo dije con la misma llaneza con que él me había hecho la pregunta—.

El informe del Caso Herrera está entregado.

Lucía Prado tiene lo que necesita. Rubén Herrera sale mañana.

—Hice una pausa—. Lo que no encaja todavía es la relación entre las dos historias.

El Caso Herrera y el reformatorio. El fiscal sigue tirando de ese hilo.

Cuando llegue a donde tiene que llegar, estaré disponible para lo que haga falta.

Pero por el momento ya no es lo urgente.

—¿Y lo urgente ahora?

—Las familias. —Miré el patio—. Ciento noventa y dos familias llamaron al número del juzgado en las primeras horas.

Muchas de esas personas van a necesitar acompañamiento mientras el proceso avanza.

Necesitan a alguien que sepa leer lo que hay debajo de lo que dicen y de lo que no dicen.

Que no sea abogado, ni periodista, ni fiscal.

Que sepa lo que es esperar una respuesta durante décadas y recibirla cuando ya no se espera recibirla.

—Pausa—. Eso soy yo, ahora, en este pueblo.

Diego me escuchó sin interrumpir. Cuando terminé, asintió despacio con la expresión de quien esperaba escuchar esto sin saber en qué forma llegaría.

—¿Qué pasó con nosotros? —dijo entonces, en el tono de quien lleva tiempo con una pregunta y ha decidido que ya es el momento de hacerla.

No me pilló por sorpresa. Había estado esperando esa pregunta con la conciencia de que existía y de que en algún momento iba a tener que vivir en el espacio entre los dos en lugar de en el borde.

—Teníamos dieciséis años —dije—. Nos queríamos de la manera en que se quiere a los dieciséis —con todo lo que uno tiene en ese momento, que es mucho, pero sin saber todavía quién se va a ser.

—Una pausa—. Cuando me fui no supe cómo llevarme eso conmigo.

Y supongo que tú tampoco supiste cómo quedarte con ello cuando me fui.

—No —admitió Diego.

—Veintidós años dan para mucho.

—Sí.

Estuvimos un momento en silencio.

—No sé qué somos ahora —dije—. Pero sé que eres una de las personas que más me importan en este pueblo. Y que eso es real independientemente de cómo se llame.

Diego me miró con los ojos verdes que seguían siendo los mismos de siempre.

—A mí también me importas mucho —dijo—. Independientemente de cómo se llame.

Lo dejamos ahí. No porque no hubiera más que decir, sino porque había aspectos que no necesitaban decirse todavía para ser reales.

Las cosas que importan no siempre necesitan ser nombradas antes de que puedan existir.

Había tiempo. Era una sensación que yo había perdido hacía muchas semanas y que esa tarde en la cocina, con el sol de febrero en los geranios y Diego al otro lado de la mesa, empecé a recuperar.

Diego se levantó para irse. En la puerta se giró.

—El informe del Caso Herrera que le mandaste a Lucía Prado —dijo—. Lucía me dijo ayer que es el análisis procesal más preciso que ha visto en años.

—Tenía tiempo —dije.

—Tenías la cabeza en su sitio —dijo Diego—. Que no es lo mismo.

Se fue. Escuché el coche arrancando en la calle del Pozo y alejándose hacia la plaza.

Me quedé en la cocina durante un rato más, con la taza de café fría y el sol de febrero en los geranios y la tarjeta de La Escucha en su sitio junto al azucarero.

Había algo que había dicho Diego que seguía repitiéndose.

Que lo que hacemos después del fallo también es parte de la historia.

Lo había dicho sobre Tomás Serrano, sobre Marcos escribiendo.

Pero era aplicable a más cosas. Era aplicable al Caso Herrera y a los dieciséis meses de suspensión y a lo que yo había hecho con esos meses: volver al pueblo que había dejado, encontrar la verdad que necesitaba encontrar.

Era aplicable a mi madre, que había fallado durante veinte años y que en los cuatro meses antes de morir había decidido que el fallo ya no podía seguir siendo la última palabra.

Incluso, quizás, a mí.

Me levanté y fui a regar los geranios. No lo necesitaban todavía —los había regado esa mañana— pero el gesto me pareció correcto. No era una estrategia de afrontamiento que yo hubiera elegido conscientemente. Era algo que había heredado sin saber que lo heredaba.

No era lo peor que podía heredarse.

Me quedé de pie en el umbral del patio con la regadera en la mano y los geranios delante, mojados y rojizos bajo la luz de la tarde.

Dos esquejes que había plantado la semana después de llegar, sin estar segura todavía de si me quedaba, y que ahora tenían flores.

No eran los geranios de mi madre. Los de mi madre habían muerto con ella y yo los había arrancado y renovado la tierra y empezado de nuevo.

Pero estaban en la misma maceta. En el mismo patio.

Bajo la misma luz de la tarde que había entrado por esta ventana durante cuarenta años mientras Carmen Alday los regaba con la misma regadera que yo estaba sosteniendo ahora.

La continuidad no era de los geranios. Era de quien los mimaba.

El pueblo estaba en silencio afuera con el silencio de las tardes de entre semana en febrero, cuando la actividad mínima de invierno ha terminado y la primavera todavía no ha llegado a cambiarla.

Ese silencio ya no me molestaba. Hacía semanas que había dejado de molestarme y no había notado exactamente cuándo.

Era el tipo de cambio que ocurre debajo del umbral de la conciencia, sin que uno decida que va a dejar de resistirse a algo; simplemente en un momento dado la resistencia ya no está.

Quizás era así como se quedaba uno en los lugares.

No con una decisión nítida sino con el descubrimiento de que ya se está quedando.

Ya lo estaba haciendo. Los geranios que regaba cada mañana.

El cuaderno que se llenaba. El convenio con el colegio profesional de la provincia que significaba que la consulta era real.

El café con Diego en la cocina que olía cada día un poco menos a Carmen Alday y un poco más a los dos.

Ya lo estaba haciendo, que era lo que importaba.