37. EL INFORME
El informe del forense llegó un lunes tres semanas después de que el equipo hubiera terminado el trabajo en el pinar.
Lo recibí a través de Diego, que me llamó a las nueve de la mañana con el tono de quien ha leído esto muchas veces antes de llamar.
—El informe definitivo está listo —dijo—. La identificación es positiva.
Me senté en la silla de la cocina que daba al patio, la de siempre.
—¿Sofía?
—Sí. Los restos del primer hallazgo son de Sofía.
La identificación se ha hecho por comparativa de ADN con tu perfil y con el del registro hospitalario de enero de 2006.
—Una pausa breve—. La causa de muerte que el forense puede determinar con los medios disponibles es consistente con lo que sabíamos.
La estimación de la fecha de muerte es compatible con enero de 2008.
Enero de 2008. Sofía tenía trece años.
Estuve en silencio durante un momento que Diego no interrumpió, porque había aprendido cuándo no interrumpir.
—¿Y la segunda persona? —pregunté.
—Los restos del segundo hallazgo no han podido identificarse todavía.
No hay base de datos contra la que comparar.
El forense ha pedido que las familias que tengan casos de desaparición de menores en la provincia entre 1998 y 2006 faciliten muestras de ADN al juzgado.
—Una pausa—. Hay diez familias que ya han respondido. Va a tardar.
—¿El informe es oficial?
—Sí. El juez lo tiene desde esta mañana. —Diego esperó un momento—. Clara. Lo que necesitas hacer ahora, si quieres hacerlo, es decidir cuándo y cómo se lo dices a Vera.
—Esta tarde —dije—. Voy a Madrid esta tarde.
**********
Llamé a Vera antes de coger el tren, no para contarle lo del informe sino para preguntarle si podía recibirme.
Ella dijo sí, sin preguntar por qué. Ese sí sin preguntar por qué era ya una manera de conocerla.
Vera decía sí cuando la persona era alguien de confianza y guardaba las preguntas para el momento en que tuviera la información suficiente para hacerlas bien.
El tren tardó dos horas. Las pasé mirando el paisaje sin contemplarlo del todo, con el cuaderno de notas cerrado sobre las rodillas, dejando que los campos de la meseta pasaran sin intentar convertirlos en nada útil.
Era la primera vez en mucho tiempo que hacía eso: no pensar. No analizar. No convertir lo que veía en información útil para nada. Solo estar en el tren y dejar que el tren fuera hacia donde iba.
Había algo en ese trayecto que se parecía a lo que ocurre cuando una investigación llega al punto donde ya tiene lo que necesita.
La tensión se afloja porque ya no hay nada que perder si se afloja.
La verdad estaba identificada, documentada, en manos del fiscal y del juez y de la prensa y de ciento noventa y dos familias.
Lo que yo hiciera en el tren con mis pensamientos ya no cambiaba nada de eso.
Los trenes, descubrí, son buenos lugares para darse cuenta de cuándo ya no es urgente pensar.
Había pensado muchas veces en este momento. Había practicado mentalmente cómo decírselo, con la disciplina clínica de alguien que ha tenido que dar malas noticias muchas veces.
Pero había llegado a la conclusión de que lo que Vera merecía no era ningún ensayo mental bien ejecutado. Era la verdad de lo que había ocurrido, contada con el mismo orden y precisión con que yo le había contado otras cosas. Sin adornar lo que era y sin endurecerlo más de lo que ya era.
Había una pregunta que Vera iba a hacerme y que yo sabía porque la conocía ya lo suficiente para saber que era la pregunta que más le importaba.
No la causa de la muerte, no los detalles técnicos.
Si Sofía había sabido que ella estaba bien.
Si en los últimos meses de su vida, o en algún momento de esos dos años de cartas y mensajes y una red invisible de personas que intentaban ayudarla.
Alguien le había dicho que la niña que le habían llevado a los pocos días de nacer estaba viva y cuidada.
Lo sabía. Sofía lo sabía. Lo había escrito en una carta.
Alguien me contó que la niña estaba viva. Que estaba en buenas manos
.
Eso no era suficiente para todo lo que Sofía había sufrido.
No era tampoco suficiente para todo lo que Vera no había tenido.
Pero era lo que había. El detalle específico que transformaba la historia de una pérdida absoluta en una historia de pérdida con ese único hilo de continuidad intacto: que Sofía supo, antes de que terminara todo, que Vera estaba bien.
Ese hilo era el que yo le iba a dar a Vera esta tarde. No como consolación —no iba a usarlo así— sino como el hecho que verdaderamente era. Con todo su peso y toda su fragilidad.
Vera me esperaba en la puerta de la librería. La había cerrado antes de tiempo para que pudiéramos hablar sin el fondo de clientes y transacciones. Nos sentamos en la trastienda. Vera puso agua a calentar.
—¿Es sobre mi madre? —preguntó, de espaldas, junto a la placa eléctrica.
—Sí.
Se giró. Me miró con esos ojos que yo ya no necesitaba que me recordaran a Sofía para que lo fueran. Eran los ojos de Vera, que tenían la misma calidad que los de Sofía pero que también eran suyos, construidos por veinte años de vida propia.
Se sentó frente a mí.
Le conté lo del informe con el orden y la precisión que la situación merecía.
Primero la identificación, que era el hecho central.
Luego la fecha estimada. Luego lo que el forense podía y no podía determinar con los medios disponibles.
Sin adornos que suavizaran lo que era y sin dureza innecesaria que lo hiciera más crudo de lo que ya era.
Vera escuchó con las manos apoyadas sobre la mesa, quietas, con ese sosiego específico que yo ya reconocía en ella y que no era indiferencia, sino la postura que adopta alguien que ha decidido que lo que va a recibir merece toda su atención y que cualquier movimiento innecesario del cuerpo la distraería de dársela.
Cuando terminé, estuvo en silencio durante un momento.
—Trece años —dijo.
—Sí.
—El mismo año en que yo cumplí tres. —No lo dijo como un dato matemático. Lo dijo como una imagen —ella con tres años en algún lugar del mundo, siendo cuidada por alguien que le enseñó a leer, mientras Sofía tenía trece años y ocurría lo que ocurría.
—Sí —dije.
Vera bajó los ojos a las manos. Luego los levantó.
—¿Puedo ir al pinar?
—Sí. Cuando quieras.
—¿Irás conmigo?
—Sí.
Vera asintió una vez, despacio, con el mismo movimiento con que había asentido a las otras cosas importantes —sin dramatismo, sin colapso, con la solidez de quien recibe lo que hay que recibir de pie.
Había algo en ese momento —dos mujeres en una trastienda de librería de Lavapiés un lunes de febrero, con la tetera al fuego y los libros apilados hasta el techo y la ciudad completamente ajena afuera; que yo no habría podido imaginar cuando llegué al pueblo hacía unas semanas.
No porque fuera imposible imaginarlo sino porque hay momentos que solo existen si primero ocurren todas las cosas que hacen que ocurran, y la cadena de cosas que había hecho que este momento existiera era demasiado larga y tortuosa para haber sido visualizada desde el principio.
Los cuadernos de Eugenia y Tomás Serrano. La cafetera de Diego. El USB de mi madre. Las cartas de Sofía en papel de cajón compartido. El sótano con llave. El pinar con romero. Todo eso había sido necesario para llegar hasta aquí.
—Hay algo que me dijo Marcos hace tiempo —dijo Vera después de un momento—.
Cuando empezó a contarme que había personas que me buscaban.
Me dijo que el amor de las personas que te quieren no caduca con ellas.
Que sigue estando en algún sitio, esperando que alguien lo encuentre.
No sé si lo creo del todo. Pero me parece una manera honesta de creer en algo que no tiene una respuesta mejor.
No dije nada porque no había nada que decir que añadiera valor a su frase. Era la clase de frase que solo puede ser de quien la dice. De alguien que ha construido su filosofía sobre materiales escasos y que la ha construido bien.
—¿Cuándo quieres ir al pinar? —preguntó Vera.
—Cuando tú consideres que estés lista.
—Necesito un poco de tiempo. No mucho. —Vera miró la ventana—. Necesito que haya un momento entre saberlo e ir. Un momento de transición.
—De acuerdo.
—¿Una semana?
—Una semana está bien —dije.
La tetera silbó. Vera se levantó a por ella.
Mientras esperábamos que se preparase el té, Vera me preguntó algo que no me esperaba.
—¿Ella sabía que yo estaba bien?
Pensé en la carta. En lo que Sofía había escrito.
Alguien me contó que la niña estaba viva. Que estaba en buenas manos.
—Sí —dije—. Lo supo.
Vera asintió. Recibió eso con el mismo cuidado con que recibía todo. Sin que se le notara demasiado, pero de una manera que yo ya reconocía como que había llegado a un lugar dentro de ella donde iba a quedarse.
Antes de que me fuera, Vera me cogió del brazo cerca de la puerta.
—Clara. Lo que Diego y Tomás intentaron en 2007. El coche que llegó tarde. —Me miró—. No quiero que nadie cargue con eso por mí.
—Lo sé —dije.
—¿Tú lo cargas?
Lo pensé.
—Menos que antes —dije—. Y seguirá disminuyendo de peso.
Vera me soltó el brazo y asintió con esa expresión que ya era familiar. La de alguien que ha recibido la respuesta honesta y la acepta precisamente porque es sincera. Luego añadió, en voz más baja:
—Lo que querías preguntarme antes, creo. Si yo lo llevo como un peso.
—¿Y lo haces?
—Cargo con lo que ocurrió. —Vera miró la calle—. No cargo la culpa de nadie por ello. Esas son dos cosas distintas y las dos son mías para llevar como quiera.
Era, pensé, la persona más claramente construida que yo había conocido en mucho tiempo.
No sin daño, el daño era visible si sabías leerlo.
Pero construida sobre él en lugar de alrededor de él.
Era exactamente la persona que Carmen Alday había intentado que existiera cuando eligió ese nombre y guardó esa foto de carné y le enseñó que los libros son el lugar donde las cosas sin sitio encuentran uno.
Volví al pueblo tarde. Me senté en la cocina con el cuaderno de notas y el bolígrafo. Escribí una sola frase.
Sofía. 1994-2008. Trece años. Ya la encontramos.
La dejé escrita y me quedé mirándola un rato.
No había más que escribir. Era la frase más corta que yo había escrito en todas las semanas en que había llenado páginas de este cuaderno con las tres columnas y los nombres y las fechas y las hipótesis y los huecos que necesitaban ser llenados.
Y era la más importante, porque todas las demás habían servido para que esta pudiera escribirse.
Cerré el cuaderno.
El reloj del salón marcó las once con su tic-tac exacto. La casa estaba en silencio. Los geranios en el patio no se veían desde aquí, pero estaban ahí, ganando color día a día, haciendo lo que las plantas hacen cuando alguien se ocupa de ellas sin exigirles nada más que crecer.
Mañana habría más trabajo. Siempre hay más trabajo. Pero esta noche con la redacción de la frase era suficiente.