36. LA VISITA
Vera llegó el sábado en el autobús de las once y cuarenta.
La parada del autobús estaba en la plaza, junto al ayuntamiento, y yo llegué cinco minutos antes de la hora con las manos en los bolsillos del abrigo y una sensación en el pecho que no sabía exactamente cómo nombrar pero que se parecía a la que se tiene antes de los momentos que van a quedar en la memoria.
Esa densidad específica del presente cuando uno sabe que está en él de una manera que no siempre es cómoda.
El autobús llegó con dos minutos de retraso.
Vera bajó la primera, con la mochila de senderismo al hombro y una bolsa de tela en la mano, mirando la plaza con la atención minuciosa de quien llega por primera vez a un lugar donde ya ha estado de otra manera: en fotos, en descripciones, en la imaginación que construye los lugares a partir de lo que alguien te dice de ellos.
Me vio.
Cruzó la plaza hacia mí con ese paso suyo que era directo sin ser apresurado. Cuando llegó a mi lado se detuvo y miró alrededor: la iglesia de piedra, el ayuntamiento con el escudo desgastado, la fuente en el centro de la plaza con el agua quieta de invierno.
—Es más pequeño de lo que recordaba —dijo.
—Los pueblos siempre lo son.
—¿Y más silencioso?
—Eso también.
Vera asintió como si ambas cosas fueran exactamente lo que necesitaba. No era decepción ni alivio. Era la confirmación de que el lugar actual, tenía la coherencia del lugar recordado, que era un tipo de validación diferente a que fuera mejor o peor.
**********
Caminamos por las calles del pueblo despacio, sin ningún itinerario concreto.
Yo dejé que Vera observara lo que quería mirar y señalé lo que me parecía que valía la pena señalar sin llenar el espacio con más información de la necesaria: la escuela donde había ido Sofía, visible desde la calle, pero cerrada en sábado; el río que se oía desde el camino de los chopos, aunque no se viera todavía; la iglesia donde dos semanas antes yo había asistido al funeral de mi madre.
Vera escuchaba con esa atención que yo ya reconocía como su manera de estar en el mundo: completa, sin prisa, guardando lo que recibía en el orden en que llegaba y sin anticipar lo que vendría.
Era el tipo de atención que en otra persona habría podido parecer distancia, pero que en Vera era exactamente lo contrario.
Presencia total, sin el filtro de las reacciones anticipadas.
Pasamos por delante del consultorio médico, que llevaba semanas cerrado.
Por delante de la mercería del Puente, que Paqui había vuelto a abrir con la normalidad de los establecimientos que sobreviven a todo porque son parte del tejido de un lugar y los tejidos tienen su propia resistencia. Por delante del cuartelillo.
—¿Te resulta extraño? —preguntó Vera en algún punto del camino.
—¿El qué?
—Estar aquí. En el pueblo donde creciste. Después de todo lo que ha pasado en estas semanas.
Lo pensé.
—No extraño exactamente. Diferente. El pueblo es el mismo, pero yo lo veo de manera diferente. Como cuando llevas mucho tiempo sin ir a un lugar y cuando vuelves te das cuenta de que has cambiado tú, no el lugar.
—¿Y eso es bueno o malo?
—Ninguna de las dos cosas. Solo es así.
Vera asintió como si esa respuesta fuera la que esperaba, lo cual me hizo pensar que era la respuesta correcta.
Cuando llegamos a la calle del Pozo, Vera se detuvo antes de que yo dijera nada.
—Aquí es —dijo.
—Si. Aquí es.
La maceta de los geranios estaba junto a la puerta, con los dos esquejes nuevos que habían empezado a mostrar el primer color rojo de las hojas que van a abrirse. Vera los miró durante un momento.
—¿Los plantaste tú?
—La semana pasada.
Vera se arrodilló y los miró de cerca, con las manos sobre las rodillas, con esa manera que tienen algunas personas de acercarse a las cosas sin tocarlas todavía, como si el contacto físico necesitara ser precedido por el contacto visual.
—La señora Carmen los cuidaba —dijo, en voz baja, más para sí misma que para mí.
—Siempre. Nunca los dejaba morir.
Vera asintió despacio. Luego se levantó.
—Entra —dije.
**********
La cocina olía igual que siempre: la madera de los armarios, el café de la mañana, el olor de una casa habitada décadas por la misma persona, que tarda en irse.
Vera entró y se quedó parada en el umbral de la cocina durante un momento. Miró la mesa, la silla que daba al patio, el azucarero de porcelana, el reloj de pared. La miré a ella contemplando todo.
—Aquí cocinaba. Aquí comía —dije—. Aquí grabó las notas de voz.
Vera fue hacia la silla que daba al patio y la tocó con la mano, sin sentarse, solo el contacto de los dedos sobre la madera del respaldo. Era el gesto más pequeño y sin embargo, tenía todo el peso del mundo.
—¿Puedo sentarme? —preguntó.
—Es tu casa también, Vera.
Se sentó. Apoyó las manos sobre la mesa. Miró el patio a través de la ventana, los geranios desde dentro, el muro del cementerio al fondo con sus cipreses.
—¿Cómo era ella? —preguntó—. No lo que hizo. Cómo era desde tu punto de vista.
Me senté frente a ella.
—Era terca —dije—. De la terquedad que viene del miedo pero que con los años se vuelve indistinguible de la fortaleza.
Era meticulosa: los geranios, los cajones, el orden de las facturas.
Era callada de la manera en que son calladas las personas que tienen mucho que no dicen, no por falta de palabras sino porque las palabras les parecen insuficientes para lo que llevan dentro.
—Hice una pausa—. Y quería a la gente de la manera más torpe que existe.
Haciéndoles cosas en lugar de diciéndoles cosas.
La comida. La ropa doblada. Los geranios.
Vera escuchó sin apartar los ojos de la ventana.
—Te dejó la foto de carné para que yo la encontrara —dijo.
—Sí.
—¿Sabes cuándo la eligió? ¿Cuál de las fotos tuyas darme?
Nunca me lo había preguntado.
—No —dije.
—Yo creo que la eligió porque en esa tenías la edad de Sofía cuando yo nací. —Vera se giró a mirarme—. No lo sé. Pero creo que te eligió con dieciséis años porque así yo podría reconocer la cara de Sofía en ti cuando te encontrara.
Me quedé quieta con esa imagen. Mi madre buscando en el álbum de la vitrina la foto de carné de Clara a los dieciséis, eligiéndola no por ser la que más le gustaba sino por ser la que más se parecía a Sofía.
Diego llegó a las dos.
Llamó antes de entrar, lo cual fue una consideración que le agradecí sin decírselo. Le dio a Vera el tiempo de prepararse para recibirlo, aunque no hubiera estado esperándolo explícitamente.
La dinámica entre Diego y Vera tenía una complejidad que ninguno de los tres había nombrado todavía y que quizás no necesitaba ser nombrada de inmediato. Bastaba con que estuvieran en la misma sala y que el tiempo hiciera su trabajo.
Diego entró. Saludó a Vera con la misma sencillez directa con que hacía todo, y se sentó en la silla del rincón que solía estar libre. Puse café para los tres.
Estuvimos un rato hablando de cosas que no eran el pasado: la librería, el barrio de Lavapiés, la comida que había en el pueblo y la que no había, los autobuses que salían a las horas más inconvenientes.
Diego le preguntó a Vera por los libros que vendía en La Escucha , no porque le interesaran especialmente los libros de segunda mano sino porque era una manera de preguntarle por ella sin preguntarle por ella, y Vera lo entendió así y respondió de la misma manera.
Hablando de los libros y hablando de sí misma al mismo tiempo, sin que ninguna de las dos cosas absorbiera a la otra.
Había algo en esa conversación que yo observé desde el borde de la mesa.
Tres personas en una cocina que no era de ninguna de las tres exactamente, o que era de las tres de maneras diferentes que todavía no tenían el nombre preciso pero que no necesitaban tenerlo para ser reales.
Era la conversación que ocurre cuando las personas que han pasado por algo muy grande necesitan un espacio donde estar juntas sin que ese algo ocupe todo el espacio.
Era lo mismo que había ocurrido en la trastienda de La Escucha , pero con la cocina de Carmen Alday a nuestro alrededor. Con su olor y su azucarero y el reloj de la pared que marcaba los cuartos con su tic-tac exacto.
Ese escenario añadía una capa que la librería no tenía: la presencia de una persona que ya no estaba, pero que había vivido en ese espacio durante cuarenta años y que lo había dejado impregnado de una manera que ninguno de los tres ignoraba, aunque ninguno lo nombrara.
Antes de irse, Vera sacó de la bolsa de tela una tarjeta pequeña. Lo dejó sobre la mesa con cuidado.
Era la tarjeta de La Escucha . El letrero de madera pintado a mano impreso en papel de color crema. Debajo, en letra a mano.
Por si necesitas libros. O por si necesitas un sitio adónde ir.
Lo dejé sobre la mesa de la cocina, junto al azucarero de porcelana, donde pudiera verlo cada mañana.
Acompañé a Vera a la parada del autobús de las seis. La plaza estaba vacía con el frío de enero. El farol encendido. El muro del ayuntamiento con su escudo.
—Vuelve cuando quieras —dije.
—Lo sé. —Vera se colgó la mochila al hombro—. Y tú ven a la librería. Hay un libro que guardé para ti desde que Marcos me dijo que vendrías. Lo tengo apartado desde hace dos semanas.
—¿Qué libro?
Vera sonrió. Era la primera vez que la veía sonreír así, una sonrisa pequeña y lateral que no supe de dónde venía hasta que la reconocí: era la sonrisa de Sofía cuando sabía algo que yo no sabía y disfrutaba del breve momento antes de contármelo.
—Ya lo verás cuando vengas —dijo.
El autobús llegó. Vera subió. Yo me quedé en la plaza hasta que el autobús dobló la esquina y desapareció por la carretera comarcal.
El farol de la esquina encendió su luz contra el cielo oscuro de enero.
El mismo farol. La misma calle. El mismo pueblo.
Y en algún lugar de Madrid, en el barrio de Lavapiés, una librería de segunda mano con una planta que crecía demasiado sobre el alféizar y un libro apartado para mí que yo todavía no había leído pero que iba a leer.
Y la tarjeta de La Escucha en la mesa de la cocina, esperando a mañana.
Caminé de vuelta a casa. La calle del Pozo estaba en silencio. Los geranios en la maceta recibían la luz del farol desde el lado equivocado, que no era el lado que necesitaban para crecer, pero que era suficiente para que siguieran siendo visibles en la oscuridad de la noche de invierno.