20. LA CARA EN LA FOTO
Irene encontró la cara a las once de la mañana.
Llevaba dos horas mirando las fotografías que Marta había tomado en el sótano de La Dehesa, ampliando cada imagen en el portátil con la paciencia metódica de quien ha decidido que mirar bien es lo único que puede aportar.
Yo estaba en el salón leyendo por tercera vez la carta de mi madre cuando la oí llamarme desde la cocina con un tono que no era urgencia exactamente sino la necesidad de que alguien más viera lo que ella estaba viendo antes de seguir.
Me acerqué. Señaló la pantalla.
Irene había ampliado el fondo de la imagen hasta el límite de la resolución.
En el umbral de la puerta, parcialmente oculto por el marco, había una tercera persona.
Un hombre más joven que los dos de la mesa, con una carpeta bajo el brazo, que miraba hacia los otros dos con la expresión atenta de quien espera que lo llamen.
La calidad de la imagen era baja por la ampliación, pero suficiente para distinguir los rasgos.
—¿Lo reconoces? —preguntó Irene.
Lo miré durante un momento que se fue alargando conforme los rasgos iban encajando con los de una cara que yo conocía en otro contexto: una cara que había visto en los últimos días en circunstancias que nunca había asociado con el año 1999 y con el despacho de dirección de un reformatorio.
—Tiene veintitantos años en esta foto —dije en voz baja—. Pero sí. Lo reconozco.
Era el médico del pueblo. El mismo médico que había firmado el certificado de defunción de mi madre con la causa evento cerebrovascular que el forense luego desmontó.
El mismo médico que estaba en la lista del cuaderno de Luisa entre los que habían cobrado y callado.
El mismo médico que había firmado el alta de la menor sin documentar en el Hospital Provincial en enero de 2006 con la anotación menor sin identificar, alta voluntaria .
Pero esto era 1999, y él tenía veintitantos años, y estaba en el despacho de dirección con una carpeta bajo el brazo, en el espacio donde se tomaban las decisiones, no en los espacios donde los empleados sin implicación directa desarrollaban su trabajo.
—No era solo alguien que firmaba papeles —dije—. Estuvo dentro desde el principio.
Irene asintió.
—¿Cuántos años tiene ahora?
—Unos cincuenta. Sigue ejerciendo. Sigue siendo el médico del pueblo.
Me aparté de la pantalla y fui a la ventana.
Desde allí se veía la plaza, la iglesia, el ayuntamiento con su escudo desgastado.
El consultorio médico, en el edificio nuevo de al lado del ayuntamiento, con su horario plastificado en la puerta y la papelera municipal delante.
El aspecto normal del exterior que era la capa más eficaz de cualquier encubrimiento.
Lo que parece absolutamente ordinario nunca genera preguntas.
El médico del pueblo seguía ejerciendo. Seguía atendiendo partos y catarros y tensiones altas.
Seguía siendo la persona que firmaba los certificados de defunción.
Como había firmado el de mi madre.
Le mandé a Diego la imagen ampliada con un mensaje breve: Mira el fondo. ¿Reconoces a alguien? Sin más contexto. Si Diego era quien creía que era, reconocería la cara y entendería la implicación.
La respuesta llegó en tres minutos. Sí. Ya lo teníamos. Está en la documentación del fiscal. ¿De dónde viene esta imagen?
Le respondí. Sótano. Hay más. Te mando lo que encontremos.
Tres minutos de respuesta. No había fingido no reconocerlo, no había preguntado de qué estaba hablando.
Había respondido directamente que ya lo sabían.
Coherente con alguien que llevaba nueve años construyendo el caso desde dentro.
También coherente con alguien que quería saber exactamente qué habíamos encontrado para gestionar lo que se publicaba y lo que no.
Confianza selectiva, me dije. Todavía.
—¿Cuántas cajas fotografió Marta en el sótano? —pregunté a Irene.
—Cuarenta y tres imágenes. Hemos revisado dieciséis. En las otras veintisiete todavía no hemos mirado los fondos con atención.
—Hazlo. Con el mismo método. Empieza por las que tienen más personas en el encuadre.
**********
Marta llegó a las dos. Le mostré la foto y pasamos cuarenta minutos buscando otras caras reconocibles en las imágenes del sótano con el método de Irene: ampliar cada imagen hasta el límite de la resolución, prestar atención a los fondos y los márgenes, a las personas que no están en el centro del encuadre sino en los bordes, donde la gente se descuida porque cree que las cámaras solo capturan lo que está en el centro.
Encontramos dos más.
Una era una cara que ninguna de nosotras tres reconocimos: un hombre de unos cuarenta años en una imagen de 1987, de pie junto a una de las niñas en el patio, con el uniforme de un cargo que no supimos identificar de inmediato. Marta lo fotografió con el móvil para buscarlo después en sus archivos.
La otra la reconocí yo.
Era una fotografía del comedor, 2004. Al fondo, junto a la puerta de servicio, un hombre con delantal blanco que distribuía bandejas.
Un hombre de unos veinticinco años, con el pelo oscuro y los ojos que yo había aprendido a reconocer incluso en imágenes de baja calidad porque los había mirado muchas veces en los últimos días, preguntándome si decían lo que yo creía que decían.
Diego.
Diego con diecinueve años, en el comedor del reformatorio, en una fotografía de 2004, distribuyendo bandejas con el delantal blanco de los auxiliares de cocina.
Me quedé mirando la imagen durante un tiempo que no medí. Irene y Marta seguían buscando en las otras imágenes, inclinadas sobre el portátil, sin haber visto todavía lo que yo estaba viendo.
Lo que yo estaba viendo podía ser mucho.
Podía ser la prueba de que Diego había mentido sobre su relación con el reformatorio.
Podía ser la explicación de por qué había pedido el destino en este pueblo.
Podía ser el motivo real detrás de nueve años de investigación que nunca terminaba de producir resultados suficientes para llegar a un juzgado, nueve años que culminaban justo ahora, justo cuando yo había encontrado el USB de mi madre y el cuaderno de Eugenia y el testimonio de Irene y la llave del sótano, aportando todo lo que él no había podido conseguir en casi una década.
Podía ser que mi llegada hubiera sido necesaria no solo para el caso sino también para Diego.
Que yo hubiera sido el catalizador que él había estado esperando, conscientemente o no, para que la investigación llegara por fin al punto en que él podía actuar sin destruirse.
O podía ser exactamente lo que la imagen decía a primera vista: un joven de diecinueve años con necesidad de trabajo en el verano de 2004 que había aceptado un empleo de auxiliar de cocina en un centro que por fuera parecía ordinario y que por dentro era algo completamente distinto.
Que lo había visto. Que lo había procesado.
Que durante los años siguientes había construido la respuesta que podía construir —hacerse guardia civil, pedir el destino, pasar nueve años acumulando lo que la burocracia dejaba acumular— sin poder llegar nunca más lejos de lo que la burocracia permitía llegar.
La diferencia entre esas posibilidades era la diferencia entre un aliado imperfecto y un obstáculo que yo había estado alimentando desde el principio.
Necesitaba la respuesta antes de hacer nada más.
Cerré el portátil con cuidado, sin hablar. Irene levantó la vista.
—¿Qué has visto?
Lo puse sobre la mesa y señalé la figura del fondo. Irene lo miró durante un momento con su atención minuciosa, sin apresurarse a la conclusión.
—¿Es Diego? —preguntó.
—Tiene diecinueve años en esta foto. Año 2004.
Marta lo vio cuando volvió al salón cinco minutos después. No dijo nada durante casi un minuto. Luego dijo:
—Si Diego sabía que esta foto existía en el sótano, habría tenido razones para no querer que fuéramos allí.
—Y sin embargo fue él quien nos dijo que fuéramos —dije.
—O eso, o sabía que íbamos a ir de todas formas y prefería estar dentro de la ecuación que fuera. —Marta cerró su libreta—. No es lo mismo. Pero tampoco es tan diferente como querríamos.
Tenía razón. Había llegado el momento de preguntarle a Diego directamente.
Cogí el móvil. Lo llamé. No cogió el teléfono.
Lo dejé sonar hasta el buzón de voz dos veces.
La segunda vez dejé un mensaje: que llamara cuando pudiera, que necesitaba hablar con él, que era urgente pero no una emergencia.
Usé esas palabras con precisión porque son distintas y quería que él supiera la diferencia —urgente significa que importa, no una emergencia significa que tengo tiempo para escuchar lo que tenga que decir antes de sacar ninguna conclusión.
Marta me miró desde la silla.
—¿Qué vas a hacer si no llama?
—Ir al cuartelillo.
—¿Y si lo que dice no encaja?
Lo pensé durante un segundo. Era la pregunta que yo también me había hecho en el momento en que había reconocido la cara en el fondo de esa fotografía y el espacio entre lo que sabía de Diego y lo que esa imagen podía significar se había abierto de repente bajo mis pies como el suelo de un sótano en el que no sabías que había trampilla.
—Si lo que dice no encaja —dije—, publicamos antes de que él pueda frenarlo.
Marta asintió una sola vez. Y era la respuesta correcta, aunque ninguna de las dos quería que fuera necesaria.
Irene había escuchado todo eso sin decir nada. Ahora habló.
—¿Y si hay una tercera posibilidad? —dijo—.
¿Y si Diego estuvo en ese reformatorio como empleado sin saber exactamente lo que era?
Lo descubrió, y ¿esa era la razón de verdad por la que pasó nueve años investigándolo?
No como alguien que tiene algo que ocultar ni como alguien completamente ajeno.
Como alguien que estaba dentro cuando ocurrió y que ha pasado años intentando hacer algo al respecto desde el único lugar donde podía hacerlo.
Me quedé con esa formulación.
Era la más incómoda de las tres posibilidades: la más humana.
Porque implicaba que Diego podía ser a la vez culpable de haber estado allí y responsable de haber pasado veinte años intentando deshacer lo que había visto.
Que la investigación no era una coartada sino una deuda que se pagaba con el tiempo, de la única manera que alguien en su posición podía pagarla.
Si eso era verdad, el Diego que yo había conocido en los últimos diez días era exactamente quien decía ser. Solo que con una historia que no me había contado todavía porque era la más difícil de contar.