Herencia Alday 19. LA DETENCIÓN
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19. LA DETENCIÓN

La llamada de Diego llegó a las siete y cuarenta y dos de la mañana.

Estaba en la cocina con el café todavía caliente y el cuaderno de notas abierto en la página donde la noche anterior había dejado escritas las tres columnas: lo que sabía, lo que infería, lo que no sabía todavía. La columna del medio era la más larga. Siempre lo es.

—El fiscal movió anoche —dijo Diego sin preámbulo—. A las once pidió las primeras diligencias. Esta mañana a las siete hemos ido a buscar a Blanes. Padre e hijo.

Me puse de pie sin darme cuenta.

—¿Están detenidos?

—El padre está en el cuartelillo. El hijo no estaba en su domicilio cuando fuimos. —Pausa—. El coche tampoco.

—¿Cuánto tiempo lleva fugado?

—No sabemos si está fugado. Técnicamente no hay orden de detención todavía, solo citación para declarar. Pero si alguien le avisó anoche después de que el fiscal moviera...

—Alguien le avisó —dije.

—Es probable. —La voz de Diego tenía esa tensión contenida de quien gestiona una situación que se está desenvolviendo en tiempo real—. Estamos localizando el vehículo. Si sale del municipio lo tendremos en las cámaras de la carretera comarcal.

—¿Qué carretera tomaría para salir del pueblo sin pasar por el casco urbano?

—La de la sierra. Por el camino viejo de los pinares.

Había algo en el tono de esa última frase —una pausa imperceptible, la manera en que la información se ofreció sin que yo la pidiera explícitamente— que me dijo que Diego sabía lo que yo iba a hacer con ella y que había elegido dármela de todas formas.

—¿Hay algo más que deba saber antes de que llegue allí?

—El padre habló antes de que llegara el abogado —dijo—. Dijo que tenía cosas que decir y que las quería decir delante de alguien con autoridad. —Diego vaciló un momento—. Parecía alivio.

Ese dato —el alivio— era más importante que cualquier otra cosa que Diego me hubiera podido decir.

Aurelio Blanes padre llevaba sesenta años dentro de algo que había definido su vida entera: la gestión, el encubrimiento, las decisiones sobre las niñas, los archivos en el sótano, la red que se había ramificado hacia Madrid y hacia la Audiencia Nacional y hacia todos los lugares donde alguien con poder había pagado por seguir siendo alguien con poder.

Cuando alguien lleva ese tiempo cargando algo así y finalmente llegan a buscarlo y lo primero que siente es alivio, eso no es la reacción de alguien que niega.

Es la reacción de quien lleva tiempo queriendo que todo termine.

Eso podía significar que hablaría. Que lo que estaba dispuesto a decir antes de que llegara su abogado era suficiente para cerrar los huecos que los expedientes del sótano dejaban abiertos.

Suficiente para llegar al magistrado, al director general que había subido de llevar el dinero de mi madre al ayuntamiento, a todos los que habían construido sus carreras sobre una estructura que ahora se deshacía.

Colgué. Cogí el abrigo del gancho y salí.

**********

El camino viejo de los pinares era una pista de tierra que salía del pueblo por el lado norte, entre los primeros pinos y el límite de los huertos, y se perdía hacia la sierra durante unos cuatro kilómetros antes de empalmar con la carretera comarcal.

En enero de madrugada era el único acceso al pueblo que no tenía cámaras porque nunca había habido razón para ponerlas.

Llegué al inicio del camino en cuatro minutos. Aparqué atravesado, con las luces encendidas, bloqueando el acceso.

Esperé.

Los primeros dos minutos los usé en preguntarme si estaba siendo imprudente.

La respuesta era sí, técnicamente. Blanes hijo había matado a mi madre, o lo había hecho con ayuda de su padre, y yo estaba sola en un camino de tierra con los pinos al fondo y ningún testigo a la vista.

El perfil de riesgo era objetivamente alto.

Y sin embargo seguí allí. Porque Blanes hijo sabía dónde estaba la niña.

Y si esperaba al proceso ordinario, esa información quedaría atrapada en los tiempos del juzgado y de los abogados y de los plazos que la burocracia necesita para hacer lo que tiene que hacer.

Y mientras tanto, en algún lugar, una joven de diecinueve años vivía sin saber quién era.

Cinco minutos. El frío de enero entraba por las rendijas del coche. A los ocho minutos aparecieron los faros.

Una furgoneta blanca. La misma que Irene había visto aparcada frente a la casa de Blanes. Venía despacio, con las luces largas, y cuando me vio atravesada en el camino redujo más todavía y se detuvo a unos veinte metros.

Salí del coche.

Aurelio Blanes hijo tenía treinta y dos años y el aspecto de quien ha pasado la noche sin dormir y ha decidido que correr ya no sirve de nada. Delgado, con el pelo oscuro y los ojos hundidos de quien lleva demasiados días cargando con algo que no está hecho para cargarse.

Nos miramos en el haz de luz cruzada de los dos vehículos.

—Eres Clara Alday —dijo.

—Sí.

—Quiero que sepas algo antes de que me detengan. —Dio un paso hacia mí con la urgencia de quien necesita que algo llegue antes que otra cosa—. Tu madre vino a mi padre en 2006. No fue él quien fue a ella. Fue ella quien fue a él.

Me quedé quieta.

—¿Qué me estás diciendo?

—Te estoy diciendo que cuando Sofía desapareció, tu madre ya sabía dónde estaba.

Ya lo sabía antes de poner la denuncia. —Blanes hijo habló con una calma que no era frialdad sino agotamiento—.

Lo sé porque mi padre me lo contó hace tres años, cuando empezó a tener miedo de que todo saliera.

Me lo contó para que yo entendiera por qué había hecho lo que había hecho.

—¿Dónde estaba Sofía?

Blanes hijo me miró durante un segundo. En sus ojos había algo que no era crueldad sino el peso de quien cargaba con una información que no había pedido recibir.

—En el reformatorio. Había entrado en agosto de 2006, un mes antes de la denuncia de desaparición.

Mi padre la había ingresado directamente, sin expediente, porque era la hija de quien sabía demasiado y el ingreso era parte del acuerdo de silencio.

Un seguro. Una manera de asegurarse de que Carmen Alday no hablaría mientras tuviera a su hija allí dentro.

—Hizo una pausa—. Tu madre lo sabía. Y puso la denuncia de todas formas, un mes después, cuando entendió que el acuerdo no iba a sacarla viva.

Lo procesé durante unos segundos en el frío del camino.

Mi madre puso la denuncia de desaparición sabiendo que Sofía estaba en el reformatorio.

Sabiendo que al poner esa denuncia rompía el acuerdo que la mantenía viva.

Sabiendo que si el sistema funcionaba correctamente, la investigación llegaría al reformatorio.

Y que si no funcionaba correctamente, el acuerdo ya estaba roto de todas formas y no había nada más que perder.

Cuando entendió que el acuerdo no iba a sacarla viva.

Eso era lo que mi madre había sabido en septiembre de 2006 y lo que no había podido decirme nunca.

No solo que Sofía había desaparecido. Que Sofía había desaparecido de una manera que mi madre había permitido, al principio, porque le habían hecho creer que era la única forma de mantenerla viva.

Y que cuando entendió que eso era mentira, ya era tarde.

—Eso no justifica nada de lo que hizo tu padre.

—No. No justifica nada. Pero cambia la historia que tú crees que conoces.

Los faros de otro coche aparecieron al fondo del camino, desde el lado del pueblo. Diego.

Blanes hijo lo vio también.

—Una cosa más —dijo—. La niña. La que tu madre tuvo en casa. Sé dónde está. —Hizo una pausa de un segundo que duró mucho más—. Y sé que no es solo hija de Sofía.

El coche de Diego frenó a nuestra espalda. Las puertas se abrieron.

Yo seguía mirando a Blanes hijo con esa frase flotando en el frío de enero.

—¿De quién más es hija? —pregunté.

Blanes hijo abrió la boca. Y en ese momento Diego iluminó el camino con sus luces y Blanes hijo cerró la boca con la expresión de quien ha calculado que ya no hay tiempo y que lo que queda por decir tendrá que decirse en otro momento.

—Lo sabrás —dijo—. Si me dejas hablar antes de que me encierren, lo sabrás todo.

Pero Diego ya estaba a mi lado y Blanes hijo ya había levantado las manos en el gesto universal de quien no va a resistirse, y la frase quedó sin respuesta en el camino helado de los pinares.

**********

Diego me acompañó de vuelta al pueblo. Condujo en silencio los tres minutos que tardamos.

—Blanes hijo ha pedido un abogado antes de declarar —dijo—. El padre está en el cuartelillo. El fiscal ha confirmado que las detenciones son firmes.

—¿Y lo del canal de filtración? ¿Alguien le avisó anoche?

—Alguien con acceso a los movimientos del fiscal. Estamos en eso. —Hizo una pausa—. Lo que has hecho esta mañana podría haber complicado el expediente si Blanes hijo hubiera opuesto resistencia.

—No la opuso.

—Eso lo sabemos ahora.

—Lo calculé antes de ir.

Diego me miró desde el asiento del conductor durante un segundo largo.

—¿Lo calculaste de verdad o apostaste?

—Las dos cosas. Y salió bien.

Cuando aparqué frente a la casa se giró hacia mí con una expresión que mezclaba el alivio con algo que habría podido ser irritación si no fuera porque las dos cosas juntas resultaban en algo más parecido al respeto.

—La próxima vez —dijo—, avísame antes de hacer algo así.

—La próxima vez —respondí—, llega antes.

Salí del coche. La casa olía igual que siempre.

El reloj de la cocina marcaba las nueve menos cuarto.

Afuera el pueblo estaba despertándose con su actividad mínima de invierno, sin saber todavía que esa mañana habían detenido a Aurelio Blanes padre y a su hijo, que el fiscal tenía la documentación del sótano, que la red que llevaba cuatro décadas enquistada en las instituciones de este lugar había empezado a deshacerse durante la noche.

O quizás sí lo sabían. En los pueblos pequeños las cosas que importan se saben antes de que nadie las anuncie, por los coches que circulan a horas inusuales y por las ventanas que se encienden demasiado temprano y por la velocidad con que la gente cambia el tema cuando tú pasas por la calle.

Me senté en la silla de la cocina con las manos sobre la mesa y me quedé un momento sin hacer nada.

El tic-tac del reloj. La luz de invierno entrando por la ventana del patio.

Las zapatillas de mi madre en su sitio exacto junto a la pata de la mesilla, que yo había decidido no mover todavía y que seguían ahí, en su lugar, como si también esperaran algo.

Blanes padre estaba en el cuartelillo y había pedido hablar antes de que llegara su abogado y lo que tenía para decir era suficiente o no era suficiente, y las detenciones eran firmes o no lo eran, y el fiscal seguiría adelante o alguien le llamaría antes del mediodía con un argumento para no hacerlo.

Lo que yo tenía, por primera vez desde que había llegado al pueblo, era la sensación de que lo que ocurriera a continuación no dependía solo de mí.

Era un sentimiento extraño. Casi incómodo. Casi alivio.