18. EL PESO
Esa noche no dormí.
Me quedé en la cama de mi madre con la fotografía de la niña en la mano y la cadena de implicaciones extendiéndose hacia atrás en el tiempo hasta un punto que no podía ver con claridad pero que podía sentir, como se siente el fondo cuando nadas en aguas oscuras: no lo ves, pero sabes que está ahí y que en algún momento lo vas a tocar.
Sofía había estado viva después de su desaparición.
Eso era lo que la niña de la foto implicaba si los ojos que yo veía en esa cara eran lo que yo creía que eran.
No había desaparecido en el pinar la tarde en que Blanes la cogió del brazo.
La habían tenido. Por cuánto tiempo, en qué condiciones, eran preguntas que los archivos del sótano quizás respondían y que quizás no, porque lo que le había ocurrido a Sofía podía estar documentado o podía haber ocurrido exactamente en el espacio entre los documentos, que era donde este tipo de cosas ocurrían siempre.
No había manera de hacer ese cálculo que no llevara al mismo lugar.
Me levanté a las tres de la madrugada, fui a la cocina descalza sin encender las luces grandes; solo la pequeña del fregadero, que daba una luz lateral y blanda que no terminaba de despertarte del todo y me senté con el cuaderno de notas.
Necesitaba escribir lo que sabía, lo que infería y lo que aún no sabía, en ese orden, porque si no lo ponía en el papel se enredaría dentro de la cabeza hasta hacerse inmanejable.
Era el mismo ejercicio que había hecho la primera noche que llegué al pueblo, sentada en esta misma silla, cuando todavía creía que lo que había venido a buscar era la verdad sobre la muerte de mi madre y todavía no sabía que era solo la entrada a algo más hondo.
Habían pasado menos de diez días. Parecían más.
El reloj del salón marcaba los cuartos con su puntualidad obsesiva.
Fuera, la calle del Pozo estaba en silencio con el farol de la esquina parpadeando sobre el adoquín mojado.
No había Audi negro. No había furgoneta blanca.
Solo el pueblo dormido y yo con el cuaderno y la pequeña luz del fregadero y la cadena de implicaciones que no terminaba de asentarse.
Pensé en Sofía. No en la Sofía de los expedientes ni en la Sofía del cuaderno de Luisa ni en la Sofía reducida a una línea en la lista de Eugenia.
Pensé que el llavero de estrella de mar colgado del bolso de Irene evocaba mejor que ningún documento a Sofía.
La niña que se agachaba a coger cosas del suelo en el camino, que insistía en el camino más largo porque pasaba junto al río, que tenía doce años y llamaba de usted al administrador del reformatorio y que esa tarde le había pedido a Irene que no se fuera. Y a mí me había pedido lo mismo.
Y las dos nos habíamos ido.
Apoyé la mano en la mesa y me quedé con eso durante el tiempo que hizo falta.
Lo que sabía: Sofía fue vista por última vez en septiembre de 2006 cuando Blanes se acercó a ella en el camino del pinar.
Una niña con sus ojos apareció en esta casa a principios de 2011, con aproximadamente cuatro o cinco años y sin documentación.
Mi madre recibió sesenta mil euros y esa niña a cambio de su silencio.
Lo que infería: la niña podía ser hija de Sofía. Si lo era, Sofía había estado viva hasta al menos el verano de 2007. Lo que le habían hecho durante ese tiempo era parte de lo que los archivos del sótano podían o no documentar.
Lo que no sabía: dónde estaba esa niña ahora.
Qué le había pasado a Sofía después de 2006.
Si mi madre había seguido en contacto con la niña después de 2011 o si la había entregado a alguien o si había ocurrido algo más.
Y el dato que Blanes hijo me había dicho en el camino — no es solo hija de Sofía — que seguía siendo una pregunta suspendida en el aire sin respuesta, que seguiría siéndolo hasta que el abogado de Blanes le aconsejara hablar o callar.
Cerré el cuaderno.
Fuera del pueblo seguía siendo de noche, y los pinos del camino de la sierra no se veían, pero estaban ahí, con los huesos del pinar debajo de ellos, con la verdad que todavía no era completa pero que ya no cabía dentro de las cajas del sótano que Blanes había cerrado con llave creyendo que era suficiente.
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Llamé a Diego a las siete de la mañana.
—El fiscal tiene la documentación —dijo antes de que yo pudiera hablar—. Anoche a las once. Ha pedido dos días para revisarla y determinar la vía de entrada. Ha dicho que es suficiente para abrir diligencias formales.
—Bien. —Hice una pausa—. Diego, necesito que busques algo.
En los archivos del sótano o en cualquier otro registro al que tengas acceso.
Una niña nacida a finales de 2006, sin documentación oficial de nacimiento, que pudo haber estado en el reformatorio o en algún centro vinculado a la red antes de que llegara a manos de Blanes.
Diego tardó un momento.
—¿Cómo de segura estás de lo que estás buscando?
—No del todo. Pero suficiente para necesitar saberlo.
—Dame hasta esta tarde.
Colgué. Irene bajó al salón en ese momento con el pelo sin recoger y la expresión de quien ha dormido mejor que yo, pero no lo suficiente.
—¿Qué ha pasado? —dijo, mirándome la cara.
—Siéntate. Tengo que contarte algo sobre la fotografía que encontré en el cajón de mi madre.
**********
Eugenia me llamó a media mañana.
La voz era diferente a todas las veces anteriores. No tensa ni concentrada ni medida. Venía de muy adentro, sin filtro.
—He estado pensando toda la noche en algo que no te dije el primer día porque no me pareció relevante entonces y ahora creo que sí lo es.
—Dime.
—Cuando Sofía desapareció, yo fui a la Guardia Civil a decir que la conocía, que era su maestra, que quería saber si había novedades.
El guardia que me atendió era joven, llevaba poco tiempo en el pueblo.
Me dijo que el caso estaba siendo gestionado por Madrid porque había indicios de que la desaparición podría estar relacionada con una red más amplia.
—Una pausa—. Esa fue la última vez que alguien del cuerpo me dijo algo sobre Sofía que no fuera el archivo del caso.
Y lo que ese guardia dijo es que había indicios de que Sofía no era la única.
Que no era la única.
—¿El guardia te dijo algo más? ¿Un nombre, un dato?
—Me dijo que habían recibido información de una menor que había escapado de un centro y que había hablado.
Que esa menor había dado nombres. —La voz de Eugenia se ralentizó—.
Y que dos semanas después el caso se archivó y el guardia fue trasladado a otro destino y nadie volvió a mencionar a esa menor.
La menor que había escapado. La menor que había dado nombres y cuya declaración había desaparecido dos semanas después.
—Eugenia. La menor que escapó y habló. ¿Llegaste a saber su nombre?
Un silencio.
—No. Pero sé que el guardia que me lo contó se llamaba Serrano. Tomás Serrano.
El mismo Tomás Serrano que veinte años después, muriendo, le había dicho a Eugenia dónde estaban los archivos del sótano.
Que había bajado las cajas a ese sótano porque Blanes se lo había encargado.
Que sabía exactamente qué había en esas cajas porque él mismo las había cargado.
Que antes de cargarlas, había sido el guardia joven que atendió a Eugenia cuando fue a preguntar por Sofía.
Tomás Serrano no era solo el auxiliar de mantenimiento que había movido los archivos.
Era el guardia que había recibido la información de una menor que había escapado y había hablado, y que había sido trasladado dos semanas después para que no pudiera seguir hablando él.
Había pasado veinte años cargando con eso hasta que el cáncer lo hizo imposible.
Y en el último momento le había dado a Eugenia las coordenadas exactas del sótano donde estaba la verdad.
**********
Diego me llamó a las cinco de la tarde.
—He encontrado algo. Un registro de ingreso en el Hospital Provincial de esta ciudad, de enero de 2006. Una menor de doce años, ingresada de urgencias, sin documentación. El alta a los cuatro días. El médico que firmó el alta era el mismo médico que está en la lista de los que supieron.
Doce años. Enero de 2006. Ocho meses antes de la desaparición oficial de Sofía.
Sofía había estado en el hospital en enero de 2006.
Sin documentación. Con doce años. Ocho meses antes de que Blanes la cogiera del brazo en el camino del pinar y la hiciera desaparecer para siempre.
Lo que significaba que en enero de 2006 Sofía ya estaba dentro de la red y que la desaparición de septiembre no había sido el principio sino el final.
El último movimiento de algo que llevaba ocurriendo desde antes y que mi madre quizás había empezado a sospechar o a saber antes de que ocurriera.
—¿Hay registro del nombre en ese ingreso? —pregunté.
—No. Está registrada como menor sin identificar. —Una pausa—. Pero el grupo sanguíneo está en el parte médico. Y tú tienes el grupo sanguíneo de Sofía en la denuncia de desaparición que presentó tu madre. —Otra pausa—. Coincide.
Me apoyé en la pared de la cocina con el teléfono en la mano y los ojos cerrados y dejé que la sala girara un poco, lo que necesitó girar, antes de que yo la detuviera.
—Clara —dijo Diego.
—Estoy aquí.
—¿Estás bien?
Tardé en responder no porque no supiera la respuesta sino porque necesitaba elegir la correcta entre las varias que eran ciertas al mismo tiempo.
—Estoy encontrando lo que vine a encontrar —dije—. Eso no siempre se parece a estar bien.
Diego no dijo nada más. No hacía falta. Hay personas con las que ciertos silencios ya no necesitan rellenarse, y Diego y yo habíamos llegado a ese punto sin haberlo decidido, en algún momento de los últimos diez días, pasando por el cuartelillo y el cementerio y la mercería y la cocina de Eugenia y todas las conversaciones donde habíamos puesto pedazos de la misma historia sobre mesas distintas.
O eso creía yo. La foto de 2004 todavía no había aparecido.
Afuera, en la calle del Pozo, el farol de la esquina encendió su luz puntual contra el cielo oscuro de enero. El mismo farol de siempre, con su luz pequeña y amarilla que iluminaba el adoquín mojado y el muro del cementerio al fondo.
Mi madre había vivido toda su vida bajo esa luz. Y yo la iba a llevar más lejos de lo que ella había podido llevarla.