17. LA NIÑA DE LA FOTO
Era un hombre de los que parecen más pequeños en las fotografías que en la realidad: rasgos ordenados, la expresión de satisfacción neutra de quien lleva suficiente tiempo en la posición correcta para haber dejado de notar que es una posición.
El tipo de cara que no delata nada porque lleva décadas sin necesitar delatarlo.
Había firmado el auto de archivo del caso de Sofía con cuarenta y un años.
—¿Cuántos años lleva en la Audiencia? —pregunté.
—No solo encubrió. Alimentó la red.
—Eso es lo que la documentación sugiere.
—¿Cuántos años de cárcel le pueden caer a Quiroga si esto llega a juicio?
—Con complicidad en desapariciones forzadas, encubrimiento continuado y obstrucción a la justicia, el fiscal podría pedir entre ocho y doce años.
Con los delitos previos al ingreso en la Audiencia, más.
—Marta cerró el portátil—. Lo que no está claro es si hay suficiente evidencia directa de los delitos más graves o si lo que tenemos alcanza el encubrimiento, pero no lo anterior.
—Lo que hay en los expedientes del sótano es suficiente para el encubrimiento.
—Sí. Para eso es suficiente.
No dijimos nada más durante un momento. El encubrimiento y lo que había debajo eran dos cosas distintas y los dos lo sabíamos: una era la que se podía demostrar con documentos, la otra vivía en los cuerpos de las personas que lo habían sufrido, y los cuerpos no siempre son prueba suficiente para un tribunal, aunque sean la prueba más real que existe.
Cuarenta años de documentos cuidadosamente escondidos en el momento exacto en que la burocracia dejaba de ser útil para los que la generaban. Eso era lo que hacía que este tipo de casos fuesen difíciles de convertirse en condenas, aunque la evidencia moral fuera aplastante.
—¿Y Quiroga sigue activo en la Audiencia?
—Sí. Sin ningún procedimiento disciplinario abierto.
Cuarenta y seis resoluciones firmadas en los últimos doce meses.
—Marta buscó algo en el portátil—. Cuatro de ellas implican casos que tienen conexión tangencial con redes de tráfico de menores.
Las cuatro se archivaron. Dos en menos de treinta días.
Estuve mirando ese dato durante un momento.
La eficiencia del archivo. El patrón tan regular que ya no era un patrón sino un sistema, algo que un magistrado que lleva veintiséis años en el mismo tribunal perfecciona hasta que se convierte en invisible.
Las mejores protecciones no son las que se notan.
Son las que parecen procedimiento ordinario.
—¿Tiene familia? —pregunté.
—Mujer, dos hijos adultos, cuatro nietos.
Vive en Salamanca, como te dije. La casa la compró en 2003, el año después de que el reformatorio cerrara.
—Marta cerró esa ventana—. El precio que pagó por esa casa en 2003 no encajaba con su nómina de magistrado.
Hay una transferencia de una cuenta offshore dos meses antes de la compra que el fiscal ya tiene en la documentación.
Recibir el dinero era necesario e incómodo al mismo tiempo.
Necesario porque era la prueba documental que vinculaba el encubrimiento con un beneficio concreto, lo que un tribunal necesitaba para no dejar el caso en lo moral.
Incómodo porque construía una imagen de Quiroga que era demasiado completa: la casa, la familia, los nietos, el sueldo que no alcanzaba.
Una vida edificada sobre algo que llevaba décadas enterrado en un sótano con llave.
Marta recogió su portátil.
—Voy a escribir el primer borrador esta tarde. Para tenerlo listo cuando el fiscal se mueva. O para publicarlo si el fiscal no se mueve.
Se fue. Irene volvió de su paseo veinte minutos después con las mejillas coloradas del frío y algo en la expresión que no era solo el frío.
—He pasado por delante de la casa de Blanes —dijo—. Hay una furgoneta con matrícula de Madrid que no estaba antes.
—¿La matrícula?
—No me acerqué lo suficiente. —Se sentó—. Puede que signifique algo. Puede que no.
—En este pueblo —dije— las cosas que podrían significar algo casi siempre significan algo.
**********
Yo estaba sola en el salón con la fotografía de la niña sobre la mesa cuando llamaron a la puerta.
Era la mujer de la silla de enea. La que me había dicho en el día del entierro que mi madre había sido valiente, demasiado tarde pero valiente.
Llevaba el mismo abrigo de paño marrón y el mismo rosario entre los dedos.
Esta vez no esperó. Entró directamente cuando abrí la puerta, con la decisión de quien lleva tiempo esperando este momento, sin querer perderlo por cortesía.
Se llamaba Petra. Tenía ochenta y un años. Había sido partera en el pueblo durante treinta años, y antes de jubilarse había asistido a más nacimientos en esta comarca que ningún médico de los que habían pasado por el consultorio municipal.
Conocía los cuerpos de las mujeres de este pueblo de una manera que los médicos no conocen.
Los había acompañado en los momentos en que el cuerpo no tiene secretos, y eso le daba una autoridad diferente, más antigua y directa que la de los títulos colgados en una pared.
Eso era lo que le había dado el valor de decirme en el día del entierro algo que llevaba años sin decirle a nadie.
Y eso era lo que la había traído aquí esta tarde.
Se sentó en el sofá sin quitarse el abrigo y sin soltar el rosario y me miró con esos ojos pequeños y muy despiertos que tenían la claridad de quien ya no necesita guardar ninguna distancia con la verdad.
—Vi la foto de la cría —dijo—. La que tienes sobre la mesa. La he visto antes.
Me senté frente a ella.
—¿Dónde?
—Aquí. En esta casa. Tu madre me llamó en principios de 2011.
Tenía una niña pequeña y necesitaba que yo la viera.
—Petra habló con la llaneza de los hechos que se llevan mucho tiempo sin decir y que pierden toda la envoltura de diplomacia cuando finalmente salen—.
Era una niña sana. Cuatro años y medio, aproximadamente, aunque sin documentación era difícil precisar.
Sin documentación de ningún tipo, Clara.
Sin partida de nacimiento, sin cartilla de vacunación, sin ningún registro de que esa niña existiera en ningún sistema.
—¿Quién era?
—No lo sé con certeza. Tu madre no me lo dijo. Pero me dijo que la niña había llegado a ella a través de Blanes y que era lo único que había podido conseguir a cambio de lo que le habían pedido que callara.
Me quedé con esa frase.
—Mi madre pidió una niña como parte del trato del silencio —dije.
—Tu madre perdió a su hija y alguien le ofreció otra. —Petra lo dijo sin suavizarlo y sin endurecerlo, solo como lo que era—. Si eso es un trato o es un crimen o es las dos cosas al mismo tiempo, no es algo que yo pueda decirte. Lo que sí puedo decirte es que esa niña estuvo en esta casa.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé. La vi una sola vez. Después, cuando preguntaba, tu madre me decía que estaba bien, que estaba cuidada, que no preguntara más.
Cogí la fotografía de la mesa.
Una niña en el sofá de este salón en 2011. Cuatro años y medio en 2011 significaba que había nacido a finales de 2006 o principios de 2007. Justo cuando Sofía ya estaba dentro. Los ojos de Sofía en la cara de esa niña.
Tenía una sobrina. Eso era lo que la cadena de implicaciones terminaba diciendo, si los ojos eran lo que yo creía que eran.
Una niña que había estado en esta casa durante al menos uno o dos años.
Que ahora tendría unos diecinueve o veinte años.
Que estaría en algún lugar sin saber quién era, sin documentación de origen, con una historia que alguien le habría contado y que era o no era cierta.
Esa niña existía en algún lugar.
—Petra —dije—. ¿Usted alguna vez pensó que esa niña podría ser hija de Sofía?
Petra me miró en silencio durante un momento largo.
—Sí —dijo—. Lo pensé. Y también pensé que, si lo era, significaba que Sofía había estado viva al menos hasta finales de 2006 o principios de 2007. —Una pausa—. Y que lo que le había pasado antes de eso era algo que tu madre sabía y que no podía decirte.
—¿Mi madre alguna vez le habló de Sofía directamente? ¿Después de 2006?
—Una sola vez. —Petra apretó ligeramente el rosario entre los dedos—.
Me llamó una noche de principios de 2011, poco antes de traerme a la niña.
Estaba llorando y yo no la había oído llorar así desde el día de la desaparición, que fue el único día que la vi llorar por Sofía en público.
Me dijo que había hecho algo que no se podía deshacer.
Que lo había hecho creyendo que era lo correcto y que ahora ya no estaba segura.
Que la niña era lo único que le quedaba y que necesitaba saber que estaba sana.
—Petra habló con la economía de los hechos que se dicen cuando ya no hay nada que proteger—.
No me dijo más. Yo no le pregunté más. A veces hay preguntas que si las haces en el momento equivocado cierran la puerta que tenían abierta.
Me quedé con esa frase.
La niña era lo único que le quedaba.
Lo que quedaba de Sofía. Lo que quedaba del tiempo entre la desaparición oficial y la muerte que yo todavía no podía ver con claridad.
Petra se levantó sin que yo le dijera que podía irse. Recogió el rosario y el abrigo. Se lo puso con esa lentitud de los gestos muy practicados, los gestos que ya no se piensan porque forman parte del cuerpo mismo.
En la puerta se giró.
—Tu madre era una buena mujer que hizo cosas malas —dijo—. Y una mala mujer que hizo cosas buenas. Como la mayoría. —Una pausa—. No sé si eso sirve de algo.
—Sí sirve —dije.
Petra asintió y bajó la calle del Pozo con su paso de siempre.
La vi alejarse desde la ventana del salón hasta que dobló la esquina y desapareció.
El reloj del salón marcó los cuartos con su tic-tac exacto.
Afuera el pueblo seguía siendo el mismo de siempre, con sus capas visibles y sus capas debajo, y yo seguía en el centro de todo eso, buscando lo que mi madre no había podido darme.