16. ANTES DE QUE HABLES CON NADIE
No lo llamé de vuelta esa noche.
Irene y yo caminamos al pueblo en silencio, por el camino lateral que evitaba la carretera principal, con el frío cortando el aire y el sobre de mi madre en el bolsillo interior del abrigo. El mensaje de Diego seguía en la pantalla.
Sé quién mató a tu madre. Y necesitas saberlo antes de que hables con alguien más.
Antes de que hables con alguien más.
Esa parte era la que importaba.
Podía significar que Diego sabía algo que yo no sabía y que tenía prisa por contármelo antes de que yo sacara conclusiones equivocadas.
Podía significar que quería controlar el orden en que yo recibía la información.
Que sabía que habíamos estado en el sótano y que lo que habíamos encontrado allí necesitaba encuadrarse en algo antes de que yo lo procesara sola.
Podía significar que el alguien más era él mismo, y que lo que quería era hablar conmigo antes de que yo hablara con Marta o con la alcaldesa o con cualquiera que le dijera algo sobre él que complicara la conversación que estaba intentando tener.
Las tres posibilidades eran compatibles entre sí. Eso era lo que hacía difícil saber qué hacer con el mensaje.
Me dormí tarde con el sobre sobre la mesilla. Lo había leído en el sótano. Necesitaba tiempo antes de releerlo.
**********
Diego estaba esperando en su coche frente a la casa cuando yo abrí la puerta a las ocho de la mañana.
Sin mensajes adicionales, sin llamadas perdidas.
Solo el coche gris aparcado en la calle del Pozo con el motor apagado y Diego dentro, con el abrigo puesto y un café de plástico en la mano, como si hubiera decidido que lo correcto era esperar aquí y no en el cuartelillo y hubiera llegado a esa decisión hace suficientes horas como para que el café ya estuviera frío.
Salí. Me apoyé en el coche de enfrente con los brazos cruzados y esperé.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —pregunté.
—Desde las seis. —Me miró con los ojos verdes que tenían esa mañana un cansancio que iba más allá de la hora a la que se había levantado—. Sé que anoche estuvisteis en La Dehesa.
—¿Lo sabes o lo sospechas?
—Lo sé. Hay una cámara en el camino de la sierra que no forma parte del sistema del hotel.
La instaló Ibáñez hace tres meses. Yo la descubrí hace seis semanas.
—Apoyó el café sobre el salpicadero—. Os vi entrar por la puerta lateral a las cuatro y cuarto.
Vi salir a cuatro personas a las siete menos diez. La cuarta no esperaba verla.
—La alcaldesa.
Diego asintió.
—Lo que encontrasteis ahí dentro necesita llegar a la Fiscalía por un canal que Ibáñez no pueda frenar.
—Su voz era directa y sin adornos, la voz de quien ya no tiene tiempo para las capas—.
Tengo ese canal. Un fiscal de Madrid, externo a la Audiencia Nacional, que lleva un año construyendo el caso desde el lado de la estructura financiera.
Ibáñez no lo sabe. Si le pasamos lo del sótano por ese conducto, Ibáñez no puede frenarlo.
—¿Por qué confiaría yo en ese fiscal si no sé quién es?
—Porque te lo voy a decir ahora mismo si me dices qué encontrasteis.
Nos miramos.
Hay un momento en toda negociación en que uno de los dos tiene que poner algo sobre la mesa sin garantía de reciprocidad, con solo la posibilidad de reciprocidad como apuesta.
Ese momento había llegado y lo reconocí porque había estado en él antes.
En salas de entrevista y en salas de espera de juzgado y en la cocina de mi piso de Madrid la noche antes del juicio en el Caso Herrera, cuando había decidido sostener mi diagnóstico, aunque ya hubiera una grieta en él.
La diferencia era que entonces me había equivocado.
Ahora tenía más piezas. Y la alternativa era no confiar en nadie, y esa no era una posición desde la que se pudiera hacer nada útil.
Miré a Diego durante tres segundos más. Tenía los ojos verdes que yo había conocido hace veintidós años, los mismos que la primera noche en el cuartelillo habían sostenido mi mirada cuando yo le pregunté si creía que había matado a mi madre y él no había respondido de inmediato.
Ese silencio de tres segundos, que entonces me había dicho que sabía algo que no me estaba contando, ahora me decía otra cosa: que lo que no me había contado entonces era exactamente esto.
Que llevaba nueve años construyendo una vía de salida de algo que lo había atrapado antes de que decidiera ser quien era.
No era un perdón. No era tampoco una condena. Era la información que necesitaba para decidir si lo que Diego me iba a dar a continuación tenía o no tenía el valor que él decía que tenía.
Debía tenerlo. Porque si no lo tenía, ya no había ninguna otra vía.
—Encontramos los expedientes de veintiséis años de niñas del reformatorio —dije—.
Los que Blanes trasladó al sótano cuando cerró el centro.
Documentación completa, con nombres, fechas y firmas.
Y una carta de mi madre con el nombre del magistrado que archivó el caso de Sofía en 2006 y que es el eslabón más alto de la red que conocemos hasta ahora.
Diego absorbió eso en silencio durante varios segundos.
—El magistrado es Esteban Quiroga —dijo.
Me quedé quieta.
—Lo sé desde hace ocho meses —continuó—.
Por eso no elevé los expedientes por la vía interna.
Por eso busqué el canal externo. Quiroga tiene contactos en la Fiscalía General y en el Tribunal Supremo y en tres ministerios, y cualquier información que entre en el sistema por la vía ordinaria puede llegar a alguien que la lleva directamente a él antes de que produzca ningún efecto.
—¿Por eso te reuniste con Ibáñez en La Dehesa hace doce días?
Lo dije mirándole a los ojos. Vi el momento exacto en que Diego entendió que yo lo sabía, y vi lo que hizo con ese entendimiento: no lo negó, no se defendió, no preguntó cómo lo sabía.
Se quedó quieto durante dos segundos y luego asintió, una vez, como alguien que tenía preparada esa pregunta desde hace tiempo.
—Ibáñez me citó. Dijo que sabía que yo investigaba y que quería hacer un trato.
Fui para ver qué ofrecía y hasta dónde llegaba su información.
—Sus ojos no se apartaron de los míos—. Lo que ofreció fue cerrar los ojos ante lo que yo hubiera encontrado a cambio de que yo cerrara los ojos ante lo que quedaba de la red.
Me dijo que los que quedaban eran personas mayores, que la estructura ya no operaba, que no tenía sentido destruir carreras y familias por algo que había terminado.
Fue muy cuidadoso en no decir nada que pudiera usarse como prueba directa.
Solo insinuaciones, solo la lógica de que a los dos nos convenía lo mismo.
—¿Y qué le respondiste?
—Le dije que lo pensaría. —Una pausa—. Y usé ese tiempo para mover el caso al canal externo antes de que él decidiera que yo era un problema que resolver.
—¿Quién mató a mi madre, Diego?
Tardó un momento. El gesto de quien va a decir algo que no puede desdecirse una vez dicho.
—Blanes. Con ayuda de alguien que le abrió la puerta.
—Una pausa—. Esa persona es Aurelio Blanes hijo.
Treinta y dos años, trabaja en el hotel, tiene las llaves de todas las casas del pueblo a las que su padre ha tenido acceso durante décadas.
El análisis de las cámaras de esa noche —que pedí sin que conste en ningún expediente oficial— lo sitúa a doscientos metros de la casa de tu madre cuarenta minutos antes de que el forense sitúa la muerte.
—¿Y por qué no está detenido?
—Porque para detenerlo necesito que el expediente lo tramite alguien que no lo archive en cuarenta y ocho horas. —Me miró fijamente—. Por eso necesito lo que encontrasteis anoche.
**********
Llamé a Marta antes de que Diego se fuera.
Los tres nos sentamos en la cocina de la casa de mi madre con los folios de la carta extendidos sobre la mesa, las fotografías que Marta había tomado en el sótano abiertas en la pantalla de su portátil y el cuaderno de notas donde yo había ido reconstruyendo todo lo que recordaba de los audios robados.
Era la primera vez que el conjunto de la información estaba en la misma sala, manejado por las mismas personas al mismo tiempo.
Hay algo que cambia cuando la dispersión termina.
Cuando los fragmentos que diferentes personas han estado guardando por separado se juntan, el cuadro que emerge es siempre más grande que la suma de lo que cada uno tenía.
Cada pieza que yo ponía sobre la mesa encontraba una pieza de Diego que la completaba o la contradecía, y cada contradicción abría una pregunta que Marta ya había buscado en alguno de sus archivos.
Trabajamos durante tres horas. Diego pasó los nombres por las bases de datos a las que tenía acceso. Marta organizó la documentación en el orden en que tendría que presentarse a un fiscal. Yo construí el relato cronológico. Desde 1975 hasta hoy, con cada pieza en su sitio.
A las doce Diego se levantó para irse.
—Le paso esto al fiscal esta tarde —dijo—. A partir de ese momento, el caso tiene vida propia y ninguno de nosotros controla el ritmo. —Nos miró a las dos—. Quedaos en el pueblo. Los dos próximos días pueden pasar cosas.
Salió. Irene entró al salón con una taza de café.
—¿Le creemos? —preguntó.
—Le creemos lo suficiente —dije—. Y tenemos suficiente para que no nos importe si nos equivocamos.
Irene se quedó un momento mirando el café con la expresión de quien necesita calibrar antes de asentir.
—¿Cuándo sabremos algo del fiscal?
—Diego ha dicho dos días. Si en dos días no hay movimiento, sabemos que el canal también estaba tapado. Y si el canal también estaba tapado, cambiamos de estrategia.
—¿Cuál sería la siguiente?
—Marta publica lo que tiene. Sin esperar al proceso judicial. —Hice una pausa—. Es la opción que más daño hace a la red y la que menos garantiza condenas. Pero a veces la condena no es la única forma de que algo termine.
Irene asintió despacio, con la expresión de quien ya lo había pensado.
—Sofía habría querido saber que alguien llegó hasta aquí —dijo—. Independientemente de lo que pase después.
No respondí. Era cierto, y las cosas que son ciertas a veces no necesitan confirmación sino solo el espacio para quedarse en el aire un momento antes de posarse.
Me quedé mirando la mesa de la cocina con los folios de la carta de mi madre todavía extendidos delante de mí, con el nombre de Esteban Quiroga visible en el segundo folio, con la letra firme de hace tres años que había tardado tres años en llegar a mis manos porque mi madre no había podido dármela directamente.
La alcaldesa la había guardado durante todo ese tiempo sin leerla, o eso decía.
Sin abrirla. En su bolsillo interior durante tres años, esperando la circunstancia que nunca llegó porque la circunstancia fue la muerte de mi madre.
Tres años y un sobre cerrado y un nombre que cambiaba la dimensión de todo.