14. SÓTANO B
Marta llegó al hotel a las once de la mañana, sola, con su acreditación de prensa y una propuesta de reportaje sobre la arquitectura de los edificios históricos reconvertidos en el interior de España.
La hija de Blanes, una mujer de unos treinta y cinco años con la sonrisa entrenada del personal de hostelería, la atendió en la recepción.
Marta pidió la entrevista y la visita guiada con la naturalidad de quien lo ha hecho muchas veces.
La hija de Blanes la derivó al responsable de relaciones públicas del hotel, un hombre joven que consultó la agenda y le dijo que podían recibirla esa misma tarde.
Irene y yo esperamos en el coche aparcado en el camino de la sierra con vista a la entrada de La Dehesa.
Desde allí podíamos ver la verja de hierro, el aparcamiento exterior, el tejado del edificio entre los pinos.
No había Audi negro ese día. Eso podía significar que Ibáñez había dejado de vigilar, o que había decidido que ya no necesitaba aparecer físicamente porque tenía otra manera de saber lo que ocurría.
La segunda posibilidad era menos reconfortante que la primera.
Irene estaba en silencio a mi lado, mirando la entrada del hotel.
En algún momento de los últimos días había dejado de ver a Irene como una testigo y había empezado a verla como lo que era: alguien que había llegado aquí cargando algo demasiado pesado para cargarlo sola y que lo había depositado con cuidado en el lugar correcto y ahora seguía aquí, presente, sin irse aunque ya había cumplido con la parte que la había traído.
Hay personas que, una vez que deciden estar, están del todo. Irene era una de ellas.
—¿Crees que saldrá bien? —preguntó sin apartar la vista de la verja.
—Marta sabe lo que hace.
—No me refería a Marta. —Irene se giró levemente—. Me refería a todo. A si al final sirve de algo.
Era la pregunta que llevaba días haciéndome también, con más frecuencia conforme el peso de lo encontrado crecía.
La respuesta honesta era que no lo sabía.
Que había casos donde la verdad salía y no servía para lo que debería servir.
Donde las instituciones absorbían la evidencia, la procesaban durante años en comisiones y procedimientos, y al final lo que quedaba era un expediente cerrado y varias personas con la sensación de haber removido algo que dolía y no cambió nada.
El Caso Herrera me lo había enseñado de otra manera: que incluso cuando la maquinaria funcionaba podía funcionar mal.
Pero la alternativa era el silencio. Y el silencio ya tenía cuarenta y siete años y doce nombres en un cuaderno y huesos en un pinar y una madre muerta cuya carta llevaba tres años guardada con una alcaldesa.
—Creo que tenemos que intentarlo —dije—. El resto no depende de nosotras.
Irene asintió. Y en su cara, durante un segundo, hubo algo que no era tranquilidad sino algo más parecido a lo que queda cuando alguien suelta un peso que llevaba tanto tiempo cargando que ya no sabe cómo estar sin él. No alivio exactamente. Algo anterior al alivio.
A las dos y cuarto Marta nos mandó un mensaje: Dentro. Tour a las 4. Necesito que estéis en el jardín lateral a las 4:15. Puerta de servicio, sin cámara.
Llegamos a la puerta de servicio a las cuatro y doce. Era una puerta metálica pintada de verde en el lateral del edificio, junto a los contenedores. Marta la abrió desde dentro a las cuatro y catorce.
—El responsable de relaciones públicas me ha hecho el tour completo de las plantas primera y segunda —dijo en voz baja mientras nos llevaba por un pasillo que olía a humedad vieja y a la cal reciente de las obras de rehabilitación—.
Las plantas tercera y el sótano no forman parte de las visitas.
Me ha dicho que el sótano es de uso exclusivo del propietario.
Le he preguntado si el señor Blanes estaba disponible.
Me ha dicho que vive fuera del hotel y que tendría que concertar cita.
—Pausa—. También le he pedido fotografiar los espacios originales para el artículo.
Me ha dado autorización escrita para las dos primeras plantas.
—¿Hay cámaras en el corredor del sótano?
—Una, en la escalera de acceso, orientada hacia la escalera principal, no hacia la puerta lateral de servicio. —Marta se detuvo frente a una puerta de madera con indicación de escalera—. Por aquí.
Bajamos en silencio. El olor cambió: más tierra, más piedra, el frío de los espacios que nunca reciben luz natural.
La escalera terminaba en un corredor estrecho con el suelo de cemento y las paredes de piedra sin revestir, la misma piedra del edificio original bajo la capa de rehabilitación del hotel.
Al fondo del corredor de poniente, tal como Tomás Serrano le había dicho a Eugenia diez años antes de morir, había una puerta de metal.
Cerradura de cilindro. Ninguna señalización.
Irene sacó la llave.
La metió en la cerradura. Giró.
La puerta se abrió.
**********
Dentro había cajas. Muchas cajas, apiladas en estanterías metálicas que ocupaban tres de las cuatro paredes de una sala de unos sesenta metros cuadrados.
Cajas de cartón reforzado con etiquetas escritas a mano, organizadas por años: desde 1975 hasta 2002.
Veintiséis años de expedientes del Reformatorio de la Sagrada Familia, perfectamente conservados en el frío seco del sótano, exactamente donde Tomás los había dejado y Blanes los había cerrado bajo llave pensando que nadie volvería a abrirlos.
Marta encendió la linterna del móvil. Irene también. Cogí la primera caja del año 1983 y la abrí sobre la mesa de trabajo del centro de la sala.
La sala olía a papel viejo y a humedad contenida, el olor de los archivos que llevan décadas sin ventilación.
Si cada año había una media de diez expedientes, eran más de doscientas niñas.
Documentadas, archivadas, numeradas. Convertidas en carpetillas de cartón marrón con una referencia en la esquina.
No me permití terminar ese cálculo todavía.
Busqué el número de referencia que correspondía a la niña de la fotografía de Rosario Vega: el del dorso de la foto de septiembre de 1983, el que tenía la anotación trasladada, sin destino. Estaba allí. Una carpetilla de cartón marrón, fina, con el número escrito a tinta en la esquina. La abrí.
Dentro: una ficha de ingreso con nombre, fecha de nacimiento, procedencia.
Una fotografía de carnet, en blanco y negro, de una niña que miraba a la cámara con los ojos demasiado abiertos, la foto que le hacen cuando llegas y todavía no sabes que es para el expediente.
Un informe de evolución con fecha de cada trimestre.
Y al final, una hoja suelta escrita a mano: Traslado autorizado.
Destino, no comunicado al centro. Responsable: R.A.F.
Las iniciales de Ramón Alday Fuentes. Mi abuelo.
No había más papeles. La administración del reformatorio había sido cuidadosa en el grado necesario.
Suficiente documentación para que pareciera que el proceso había seguido un protocolo, no lo suficiente para que ese protocolo condujera a ningún lugar verificable.
Así funcionaba. No destruyendo la documentación sino cortándola en el momento exacto en que dejaba de ser útil para los que la generaban.
Devolví la carpetilla a su sitio. Lo hice con cuidado, en el mismo orden en que la había encontrado.
Era un gesto extraño en estas circunstancias, pero me pareció lo correcto.
No éramos nosotras quienes teníamos que desordenar esto.
Los que tendrían que procesarlo eran los que vinieran después con autorización legal y tiempo.
Mientras Marta fotografiaba cajas con su móvil, sistemáticamente, siguiendo un orden que solo ella entendía pero que era claramente un orden, yo me quedé un momento con la vista en las estanterías.
Veintiséis años. Desde 1975 hasta 2002. Si alguien con un equipo de trabajo y acceso legal pasara tres meses en este sótano cruzando los números de referencia con el álbum de Rosario Vega y con el cuaderno de Eugenia, identificaría a cada niña de cada fotografía.
Sabría su nombre, su procedencia, su edad cuando ingresó.
Sabría si había salido —por sus propios medios, a través de un traslado documentado, o de la manera en que no hay documentación porque la documentación fue el problema en primer lugar.
El contenido de este sótano era el estado inverso del problema.
Mientras el reformatorio estaba en activo, los archivos eran la herramienta que hacía funcionar la estructura de encubrimiento, porque quien controlaba la documentación controlaba la narrativa.
Ahora eran lo contrario, la evidencia que hacía imposible sostener esa narrativa.
Blanes lo sabía. Por eso los había guardado aquí en lugar de destruirlos. Destruirlos habría sido más seguro en términos de riesgo de exposición, pero también habría eliminado cualquier posibilidad de usarlos como palanca sobre los demás implicados.
Un hombre que lleva décadas en una estructura de estas características aprende que la información es poder solo cuando existe: destruida, no vale nada. Conservada y bajo control exclusivo, vale todo.
Lo que Blanes no había calculado era que alguien pudiera tener la otra llave.
Marta fotografiaba cajas metódicamente. Irene buscaba los expedientes de los otros números de referencia del álbum de Rosario.
—Aquí —dijo Irene en voz baja.
Me acerqué. Tenía abierta una carpetilla del año 2001.
La última niña antes de las de 2006. Leyó el nombre en voz baja, con una concentración que era también otra cosa: el reconocimiento de quien lleva años buscando una pieza y de repente la tiene en las manos.
No era el nombre de Sofía. Era uno de los doce nombres del cuaderno de Eugenia.
Tenía expediente. Tenía historia documentada.
Tenía, al final del expediente, la misma hoja suelta de traslado que la de 1983, con diferentes iniciales.
Iba a decir algo cuando la luz del corredor se apagó.
No fue gradual. Fue de golpe: la tira de led del pasillo que habíamos visto encendida al entrar se apagó y el sótano quedó en la oscuridad completa excepto por las linternas de los móviles.
La oscuridad de un sótano sin ventanas es una oscuridad específica, más densa que cualquier otra: es la que el cuerpo reconoce como ausencia total y ante la que el sistema nervioso reacciona con una alarma más vieja que cualquier pensamiento.
Irene, Marta y yo nos quedamos inmóviles al mismo tiempo, con ese instinto compartido de no hacer ruido que no se aprende, sino que simplemente es inherente a la situación.
Alguien había apagado la luz del corredor desde fuera. Lo que significaba que alguien sabía que estábamos aquí.
Nos miramos en el haz de las linternas. Marta señaló hacia la puerta. Yo asentí. Empezamos a movernos en silencio hacia la salida, con las carpetillas que habíamos cogido, sin cerrar las cajas, sin tiempo para hacerlo bien. Habíamos llegado a la puerta cuando los pasos se detuvieron al otro lado.
Entonces, alguien habló. Una voz de mujer, baja y controlada, que pronunció mi nombre en el corredor oscuro con la calma de quien sabe perfectamente lo que va a encontrar al otro lado de esa puerta porque lleva semanas esperando encontrarlo.