13. LO QUE GUARDAN LOS CAJONES
Llegué a casa pasadas las once.
Irene estaba en el sofá con una manta encima y el portátil abierto, aunque por la postura de los hombros era evidente que no había estado leyendo sino esperando.
Marta ocupaba la silla del rincón con su libreta y un café que debía de llevar horas frío.
Las dos levantaron la vista cuando entré. Las dos esperaron.
No les conté la última línea del cuaderno.
No era una decisión del todo consciente.
Era algo más parecido a lo que ocurre cuando el cuerpo sabe que todavía no está listo para procesar algo y lo aparta sin pedirle permiso a la cabeza.
Había una diferencia entre saber un dato y haberlo integrado, y yo ese dato todavía no lo había integrado.
Lo tenía aparcado en algún lugar entre el pecho y la garganta, sin bajar del todo ni subir del todo, esperando a que yo tuviera un lugar seguro donde recibirlo.
Una niña viva, entregada a petición de la madre.
Seguía sin saber exactamente qué significaba eso.
Las posibilidades eran varias y todas eran perturbadoras de maneras distintas.
La más obvia: el acuerdo de los sesenta mil euros había incluido algo más que el silencio, algo concreto y específico que mi madre había pedido a cambio.
Y lo que había pedido era una niña. La segunda posibilidad era que la frase no describiera un intercambio sino una restitución.
Que mi madre hubiera reclamado algo que le pertenecía o que consideraba que le pertenecía.
Y la tercera posibilidad era la que todavía no me dejaba formular del todo porque formularla implicaba aceptar algo sobre la desaparición de Sofía que cambiaba completamente el relato de lo que había ocurrido en septiembre de 2006.
Marta tomó notas con su letra pequeña y apretada. Irene escuchó con las manos quietas sobre la manta.
—El cuaderno de Luisa y el de Eugenia se superponen —dijo Marta cuando terminé—. Dos fuentes independientes para los mismos hechos. Eso ya es publicable si conseguimos el respaldo documental del sótano.
—Primero el sótano —dije.
—Mañana —dijo Marta—. Entro como periodista, solicito una entrevista sobre el patrimonio histórico del edificio, pido ver las instalaciones. Nos dan acceso o no nos lo dan. Si nos lo dan, improvisamos desde dentro.
Irene asintió. Y luego, en voz baja:
—¿Crees que Blanes sospecha que tenemos la llave?
—Blanes sabe que su padre la entregó a alguien en 2002.
No sabe a quién. Pero después de cuatro días de movimientos en el puebloel Audi de Ibáñez, nuestra presencia, la pregunta de la alcaldesa en el funeral, cualquier persona con algo que esconder en ese sótano estará revisando sus opciones.
—Hice una pausa—. Por eso mañana, no esta noche.
Esta noche todavía no sabe lo que tenemos.
Mañana puede que todavía no lo sepa. Pasado, quizás ya sea tarde.
Marta cerró el portátil y guardó la libreta.
—A las once —dijo—. Si no he salido a las cuatro, avisad a Diego.
—¿A Diego?
—A quien sea. —Se puso el abrigo—. A alguien con placa.
Eran casi las doce cuando Marta se fue e Irene se retiró a la habitación de Sofía. Me quedé sola en el salón con el silencio del pueblo y la sensación de tener algo pendiente que no conseguía identificar del todo. Luego lo identifiqué: no había entrado todavía al dormitorio de mi madre.
Había pospuesto ese momento desde que llegué, con la excusa de que era el espacio más íntimo y que ya tendría tiempo.
La verdad era más sencilla: entrar en el dormitorio de mi madre era admitir de una manera que los otros cuartos no implicaban que ella no estaba y no iba a estar.
El salón sin ella era un salón vacío. El dormitorio sin ella era otra cosa.
Era la ausencia con forma, con la apariencia exacta de la persona que ya no estaba.
Llevaba cuarenta años durmiendo en esa habitación y la habitación lo sabía.
Encendí la luz.
El dormitorio olía a ella. A la crema de manos que siempre había tenido en la mesilla y al lavaplatos que usaba para fregar porque decía que el industrial limpiaba mejor, y al leve olor de la madera del armario que había sido de su madre.
Todo eso iba a desaparecer cuando yo abriera las ventanas y dejara entrar el invierno.
El invierno tardará en irse pero se irá, y después de él ya no quedará nada de este olor específico en ningún lugar del mundo.
Fui a cerrar la ventana aunque ya estaba cerrada y la irreversibilidad de eso, la sencillez brutal de ese hecho, me obligó a sentarme en el borde de la cama antes de que las rodillas lo hicieran por mí.
Era la cama donde mi madre había dormido durante cuarenta años.
Donde había dormido sola desde que mi padre se fue, con la misma colcha azul y el mismo ritual de dejar las zapatillas exactamente en el mismo ángulo junto a la pata izquierda de la mesilla.
Conocía esas zapatillas: marrón oscuro, de las de suela de goma que se compran en el mercadillo, con el talón ligeramente vencido hacia dentro de tantos años de pisarlas.
Estaban allí todavía, en su sitio exacto, porque nadie las había movido.
No iba a moverlas yo tampoco. Todavía no.
Abrí el cajón de la mesilla.
Había lo que siempre hay en los cajones de mesilla de las personas que llevan muchos años siendo las mismas: un rosario, un par de pañuelos de papel, un bote de paracetamol caducado, un lápiz, un calendario de los que dan en los bancos.
Y debajo de todo eso, debajo del fondo de cosas cotidianas que funcionan como una capa de normalidad sobre lo que de verdad se guarda, un sobre de fotografías antiguas.
De los de papel, sin revelar en digital, de los que ya no se hacen.
Las saqué. Había unas veinte. Algunas las reconocí: fotos de mi madre con vecinas, una de las últimas Navidades, una de la plaza en una feria de hace años. Pero al fondo del sobre había tres fotografías separadas del resto, como si mi madre las hubiera distinguido conscientemente de las demás.
Dos eran de Sofía. Sofía a los diez años en el río, con los pies en el agua y una sonrisa que ocupaba toda la cara.
Sofía en el patio de la escuela, con la mochila al hombro y la trenza deshecha.
Las conocía. Mi madre las había separado porque las llevaba aquí, cerca, en el cajón donde las cosas que importan más se guardan más a mano.
La tercera fotografía no la reconocí.
Era de una niña. Tendría unos tres o cuatro años en la foto.
Pelo oscuro cortado a la altura de la mandíbula.
Sentada en el sofá de este salón, el mismo sofá con la funda de crochet, con las manos en el regazo y una expresión seria que no era tristeza sino concentración.
La foto parecía tomada desde cierta distancia, como si la niña no supiera que le estaban haciendo una fotografía.
Lo que más llamaba la atención no era su postura ni su pelo.
Era la manera en que estaba sentada en ese sofá.
No con la comodidad de alguien en su propia casa, sino con la atención contenida de quien ha aprendido a ocupar los espacios con cuidado, a no tomar más sitio del que le dan.
Era una postura que yo reconocía de otra parte.
Era la postura de Luisa cuando se movía por su propia casa con una lentitud que no era vejez sino hábito de supervivencia.
Di la vuelta.
Al dorso, escrito a bolígrafo con la letra de mi madre: una fecha.
Principios de 2011. Solo la fecha, nada más.
Sin nombre, sin ninguna anotación que explicara quién era la niña ni qué hacía en el salón de esta casa.
Como si el nombre fuera algo que mi madre no podía o no quería escribir, pero la fecha era lo suficientemente importante para que no pudiera dejar la foto sin ella.
Me quedé mirando la fecha. Febrero de 2009.
Dos años y cinco meses después de la desaparición de Sofía.
Dos años y cuatro meses después de que mi madre cobrara sesenta mil euros para no hablar.
Y exactamente el período que correspondía —si lo que Luisa había anotado en el margen de su cuaderno era cierto— a una niña entregada a petición de la madre que a principios de 2011 tendría cuatro o cinco años.
Saqué el móvil y fotografié la foto. Amplié la imagen hasta donde la resolución me lo permitió.
Los ojos. Los ojos que miraban a la cámara desde cierta distancia con esa concentración que en una niña de siete años era demasiado adulta para ser ordinaria.
La forma de los párpados, la distancia entre ellos, ese modo de mirar que era a la vez atento y ligeramente apartado, como si el mundo tuviera una capa visible y otra capa por debajo y la persona que miraba así estuviera pendiente de las dos al mismo tiempo.
Era un rasgo que yo no había visto en ninguna otra cara excepto en la de mi hermana.
Un rasgo que, si se heredaba, se heredaba de alguien.
Me quedé mirando la pantalla del móvil durante lo que debieron de ser varios minutos, aunque el tiempo dejó de medirse correctamente en ese momento.
El dormitorio de mi madre, con el tic-tac del reloj del salón llegando desde cuatro metros, con las zapatillas en su sitio exacto junto a la pata de la mesilla, con el olor de la crema de manos que iba a desaparecer cuando yo abriera la ventana.
Una niña viva, entregada a petición de la madre. Identidad desconocida para mí.
La frase de Luisa y la fotografía de principios de 2011 ocupaban el mismo espacio en mi cabeza.
No eran necesariamente la misma cosa. Había muchas maneras de interpretar las dos juntas que no llevaban a la conclusión que yo no me atrevía todavía a formular.
Pero eran dos piezas que encajaban en un solo hueco y ese hueco tenía la forma de una pregunta que llevaba veinte años sin respuesta.
Me quedé quieta en el borde de la cama de mi madre con la fotografía en la mano y la pregunta que la pregunta anterior había dejado abierta instalándose despacio, sin prisa, con la solidez de las cosas que cuando llegan ya no se van.
¿Tenía Sofía una hija?
Y si la tenía, ¿dónde estaba esa niña ahora?
Guardé la fotografía en el bolsillo interior del abrigo. Luego apagué la luz del dormitorio y salí al pasillo sin cerrar la puerta del todo, como si la casa también necesitara que le dieran tiempo.