6. LOS HUESOS
La antropóloga forense se llamaba Nuria Leal y había tardado cuatro días en entregar el informe preliminar.
Diego me lo contó de pie frente al tablón del ayuntamiento, con la voz baja y los ojos puestos en el edicto municipal de al lado, para cualquiera que nos observara desde una ventana de la plaza.
—Dos conjuntos de restos óseos distintos encontrados en el mismo radio de quince metros.
Ambos de sexo femenino. Ambos de entre diez y catorce años en el momento de la muerte.
Antigüedad estimada entre quince y veinticinco años.
—Hizo una pausa mientras una vecina con carrito de la compra cruzaba por detrás de nosotros.
—No hay suficiente tejido recuperable para perfilado de ADN fiable. Semanas, posiblemente más.
Dos niñas.
—¿Puede ser una de ellas Sofía?
—Es posible. —Diego no lo suavizó. —También es posible que no. Hay doce nombres en ese cuaderno. El pinar está a doscientos metros del muro norte del reformatorio. Podría haber más zonas sin explorar.
Más. Esa palabra se instaló detrás del esternón con el peso de las cosas que todavía no quieres terminar de comprender.
—¿Has pedido ampliar el perímetro de búsqueda?
—Pedido, sí. Aprobado, no. Recursos insuficientes, según la Comandancia. —Una pausa neutra. —Ibáñez.
Nos separamos sin decir nada más, guardando la forma de dos personas que se han cruzado por casualidad y han comentado el tiempo.
**********
Pasé la mañana en la cocina reconstruyendo de memoria los cuarenta minutos de grabaciones que había alcanzado a escuchar.
Me senté con el cuaderno abierto y lo fui ordenando cronológicamente con la disciplina de los interrogatorios que yo misma había dirigido: no lo que quería recordar sino lo que realmente recordaba, sin completar los huecos con lo que habría tenido sentido que estuviera ahí.
Los huecos se quedaban vacíos. Los huecos son información.
En mis notas había tres nombres propios que mi madre citaba en los fragmentos escuchados: Aurelio Blanes, el hombre del ayuntamiento que llevó el dinero del silencio tras la desaparición de Sofía, y una tercera persona a la que se refería solo como el otro .
El otro parecía ser el más importante. El que conectaba el reformatorio con Madrid.
El que en 2006 todavía tenía suficiente poder para que sesenta mil euros pagados a una madre en duelo no dejaran ni una sola línea en ningún registro público.
La estructura que describían las grabaciones no era una red de complicidad improvisada ni un acto aislado.
Era algo planificado con la solidez de quien ha pensado en los relevos, en las contingencias, en cómo sostener un secreto treinta años sin que se erosione.
Eso requiere varios ingredientes que los criminólogos conocen bien: jerarquía clara, distribución asimétrica de la información, y sobre todo, un sistema de incentivos que haga que callar resulte más ventajoso que hablar para todos y cada uno de los implicados.
Los sesenta mil euros de mi madre habían sido uno de esos incentivos.
Habría muchos otros, de diferentes formas y cantidades, repartidos durante cuarenta y siete años entre personas con distinto grado de implicación y distinta capacidad de daño.
Lo que me faltaba era entender qué había ocurrido exactamente cuatro meses atrás para que mi madre decidiera hablar.
La visita del falso abogado había llegado después de que empezara a grabar, no antes.
Algo la había activado. Algo distinto a veinte años de silencio acumulado.
Los huesos del pinar todavía no habían aparecido en ese momento. Algo anterior.
Escribí la pregunta en el cuaderno y la dejé sin respuesta. Las preguntas sin respuesta son el esqueleto de una investigación. Le dan la forma antes de que llegue la carne. Esta vez iba a dejar que los huecos estuvieran vacíos el tiempo que hiciera falta.
Arranqué la hoja del cuaderno, la doblé y la guardé junto a la nota de mi madre. Luego fui a cambiarme. El entierro era al día siguiente a las once y necesitaba dormir aunque no pudiera.
**********
Llamaron a la puerta a las ocho de la tarde.
Me acerqué pensando en Eugenia, o en Diego con alguna novedad que no podía esperar al día siguiente. Abrí con esa mezcla de cansancio y alerta que se convierte en el tono permanente de quien lleva días sabiendo que cualquier llamada puede cambiar algo.
Era una joven de unos veinticinco años con una mochila de viaje colgada en el hombro y el pelo pelirrojo recogido en una trenza que el viento de la tarde había deshecho a medias.
Estaba pálida —no solo el frío— con la palidez de quien ha hecho un viaje largo hasta una puerta en la que lleva tiempo pensando, y ahora que está frente a ella descubre que el ensayo de lo que iba a decir no sirve de nada.
Me miró a los ojos.
—Eres Clara —dijo.
—Sí.
Tragó saliva. Un gesto pequeño y visible, el tipo de gesto que la gente hace cuando lleva horas o días sosteniendo algo y en el momento de soltarlo el cuerpo todavía no está seguro.
—Me llamo Irene Castelló. —Pausa de dos segundos. —Fui la mejor amiga de Sofía.
Abrí la puerta del todo.
La hice pasar, le puse agua, la dejé quitarse el abrigo sin hablar. Irene se sentó en la silla que daba al patio y apoyó las manos planas sobre la mesa con esa deliberación que ya empezaba a reconocer como el gesto de quien ha tomado una decisión sin marcha atrás.
—Llevo diecinueve años sin volver —dijo—.
Mis padres y yo nos fuimos juntos seis semanas después de que Sofía desapareciera.
Nunca me explicaron por qué. Tenía doce años y perdí a mi mejor amiga y a mi pueblo en el mismo mes.
Durante años pensé que tenía que ver con el dolor.
Hasta que fui mayor y entendí que el miedo y el dolor se parecen mucho desde fuera pero muy poco desde dentro.
—¿Qué te trajo de vuelta ahora?
—Los huesos en el pinar. —Sus ojos castaños eran fijos y directos. —Cuando lo leí supe que tenía que venir. Llevo diecinueve años cargando con algo que no le he contado a nadie. Y ya no puedo más con ello.
La cocina olía a café frío y a la cera de las velas que alguien había dejado en el salón para el duelo de mi madre. El reloj de pared marcaba los cuartos con su tic-tac exacto e indiferente.
—¿Qué viste, Irene?
—Estaba con tu hermana esa tarde. Íbamos a vuestra casa después del colegio, por el camino que cruza detrás de los huertos.
Sofía siempre insistía en ese camino porque es más largo pero pasa junto al río y le gustaba tirar piedras al agua.
—Su voz era baja y controlada, la voz de quien ha ensayado esta frase tantas veces que ya no tiene temperatura.
—Cuando llegamos al cruce de la carretera de la sierra, Sofía dijo que tenía que parar un momento.
Que había visto algo entre los pinos y quería mirar.
—¿Qué había visto?
—Un gato, —dijo—. Sofía era así. Se desviaba del camino por cualquier animal.
Le dije que ya era tarde y que su madre se preocuparía.
Me dijo que serían cinco minutos. Que la esperara.
—Irene bajó los ojos a la mesa. —No la esperé.
Me fui. Y cuando me di la vuelta para despedirme desde el cruce, vi un hombre que salía de entre los pinos y se acercaba a ella.
—¿Lo reconociste?
—Sí. —Levantó los ojos. —Lo conozco desde pequeña.
Era alguien del pueblo. Alguien a quien los niños llamábamos de usted.
—Una pausa. —Esa noche, cuando mis padres supieron que Sofía había desaparecido, fui a decirles lo que había visto.
Mi padre me dijo que me callara. Que no había visto nada. Que si lo contaba pasarían cosas malas.
—¿Y te callaste?
—Tenía doce años. —Lo dijo sin excusa ni lástima, solo como un hecho con todas sus consecuencias. —Tenía doce años y mi padre me dijo que me callara y yo me callé. Y seis semanas después nos fuimos del pueblo.
Se detuvo. La cocina estaba en silencio salvo por el tic-tac del reloj y el murmullo lejano del viento en la calle.
—¿Sabes lo más difícil de callar durante diecinueve años una cosa así?
—dijo después. —No es el peso. El peso uno aprende a llevarlo.
Lo más difícil es la soledad del secreto.
Que no puedas contárselo a nadie porque en cuanto lo dices ya no es tuyo: ya es de la persona a quien se lo cuentas, y a partir de ahí estás a merced de lo que esa persona decida hacer con ello.
Así que lo guardas. Lo guardas y crece solo, sin salida, y con el tiempo se convierte en parte de ti de una manera que ya no puedes distinguir de quién eras antes de que ocurriera.
—¿Y ese hombre todavía vive aquí? —dije.
—Sí. Todavía vive aquí.
El viento golpeó la ventana del patio.
Abrí la boca para pedirle el nombre.
En ese momento el móvil sobre la mesa vibró. Número desconocido, el mismo de siempre. Lo cogí sin pensar.
La pelirroja miente. No estuvo con Sofía esa tarde. Pregúntale dónde estaba ella cuando tu hermana desapareció de verdad. Pregúntale por el reformatorio. Pregúntale por su madre.
Levanté los ojos hacia Irene.
Ella estaba mirando el móvil en mi mano. Y en su cara, debajo del miedo, había algo más: el reconocimiento de quien sabía que ese mensaje llegaría en algún momento. Que lo había estado esperando desde que llamó a mi puerta.
—¿Quién te envía esos mensajes? —preguntó en voz muy baja.
Me quedé quieta.
Porque esa pregunta, hecha así, con esa certeza de que existían, significaba que Irene Castelló sabía que existían. Que alguien se los había enviado también a ella, o que conocía al remitente, o ambas cosas. Y que había venido a mi puerta de todas formas.
Le di la vuelta al móvil y lo puse sobre la mesa entre las dos.
—Eso mismo iba a preguntarte yo —dije.
Irene miró el teléfono durante un segundo. Luego levantó los ojos y en su mirada había algo que se parecía a un alivio tenso, el tipo de alivio que no es tranquilidad sino confirmación.
—Entonces ya lo sabes —dijo en voz casi inaudible.
—Sé que hay alguien que nos está llevando a las dos hacia el mismo sitio. —Hice una pausa. —Lo que no sé todavía es si ese alguien quiere que lleguemos o quiere que nos destruyamos en el camino.
Irene asintió despacio. Y luego, con la calma de quien ha decidido que ya no tiene nada que perder guardando más secretos:
—Hay algo que todavía no te he dicho. Algo que me llegó en el segundo mensaje.
—Puso los codos sobre la mesa. —Me decía que tu madre sabía quién era yo.
Que sabía que yo había estado allí la tarde que Sofía desapareció.
Que llevaba años esperando encontrar la manera de llegar a mí sin ponerse a sí misma en peligro.
El reloj marcó los cuartos con su tic-tac exacto.
—¿Tu madre me buscaba a mí también? —preguntó Irene.
Me quedé mirando el lugar donde había estado el USB hasta esa mañana.
—Sí —dije. —Creo que sí.