5. LO QUE SABE DIEGO
Fui al cuartelillo sin llamar antes.
Diego estaba en el pasillo cuando entré, no en su despacho. De pie junto a la máquina de café, con la taza en la mano y los papeles bajo el brazo, mirando hacia la entrada. Como si me estuviera esperando.
Lo noté antes de que él dijera nada: esa postura de quien ha ensayado la naturalidad suficientes veces para que ya no parezca natural del todo.
En diez años de trabajo con testimonios había aprendido a distinguir la sorpresa real de la representada.
La sorpresa real produce un gesto breve e incontrolable antes de que la persona recomponga la expresión.
Lo que Diego tenía era otra cosa: los hombros ya orientados hacia la entrada, los ojos sin el parpadeo de quien procesa algo inesperado.
Llevaba tiempo aquí. Sabía que yo iba a venir.
Lo cual significaba que alguien le había dicho que yo había descubierto el robo. O que era él quien lo había dispuesto y sabía perfectamente lo que yo iba a traerle.
—Han entrado otra vez en la casa —dije sin preámbulo. —Esta vez se llevaron el USB. Las diecisiete grabaciones de voz de mi madre.
Diego dejó la taza en el borde de la máquina.
—¿Cuándo?
—Esta noche. Lo tenía en el bolsillo del abrigo colgado en la entrada. Esta mañana ya no estaba.
—¿Has notado algo al levantarte? ¿Ventana, puerta, algo fuera de lugar?
—Nada. La misma firma exacta que la primera vez: alguien que sabe entrar y salir de esa casa sin dejar rastro. —Hice una pausa. —Lo que significa que tiene o ha tenido acceso a las llaves. O que tiene otros medios.
Diego me hizo pasar a su despacho. Cerró la puerta y volvió a su silla. Abrió el cajón inferior y sacó una fotografía en papel fotográfico, de unos quince años de antigüedad. La colocó delante de mí sin decir nada.
Un hombre de unos cuarenta y cinco años junto a la entrada trasera de un edificio de piedra gris.
El muro del reformatorio, reconocible por la textura de la piedra y el ángulo de la verja al fondo.
El hombre miraba a la cámara con la expresión de quien no sabe que le están fotografiando y lo ha descubierto en el último instante, demasiado tarde para apartarse pero lo suficientemente tarde para que la expresión que quedara registrada fuera esa: la de quien preferiría no estar ahí.
—¿Lo reconoces? —preguntó Diego.
Lo estudié. Algo vagamente familiar en la anchura de los hombros, en la forma de la mandíbula.
—No.
—Se llama Aurelio Blanes. Fue administrador del reformatorio desde 1988 hasta 2002. Cuando el centro cerró, compró la finca y gestionó la reconversión en hotel rural. —Diego recuperó la foto y la guardó en el cajón. —Es el actual propietario de La Dehesa.
—¿Sabe lo de los huesos y sigue ahí?
—Dice que el hotel lo lleva su hija. Él vive en una casa a tres kilómetros, en el camino viejo de la sierra. —Hizo una pausa. —Llevo dos años intentando relacionarlo con las desapariciones de modo que aguante en un juzgado. Todavía no lo he conseguido.
—¿Por qué no?
—Porque lo que tengo son indicios, no pruebas.
Testimonios de personas mayores que vieron cosas hace veinte años y que tienen miedo de decirlas en sede judicial.
Documentos que muestran irregularidades en la gestión del reformatorio pero que no son prueba de delito específico.
Y un expediente que cada vez que intento elevar llega a cierto nivel y se frena.
—Ibáñez.
Diego asintió.
—¿Y qué necesitarías para que no se frenara?
Me miró durante un segundo con algo que se parecía a la sorpresa de quien lleva tanto tiempo pensando en un problema solo que no está habituado a que alguien le haga la pregunta correcta.
—Prueba documental directa. Algo que vinculara a personas concretas con hechos concretos de modo que un juzgado no pudiera ignorarlo aunque Ibáñez lo intentara. —Una pausa. —Las grabaciones de tu madre podrían haber sido eso.
—Las grabaciones de mi madre ya no existen.
—Pero las escuchaste cuarenta minutos.
—Y tengo el cuaderno de notas.
Diego se quedó mirando la mesa un momento.
Me recosté en la silla y lo miré con más atención que en los días anteriores.
—¿Cuánto tiempo llevas investigando esto por tu cuenta?
—Desde que me destinaron aquí. Hace nueve años.
—¿Y pediste el destino?
—Lo pedí yo.
El silencio que siguió pedía no llenarse con prisa.
—¿Por qué? —pregunté.
Diego apoyó los codos en la mesa y juntó las manos. Tenía las manos de quien lleva tiempo apretando los puños y aprendiendo a abrirlos.
—Porque tenía nueve años cuando desapareció Maite Ruano.
Era mi vecina. Iba a mi clase. Era la persona más graciosa del colegio y durante tres días la buscamos los niños del barrio como si los niños pudiéramos encontrar lo que los adultos no encontraban o no querían encontrar.
—Una pausa. —El caso se cerró como fuga.
Yo tenía nueve años y ya sabía que eso no era verdad.
Pero nadie le pregunta a un niño de nueve años lo que sabe.
—¿Y tu familia?
La mandíbula se tensó apenas.
—Mi padre era administrativo del ayuntamiento.
No en el núcleo duro, pero lo suficientemente cerca para saber que había aspectos que no se preguntaban.
—Lo dijo con la exactitud de quien ha dado vueltas a una frase hasta desgastarla y ahora la dice sin adornos porque los adornos ya no sirven.
—¿Sabes lo que es crecer sabiendo que tu padre sabe algo que no dice?
¿Que elige el silencio cada mañana y cada noche?
Lo sabía. Acababa de enterarme de que mi madre lo había hecho durante cuarenta años.
—¿Tu padre sigue vivo?
—Murió hace seis años. Sin decirme nada. —Sus ojos verdes eran planos y directos. —Por eso necesito resolverlo yo. Porque él no pudo o no quiso, y alguien tiene que hacerlo.
Veintidós años desde que Diego y yo habíamos hablado de irnos de este pueblo. Él se quedó y yo me fui, y los dos habíamos llegado al mismo punto por caminos distintos: de vuelta aquí, con las mismas preguntas que no se hicieron a tiempo, intentando arreglar lo que otros eligieron no arreglar.
No era una base suficiente para la confianza. Pero era algo.
—¿Hay algún registro de las niñas que pasaron por el reformatorio? Expedientes de ingreso, de salida, informes de la fundación.
—Los registros oficiales fueron destruidos cuando se cerró el centro. Destrucción por fin de archivo, autorizada por la fundación. —Diego hizo una pausa. —Pero Eugenia tiene copias de algunos expedientes. Los fue sacando durante los años, de diferentes maneras.
—¿Lo sabes desde hace tiempo?
—Lo sospechaba. Ahora tú me lo acabas de confirmar.
Así funcionaba esto. Cada uno sabía un pedazo y los pedazos solo encajaban si los ponías juntos. El problema era decidir quién ponía el suyo primero.
—Hay un comandante de Madrid que aparece en La Dehesa desde que encontraron los huesos —dije. —Audi negro, matrícula oficial. Eugenia lo lleva fotografiando diez días. Anoche ese mismo coche estaba aparcado en la calle del Pozo.
Diego no pareció sorprendido.
—Marcos Ibáñez. Unidades Especiales. —Hizo una pausa deliberada. —Es quien ralentiza mis informes cada vez que los elevo. Lleva años siendo el freno dentro de la Comandancia.
—¿Tienes pruebas?
—Rastros. No pruebas. Los rastros y las pruebas son la diferencia entre lo que uno sabe y lo que un juzgado puede usar. —Me miró. —¿Y la mujer del Seat León? Me han dicho que paró a hablar contigo esta mañana.
Esa frase, me han dicho , me dijo que Diego tenía sus propios ojos en las calles del pueblo.
—¿Quién es? —dije en lugar de responder.
—Marta Vidal. Periodista, lleva semanas en la zona. ¿Qué te dijo?
—Que hay cosas que necesito saber sobre ti. —Lo dije sin rodeos, observando su reacción. —Me citó en la mercería del Puente mañana a las diez.
Diego asintió una sola vez, lento.
—Ve —dijo—. Y cuéntame después lo que te diga.
Me levanté para irme.
—Las grabaciones de mi madre —dije desde la puerta. —Aunque me las hayan robado, las escuché cuarenta minutos. Hay nombres y fechas. Cuando ordene mis notas te paso lo que recuerdo.
—Y yo te paso lo que tengo en mis archivos privados. Los que no están en el sistema.
Salí al frío de la tarde. Diego no era el obstáculo que yo había asumido al llegar.
Pero tampoco era un aliado sin fisuras: era un hombre con sus propias deudas en este pueblo y sus propias razones para resolver esto, y esas razones no necesariamente coincidían con las mías en todos los puntos.
Confianza selectiva. Eso era lo más razonable.
Eugenia me llamó cuando yo estaba a mitad del camino de vuelta a casa.
—Tengo algo que enseñarte. Ahora.
La cocina de Eugenia olía a café recién hecho y a la tensión de quien ha esperado sola con esa información demasiadas horas.
Sobre la mesa había una fotografía impresa en papel de impresora: la entrada de La Dehesa con la verja de hierro forjado al fondo, y frente a ella un Audi negro con matrícula de la administración del Estado.
—La tomé hace diez días —dijo Eugenia. —Ese coche aparece aquí desde que encontraron los huesos. Siempre en el mismo sitio, frente a la verja, como si quisiera que lo vieran. Nunca entra al hotel.
—Es una presencia deliberadamente visible —dije. —La vigilancia real no se hace así. Es un mensaje.
—Eso creo yo también. —En una esquina de la foto había anotado a bolígrafo un nombre y un cargo: Comandante de la Guardia Civil, Jefatura de Unidades Especiales, Madrid.
—Un hombre con poder real, capaz de frenar expedientes desde arriba y de aparecer en persona donde están desenterrando los huesos de una historia que alguien lleva décadas pagando para mantener enterrada.
Tenía razón. Y un mensaje tiene siempre destinatario.
Volví a casa con el frío de la tarde y el peso de lo que llevaba en el cuaderno de notas. La puerta estaba cerrada. La llave entró sin resistencia, como siempre.
Encendí la luz de la cocina.
Sobre la mesa, donde yo había dejado el cuaderno de notas abierto por la última página escrita, había un objeto que yo no había puesto allí.
Una fotografía de unos quince años de antigüedad, en papel fotográfico. La misma clase de fotografía que Diego había sacado del cajón de su despacho hacía dos horas. Pero esta no era la de Aurelio Blanes junto al reformatorio.
Esta era la fotografía de una niña.
Doce años, pelo oscuro cortado a la altura de la mandíbula, delantal gris sobre la ropa de calle.
Parada en el patio de tierra del reformatorio con las manos juntas delante, mirando a la cámara con esa expresión que reconocí enseguida porque era la misma que yo había visto esa mañana en el cuaderno de Eugenia, en la última línea de la lista.
Era la misma niña. La misma edad, el mismo año, el mismo lugar.
Era Sofía.
Al dorso, escrito a boli con trazo firme: Pregunta por los huesos del pinar. Antes de que los vuelvan a enterrar.
Me quedé con la fotografía en la mano mirando el reloj de la cocina. Las siete y cuarenta y dos. El tic-tac marcaba los segundos, el mismo que ella había escuchado mientras decidía cuándo hablar.
Alguien había entrado en esa casa mientras yo estaba en el cuartelillo. Alguien que tenía una fotografía de Sofía en el reformatorio: lo que significaba que Sofía había estado dentro. Que no había desaparecido antes de entrar.
Que la habían metido adentro.
Y que alguien lo sabía desde entonces y había esperado veinte años a dármelo a mí.