Herencia Alday 4. LA CONTRASEÑA
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4. LA CONTRASEÑA

Me desperté a las seis de la mañana con la certeza de que sabía la contraseña.

No había sido un sueño exactamente. Había sido ese estado entre el sueño y la vigilia donde el cerebro trabaja sin la supervisión del juicio consciente y a veces encuentra lo que el juicio lleva horas buscando en vano.

La imagen era nítida: Sofía con siete años, la caja de hojalata debajo de su cama, y yo con doce años diciéndole que necesitábamos una contraseña que nadie más pudiera descifrar.

Sofía lo había pensado durante un minuto completo, con ese gesto suyo de fruncir el labio inferior cuando algo le importaba de verdad.

—CL-SO-verano había dicho. —Las dos primeras letras de nuestros nombres y la palabra que más nos gusta del año.

—Eso no es seguro le dije. —Cualquiera puede adivinarlo.

—Nadie más sabe que el verano es nuestra palabra respondió Sofía.

Y tenía razón, porque era una cosa que solo existía entre las dos: una tarde de julio en el río cuando yo le había dicho que si pudiera guardar una estación en un frasco lo guardaría en verano, y ella me había mirado con sus ojos de espejo y me había dicho que ella también, que exactamente también.

Que éramos las dos la misma estación. Había dicho eso, con sus siete años, con esa forma suya de decir cosas que no se olvidan.

Me levanté descalza sobre el suelo frío de la habitación de mi infancia, fui a la cocina sin encender las luces grandes —solo la pequeña del fregadero— y conecté el USB al portátil.

Escribí CLSOverano.

El cursor parpadeó una vez. La carpeta se abrió.

**********

No había documentos ni correos ni registros. Solo una carpeta llamada Notas de voz con diecisiete archivos de audio numerados del 01 al 17. El más antiguo tenía fecha de hacía cuatro meses. El más reciente era de nueve días antes de la muerte de mi madre.

Me puse los auriculares y empecé por el más reciente.

La voz de mi madre llenó la cocina a las seis y cuarto de la mañana y tuve que sentarme antes de que mis rodillas lo hicieran por mí.

Era su voz de los últimos años, un poco más baja que la de mi infancia, con esa textura que adquieren las voces cuando el cuerpo empieza a ahorrar energía para las cosas que más importan.

Hablaba despacio, con el cuidado de quien graba para que quede y elige cada palabra como si tuviera que sostenerse sola.

La calidad era la de un móvil en una habitación en silencio.

Se oía su respiración entre frases. Se oía también el tic-tac del reloj del salón, ese mismo reloj que seguía marcando el tiempo ahora mismo a cuatro metros de donde yo estaba sentada.

—Si estás escuchando esto es que algo ha ido mal. O que finalmente lo hice bien y te lo di yo misma. Prefiero lo segundo, pero llevo semanas sintiendo que no va a poder ser.

Pausa. El sonido de una silla moviéndose.

—Cuando Sofía desapareció, vino a verme un hombre del ayuntamiento.

No el alcalde de entonces. Alguien que hacía ese tipo de encargos.

Me dijo que la investigación se cerraría porque no había pruebas y que si guardaba silencio recibiría una compensación.

Sesenta mil euros, Clara. Sesenta mil euros por callar que mi hija había desaparecido en circunstancias que el ayuntamiento quería enterrar.

Por no hacer preguntas. Por no hablar con periodistas.

Pausa larga.

—Los cogí. Los cogí porque tenía otra hija que alimentar y porque ya sabía que Sofía no iba a volver.

Lo supe desde el principio, desde el primer día que fui a buscarla y no volvió.

Hay cosas que una madre sabe, aunque no quiera saberlas, y yo lo supe en cuanto vi la cara del guardia civil que tomó la denuncia: la cara de alguien que ya conoce el final de la historia.

La voz se quebró levemente y se rehízo con ese esfuerzo de voluntad que yo había visto en muchos testimonios y que en la voz de mi madre tenía un matiz distinto, porque no era la voluntad de un testigo sino la de quien se había pasado veinte años endureciéndose para decir esto.

Para que yo lo oyera. Para que cuando ella ya no pudiera decírmelo en persona, al menos quedara esta voz en una carpeta que solo yo podía abrir, con una contraseña que era la palabra que las dos habíamos guardado en el mismo frasco.

—Pero hay algo más, Clara. Algo que nunca te he dicho.

Algo que yo hice también, antes de que Sofía naciera, cuando tu abuelo todavía vivía aquí y yo era demasiado joven para entender del todo lo que veía y demasiado cobarde para actuar.

Algo que me convierte en parte de esto de una manera que no es solo víctima.

Respiración larga y controlada.

—Eso está en las otras notas. Escúchalas en orden. No te saltes ninguna.

El archivo terminó.

Me quedé mirando el cursor. El reloj de la cocina marcaba las seis y veintitrés.

Afuera empezaba el gris suave del amanecer de invierno, ese color que en los pueblos del interior llega tarde porque las colinas tapan el este.

El café que había puesto antes de conectar el USB seguía en la cafetera, todavía caliente.

Mi madre no era solo una víctima. Lo había dicho ella misma, con esa voz medida que había tenido que aprender a construir sobre el miedo para que al final sonara así: firme y culpable y decidida al mismo tiempo.

Algo que yo hice también. Cuatro palabras que cambiaban el eje de todo lo que yo había venido a entender.

Apreté play en el archivo01.mp3.

**********

La historia que mi madre había reconstruido en diecisiete grabaciones empezaba en 1981, cuando ella tenía quince años.

Una noche de noviembre en que se levantó a beber agua y vio desde su ventana, la que daba al camino de la sierra, un furgón sin matrícula entrando por la puerta trasera del reformatorio a las tres de la madrugada, con las luces apagadas.

Lo observó durante diez minutos. Nunca se lo contó a su padre.

Entendió, con la inteligencia práctica de los adolescentes que crecen en casas donde se guardan secretos, que había aspectos que no se preguntaban.

En los archivos siguientes mi madre fue añadiendo capas.

Los nombres que había ido identificando durante cuarenta años de silencio: los que tenían cara, los que seguían en el pueblo, los que tenían cargos o dinero o ambas cosas y una deuda compartida que los unía como une a los cómplices la consciencia de lo que hicieron juntos.

Lo hacía con la meticulosidad de quien sabe que no tendrá otra oportunidad.

En algunos archivos hablaba durante casi veinte minutos sin parar, con la voz bajando de volumen cuando llegaba a los nombres, como si una parte de ella todavía tuviera miedo de decirlos en voz alta aunque estuviera sola en una habitación con el móvil.

En otros archivos apenas llegaba a tres o cuatro minutos: fragmentos cortos, casi inconexos, grabados con prisa, con ruido de calle al fondo o el sonido de una tele encendida en alguna habitación de la casa.

Los grabó en el orden en que los recordaba, no en el orden en que habían ocurrido, lo cual me decía que había sido un proceso orgánico, sin guion, como si hubiera empezado a grabar una tarde por impulso y luego no hubiera podido parar.

Había también fechas y movimientos de dinero rastreados de manera fragmentaria, a través de comentarios escuchados, de documentos vistos por casualidad, de los vínculos que se establecen en los pueblos pequeños donde todo el mundo sabe el negocio de todo el mundo aunque finjan no saberlo. Pero era mucho.

Llevaba cuarenta minutos escuchando, con el cuaderno de notas lleno de apuntes y la taza de café fría junto al codo, cuando vi la llamada perdida de Diego.

Lo llamé.

—El informe definitivo del forense está listo —dijo sin preámbulo. —Homicidio. Asfixia mecánica por compresión cervical. La investigación es oficial desde esta mañana.

—¿Cuándo calculan?

—Entre cuarenta y ochenta horas antes del hallazgo. Mientras tú estabas en Madrid con coartada verificable. —Pausa. —Ya no eres persona de interés. Eres testigo.

—¿Libre de moverme?

—Sí. Pero si encuentras algo relevante, dímelo a mí antes de hacer nada con ello.

Colgué sin comprometer nada, metí el USB en el bolsillo interior del abrigo junto a la nota de mi madre, y salí a la calle.

**********

El pueblo a media mañana tenía su actividad mínima de invierno. Estaba en la bajada de la iglesia cuando un coche aminoró a mi altura. Seat León gris, matrícula de fuera del pueblo. La ventanilla bajó.

La mujer que me miró tendría cuarenta y pocos años: pelo oscuro al mentón, gafas de montura fina, la expresión de quien acaba de tomar una decisión difícil y todavía la sostiene.

—Eres Clara Alday.

—Sí.

—Hay algo que necesitas saber sobre el sargento Diego Fuentes. —Miró por el retrovisor. —Sobre su familia. Sobre lo que su padre hizo y lo que él sabe desde hace años.

Abrí la boca.

Al fondo de la calle, un coche de la Guardia Civil dobló la esquina.

La mujer me miró una vez más con algo en los ojos más urgente que el miedo.

—Mercería del Puente. Mañana a las diez. —La ventanilla subió y el coche arrancó antes de que yo pudiera decir nada.

El coche de la Guardia Civil pasó de largo sin detenerse.

Me quedé en la acera con el frío y la certeza de que las capas de este asunto eran más de las que Eugenia me había enseñado.

**********

Llegué a casa al mediodía y metí la mano en el bolsillo interior del abrigo.

El USB no estaba.

Revisé todos los bolsillos dos veces, tres.

Vacié la mochila sobre la mesa. Nada. Fui recorriendo mentalmente cada movimiento desde que había salido: la llamada a Diego, los diez minutos caminando, el Seat León gris, el coche de la Guardia Civil.

Nadie me había tocado. No había dejado el abrigo sin vigilancia en ningún momento.

Lo que significaba que lo habían cogido antes de que yo saliera. Mientras dormía. Del bolsillo del abrigo colgado en el gancho de la entrada, sin forzar la puerta, sin dejar rastro. La misma firma que la primera vez.

Con el USB se habían llevado las diecisiete grabaciones de mi madre. Todo lo que ella había tardado cuatro meses y toda su valentía en construir.

Lo único que quedaba era el cuaderno de notas que yo había llenado durante cuarenta minutos antes de que sonara el teléfono de Diego.

Me senté en la silla de la cocina y lo abrí para aprovechar lo que quedaba.

Entonces el móvil vibró.

Número desconocido. Mensaje de texto con una imagen adjunta.

La abrí.

El USB. Mi USB, el pendrive negro del tamaño de la uña del pulgar, fotografiado sobre una mesa de madera oscura que yo no reconocía. Una mano enguantada de látex sosteniéndolo entre dos dedos, como si fuera una prueba. Debajo del archivo de imagen, cuatro palabras escritas en minúsculas:

ya lo tenemos todo.