3. DOCE NOMBRES
Fui a la calle del Molino antes de que el pueblo terminara de despertar.
Eran las ocho y cuarto y el frío de enero tenía ese filo seco y definitivo de las mañanas de interior.
La calle bajaba hacia el río entre casas bajas con las persianas aún cerradas y macetas de invierno que solo tenían tierra.
Se oía el agua del cauce desde lejos, un ruido constante y sin intención que me había parecido de niña el sonido de algo que nunca termina.
La última casa antes del río era pequeña y bien cuidada, con macetas de boj en la entrada recortadas con precisión.
Eugenia abrió antes de que llamara y me hizo pasar directamente a la cocina, donde había café hecho y dos tazas sobre la mesa junto a un plato con galletas de anís envueltas en papel encerado.
—¿Has dormido? —me preguntó.
—No.
—Bien. —Se sentó frente a mí. —Eso significa que todavía tienes sentido común.
En el centro de la mesa, entre las dos tazas de café, había un cuaderno de tapas negras desgastadas con el lomo reforzado con cinta americana marrón. Colocado con la cuidadosa deliberación de quien ha pensado mucho en este momento.
Eugenia lo abrió despacio y lo puso entre las dos.
La primera página era una fotografía en blanco y negro virada al sepia. Un grupo de hombres posando frente a la verja del reformatorio, con el edificio al fondo. Trajes oscuros, algunos uniformes. Debajo, a bolígrafo: octubre de 1978. Inauguración de las nuevas instalaciones.
—Mira los que están a la derecha —dijo Eugenia.
Cuatro hombres junto a la verja. Uno con uniforme de la Guardia Civil, el tricornio bajo el brazo, la postura de quien está acostumbrado a que lo fotografíen.
Tendría unos cincuenta años, quizás menos.
Miraba a la cámara con una expresión neutra que no era frialdad sino algo más preciso: la expresión de quien sabe que lo que ocurre detrás de esa verja no debe aparecer en ninguna cara.
Tardé diez segundos en reconocerlo.
En el álbum de fotos familiar de la vitrina del salón de mi madre había una fotografía parecida, tomada veinte años después —el mismo hombre, mayor, de pie junto a una mujer que murió antes de que yo naciera. O eso me habían dicho.
—Mi abuelo —dije.
—Ramón Alday Fuentes. —Eugenia pronunció el nombre con la neutralidad de quien lo ha repetido en privado durante años para no olvidarlo. —Guardia Civil destinado en este pueblo desde 1971 hasta 1989. Tu madre tenía diez años cuando llegó a la Comandancia. Veintiún años cuando se fue.
—Me dijeron que murió en un accidente de tráfico. Antes de que yo naciera.
Eugenia me miró por encima de la taza de café sin responder de inmediato. La pausa era una respuesta en sí misma.
—Tu abuelo murió en 2003, Clara. En Almería. De un infarto, en su cama, con setenta y cuatro años. —Pasó la página del cuaderno. —Me encargué de comprobarlo. Y porque su nombre está aquí.
La página siguiente era una lista escrita a mano con letra pequeña y ordenada. Tres columnas: nombre, edad, fecha. Al margen, una anotación breve en cada entrada.
Conté las filas mientras Eugenia esperaba.
Doce.
Doce nombres de niñas. El más antiguo con fecha de 1978. El más reciente, de 2006.
El último nombre era el de mi hermana.
Sofía Alday Torres. 12 años. Septiembre de 2006. Última vista en inmediaciones de la carretera de la sierra.
Me quedé mirando esa línea durante mucho más tiempo del que tardé en leerla.
Tenía su fecha de nacimiento en letras claras, su edad, las mismas cuatro palabras frías con las que se registra lo que nadie quiere registrar.
La misma caligrafía ordenada de las once entradas anteriores, sin margen para la emoción porque la emoción no cabe en un documento que tiene que sobrevivir décadas.
Sofía reducida a una línea en una columna de líneas.
Sofía, que sabía que el verano era nuestra palabra y que tenía siete años cuando inventó una contraseña para las dos.
Llevaba veinte años sabiendo que Sofía había desaparecido.
Había vivido con ese hecho con la misma cotidianidad con que se vive con una cicatriz: presente, visible si se mira, pero integrada en la piel de tal manera que ya no duele en la misma forma que al principio.
Lo que no había hecho nunca era verla aquí, en una lista, entre once nombres de otras niñas que también habían desaparecido, todas vinculadas al mismo lugar, todas registradas con la misma caligrafía de maestra habituada a documentar lo que el sistema no iba a documentar.
Verla así la convertía en otra cosa. La convertía en prueba.
Cerré los ojos. Cuando los abrí, la línea seguía ahí.
—¿Todas vinculadas al reformatorio? —pregunté.
—Las doce. —Eugenia habló con la exactitud de quien sabe que algunas cosas solo se pueden decir directamente.
—El Reformatorio de la Sagrada Familia funcionó desde 1975 hasta 2002 bajo la tutela de la Fundación homónima, con financiación del ayuntamiento y de la Diputación.
Oficialmente era un centro de reforma para menores con problemas de conducta, niñas tuteladas, huérfanas, algunas enviadas directamente por los juzgados de menores.
Lo que ocurría dentro tardé años en comprenderlo del todo.
Las niñas que entraban no eran las niñas que salían. Las que salían no hablaban.
—¿Por qué no?
—Porque tenían familia aquí. O porque no tenían a nadie.
Ambas cosas funcionaban igual de bien como silencio.
—Pasó otra página del cuaderno. Había anotaciones con fechas, nombres de funcionarios, referencias a documentos.
El trabajo meticuloso de alguien que durante décadas había ido recogiendo lo que podía.
—Las desapariciones empezaron en el 78. Las primeras tres fueron niñas del propio reformatorio, registradas como fugas.
Los expedientes se archivaron sin investigación. Tu abuelo firmó dos de esos archivos.
—¿Y las otras nueve?
—Niñas del pueblo y de los municipios vecinos.
Entre los ochenta y el 2006. Algunas con expediente abierto que nunca fue a ningún lado.
Otras sin expediente porque las familias no denunciaron o la denuncia desapareció.
—Miró la lista. —Tu hermana fue la última.
Y fue también cuando algo se rompió dentro de tu madre de una manera que ya no pudo volver a cerrarse.
Fuera, el río pasaba entre los chopos con su ruido constante. En la cocina, el café se había enfriado y ninguna de las dos lo habíamos tocado.
—¿Por qué no fuiste a la prensa? ¿O a la Fiscalía?
—Fui a la prensa en 1999. El periodista que aceptó hablar conmigo tuvo un accidente de coche tres semanas después.
Sobrevivió, pero el artículo nunca se publicó.
—Hizo una pausa. —Fui a la Fiscalía Provincial en 2004.
Me dijeron que sin pruebas documentales no podían abrir diligencias.
Este cuaderno lo escribí yo sola, y una acusación sin respaldo oficial no vale nada frente a personas con el peso de las instituciones detrás.
—Cerró el cuaderno con cuidado. —Por eso esperé a que llegara alguien con credenciales. Alguien que supiera cómo usar esto.
Me miré las manos sobre la mesa.
Psicóloga forense suspendida de sus funciones, sospechosa del homicidio de su propia madre, con un expediente disciplinario abierto en Madrid.
—No soy la persona más indicada ahora mismo —dije.
—No —admitió Eugenia. —Pero eres la única que tiene razones suficientes para no rendirse.
—¿Mi madre lo sabía?
Eugenia no respondió de inmediato. Y en ese silencio me llegó la respuesta antes de que hablara.
—Tu madre creció en esa casa con ese hombre.
Lo que sabía de pequeña lo fue enterrando hasta que no quedó casi nada.
Pero algo quedó siempre. —Hizo una pausa.
—Cuando Sofía desapareció, lo que quedó empezó a crecer de nuevo.
Tardó veinte años en ser suficientemente grande para que tu madre decidiera hablar.
—¿Por qué me lo enseñas tú y no fue ella quien me lo contó?
—Porque la mataron antes de que pudiera hacerlo.
—Lo dijo sin elevar la voz. —Tu madre me llamó hace tres semanas para decirme que por fin iba a hablar contigo.
Que tenía pruebas. Que no podía seguir cargando con ello.
—Cerró el cuaderno con cuidado. —Dos días después de esa llamada amaneció muerta.
El río se oía pasar al fondo de la calle.
El móvil vibró en mi bolsillo.
Número desconocido. Lo saqué sabiendo ya lo que era.
Esa tarde Sofía te pidió que no la dejaras sola.
Te cogió del brazo. Le dijiste que no fuera boba, que tenía doce años, que tú tenías cosas que hacer.
Y te fuiste. Eso no se lo contaste a nadie.
Ni a tu madre, ni a la Guardia Civil, ni a los psicólogos que vinieron después.
En veinte años no se lo has contado a una sola persona.
Solo tú lo sabes.
Solo tú y yo.
Bajé el móvil despacio.
Quien enviaba esos mensajes no solo conocía el reformatorio y la red de encubrimiento.
Conocía el momento exacto en que yo había dejado a mi hermana sola la última tarde de su vida.
Lo que significaba que había estado allí.
Que había visto cómo yo me iba. Que durante veinte años había guardado ese dato para usarlo cuando llegara el momento.
El momento era ahora.
—¿Qué pone? —preguntó Eugenia desde la silla.
Puse el móvil boca abajo sobre la mesa.
—Que alguien sabe lo que hice la tarde que desapareció Sofía.
Eugenia no preguntó qué había hecho. Me miró durante un momento y asintió una vez, con la economía de los gestos de la gente que ha aprendido que el silencio también puede ser una forma de respeto.
—Entonces ya saben que estás aquí con intención de quedarte —dijo—.
Les has dado exactamente lo que buscaban.
—Recogió el cuaderno y lo guardó bajo el brazo.
—Alguien con motivo personal. Alguien que va a buscar la verdad por razones que ningún tribunal podrá cuestionar.
—Me miró. —Y alguien a quien culpar, si hace falta, cuando todo salga a la luz.
Salí de la calle del Molino con el frío cortando el aire y el río sonando al fondo entre los chopos. Caminé hasta el coche y me quedé un momento con la llave en la mano antes de abrir la puerta.
Debajo del limpiaparabrisas había un sobre blanco. Sin remite. Sin nombre. Lo abrí.
Una fotografía en papel térmico, de las que imprimen los teléfonos baratos.
La imagen estaba sobreexpuesta pero era reconocible: la puerta de la casa de mi madre, en la calle del Pozo, tomada desde cerca.
Y en el umbral, de espaldas, una figura que entraba.
La ropa era la mía de la tarde anterior.
La hora que alguien había escrito a bolígrafo en la esquina: 17:37.
Un minuto antes que la foto clavada en el cuartelillo de Diego.
Veinte años atrás, me había ido y había dejado a Sofía sola.
Esta vez no me iba a ningún sitio.
Me quedé en el coche con la fotografía térmica en la mano durante un minuto completo.
Dos fotos distintas, con un minuto de diferencia entre ellas.
Una estaba en el cuartelillo de Diego; la otra había aparecido bajo el limpiaparabrisas de mi coche aparcado a doscientos metros de la casa de Eugenia, donde yo había llegado a las ocho y cuarto de la mañana sin decírselo a nadie.
Nadie excepto la persona que había estado siguiéndome desde anoche, cuando salió el Audi negro de la calle del Pozo.
Arranqué y conduje de vuelta al pueblo con los ojos en el espejo retrovisor. Detrás de mí, la carretera estaba vacía. El río pasaba entre los chopos a mi derecha, con su ruido constante y sin intención.
Pero en algún punto de esa carretera, alguien sabía exactamente dónde estaba yo.