2. LA DEHESA
No dormí.
A las dos de la madrugada abandoné la cama de mi infancia, me puse el abrigo sobre el pijama y fui a la cocina con una manzanilla que no quería y el cuaderno donde escribo cuando el pensamiento necesita tomar forma fuera de mi cabeza.
Hechos primero. Hipótesis después. Así trabajo siempre, reduciendo el caos a un esquema que pueda sostener con las manos.
Anoté lo que tenía: mi madre muerta de forma violenta, su casa registrada antes de que yo llegara, un sobre de documentos robado, una nota que me decía que no confiara en nadie, y yo siendo persona de interés en su posible homicidio.
Una fotografía tomada de mí antes de que llamara a la Guardia Civil, clavada en el tablón del despacho de Diego como si fuera parte del expediente y no una advertencia.
Estudié el esquema durante diez minutos y llegué a una conclusión que no me gustó: quien movía este asunto llevaba más tiempo preparándolo que yo investigándolo.
Había pensado en mi llegada. Había contado con ella.
Me había colocado en una posición de sospechosa antes de que yo supiera que era sospechosa de algo, lo cual significaba que alguien sabía que mi madre iba a morir antes de que muriera, y sabía también que yo vendría.
La manzanilla se enfrió en la taza. Cerré el cuaderno y esperé al amanecer.
**********
A las ocho salí a conducir. La carretera de la sierra hacia el norte, los pinos y el río apareciendo entre los árboles con su color plateado de enero. Necesitaba que el paisaje ordenara lo que la noche no había podido.
Llevaba veinte minutos conduciendo cuando lo vi.
Lo había olvidado. O me había convencido durante años de que lo había olvidado, que no es lo mismo.
La Dehesa. Un letrero de madera oscura con letras doradas en la entrada de un camino de tierra.
Hotel rural. La verja de hierro forjado seguía siendo la misma de siempre: dos metros de altura, barras terminadas en punta, herrumbre en las soldaduras.
Detrás, el edificio de piedra gris con sus tres plantas y sus ventanas pequeñas y sus muros de más de medio metro de grosor que en otra época habían servido para lo que sirven los muros cuando la función no es sostener sino encerrar.
El Reformatorio de la Sagrada Familia. Lo había leído en algún reportaje años atrás: centro de menores desde 1975, cerrado en 2002, reconvertido en hotel rural en 2009.
Lo que en los artículos se llamaba rehabilitación del patrimonio industrial —las ciento y pico habitaciones, el comedor con capacidad para doscientas personas, los patios rehabilitados como zonas de jardines— había sido talleres de trabajo obligatorio, dormitorios con literas, despachos donde se tomaban decisiones sobre vidas que nadie había consultado a sus dueñas.
Paré en el arcén y apagué el motor.
Las barras son frías bajo los dedos. El metal está húmedo de rocío y deja las palmas marcadas si las aprietas demasiado.
Al otro lado del patio de tierra hay niñas que no te miran, niñas con el pelo cortado igual, con delantales grises idénticos, con ese modo de moverse que no es caminar sino obedecer.
Una de ellas tropieza y cae en la tierra y ninguna de las otras se agacha a ayudarla.
Ninguna. Se quedan quietas, con los ojos en algún punto del muro opuesto, y la que ha caído se levanta sola sin hacer ruido, con la rodilla manchada de barro, como si hubiera aprendido que el dolor tampoco se dice en voz alta.
Tú tienes frío en las manos y en los pies y en algún lugar más profundo que el cuerpo.
Tu madre te coge de la muñeca con una fuerza de miedo más que de urgencia.
—No mires. Nunca los mires. Pero ya has mirado. Ya no puedes dejar de mirarlo.
Parpadeé.
La imagen se disolvió con la misma brusquedad con que había llegado. El letrero de La Dehesa. La verja. El frío de enero entrando por las rendijas del coche parado.
¿Cuántos años tenía yo en ese recuerdo? ¿Seis, siete? ¿Qué hacíamos allí, mi madre y yo, junto a la verja del reformatorio? ¿Era un recuerdo real o el tipo de imagen construida que el cerebro fabrica para rellenar los huecos que la voluntad ha dejado vacíos?
Llevaba diez años diciéndoles a mis pacientes que los recuerdos reprimidos son reales, aunque el inconsciente los deforme, que el trauma no destruye la memoria sino que la sumerge, que tarde o temprano la superficie se rompe.
Pero también llevaba diez años sabiendo que los recuerdos recuperados bajo presión emocional son los más susceptibles de contaminación.
Que la mente angustiada puede construir imágenes coherentes y detalladas de cosas que nunca ocurrieron.
Que yo, precisamente yo, acababa de demostrar en el Caso Herrera que era incapaz de ver lo que no estaba.
Arranqué y volví al pueblo sin decidir todavía qué creer.
**********
El USB apareció a media mañana.
Lo encontré en el dobladillo de la cortina del dormitorio de mi madre, cosido entre la tela exterior y el forro con hilo negro, en el mismo escondite donde guardaba de niña los billetes que no quería que nadie encontrara.
Lo descubrí porque al colgar el abrigo en el gancho detrás de la puerta me enganché el reloj en la tela y al tirar noté el bulto pequeño y duro entre mis dedos.
Un pendrive negro, del tamaño de la uña del pulgar.
Lo conecté al portátil. Ventana de contraseña.
Probé los más obvios durante media hora: fechas de nacimiento, nombres, la dirección, el año del matrimonio de mis padres, el nombre del pueblo, el de la calle.
Después intenté cosas más personales: el apodo de mi abuela, el nombre del perro que tuvimos cuando yo tenía ocho años, las iniciales de Sofía combinadas de diferentes maneras.
Nada.
Me quedé mirando el cursor parpadeante con la misma sensación que tengo frente a un perfil psicológico cuando todos los datos están sobre la mesa y la conclusión se niega a aparecer.
La contraseña estaba en algún lugar que yo conocía pero que aún no había alcanzado.
Mi madre la había elegido sabiendo que yo tendría que encontrarla, lo que significaba que era algo que solo yo podría saber o recordar. Algo entre las dos. Algo de antes.
Sofía tenía siete años y yo tenía doce cuando inventamos la contraseña secreta para la caja de las cartas que guardábamos debajo de su cama.
Una palabra compuesta de las dos primeras letras de nuestros nombres y el año en que nacimos juntas al mismo verano.
Juntas al mismo verano era una frase que Sofía había sacado de un libro de poemas de la biblioteca del colegio y que repetía a veces sin venir a cuento, con esa solemnidad incongruente de los niños cuando tocan algo que no entienden del todo pero que sienten verdadero.
Cerré el portátil.
Necesitaba recordar.
A las siete de la tarde llamaron a la puerta.
Una mujer de unos ochenta años, menuda y pero erguida, con el pelo blanco en moño y una bufanda de lana azul marino.
Los ojos castaños muy oscuros, con esa cualidad de los ojos de quien ha decidido ver las cosas como son, no como conviene que sean.
Llevaba en la mano una bolsa de tela con un tarro de miel.
—Soy Eugenia Martínez —dijo—. Fui maestra de tu hermana Sofía.
—Pasa —dije.
Negó con la cabeza y permaneció en el umbral. Me miró con una intensidad que me recordó a ciertos testigos en sala, los que saben exactamente lo que van a decir y necesitan un momento para decidir si de verdad van a decirlo, porque una vez dicho ya no puede desdecirse.
—Sé lo que le ocurrió a tu madre —dijo casi en voz baja—.
Y sé lo que ocurrió en ese reformatorio.
Hay cosas que llevo décadas sabiendo y que no he podido decir porque en este pueblo los que hablan desaparecen o mueren o les hacen la vida imposible hasta que desearían haber desaparecido.
—Depositó la bolsa con la miel en mis manos.
—Pero esta noche no puedo quedarme. La señora del estanco lleva una hora con la cortinilla corrida.
Mañana, en mi casa. Calle del Molino, la última antes del río.
Ven sola, ven temprano y no se lo digas a nadie.
Se giró.
—¿Está en peligro? —le pregunté.
Se detuvo sin darse la vuelta.
—Llevamos todos en peligro desde 1978 —dijo—. La diferencia es que unos lo saben y otros han decidido no saberlo.
Bajó la calle del Pozo con su bufanda azul marino y su paso de quien ha sobrevivido a cosas que habrían doblado a otro. La observé hasta que giró la esquina.
Cerré la puerta y me quedé apoyada en ella un momento, con la bolsa de miel en las manos.
Una mujer de ochenta y dos años que llevaba décadas recogiendo pruebas de algo que el sistema se había negado a ver.
Que había esperado a que llegara alguien con credenciales para usarlas.
Y yo era la persona que había llegado: suspendida, bajo sospecha de homicidio, con mi propio criterio en entredicho.
El móvil vibró sobre la mesa de la cocina.
Número desconocido.
¿Te ha visitado la vieja? Escúchala con atención, Clara. Pero recuerda que ella también guarda secretos. Y que los secretos que guarda son los que más daño pueden hacerte a ti.
Miré hacia la ventana. Apagué las luces del salón y me acerqué al cristal desde un lado. La calle del Pozo estaba oscura y adoquinada, con el farol de la esquina parpadeando sobre el suelo mojado.
A cincuenta metros, aparcado entre dos coches, había un Audi negro con las luces apagadas. Sin movimiento aparente. Solo ahí, con sus ventanas tintadas devolviendo el brillo del farol.
Lo había visto antes. Frente a La Dehesa, esta mañana, cuando pasé con el coche. Mismo modelo, misma posición, aparcado sin discreción, como si quisiera que lo vieran.
Alguien me había visto abrir la puerta a Eugenia. Alguien que llevaba horas observando esta casa desde algún punto que yo no podía identificar. Y ese alguien no era la señora del estanco.
Tenía un mensaje de texto y un nombre. Y un Audi negro que no se molestaba en esconderse porque no lo necesitaba.
Apagué el ordenador, apagué también la luz del fregadero y me quedé en la oscuridad de la cocina de mi madre durante un momento.
Fuera, el farol de la esquina parpadeó una vez, dos.
En la calle, el Audi negro seguía donde estaba.
Sin motor, sin movimiento, con sus ventanas tintadas devolviendo el brillo del adoquín mojado.
No había venido a vigilar. Había venido a que yo supiera que estaba ahí.
Hay una diferencia táctica entre la vigilancia y la presencia deliberada. La vigilancia quiere pasar desapercibida. Lo que hacía el Audi negro era otra cosa: era una declaración.
Sabemos que has llegado. Sabemos lo que estás haciendo. Y queremos que lo sepas.
Fui a la habitación de mi madre y me tumbé en su cama sin quitarme el abrigo, mirando el techo que no era el de mi infancia. El tic-tac del reloj del salón llegaba hasta aquí con la misma regularidad de siempre. Afuera, el Audi negro esperaba.
A las cuatro de la mañana, cuando me asomé a la ventana, ya no estaba.