7. EL NOMBRE
Irene leyó el mensaje por encima de mi hombro.
No dije nada. Me aparté un paso y le dejé el móvil en la mano para que lo leyera dos veces si necesitaba, sin que yo la observara hacerlo.
Hay momentos en que la mejor manera de obtener una reacción honesta es no estar mirando cuando llega.
Lo había aprendido en sala, con testigos que se deshacían precisamente cuando dejaban de sentir que alguien los evaluaba.
Irene dejó el móvil sobre la mesa con cuidado, como si pesara más de lo que debería.
—Me los mandan a mí también —dijo—. Desde hace tres semanas. Por eso vine.
Me senté frente a ella.
—¿Cuántos mensajes?
—Seis. Todos desde números distintos, prepago, imposibles de rastrear por mi cuenta. Pero el tono es siempre igual. Saben cosas que yo no le he contado a nadie. Detalles de aquella tarde. Cosas que solo yo podía saber porque solo yo estaba allí.
—¿Qué tipo de detalles?
Irene miró la mesa un momento antes de responder, como si necesitara organizar en qué orden decirlas.
—Que Sofía llevaba una mochila azul con un llavero de estrella de mar que le había regalado yo.
Que cuando yo me fui ella todavía estaba junto al camino de tierra y se había agachado a coger algo del suelo.
Que el hombre que se acercó a ella llevaba una chaqueta marrón de pana.
—Levantó los ojos. —Esos detalles no están en ningún informe policial porque yo nunca los conté a nadie. Nunca.
El llavero de estrella de mar. Recordé haber visto uno igual en el cajón de la mesilla de la habitación de Sofía, entre las gomas del pelo y los cromos de la colección de animales marinos. Mi madre lo había guardado durante veinte años sin decirme nada.
—¿El primer mensaje llegó justo cuando salió la noticia de los huesos?
—El día siguiente. Como si alguien hubiera estado esperando a ver cómo reaccionaba. —Irene apretó las manos sobre la mesa. —Si no hubiera venido, me pregunto si habrían seguido mandándolos. Si hubieran escalado.
—Probablemente sí. —Me levanté a servir dos vasos de agua que ninguna de las dos íbamos a beber, porque a veces el cuerpo necesita hacer algo con las manos mientras la cabeza trabaja.
—Alguien quiere que estemos aquí. Alguien nos ha estado llevando hasta este punto de manera activa, con información dosificada, con presión calibrada.
Los mensajes anónimos no son amenazas puras. Son también convocatorias.
—¿No te parece eso peligroso?
—Me parece inevitable. Y los dos, convocatoria y peligro, no se excluyen. —Me apoyé en el fregadero con la vista en el patio oscuro, donde los geranios muertos de mi madre seguían en la maceta, aunque ya no importaban. —El nombre, Irene. El hombre que viste aquella tarde.
Hubo una pausa que no era duda sobre si contármelo.
Era la pausa de quien lleva diecinueve años sin decir una cosa en voz alta y necesita un momento para que el cuerpo acepte que va a hacerlo.
Diecinueve años son mucho peso. Se nota cuando alguien los suelta: hay algo en la postura que cambia, un milímetro, como si la gravedad bajara levemente.
—Aurelio Blanes —dijo.
Solté el aire despacio.
Aurelio Blanes. El nombre de la fotografía que Diego me había sacado del cajón y el nombre del hombre que Irene había visto acercarse a Sofía eran el mismo.
No era una coincidencia ni una hipótesis: era una confirmación.
El tipo de confirmación que en una investigación marca la diferencia entre el territorio de lo posible y el territorio de lo demostrable.
—El administrador del reformatorio.
Irene me miró.
—¿Lo conoces?
—Diego me enseñó una fotografía suya ayer.
Una foto de hace quince años junto al muro trasero del reformatorio.
—Me senté de nuevo. —Ahora es el propietario de La Dehesa.
El hotel que ocupó el edificio. Lleva dos años viviendo a tres kilómetros del lugar donde enterraron a las niñas que desaparecieron mientras él administraba el centro.
Algo cruzó por la cara de Irene que no era sorpresa exactamente. Era la confirmación de algo que ya sabía pero que necesitaba que alguien más dijera para que adquiriera la solidez de lo verificado.
—Mi padre lo conocía —dijo—. Todos lo conocían.
Era el hombre del reformatorio, el que gestionaba los trámites, el que aparecía en los actos del ayuntamiento y en la misa del domingo.
Una persona respetable. —La última palabra la dijo con una precisión casi técnica, como si la respetabilidad fuera un instrumento más del mecanismo.
—Cuando yo era pequeña, mi madre me decía que era un hombre muy dedicado a los niños que no tenían familia.
Me quedé con esa frase.
—¿Estaba solo cuando lo viste aquella tarde?
—No. —Irene bajó los ojos a las manos. —Había un coche aparcado en el camino de tierra que lleva al pinar. Cuando llegamos con Sofía no había nadie dentro, pero mientras yo me alejaba y Sofía se quedaba oí arrancar el motor. Al girarme vi que era un coche oficial. El verde con la franja blanca.
—Guardia Civil.
—Sí. No pude ver la matrícula entera. Las primeras letras y nada más.
Me fui corriendo porque mi padre me había dicho muchas veces que los coches oficiales no eran asunto nuestro.
—Una pausa larga. —Durante años pensé que eso significaba que lo que pasó quedó oficializado.
Que había alguien del Estado mirando. Y que esa persona tampoco hizo nada.
Lo que había dicho tenía un peso específico que tardé un momento en procesar: un coche de la Guardia Civil aparcado junto al camino donde Blanes se llevó a Sofía. No testigo accidental. Presencia deliberada. Cobertura.
Lo que había dicho sobre el coche era clave.
Un vehículo oficial de la Guardia Civil no se aparca en un camino de tierra de un pinar a las cuatro de la tarde por descuido.
Alguien lo puso allí de manera deliberada.
Lo que no sabía era si esa persona participó en lo que ocurrió después o simplemente garantizó que nadie interfiriera.
Ambas cosas eran igualmente graves en sede judicial, pero construían casos muy distintos.
—¿Cuándo le contaste a tu padre lo que habías visto?
—Esa misma noche. En cuanto llegué a casa y se corrió la voz de que Sofía no había vuelto.
—Irene habló sin apartar los ojos de los míos.
—Mi padre me agarró de los brazos con una fuerza que no le había visto nunca.
Me dijo que escuchara muy bien. Que yo no había visto nada, que no había estado allí, que si alguien me preguntaba yo había ido directa a casa desde el colegio.
Me lo repitió tres veces, muy despacio. Mi padre nunca me había puesto las manos encima.
Eso me asustó más que lo que había visto en el camino.
—¿Y obedeciste?
—Tenía doce años y mi padre me dijo que nos pasaría algo malo. —Me miró con una calma que debía de haberle costado años conseguir. —Sí, obedecí. Y durante diecinueve años me he preguntado si obedecer tuvo consecuencias que yo no puedo calcular porque no sé lo que habría pasado si hubiera hablado.
—No hay manera de saberlo.
Asentí y no añadí nada más, porque no había nada que añadir que no fuera más peso sobre lo que ella ya cargaba. Lo que necesitaba era que alguien recibiera lo que había traído desde tan lejos sin pesarle el recorrido.
—Tu padre —dije después de un momento. —¿Murió sabiendo que habías callado?
—Murió sabiendo que yo sabía lo que él sabía. —Irene apretó brevemente los labios. —En los últimos meses, con la morfina, decía cosas. Repetía el nombre de Blanes en voz baja.
Un día, cuando yo estaba sola con él, abrió los ojos y me dijo: Tenías que haberte ido antes que yo.
No sé exactamente qué quería decir. Pero lo he pensado mucho. Me puse de pie.
—Mañana es el entierro de mi madre. Después quiero que vengas conmigo a ver a Diego.
—¿Confías en él?
Era la pregunta correcta y no tenía una respuesta limpia.
—Confío en que necesita lo que tú tienes —dije.
—Y que eso nos conviene a los dos por ahora.
La confianza completa es un lujo que este caso no nos permite.
Pero la desconfianza total tampoco funciona cuando necesitamos a alguien dentro de la institución para que la declaración llegue al sitio correcto.
Irene sopesó eso durante un momento.
—¿Y si nos usa y luego frena la investigación desde dentro?
—Entonces habremos perdido tiempo pero no habremos perdido nada que no hubiéramos perdido de todas formas. —Hice una pausa. —Irene. Llevas diecinueve años con esto. Puedes aguantar un poco más de incertidumbre.
Una sonrisa pequeña y seria.
—Sí —dijo. —Puedo.
Hubo un silencio breve y cómodo, del tipo que se establece entre dos personas que acaban de intercambiar algo pesado y están dejando que el aire se asiente.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Irene.
—Sí.
—¿Sofía y tú erais cercanas?
—Cuando éramos pequeñas, sí. Mucho. —Miré la ventana del patio.
—De los once a los catorce años tuve esa fase en que me avergonzaba de ella porque era más pequeña y yo quería parecer mayor.
—Una pausa. —La última vez que la vi fue la tarde que desapareció.
Y la última cosa que le dije fue que no fuera boba.
Irene me miró sin decir nada.
—¿Sofía te hablaba de mí? —le pregunté.
—Mucho. —Una sonrisa pequeña y triste. —Decía que eras la persona más lista que conocía y que algún día ibas a hacer algo importante. Lo decía con orgullo, no con envidia.
A las once y cuarto el móvil vibró. Esta vez no era un mensaje. Era una llamada. Número desconocido, diferente a todos los anteriores. Lo dejé sonar dos tonos antes de cogerlo.
Una voz de hombre. Tono neutro, sin acento reconocible, sin calor ni frío —el tono de quien ha practicado la indiferencia hasta convertirla en herramienta.
—Sé que la pelirroja está en tu casa —dijo. —Dile que tiene cuarenta y ocho horas para marcharse del pueblo. Si sigue aquí pasado ese tiempo, lo que le ocurrió a su amiga le ocurrirá a ella.
Colgó.
Me quedé con el móvil en la mano. Lo que le ocurrió a su amiga. No había dicho desaparecer . Había dicho lo que le ocurrió , con la precisión de quien sabe exactamente qué había sido eso y usa ese saber como instrumento de presión.
La amenaza era real. No era la advertencia de alguien nervioso sino la comunicación de alguien que toma decisiones. Los nervios producen frases largas, justificaciones, matices. Las decisiones producen frases cortas y sin adornos, y esa voz no tenía ningún adorno.
Cuarenta y ocho horas. Lo que significaba que también yo estaba en el cálculo: si Irene se marchaba, eso era un resultado aceptable. Si las dos nos quedábamos, era un problema a resolver de otra manera.
Fui al pasillo y llamé suavemente a la puerta de la habitación de Sofía. Irene abrió antes de que terminara de llamar. Tenía el abrigo puesto y la mochila en el hombro. Había estado preparada para irse.
Me miró. Dejó caer la mochila al suelo.
—Cuéntame —dijo.