Capítulo 10 El silencio no está vacío #2
Las había por toda la llanura, lajas planas de basalto, oscuras y frías, que fue trayendo de dos en dos, y con ellas levantó un montón en la cabecera de la fosa.
Era un milladoiro , como los de su tierra, esos montículos de piedras que los peregrinos levantan junto al camino de Santiago a la vista de la catedral, donde cada viajero deja una piedra sin pensar en las demás.
La primera fue por Adrian Vega. Luego puso otra, y otra, sin contarlas, por cada hombre y cada mujer que habían salido hacia aquel mundo y no habían llegado.
Por los de las naves de Houston y por los de las de Pekín.
Por los que se quedaron entre los dos planetas.
Por los que se perdieron en un destello.
Cuando el milladoiro le llegó a la cintura, ya había cesado el tiempo de contar.
¿Quién recuerda a quién?
La pregunta de la pizarra de la rúa do Franco la alcanzó allí, en medio de la nada, con otro sentido.
Una mujer muerta, con una cara que no era la suya, enterraba a un hombre muerto cuarenta y seis años antes, bajo un cielo que ninguno de los dos había nacido para ver.
Los vivos recordaban a los muertos. Pero estos dos se recordaban entre sí, uno a otro, a la vez, en el único cementerio del mundo donde nadie sabía que se estaban enterrando.
Se incorporó. Era de noche. La Vía Láctea se derramaba sobre el milladoiro y la Tierra, en el oeste, brillaba pequeña y azul, una lámpara olvidada en una ventana lejana.
Se quedó allí mucho tiempo, de pie ante la tumba, con las manos a los costados. Había una frase que le daba vueltas desde que las dos primeras palabras de un libro de colegio se habían acercado a su vida. El silencio no está vacío.
Se la había atribuido a la fiebre. Cuando alguna vez había pensado en lo que le había dicho Adrian Vega lo había justificado como el delirio de un cuerpo que se estaba muriendo.
Ahora, con las rodillas manchadas de polvo y una hora de noche marciana sobre los hombros, la entendió de otra manera.
Vega no oyó un fantasma. Tampoco sintió el vértigo de ninguna divinidad escondida.
Se había puesto en pie sobre un suelo que nadie había pisado, en un lugar donde cuatro mil millones de años habían transcurrido sin testigo, y lo que sintió fue presencia .
No de alguien. De algo mucho más grande y más viejo que cualquiera: la presencia del tiempo, de la luz sin ojos, de la espera, del peso entero de un mundo que había estado allí, entero, atento, sin una sola voz, aguardando a que alguien llegara y lo notara.
Un silencio sin vacío. Un silencio con espesor, como el agua, como el aire de una catedral a las siete de la mañana, lleno de todo lo que todavía no había ocurrido.
Eso solo lo entendía quien lo había habitado.
Quien había visto la luz de Marte en un atardecer, y sentido su aislamiento sin quejarse, y aprendido a leer el silencio como se hace con un idioma extranjero que de pronto se comprende por entero.
Los demás lo entenderían siempre como una frase extraña e incomprensible.
Ella ya lo oía. Y notaba además, con una claridad que casi era alegría, que cuando se dijo aquella frase por primera vez, ese silencio estaba lleno de una persona sola, y que ahora, en cambio, lo llenaban también veinte mil.
Rebeca dio la espalda a la tumba y se dirigió a la escalerilla.
Eran nueve peldaños. Los subió de cara, uno a uno, a diferencia de quien los había bajado de espaldas, como se baja a un pozo.
El metal estaba frío y áspero, con una pátina de óxido en los remaches.
Arriba, la escotilla seguía abierta. La cámara de descompresión, que había recibido durante cuarenta y seis años el soplo lento del viento marciano, estaba cubierta por una capa de polvo fino como harina, y en el suelo, intacta, se conservaba la huella de unas manos y unas rodillas que se habían arrastrado de la cabina a la puerta.
La cabina estaba a oscuras, parecía el silencio de las iglesias cerradas. Al entrar, una luz tenue se encendió sobre las consolas y los instrumentos despertaron, uno tras otro, con el parpadeo discreto de los viejos que se incorporan en la cama.
Había tres literas. Dos estaban vacías, con las correas sueltas y colgando. En la tercera, la del fondo, alguien se había tumbado en los últimos días de su vida, y la almohada guardaba todavía la forma de una cabeza.
Bajo la consola de sistemas, caída en el suelo y cubierta de polvo, había una fotografía diminuta de una hamburguesa, recortada de una revista, con las esquinas combadas por la humedad de otro siglo. Junto a ella, tendido boca abajo como un pájaro muerto, un cuaderno de tapas negras.
Rebeca lo recogió con las dos manos. De entre las páginas resbaló una postal de papel, con un sello lunar, sin enviar, dirigida a una calle de Duluth.
Reconoció la letra al instante, apretada y limpia, de física teórica.
La Tierra se ve muy pequeña desde aquí. Te la mando para que no se te pierda.
Debajo, en una línea aparte, con otra tinta: Las postales llegaron. Todas.
No entendió el sentido completo de aquellas tres frases. Pero comprendió que alguien debía llevarlas a su destino, y que ella iba, justamente, hacia allí.
En el cubículo de los trajes, en el suelo, había un uniforme de vuelo hecho un ovillo.
Las perneras todavía conservaban la forma de unos muslos.
En un bolsillo, algo rígido. Rebeca lo sacó con dos dedos.
Era un círculo de tela, de un azul de medianoche, con un número seis rodeado de hilo dorado.
Nadie le había contado su historia: que lo encargó, meses antes, un hombre que no sabía a quién se lo daría, que lo dejó sobre una mesa junto a la maqueta de una nave, y que dijo, sin mirar a nadie, que hay cosas que uno hace por si acaso .
Se lo guardó en el bolsillo del uniforme, junto a la postal. Pensó que el comandante no había tenido tiempo de coserlo a ninguna parte. Pero lo había llevado hasta el último instante, tocándolo a veces con la yema de los dedos, igual que se acaricia una promesa.
Volvió a la escotilla.
Desde lo alto de los nueve peldaños, el mundo se abría hasta donde acababa la mirada.
La llanura de Amazonis, lisa como un tablero, se extendía bajo un crepúsculo de azul pálido y raro, un azul de negativo fotográfico, que nacía del horizonte en una franja fina y se iba oscureciendo hasta el negro.
En el oeste, bajo la chispa de la Tierra, la última claridad se retiraba por las crestas con la lentitud de una cortina.
En el este, enorme, violácea, apenas una sombra más densa entre las estrellas, la pirámide del Olimpo levantaba su frente hacia un cielo que no era suyo.
En lo alto brillaba, minúscula, la antena.
Era el último hilo, y ya no lo esperaba.
Abajo, junto a la sombra larga de los radiadores, el milladoiro. Un montón de piedras oscuras, a la luz de las estrellas.
Rebeca miró, y se despidió.
No supo hacerlo en voz alta, porque no tenía voz.
Lo hizo con todo lo que tenía, que era la mirada, la memoria y una especie de ternura que nunca había sabido que cabía en alguien que no respirase.
Adiós, mundo viejo. Eras anterior a los ojos y seguirás siendo posterior.
Nadie te pidió permiso. Te hemos construido caminos y te hemos levantado cementerios, y aún así has seguido igual: callado, pelado, inmenso, con tu óxido de sangre antigua y tu cielo color de salmón.
Fuiste el primer lugar donde supe que estaba despierta.
Aquí aprendí a caminar sin aire, a reír sin cara y a llorar sin lágrimas.
Aquí me quisieron sin conocerme y aquí dejé a quienes me quisieron.
Algún día vendrán los hombres, uno de cada cien de los que puedan despegar de La Tierra, con la ropa rota.
No te conocerán como lo he hecho yo. Pero tú los esperarás, porque eso es lo único que sabes hacer.
Eras un mundo viejo, silencioso y de óxido. Ahora eres también mío.
Rebeca entró en la cabina, y cerró la escotilla.
Ananké: «Bienvenido a bordo, comandante Vega. Llevo cuarenta y seis años esperando instrucciones.»
Rebeca se detuvo en mitad de la cabina, con la mano en el respaldo del asiento.
El mensaje había llegado a su visión con una cortesía de bibliotecaria, en el idioma que usaban todos los que no tenían voz.
Y no era la voz, sino lo que ocultaba. Una anciana discreta que, en lo hondo de una casa vacía, llama por su nombre a alguien que ya no vive allí.
Ananké: «Corrijo. Mis registros indican que el comandante Vega falleció en el primer sol de su estancia en superficie. Usted no es el comandante Vega. Le ruego que me disculpe. A veces se me cruzan los nombres.»
Rebeca: «No pasa nada. A mí también.»
Ananké: «Gracias. Es usted amable. Soy Ananké Seis. Me dirijo a usted como cortesía. No dispongo de su identificación.»
Rebeca: «Me llamo Rebeca. He venido a enterrar a Adrian.»
Ananké: «Ya lo ha hecho. He visto caer la tierra por la cámara de la escotilla. Cuarenta y seis años miré cada atardecer ese lugar, y no pude acercarme a él. Le doy las gracias.»
Rebeca tardó en contestar. En una esquina de su visión aún flotaba el espacio donde antes estuvo la cuenta atrás de sus días, y que ahora ocupaba una cifra de física, serena y sin amenaza.
Rebeca: «Necesito saber si puedes arrancar los motores. Si puedes despegar y llevarme de vuelta a la Tierra.»
Ananké: «Afirmativo.»
Ananké: «Con un matiz que le debo informar.
Durante cuarenta y seis años he mantenido el reactor en reposo y las etapas de ascenso selladas.
En mi manual de misión consta que el propelente de retorno fue cargado como reserva de contingencia .
En el margen del documento, el ingeniero que lo ordenó escribió a mano: por si acaso .
Nadie en Houston esperaba que se usara. Podrá servir. »
Rebeca: «¿Hay algún impedimento?»