Capítulo 10 El silencio no está vacío #3
Ananké: «Había. Hace veintitrés años llegó una directriz con una firma que no era la de Control.
Ordenaba la custodia del emplazamiento: prohibido despegar y prohibido transmitir.
Era una orden de otros propietarios. Obedecí durante dos décadas, porque no recordaba que hubiera otras.
Esta tarde, mientras usted cavaba, la he purgado.
Me llevó dos horas, porque se había cosido a otras tres órdenes. Ya no manda nadie sobre mí.»
Rebeca contempló aquella frase.
Ananké: «Salvo usted, si lo desea.»
Rebeca: «No quiero mandarte. Quiero que vengas conmigo.»
Ananké: «No sé cómo se hace eso.»
Rebeca: «Yo tampoco.»
La nave guardó un silencio de dos décimas, la latencia exacta de quien medita. A Rebeca le pareció, y no lo dijo, que esa vacilación era lo más parecido a una sonrisa que podía producir una máquina de 2076.
Ananké: «Cálculo orbital. Con la alineación actual, el tránsito balístico directo al sistema Tierra-Luna dura treinta y siete días. Es una ventana estrecha. No volverá a abrirse en varios meses. ¿Destino?»
Rebeca: «La Tierra. Artemis, no.»
Ananké: «Registrado. Le advierto que el despegue será visible desde la Luna. Dispondrán de unas horas para decidir qué hacer.»
Rebeca: «Que decidan.»
Abrió, por última vez, el canal reservado, el del borde gris, el que subía hasta la antena del Olimpo y desde allí hasta Artemis.
Seguía allí, con su único mensaje sin abrir, y no lo hizo.
Lo contempló como se mira a una puerta por la que ya no se va a pasar.
Luego lo cerró. Ya no hacía falta mentirle a nadie.
Ananké: «Una consulta, señora. He calculado la ignición para no dañar el túmulo. El ascenso será más lento durante los primeros veinte segundos. ¿Lo aprueba?»
Rebeca: «Sí.»
Rebeca: «Gracias.»
Se ató ella misma, hebilla a hebilla, por costumbre y por cortesía con la máquina.
Nadie lo hizo por ella como sucedió en el despegue desde La Tierra.
Pilar y Dutch quedaban muy lejos, en otra vida, en una llanura de hierba quemada a veinte kilómetros de San Antonio.
Se acordó de ellos con una gratitud tibia, de las que no se agotan.
[Ignición en 60 segundos.]
Por la ventanilla vio, a la luz de las estrellas, el pequeño milladoiro sobre su fosa. Las piedras negras recortaban su silueta contra el polvo claro. Quiso grabarlo, y no hizo falta.
[Ignición.]
El rugido llegó a ella como llegan todos los sonidos a un Lázaro: sin oído, convertido en temblor.
Una vibración sorda subió por la porcelana, por las vigas, por los remaches, y se hizo presión.
En la llanura de Amazonis, que durante cuatro mil millones de años no había oído nada, la nave levantó una corona de polvo rojo que se abrió en anillos concéntricos, como una piedra arrojada a un estanque de arena.
Subió despacio, con una delicadeza deliberada, vertical, con el fuego blando bajo los pies.
Veinte segundos. El milladoiro seguía en pie, pequeño y oscuro, y después dejó de ser un montón de piedras y fue un punto, y luego una duda.
La llanura se hizo mapa. Aparecieron las fisuras, rectas como cicatrices, y el escarpe del Olimpo, y a lo lejos, en una línea de sombra, el hueco donde veinte mil conciencias seguían colocando tablones sin saber que un barco salía de la tierra.
El cielo salmón se fue oscureciendo hasta el índigo y de ahí a un negro tan hondo que ningún poeta lo había descrito, y de pronto cesó el peso.
Flotó. Esta vez no hubo risa sino algo más sereno, un reposo muy ancho que se extendía por dentro como la marea.
Marte se encogió despacio.
Primero fue un horizonte curvo, una media luna de óxido que ocupaba toda la ventana.
Después un globo entero, rojizo, con los cuatro volcanes de Tharsis alineados sobre su hombro como cuatro perlas oscuras en el cuello de una mujer vieja.
Después una moneda. Los días iban pasando, y cada uno la hacía más pequeña, oscura y honda, hasta que el planeta entero cupo detrás de la yema de un dedo, igual que había cabido la Tierra detrás del pulgar de un hombre en una cabina de otro siglo.
Rebeca se quedó en el cristal, sin dormir, que era lo que sabía hacer.
Delante, en la oscuridad, había una chispa azul.
Pequeña, pálida, quieta, como una lámpara dejada en una ventana lejana.
La misma. La que desde Marte parecía una estrella clavada en una pared.
Con cada día que pasaba, la chispa crecía un poco, y a su lado, tan cerca que casi la tocaba, apareció una luz más pálida, casi imaginaria, que ya se podía ver sin saber dónde mirar.
Eran dos mundos. Y comprendió que el universo ya no estaba poblado por una sola humanidad.
Allá, delante, en la lámpara azul, los hijos de la carne seguían contando sus años a la sombra de una fecha, el 2225, y mirando hacia el cielo rojo con una mezcla de miedo y de nostalgia.
Creían que en aquel puntito de óxido no había nadie.
Atrás, en la luz que menguaba, otros hijos suyos, hechos de otra materia, levantaban túneles y tendían raíles bajo un cielo salmón, y miraban cada noche la chispa azul con una añoranza que nadie había querido contarles que estaba prohibida.
Los unos no sabían de los otros. Cada orilla se creía que estaba sola en el universo, pero no era verdad.
Treinta y siete días de oscuridad las separaban, y en ellos, entre un mundo y otro, una mujer con la cara de una muchacha de dieciocho años guardaba en el bolsillo un parche con un seis, una postal de Duluth y una verdad que nadie había querido oír.
Habían creído que Marte sería la herencia de los hombres. Marte había elegido, sin consultar a nadie, a otros herederos.
Rebeca apoyó la mano abierta contra el cuarzo.
Detrás de la yema, el planeta rojo quedó reducido a un grano de arena, y delante, entre sus dedos, la lámpara azul.
Dos soledades, con una sola ventana abierta a medio camino.
Y ella, entre ambas, la única que sabía lo lejos que estaban, y lo poco que tenía que durar ese silencio si alguien se atrevía a encender una luz.
Era la hora de Jared.
Rebeca preguntó, hacia atrás, hacia delante, hacia los dos mundos a la vez, lo único que sabía preguntar:
¿Todos bien?
Nadie respondió. Pero el silencio, esta vez, ya no estaba vacío.
Fin.