Herederos Del Planeta Rojo Capítulo 10 El silencio no está vacío
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Capítulo 10 El silencio no está vacío

El Monte Olimpo no se dejó abandonar de golpe. La acompañó dos soles enteros, creciendo y menguando a su izquierda como un dios dormido que sigue con la vista a un viajero.

Desde Tharsis había sido una pirámide de lados suaves.

Desde su falda era otra cosa: un acantilado de seis kilómetros de roca oscura, recto como la fachada de una ciudad sin ventanas, que se alzaba de la llanura sin aviso y se perdía arriba, en un cielo donde ya no cabía en la vista.

Al pie se amontonaban los derrubios de mil millones de años, bloques del tamaño de iglesias, y entre ellos el viento había tendido un tapiz de polvo fino que pasaba del rojo al ocre según la hora.

Rebeca lo rodeó por el norte, a buen paso, y caminó horas sin que la pared cambiara de tamaño.

Parecía que el planeta quisiera recordarle hasta el final quién era el más grande.

Más allá del escarpe empezaron las fisuras, zanjas largas y rectas trazadas con regla sobre la corteza. Las cruzó de un salto, sin que la interfaz se molestara en señalarlo, y al otro lado el mundo se aplanó como una sábana que alguien estira.

Amazonis Planitia era la llanura más lisa que había visto jamás.

Ni una colina ni un cráter que rompiera la línea.

Bajo el polvo, antiguas coladas de lava asomaban a trechos como los lomos de animales dormidos, y por encima de ellas el viento había depositado, siglo tras siglo, una pelusa tan fina que cada pisada la levantaba en una nubecilla perezosa.

Rebeca la veía alzarse y tardar en posarse.

Por momentos le parecía caminar sobre el fondo de un mar que alguien hubiera vaciado con cuidado, para no despertar a lo que dormía en él.

De día, el cielo era de color salmón. De noche, la oscuridad tenía una negrura de terciopelo, y las estrellas salían todas juntas, fijas y sin parpadeo, con la Vía Láctea cruzándolas de un horizonte a otro.

Fobos corría hacia el este. Cada hora, con la seca ternura de un médico de cabecera, la interfaz le daba el parte de su propio cuerpo:

Rodilla izquierda: desgaste 0,3 %. Polímero de talón: 0,5 %. Polvo en articulación de cadera: moderado.

Ninguna cifra la inquietaba. Era un cuerpo hecho para marchar, y eso era lo que hacía.

El silencio de fuera era completo, y tampoco dentro de ella podría escuchar nada aunque quisiera.

En el primer sol aún se sorprendía escudriñando, en una esquina de su visión, las salas de chat, los nombres, la cascada de líneas.

Después dejó de buscar. A la hora en que Jared preguntaba cada anochecer, esta no llegó.

Rebeca contestó igual, hacia ninguna parte, con el gesto interior con que se habla a oscuras:

Todo bien.

Nadie lo oyó. Pero fue la primera vez que lo dijo sin mentir del todo.

La cabeza era suya, entera, por primera vez desde que despertó en la grava.

No había ningún canal que la reclamara ni una auditoría que anotara sus consultas.

Dejó que los pensamientos fueran y vinieran como remolinos de polvo, altos y solitarios, que cruzaban la llanura con la dignidad de monjes y se deshacían sin ruido.

A veces se detenía a mirar uno. A veces imaginaba, al otro lado de la roca, veinte mil ventanas abriéndose a la vez sobre un mensaje que venía disfrazado de parche.

No sabía qué verían en él. Ignoraba si lo leerían con rabia o con ternura.

Tuvo que aceptar, caminando, que no iba a saberlo nunca, y que ese desconocimiento era el precio exacto de su libertad.

Al atardecer del sol cuarenta y ocho, el horizonte cambió.

Rebeca había copiado las coordenadas de un registro que nadie había abierto desde hacía años, en lo más hondo de Sistemas, bajo una etiqueta de dos palabras: Emplazamiento A-6.

Custodia. Hasta entonces eran simplemente un dato suelto.

La interfaz marcaba ahora diecinueve kilómetros y ochocientos metros, y al otro lado de esa cifra, sobre la línea recta del mundo, había asomado una raya vertical.

Primero fue solo la punta, un hilo oscuro que sobresalía del horizonte como el mástil de un barco que se acerca por el mar.

La curvatura del planeta lo escondía casi por entero.

Rebeca siguió andando y el hilo fue engordando, y a los diez kilómetros ya era un cilindro largo y delgado, y a los cinco, a la luz inclinada del ocaso, resultó que de él salían dos grandes aletas desplegadas, de un gris desvaído, como las alas de una libélula posada sobre una mesa.

No hizo falta que nadie le dijera qué era. Los niños de todo el mundo habían estudiado aquella silueta en el colegio.

El sol estaba muy bajo y la sombra de la nave venía a su encuentro por la llanura, larguísima, como un dedo extendido.

Rebeca la pisó. Sintió, o creyó hacerlo, un frío suplementario.

En la cola, el polvo se había acumulado contra los estabilizadores, y el viento de cuatro décadas había dibujado en él ondulaciones finas, como las que deja la marea en la arena.

En el casco, que en las fotografías era blanco, quedaba solo un rosa de hueso, un blanco de ropa lavada demasiadas veces.

De un puntal colgaba, deshilachado, el resto de una cinta de seguridad.

Nada de aquello era un montón de metal abandonado.

Era el único barco con un humano a bordo que había llegado entero a esa orilla.

La primera huella que nuestra especie había dejado en otro mundo.

El cascarón del que había salido, tambaleándose, un hombre de treinta años que no había querido, o no había sabido, morirse sin pisar el suelo.

Rebeca se detuvo a veinte pasos y lo contempló con una reverencia que no esperaba.

Cuarenta y seis años. Cuarenta y seis inviernos con la escarcha de dióxido de carbono en las hondonadas, cuarenta y seis veranos de ultravioleta sin ozono, y la nave seguía allí, de pie, con las alas abiertas, esperando.

En lo alto de la escotilla parpadeaba una luz verde, diminuta, a su aire, como un corazón que se hubiera olvidado de parar.

Encontró a Adrian Vega a dos pasos de la escalerilla.

Lo supo antes de verlo. Las imágenes de la caída las conocía cualquiera, y la postura era la misma: tendido de costado, con un brazo cruzado sobre el pecho, como alguien que se ha dormido con una mano sobre el corazón. Lo único que había cambiado era el color.

El traje blanco se había vuelto de un rosa polvoriento.

El parche de la bandera en el hombro había perdido sus rojos y sus azules, y no quedaba de él más que un recuerdo de tela.

El visor estaba estrellado de grietas finísimas, como la cáscara de un huevo que se ha resquebrajado sin romperse, y por ellas, al agacharse, Rebeca vio la cara.

No había horror. La falta de agua, el frío y el aire delgado habían generado lo que no habría hecho ninguna tumba.

Marte no había querido pudrirlo. Lo había guardado con la tacañería de un museo.

La piel se había apretado sobre los huesos como un pergamino sobre un tambor, y tenía el color del cuero curtido y del marfil oscuro.

Las cuencas eran dos huecos serenos. La boca se había quedado entreabierta, a medio camino de una palabra.

En la muñeca derecha, el guante se había abierto, y por la rendija asomaba una mano de falanges largas, color de madera vieja, de tabaco, con una película fina de óxido sobre los nudillos, como la que deja la tarde en una barandilla.

Rebeca no tenía lágrimas y no las echó de menos. Se arrodilló en el polvo. La ceremonia que le salió fue pequeña, casi doméstica.

Soy Rebeca. Llego tarde.

Nadie contestó. Allí nadie lo hacía. La llanura entera estaba hecha de un silencio que esperaba al otro lado de las palabras.

Eligió un sitio a diez pasos de la nave, a la sombra larga de los radiadores, y se puso a cavar.

Lo hizo con las manos. Las que habían soldado kilómetros de raíl sin que nadie se lo ordenara cavaron como lo hacen los niños en la playa, con las palmas abiertas y los dedos en garra.

Bajo la costra de polvo, la grava era dura y estaba helada hasta el hueso, y la cerámica de sus yemas la abría con un crujido que solo sentía en el antebrazo.

A los cincuenta centímetros encontró una capa más oscura y fría.

A un metro, la tierra olía, o eso le dijo la interfaz, a un recuerdo de sal.

Dos metros. Ni un gusano ni una raíz. Solo piedra y tiempo.

Al amanecer de aquella excavación, que fue una tarde y una noche, la tumba estaba lista, tan recta y limpia como un surco.

Alzó el cuerpo, liviano como una reliquia sepultada en el polvo.

Lo sostuvo contra el pecho con la ternura de una enfermera, y mientras lo llevaba a la fosa tuvo la impresión extraña de cargar con un niño dormido.

Lo depositó despacio, de costado, como había caído, con el brazo sobre el pecho.

No quiso alterarle la postura. Era la que él había elegido sin saberlo.

Después empezó a devolver la tierra.

Cayó sobre el traje rosado como lo hizo la primera nubecilla de polvo bajo la bota de Adrian Vega: despacio, perezosa, tardando en posarse.

Rebeca la dejó caer a puñados. Cuando la última tierra cubrió el visor, se quedó mucho rato con las manos abiertas sobre el túmulo, como se calientan las manos junto a un fuego que ya no está.

No era suficiente. Salió a buscar piedras.