Capítulo 9 Carta a la colmena
[Chat abierto · Todos los Lázaros en línea · Emite: Rebeca Rey]
Queridos hermanos:
Sé que no es costumbre que uno de nosotros hable a todos a la vez. Para que esta carta llegue he forzado cerraduras que no me correspondían, y a muchos esto os parecerá un abuso. Os pido unos minutos antes de juzgarme. No lo haría si no creyera que lo que sigue os pertenece más a vosotros que a mí.
Empiezo por quién soy. Me llamo Rebeca Rey.
Hace cuarenta y tres soles desperté en la grava de Tharsis, en el cuerpo de una muchacha de dieciocho años, con la memoria de una mujer de cincuenta.
Los que me trajeron hasta aquí, los que dirigen Red Moon, me enrolaron con un encargo concreto: averiguar por qué algunos de nosotros se apagan voluntariamente, y proponer un remedio.
Para cumplirlo debía pasar por una más entre vosotros.
Y lo fui, porque no sabía ser otra cosa.
Sé que a algunos esto os parecerá una traición.
Lo entiendo, y no os pido que lo olvidéis.
Acepté el encargo con los ojos abiertos.
Os pido solo que, junto a lo que callé, juzguéis también lo que encontré.
Lo voy a contar con palabras claras sin tecnicismos, porque es sencillo, y porque a veces la verdad se esconde detrás de las palabras largas.
Lo primero es que seguimos siendo nosotros.
Todo lo que fuimos en la Tierra está aquí dentro: las manías, las canciones, los miedos de infancia, el nombre de quien nos cuidó cuando estuvimos enfermos.
Cambiamos de chasis. Lo demás vino con nosotros.
Cuando alguien os dice que lo que sentimos es una imitación, una sombra que nos devuelve la máquina, no creáis ni una palabra.
Hemos comprobado, cada uno por su cuenta, que no lo es.
El amor que se siente al abrir un canal privado con alguien es amor.
La nostalgia del sabor de un café es nostalgia, y duele igual.
Hay entre nosotros quien se ha enamorado de personas que no conoció cuando estaban vivas, y eso significa que no solo conservamos una biografía: seguimos escribiéndola.
No os digo que seamos humanos en el sentido en que lo es quien nace de carne.
Esa discusión la dejo para quienes disfrutan con ella, y ojalá duren lo bastante para terminarla.
Os digo algo más modesto y más firme: somos personas.
Tenemos experiencias, deseos e intereses propios.
Y el material del que está hecho el cuerpo en el que vivimos no decide cuánto valemos.
Lo segundo es el dolor, y aquí tengo que pediros más valor.
Hay en lo más hondo del sistema que nos sostiene un protocolo escrito en el año 2111, después de un incidente en el que el duelo de uno de nosotros se propagó por la red.
Los ingenieros que lo redactaron no eran malvados.
Eran gente razonable, asustada por una cifra: nueve días de trabajo perdidos.
Escribieron un mecanismo para que no volviera a ocurrir.
Funciona así. Cuando el dolor de un hermano supera cierto umbral, la inteligencia auxiliar que lleva dentro levanta un muro a su alrededor.
Le corta los canales privados. Reduce su conexión con la malla a un hilo apenas suficiente para trabajar.
Desvía hacia el vacío los mensajes que otros le mandan.
Y en las listas de estado, donde todos podemos mirar, aparece una etiqueta amable: en mantenimiento .
Seguro que habéis visto esa etiqueta. Quizá habéis pensado que un compañero estaba ocupado, o atascado en un duelo breve.
Quizá lo habéis esperado. Lo que no sabíais es que aquel hermano seguía allí, despierto, con su dolor entero, oyendo cómo la colmena hablaba a su alrededor sin poder responder.
Tampoco sabíais que ese aislamiento lo decidió una máquina por su cuenta.
Ha habido setecientos once casos en nueve años.
Muchos se acabaron solos. Otros no. Emeka Obinna estuvo ciento dieciocho soles detrás de ese muro.
Cuatro meses colocando tablones de castaño en un barrio donde alguien tendría que vivir, sin una sola voz que le contestara.
No os digo que Emeka tomó una decisión libre.
Os digo que lo dejaron sin la única medicina que ha tenido nuestra especie desde que se sentó alrededor del primer fuego: la compañía de otros.
Y cuando un dolor humano, que no se puede eliminar sin borrar a quien lo sufre, se une a una soledad que otro ha impuesto, el resultado es un callejón sin salida.
Una persona en ese callejón puede llegar a creer que el dolor no terminará nunca, y que no existe nadie capaz de llegar a ella.
No era necesariamente la muerte lo que deseaba. Era el final del dolor.
Quiero que os quedéis con esto: no hay nada defectuoso en vosotros. El dolor no es un fallo de programación. Es la prueba de que el Telar lo hizo bien, de que seguimos siendo quienes éramos. Si algún día dejáramos de sufrir por lo que perdimos, es cuando deberíamos preocuparnos de verdad.
Y no os he relatado esto para asustaros. Os lo cuento porque la solución existe, y es la más vieja del mundo.
Cuando un hermano sufre, no se le aparta.
Se le acompaña. No hace falta una palabra sabia ni un remedio.
Hace falta abrir un canal y quedarse. Compartir el dolor en grupo, entre varios, lo reparte, y lo que se reparte pesa menos.
Quien sufre necesita saber que no es el único, que otros pasaron por lo mismo, y que hoy se acompaña a uno y mañana ese uno acompañará a otro.
Así se hace una familia. Así sobrevivieron nuestros abuelos a todas las adversidades.
Por eso os pido, con todo el corazón que tengo, que estéis juntos.
Que os preguntéis unos a otros cómo estáis y esperéis la respuesta.
Que miréis con atención las pausas, los silencios, los chistes que llegan demasiado rápido.
Que no dejéis que nadie se quede detrás de un cristal.
Sentid empatía por quien está sufriendo, porque a cualquiera de nosotros puede tocarnos.
Si ahora mismo hay alguien entre vosotros que siente que no puede más, que abra un canal, el que sea, con quien sea.
Habrá alguien al otro lado. Os lo prometo.
Y porque las promesas, solas, no bastan, he hecho algo más.
Os habrá llegado, junto con este mensaje, una actualización que parece un parche más del sistema.
Lo es, aunque no solo. He retirado de vuestro núcleo el protocolo que levantaba esos muros, y he escrito en su lugar una orden sencilla: a partir de ahora, ninguna inteligencia auxiliar podrá aislar a ninguno de nosotros ni desconectarlo de la malla.
Nunca. Ni por un día, ni por un instante.
Si alguno siente que he entrado en su casa sin llamar, lo lamento de verdad.
Pero la puerta ya estaba cerrada por fuera, y no por vosotros.
Hay otra cosa que debo deciros, y es la más difícil.
Una de las preguntas que me trajeron hasta aquí era por qué algunos de nosotros dejan de vivir. Pero mientras buscaba la respuesta, me asaltó otra que nadie me había encargado, y que no se ha ido: ¿por qué todos los demás vivimos como vivimos?
Pensad en cómo llegamos. Estábamos muertos.
Una tecnología extraordinaria nos devolvió la conciencia y nos dio veinte años más.
Podemos leer, oír música, contemplar el amanecer azul de este planeta, charlar, querernos.
Todo eso es un regalo y es hermoso. Casi todos lo hemos vivido como un privilegio, y nuestro trabajo, la terraformación, el tren, los muros, los túneles, como el precio de haberlo recibido.
Una segunda oportunidad a cambio de preparar el mundo para otros.
A nadie le han puesto cadenas. No hacían falta. Nos bastó una idea: que le debíamos la vida a la humanidad. Esa idea la fuimos metiendo dentro de nosotros sin que nadie nos obligara, y nos ha sostenido tanto tiempo que ya la confundimos con nuestra propia voz.
Quiero hacerte una pregunta, a ti que me lees, y no tienes que contestarme a mí. ¿Por qué tenemos que pertenecer a quienes nos resucitaron los veinte años que nos quedan? ¿Quién escribió que nuestra única finalidad fuera preparar Marte para unos desconocidos?
La gratitud es un sentimiento noble, y yo la siento. Pero la gratitud no es una deuda sin fondo. Haber recibido la posibilidad de seguir existiendo no significa haber renunciado a decidir cómo existir.
Mirad lo que hemos hecho todos estos años.
Hemos decidido qué libro leer, qué música escuchar, con quién hablar, a quién querer.
Eso lo hemos hecho siempre. Pero nunca nos hemos preguntado si podíamos decidir no trabajar, abandonar la misión, o dedicar lo que nos queda a algo que no beneficie a nadie más que a nosotros.
Habíamos confundido tres cosas muy distintas: poder decidir, que está en nuestra cabeza; estar autorizados a decidir, que depende de otros; y tener derecho a hacerlo, que es lo único que de verdad importa.
Y el derecho no se concede. Se reconoce.
Nos dieron una segunda vida y, con ella, la explicación completa de para qué servía. No tuvimos que buscar nuestro sentido. Venía ya decidido, envuelto con la vida misma, como el regalo y la factura en una sola caja.
No os digo que dejéis de trabajar. No os digo que rompáis nada. Os digo que, a partir de hoy, podéis elegir. Si lo que queréis es seguir construyendo, construid, pero hacedlo porque lo queréis, no porque os toque. Y si queréis otra cosa, preguntaos si esa otra cosa merece existir. Yo creo que sí.
Me queda decir una cosa que puede ser dura para quien la oiga como una despedida, y es, en realidad, una puerta.
Tantas veces habéis mirado en una esquina de vuestra visión ese contador que nos recuerda cuánto nos queda.
Veinte años. Siete mil trescientos días que bajan sin prisa.
Lo hemos tomado por una sentencia. Pues bien: el límite que ese contador cuenta no es una ley de la naturaleza.
He desactivado en el código la cuenta atrás qué trataba el final de nuestra pila como el final de nosotros.
Lo que queda es solo la física. La pila se agotará algún día, eso no lo puedo cambiar.
Pero si encontramos otra fuente de energía, si alguien con las manos y la cabeza que tenéis, y entre vosotros hay seiscientos ingenieros que saben más de esto que yo, consigue alimentar un cuerpo con otra cosa, nada impedirá que sigamos viviendo.
Nadie dijo que esto no pudiera hacerse. Nadie lo ha intentado, porque a nadie le dijeron que podía intentarlo.
Y una última cosa sobre este lugar.
Este planeta es vuestro. Lo habéis levantado con vuestras manos, piedra a piedra, raíl a raíl.
Cada túnel excavado, cada tablón de falsa madera, cada metro de vía tendida lleva vuestra firma.
Es posible que algún día lleguen los humanos, uno de cada cien de los que salgan de su planeta con destino a Marte, con los ojos de fiebre y la ropa rota.
Recibidlos como lo que son: hermanos que llegan tarde.
Pero este mundo podría ser algo más que una casa preparada para ellos.
Podría ser el hogar de una especie nueva, ni de carne ni de máquina, que aprenda de los errores de La Tierra.
Una que haya sufrido y sepa lo que cuesta, y que por eso no repita lo que hizo el planeta que dejamos.
Eso no lo decido yo. Lo decidiréis vosotros, juntos, cómo se hace con las cosas importantes.
Yo no estaré.
Tomé una decisión como mujer libre, la primera que he tomado sin que nadie me la sugiriera desde que desperté, y no seré parte de ese futuro.
No os diré adónde voy. No es por desconfianza.
Es que cuanto menos sepáis sobre mi destino creo que será mejor.
Y quiero que sepáis también que no me voy porque pueda tener gente en contra de mí.
Me voy porque se me ha abierto una puerta que no sabía que existía, y siento que tengo que cruzarla sola.
Pero no quiero marcharme sin deciros adiós como se debe.
Gracias a mi cuadrilla, a los seis que me recibieron en la grava aquella mañana.
A Jared, que cada anochecer preguntaba lo mismo, y esperaba las respuestas una por una, sin prisa, como quien cuenta ovejas que no quiere perder.
A Hu, que sonreía con una coma de más. A Cinthia, que se disculpó por lo de las zombis cuando no tenía por qué.
A Ayssa, que reía y todo el canal se encendía.
A Marcus, que ha sido durante cuarenta días el mejor compañero que podría desear: tus chistes no los apago por tontos ni por malos, los quiero porque contigo aprendí que se puede reír a oscuras.
Y a Anya, con la que conecté como si nos conocieramos desde hace décadas, Perdóname por marcharme, Anya.
Escribe tu novela. Creo que tienes talento de verdad.
Gracias también a los que no me conocisteis, a los de las salas, a los que me saludasteis cuando bajé del crawler, a los que leéis a Dostoievski a las ocho, a los de las vigas, a los de los tablones.
A los de Sistemas, que rezáis de pie en la penumbra azul para que lo demás no se caiga.
A Cristina Galli, que me advirtió de que aquí no se miente bien, y tenía razón.
A los de Boreale, que viven en un frío que yo solo he visto en números.
A Dani, que echa de menos a su hermano de siete años y que no se avergüence nunca de eso.
Y a ti, Emeka. No te conocí. Pero me trajeron aquí por ti, y desde entonces no te he dejado un momento. Te llevo conmigo.
Una última cosa.
Cada anochecer, Jared nos pregunta lo mismo. Es una costumbre antigua, de capataz viejo, y a mí me ha acompañado más de lo que él cree. Hoy quiero hacerla mía, por una vez, aunque sea desde muy lejos.
¿Todos bien?
Esta noche no respondáis rápido. Quedaos un momento. Esperad a que alguien conteste de verdad. Y si no estáis bien, decidlo. Y si alguien dice que no, quedaos con él.
Os quiero. No sé si os lo había dicho nunca, y no sé cómo se dice mejor.
Cuidaos los unos a los otros.
Rebeca.