Herederos Del Planeta Rojo Capítulo 8 La que camina #3
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Capítulo 8 La que camina #3

Se acordó también de la ola cálida que le había pasado de nodo en nodo el primer día, de Hu a Ayssa, de Ayssa a Marcus, de Marcus a Anya, para envolverla sin palabras como se envuelve en una manta a quien llega de la intemperie.

Había sido la mejor bienvenida de su vida.

Aquel mismo calor era lo que el módulo cortaba.

Y la sonrisa de Vance en el jet, apenas insinuada, mientras hablaba en voz baja con el teléfono pegado a la oreja. Había creído verla como la de quien ha cumplido su misión. Lo era. Lo que había ido a buscar a Santiago no era a una psicóloga. Era la pieza que le faltaba a un engranaje.

No tenía pruebas de la intención. Quizá nadie, en ninguna sala de Houston, había pronunciado jamás la palabra esclavos .

Los hombres razonables no usan esa clase de vocablos.

Se limitan a escribir módulos. Rebeca podía equivocarse en el móvil, pero no en el balance, y en medicina el resultado es a veces la única prueba que se obtiene.

Se habían traído conciencias humanas a Marte porque eran, con diferencia, la mejor mano de obra que la especie había inventado: creativa, adaptable, capaz de sufrir y de seguir trabajando.

Y lo demás, la oportunidad de volver a vivir, el regalo de veinte años adicionales, la bondad con que se nombraba, era la envoltura del mecanismo.

La fachada existía y era hermosa, pero no era el motor.

Le debía a Red Moon veinte años de piernas. Esa gratitud seguía intacta, y por eso mismo dolía. Era la deuda con un acreedor que ya se había cobrado por adelantado.

Y lo que sentía bajo todo aquello, a medida que el crujido regular de la grava le subía por las plantas de los piés, tenía poco que ver con el rencor.

Era una palabra que había leído mil veces en los manuales y nunca había pronunciado en voz alta.

Era libre. Le pesaba en una boca que ya no tenía, porque era una libertad sin un solo lugar adonde ir.

No tenía casa, ni cuadrilla, ni aliados.

Tenía una llanura de basalto, una dirección en la memoria, una cuenta atrás y un cuerpo que sabía andar.

Pero la elección era suya, completa, sin intermediarios.

Podía hacer lo que quisiera, incluso lo peor.

[Tharsis · Alcance de antena: 14 km]

Fue entonces cuando empezó a notar el silencio.

Las voces se retiraban de su visión una a una, como las luces de un pueblo cuando se sube a un cerro.

Primero cayeron las salas más pequeñas, las de canalización, las de alicatado, y las de pavimentación se espaciaron hasta que ya no fueron un tapiz, sino unas pocas líneas sueltas.

Después las grandes. Sistemas se fue entre dos mensajes, sin despedida.

La sala de lectura, con sus tres mil lectores, se apagó en mitad de una frase de Dostoievski.

Las notificaciones de Central cayeron como la nieve, y dejaron un descampado.

Rebeca nunca había estado sola en su cabeza desde que despertó.

Lo comprobó con una incredulidad serena.

Treinta kilómetros de aire sin atmósfera la separaban de cualquier presencia humana.

Y en el centro de su campo de visión no había texto.

Una llanura enorme, un cielo lleno de estrellas y, en algún rincón de la interfaz, un reloj que no medía las horas de trabajo, sino el tiempo que faltaba para que un paquete de actualización que parecía un parche llegara a todas las manos del planeta.

00:11:20

El silencio tenía una densidad. No era el vacío.

Era una cosa espesa y limpia, que se le pegaba a la piel de porcelana como un paño.

Y Rebeca, que había sido tantas cosas en una sola vida, una niña de la calle Real, una doctora, una enferma, una espía, descubrió con asombro que aquel silencio lo reconocía.

Era el de la lluvia a punto de acabarse en la galería de Santiago.

El de las siete de la mañana en la catedral.

[Tharsis · Alcance de antena: 19 km. Enlace con cuadrilla 7: señal débil.]

Quedaban once minutos para que veinte mil conciencias abrieran una carta.

Ella no estaría allí para ver sus caras, que de todos modos no tenían.

Los orantes de Sistemas abrirían los ojos en medio de la noche.

Cristina Galli leería el mensaje con aquella ironía suya tan particular.

En la cuadrilla ferroviaria, un hombre alto que nunca usaba exclamaciones se quedaría un rato sin escribir.

[Enlace con cuadrilla 7: sin señal.]

El último hilo gris, el que iba a Jared y desde este a los otros cinco, se aflojó.

Fue una pérdida tan pequeña que Rebeca casi no la sintió.

Después de tantas voces, la ausencia de una más no pesaba.

Pero algo sí cambió dentro: a partir de ese instante no quedaba nadie al otro lado de ninguna línea que pudiera decirle todo bien o cuídate , y la mujer que andaba por la llanura bajo el cielo de las estrellas fijas no pertenecía a nadie más que a sí misma.

Las piernas siguieron el compás, largo, sin esfuerzo.

A su espalda, muy lejos y muy hondo, la colmena se disponía a recibir una carta.