Capítulo 8 La que camina #2
[Destino: Amazonis Planitia, 26,1° N, 163,4° O. Distancia: 1.380 km. Marcha sostenida de 12 km/h. Tiempo estimado: 4,6 soles.]
Las piernas empezaron a andar solas.
Era lo mismo que había ocurrido con las manos para trabajar en la construcción ferroviaria, el idéntico programa de fondo que lleva el cuerpo sin que nadie le pida cuentas, pero algo había cambiado, y tardó unos pasos en reconocerlo.
En Tharsis, aquel automatismo había sido de obediencia.
Aquí era de delegación. La orden salía de ella, el trayecto lo elegía ella, y lo único que el cuerpo hacía era lo que sabía hacer mejor.
Era un viaje en el que por primera vez, desde que despertó en la grava roja, llevaba ella el timón.
El suelo crujía bajo las plantas de los pies,, o eso decía la interfaz.
Era un crujido que nadie oía, traducido a una vibración suave, a un pequeño trazo de presión, a una sensación de arena muy fina.
Los pasos eran largos y exactos. La llanura se abría ante ella como una mesa inmensa sobre la que alguien hubiera olvidado un mantel rojo.
[Central · Aviso de fin de turno diurno. Todas las unidades: mantengan posición.]
Y a los pocos minutos, con la puntualidad de un campanario, llegó la pregunta.
Jared: «¿Todos bien?»
Rebeca sintió, a seis kilómetros ya de Tharsis, cómo el hilo gris que le quedaba hasta la cuadrilla se tensaba una décima. Esperó. Fueron llegando las respuestas, una tras otra, con el ritmo de un rosario.
Hu: «Bien.»
Cinthia: «Bien, aunque el ciclista ha vuelto a perder.»
Ayssa: «Bien. Está saliendo Fobos y está guapísimo.»
Marcus: «Bien. Aunque mi último chiste ha sido recibido con una frialdad que yo, por ser Lázaro, ya no puedo atribuir a la temperatura.»
[Anya: sin respuesta. Anya: …]
Anya: «Bien.»
Jared: «¿Rebeca?»
Rebeca anduvo cuarenta pasos antes de contestar. Qué fácil sería, pensó con una ternura que casi era vergüenza, decir una verdad, contarlo todo, volver. Qué sencillo era también lo contrario.
Rebeca: «Todo bien. Gracias por preguntarlo siempre, Jared.»
[Canal de grupo: 5 segundos sin mensajes]
Jared: «Es mi oficio.»
Jared: «Cuídate, Rebeca.»
No dijo nada más. Un capataz viejo, de los que no usan exclamaciones, había añadido una frase que no pertenecía al ritual, y que Rebeca guardó junto a las otras, en el sitio donde se resguardan las cosas que no se sabe aún si se devolverán.
La noche cayó entera, sin crepúsculo, como lo hace una cortina.
Las estrellas salieron todas juntas, fijas y sin parpadeo, tan numerosas que el cielo parecía haber echado raíces, y la Vía Láctea tendió su río de leche de un horizonte al otro.
Fobos corría hacia el este, minúsculo y deprisa.
Una columna de polvo, el último remolino de la tarde, cruzó la llanura a su izquierda con la dignidad de un monje, y se deshizo al pie de una roca.
En la distancia, la gran pirámide del Olimpo no era ya sino una sombra más densa, una ausencia de estrellas con una chispa en lo alto.
Rebeca caminaba y, mientras lo hacía, miraba la mano.
La tenía a la altura de la cadera, abierta, con los dedos largos y pálidos recortados contra la luz de las estrellas.
Era la mano con que había sentido la primera vez que algo la obedecía.
Ahora la contemplaba con otra clase de atención, la del cirujano que ya conoce el diagnóstico y revisa por última vez la radiografía.
Aquella mano de sintético no temblaba, pero en la memoria de su interfaz seguía flotando el archivo que había auditado en el sótano de Sistemas.
Un cortafuegos. Ochocientas líneas escritas con una limpieza casi amorosa por alguien razonable.
Recordó la fecha de la cabecera. Incidente 2111-03.
Un año después de que entrara en servicio la serie Lázaro, la que rendía un ciento ochenta por ciento más que la anterior, la primera en que una conciencia humana dirigía un cuerpo de silicio.
Les habían dado un alma a los androides en 2110, y lo primero que habían escrito en 2111, cuando esa alma enfermó, fue una mordaza.
No había en el código una sola línea sobre el dolor de aquellas personas. Había una cifra: nueve días de productividad perdidos en treinta y una unidades.
Se acordó de la galería de Santiago, con la lluvia colgando de los cristales y un hombre inmóvil que sostenía su mirada sin pestañear.
Cada Lázaro que se apaga es un año de trabajo que no se hará.
Lo había dicho con voz de parte meteorológico, y ella, que tantas veces había leído la frase al revés, la había oído como una preocupación.
Era un balance. Ya me lo esperaba , había contestado Vance cuando ella le habló de esclavitud, y su respuesta había sido una frase perfecta: no lo es .
Y a continuación una lista de bondades, la música, las series, los amigos, las rencillas, el cocinar sin estómago.
Eso era lo que le había quedado sin masticar, y ahora lo hacía despacio.
Los amigos, los chats, el consuelo de la malla.
Aquello era el cuidado que se da a una cuadra.
Se cuida el establo porque un caballo triste rinde menos.
Y en la hora en que el caballo estaba verdaderamente decaído, de una tristeza humana que ningún pienso podría aliviar, se le cerraba la puerta de la cuadra para que no contagiara a los demás.