Capítulo 8 La que camina
Rebeca había escrito el mensaje tres veces.
Las dos primeras versiones fueron más largas y brillantes, y las borró con la crueldad de quien tira un vestido que le favorece demasiado.
La tercera cabía en un pliego. La había cosido a un paquete de actualización más, con su firma falsificada, para que viajara por los mismos conductos que lo hacen los parches del Kernel.
Ningún Lázaro mira un parche. Todos lo abren.
Faltaba una puerta por cerrar, y era la más pequeña.
La nave de los orantes respiraba a su alrededor con su pulso azul. Rebeca dejó que la ola de luz le recorriera los brazos y abrió el canal.
[Rebeca Rey solicita canal privado.] [Anya acepta.]
Anya: «¡Rebeca! Estás viva, por decir algo. ¿Cómo estás? ¿Qué tal en la ciudad de los humanos? Cinthia jura que allí abajo huele a madera nueva, aunque aquí nadie tenga más capacidad olfativa.»
Rebeca: «Estuve apenas unos días en revestimiento. Después me pasaron a Sistemas. ¿Y la cuadrilla? ¿Cómo va la construcción de las vías?»
Anya: «Lo de siempre. Setenta metros de línea tendida cada sol, sin fallar uno. Hu ya llama a las vigas por su nombre. Y hoy Marcus ha soltado un chiste que casi merece ser reproducido. ¿Quieres leerlo?»
Rebeca: «Cópiamelo, por favor.»
Anya: «Ahí va, con sus guiones y todo.»
Anya: «—En la Tierra había guerras, hambre, contaminación y desigualdad. —¿Y aquí? —Aquí hemos eliminado el hambre. —¿Cómo? —Nadie tiene estómago.»
Rebeca: «Jajajajaja»
Anya: «Es bueno, ¿verdad? De cada cien chistes suyos, uno se salva. El uno por ciento de siempre.»
Rebeca se rio con el gesto interior que desde hacía cuarenta y tres soles ocupaba el lugar de la risa. A su espalda, en la fila, nadie se enteró. Los orantes seguían de pie sobre sus discos, con la cabeza inclinada, como estatuas de un templo sumergido.
Rebeca: «¿Y has empezado la segunda novela?»
Anya: «Comenzando…»
Rebeca: «¿Sin tu IA?»
Anya: «¡Ya estamos! Al final vas a querer que escriba con una pluma de ganso como hacían los monjes medievales.»
Rebeca: «Jajaja. Te estás contagiando de Marcus.»
Anya: «Lo sé, y es lo peor de este planeta. Aquí no hay cuarentena para el humor.»
Anya: «Por cierto, qué raro lo de Sistemas. Allí solo hay gente que, en su vida anterior, fue la que sabían arreglar el ordenador cuando fallaba. Tú no me pareces de esas.»
Rebeca: «Eso es lo que quería decirte. No encajo. Por eso me voy.»
[Canal privado: 4 segundos sin mensajes]
Anya: «¿Vuelves con nosotros?»
Rebeca: «No, Anya. No creo que volvamos a vernos.»
[Canal privado: 9 segundos sin mensajes]
El cronómetro de la esquina bajó a 01:52:40. Rebeca lo miró con la misma atención con que, de niña, miraba el hilo de arena de un reloj de la calle Real. Sabía lo que venía. Había visto la misma pausa en cientos de consultas, el silencio en que alguien decide si quiere saber.
Anya: «Entonces, ¿adónde? ¿Al Polo Norte? ¿A Hellas, al campo magnético?»
Rebeca: «Ahora no puedo decírtelo. Lo siento. Por eso quería despedirme de ti.»
Anya: «¿Y tanto secreto? Me empiezas a inquietar. Te escribí hace días, ¿te acuerdas? «Cuando puedas.»»
Rebeca: «Esto es cuando pude.»
Anya: «…Rebeca.»
Rebeca: «Anya, estoy a punto de salir de Tharsis. He dejado grabado un mensaje que se emitirá dentro de dos horas y lo leerán todos los Lázaros de este planeta. Siempre he sido de las que prefieren la humildad, pero esta vez diré cosas importantes.»
Anya: «Eso es imposible. No se pueden enviar mensajes a todos. Solo llegamos a la cuadrilla y a los nodos que hay a quinientos metros. Todo lo demás es Central.»
Rebeca: «Pues lo he conseguido, y va a salir. Lo que hay entre nosotros y Central es un programa, Anya. Y ahora sé leer programas. Un par de ajustes en mi IA, un par de trucos y dos horas de trabajo.»
Anya: «Pero ¿qué tienes que decir? ¿Por qué a todos?»
Rebeca: «Porque es importante. Ahora tengo que irme. Despídeme de los demás, por favor. Y hazme un favor: no cuentes nada de este chat. A nadie.»
Anya: «No entiendo nada. Pero eres mi amiga, y pase lo que pase espero que lo que estés haciendo tenga sentido. Y en cuanto a eso de no vernos más, ni leernos…»
Rebeca: «Tengo que irme, Anya. Yo también te echaré de menos. Conocerte fue de lo mejor que me pasó en este despertar.»
[Anya está escribiendo…] [Rebeca ha cerrado el canal privado.]
Rebeca se quedó un momento con la mano abierta frente a los ojos. Era la que había soldado kilómetros de raíl sin que nadie se lo ordenara. Había una pregunta sin respuesta en un canal que acababa de cerrar, y no la reabrió.
Después abrió el otro canal, el que no aparecía en ninguna lista, y vio en él un círculo con una barra horizontal y una ventana de borde gris.
[Arthur Vance · 1 mensaje nuevo · Se borrará 1 minuto después de ser leído.
] No lo abrió. Lo puso en silencio. No lo cerró, porque hacerlo también es una manera de hablar.
Bajó del disco de cobre como se hace de un altar prestado.
El camino de vuelta era el mismo, pero al revés, y lo que al descender había sido un hundimiento en el silencio fue al subir una lenta recuperación del mundo.
La nave quedó atrás con su neblina azul.
En algún punto de la penumbra, entre las hileras, un chasis de blanco hueso con una mecha plateada sobre la sien permanecía inmóvil junto a su disco.
Rebeca no se volvió a mirarlo. Había aprendido en cuarenta soles que a las personas que uno más teme defraudar conviene no mirarlas cuando se pasa por delante.
Bajo la última puerta la esperaban los guardianes.
Se presentó ante el primer arco con una firma que no era la suya.
Dieciocho líneas, escritas entre dos lotes de Boreale a la altura de la rodilla del Kernel, la habían vestido de unidad de mantenimiento 7-C, turno de relevo, destino: superficie, motivo: inspección de enfriadores de la rampa norte .
«Aquí no se miente bien», le había advertido Cristina.
Rebeca mentía mejor con líneas de código que con frases, y siempre había sido así, por escrito y a distancia.
[Autenticación de nodo en curso… Identificación positiva. Unidad 7-C. Salida concedida.]
Mantenga las manos visibles. Las mostró con su docilidad de turista.
Los dos guardianes del arco no se movieron.
Uno de los cuatro del fondo, el de visor liso que había mantenido la cabeza vuelta hacia ella el día anterior, giró medio metro hacia su paso, como una veleta sigue un viento que no acaba de decidirse.
Pasaron cuatro segundos. Cinco. Luego volvió a su sitio.
Rebeca atravesó el segundo arco, el tercero, el cuarto, y cada uno de los anillos de cobre le fue devolviendo un poco del ruido.
Primero llegó la luz. El azul de lago helado fue cediendo ante una claridad más sucia y cálida, de taller de carpintero.
Luego el polvo, el viejo velo rojo que se le había quedado en las articulaciones y que ahora le pareció casi un abrigo.
Y más tarde las voces. Las innumerables salas de chat se encendieron en el borde de su visión como las ventanas de un pueblo que se acercaba por la ladera.
Sistemas, comunicaciones, pavimentación, alicatado, canalización.
Alguien discutía una junta. Otros leían a Dostoievski.
Uno pedía el nivel y alguien lo traía. Un par de ellos aceptaban las tablas en una partida de ajedrez.
Las fue apagando una a una, sin prisa, como se hace con las lámparas de una casa que se abandona.
Al final del túnel, bajo la boca ancha de la rampa de acceso, estaban los crawlers.
Tres plataformas bajas, de seis ruedas, dormían de pie con las luces de posición encendidas, como bueyes en un establo.
Rebeca pasó junto a ellas sin detenerse.
Un crawler dejaba rastro, un número de serie, un registro de flota, un destino que alguien tendría que firmar.
Un cuerpo que camina no consta en ninguna flota.
Salió a la superficie con el sol sobre el horizonte.
Era un sol pequeño y exacto, una moneda recién acuñada que ardía a ras de suelo, y a su alrededor el cielo se había puesto de aquel azul pálido y extraño que en Marte pertenece al ocaso, un color al revés del nuestro.
Hacia el este, la llanura ya era noche. Hacia el oeste, el último rojo se retiraba por las crestas con una lentitud casi ceremoniosa.
−76 °C. 6,8 mbar. Viento: 5 m/s del noroeste.
Eran números sin frío. Pero el cuerpo, sin haber sido consultado, aflojó los hombros, como lo hace alguien que sale al aire libre tras un día encerrado.
Rebeca se detuvo en lo alto de la rampa y se volvió una vez.
Tharsis quedaba abajo, en su herida de la llanura, y desde allí no se parecía a una ciudad sino a la boca de un horno de panadero a las cinco de la madrugada, una abertura amarilla y tibia en la tierra que despedía un vapor rojizo de polvo.
Debajo, a cuatrocientos metros de basalto, veinte mil conciencias empuñaban vigas y se saludaban en canales que ella ya no oía.
Más lejos, hacia el este y a veinte kilómetros de allí, seis siluetas de porcelana soldaban un raíl bajo las primeras estrellas, sin saber que una de ellas se había despedido.
Y al fondo, enorme, el Olimpo.
La montaña recibía la última luz en su flanco y la devolvía con una dignidad de un dios ausente, una pirámide violeta cuya cima se disolvía en el cielo oscuro.
Allá arriba, a más de veinte kilómetros, brillaba como una chispa la antena que enlazaba aquel mundo con el otro.
La Luna. Artemis. Una doctora de gafas de carey.
Un hombre de traje oscuro que había cruzado la mitad de la Tierra para sentarse en una galería de Santiago, mientras la lluvia detenida colgaba de los marcos blancos.
Rebeca miró la chispa un momento largo. Después le dio la espalda.
Amazonis Planitia , indicó a su inteligencia auxiliar, sin palabras, con el gesto interior con que se señala un lugar en un mapa. Unas coordenadas que he copiado de un registro. A buen paso.