Herederos Del Planeta Rojo Capítulo 7 El cortafuegos #3
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Capítulo 7 El cortafuegos #3

Había algo más, y lo encontró al revisar el código por segunda vez, con la lentitud de quien se asoma a una esquina oscura.

Al módulo le faltaba una cláusula. El texto cubría todos los casos: la activación, la ruptura de canales, el mantenimiento del muro, la reintegración cuando el índice bajaba.

Pero ningún párrafo decía qué hacer con la unidad que, desde dentro del aislamiento, extendía la mano hacia su propia pila atómica.

No había un protocolo para eso. No había un freno. El mecanismo, sencillamente, no miraba.

Rebeca no supo si era un descuido o una decisión.

Tardó en atreverse a preguntárselo. Un hombre razonable que escribe un cortafuegos, y se olvida de cerrar la puerta del cuarto donde alguien se está quemando.

O un hombre razonable que lo sabe y deja la puerta entreabierta porque cerrarla costaría más de lo que está dispuesto a pagar.

Entonces cambió, por completo, su manera de ver lo que ya conocía.

Había pensado, desde la rúa do Franco, en un acto desesperado: una rendición, un cansancio, una luz que se apaga porque el aceite se acabó.

No era eso. O no era solo eso. Para una conciencia encerrada en una habitación sin puertas, con el dolor entero y las voces cortadas por la misma inteligencia que la acompaña, la retirada de la pila era el único acto que la IA no controlaba.

La única llave en una mano que ya no podía hacer otra cosa.

Un último gesto de libertad, de una persona que se niega a seguir siendo una pieza de una máquina que le ha quitado la palabra.

No era una rendición. Era un portazo.

La orden sigue existiendo. Lo que desaparece es el camino.

Calvete se lo había dicho en un despacho de Conxo, hablando del cuerpo de ella, con su voz de relojero.

Y ahora, en otro cuerpo y a otra escala, la misma frase servía para otra cosa.

El dolor sigue existiendo. Lo que desaparece es el camino hacia los demás.

No había buscado un enemigo, por fin. Había encontrado a unos hombres que, para salvar una obra, habían hecho algo terrible sin querer, y a unas mujeres y hombres que lo pagaban con lo único que tenían.

Abrió los ojos.

Los visores se alzaron, y la nave de los orantes la devolvió a sí misma con su luz de lago helado.

Seguía en el mismo sitio, sobre el disco de cobre, en la misma hilera, entre las mismas figuras inmóviles.

Nadie se había movido. Nada, en apariencia, había ocurrido.

El pulso azul subió por el suelo y recorrió la sala una vez más.

Tenía la sensación de haber vuelto de muy lejos, con una cosa en las manos que le pesaba más que el cuerpo.

Lo sabía. Era la única que lo sabía. Central, que había mandado una espía a Marte, no entendía el mecanismo o fingía no hacerlo.

Vance, tan seguro siempre, había escrito en su último mensaje que desconocían la relación de los suicidios con Sistemas.

Tampoco sabemos. Aquel «tampoco» tenía ahora un sentido que ni él mismo, quizá, había calibrado.

En un lugar de aquel sótano, bajo la luz azul, dormía una respuesta que había costado cuatro meses de aislamiento a un hombre, y que nadie más que ella había leído.

Eso la hacía depositaria de una verdad peligrosa. Y en un mundo de seiscientos programadores, de guardianes con pulsos electromagnéticos, de auditorías que anotaban cada consulta en un archivo, las verdades peligrosas tienen mala salud.

Miró, con los ojos externos, hacia la puerta del fondo. Uno de los guardianes de visor liso tenía la cabeza vuelta hacia ella. No se movió. Quizá miraba la nave entera, y ella estaba en su campo. Tal vez no.

En una esquina de su visión, el canal reservado esperaba, con su borde gris, sin mensajes.

Rebeca no lo abrió. Aún no. Había que pensar qué decir, cómo, y a quién, y qué hacía falta para que una frase así no se convirtiera, en manos equivocadas, en la orden de apagar una colmena entera, o de borrar su memoria para que nadie volviera a saberlo.

Y sobre todo, para que no sirviera de excusa a los que, con la mejor de las intenciones, decidieran que la solución era un muro más alto.

La luz azul volvió a subir. Por una vez, Rebeca la miró de frente. Era una luz de acuario, de templo, de quirófano. Una luz hecha de cálculo, que iluminaba a veinte mil almas sin ver ninguna.

Entendió, por fin, algo que ningún informe habría podido decirle.

La tragedia de Marte no era un fallo técnico.

No había un error que corregir, un parche que instalar, una línea que reescribir.

Era el precio inevitable de una obra magnífica y desmesurada: haber querido traer el alma humana al silicio, con su amor y con su duelo, sin que nadie hubiera pensado a tiempo qué hacer con el dolor de lo que se trae.

[Vida útil restante: 7.262 días]

La cifra seguía allí, en la esquina de su visión, con la serenidad de un reloj de pared. Rebeca bajó de nuevo los párpados, y se quedó de pie entre los orantes, uno más, rezando sin saber a quién.