Herederos Del Planeta Rojo Capítulo 7 El cortafuegos #2
82%

Capítulo 7 El cortafuegos #2

Eran unas ochocientas líneas, escritas con una limpieza casi amorosa. Y al principio, en una cabecera que ningún auditor se habría molestado en leer, había un comentario de su autor. Una nota que se parecía mucho, para ser técnica, a una confesión.

// Protocolo de aislamiento afectivo. Prioridad 1: continuidad operativa de la malla.

// Motivo: incidente 2111-03, cuadrilla T-12.

Un duelo no resuelto se propagó por contagio entre nodos.

// Nueve días de productividad perdidos en 31 unidades.

No debe volver a ocurrir. // Aprobado: comité de operaciones. Autor: [redactado].

Rebeca leyó la cabecera dos veces. Luego el código, con la paciencia de una filóloga, línea a línea, y a medida que avanzaba aquello fue tomando forma, como una estatua que el escultor sacara del bloque.

El módulo vigilaba un índice, que los ingenieros llamaban carga afectiva sostenida .

Medía, en cada Lázaro, el nivel de dolor psicológico acumulado: la intensidad de los recuerdos intrusivos, el peso de la nostalgia, el tono de un desamor o de un duelo que no se cierra.

Cuando el índice superaba un umbral durante un número fijo de ciclos, el módulo se activaba.

Y entonces ocurría lo único que podía suceder.

La inteligencia artificial auxiliar del Lázaro levantaba un muro.

Cortaba los canales privados. Degradaba la conexión con la malla hasta dejarla en un hilo de datos de trabajo, el mínimo para seguir construyendo.

Desviaba hacia el vacío los mensajes que otros le enviaban.

Y a ojos de la colmena, en las listas de estado, el Lázaro aparecía con una etiqueta neutra, casi tierna en su banalidad: en mantenimiento .

En mantenimiento. Rebeca se paró en esas dos palabras, como se detiene el dedo en una cicatriz.

Seguía trabajando, claro. Esa era la clave: el aislado cargaba vigas, soldaba raíles, revestía muros.

Su cuerpo continuaba siendo productivo. Lo que se cortaba era lo demás, la voz, el oído, el hilo que lo ataba a otros.

Era un cortafuegos, en el sentido más técnico y más cruel de la palabra: una barrera para que el incendio de una conciencia no se extendiera a las contiguas.

Una prudencia. No había malicia en el código, y eso, pensó Rebeca, era lo más terrible.

Ningún villano de novela lo habría concebido.

Lo escribió alguien razonable, con buenos motivos, tras un incidente real.

Nueve días de productividad perdidos en treinta y una unidades.

Un duelo que se contagió por la malla como un resfriado por un dormitorio.

Siguió leyendo. Había más.

Hasta entonces, Rebeca había compartido sin ponerla en duda la suposición de todos, de Nwosu, de Vance, de los módulos de entrenamiento con que los entrenaron en la Luna: que en un Lázaro la conciencia humana mandaba y la IA obedecía.

Que una era el capitán y la otra el motor.

En la jerarquía de permisos del Kernel descubrió que no era así, o que lo era solo en las cosas que importaban poco.

La conciencia dirigía el trabajo, la atención, los deseos de cada día.

Pero en lo que tocaba a la regulación del ánimo y a los canales de comunicación, el último mando lo tenía la inteligencia artificial auxiliar.

La conciencia podía solicitar . No podía ordenar .

Y entonces buscó, con la meticulosidad de quien ya intuye lo que encontrará, el registro histórico del módulo.

Setecientos once episodios en nueve años. La mayoría de ellos, breves: unos días, unas semanas de aislamiento, tras las cuales el índice descendía lo bastante para que el muro cayera solo. Eran duelos que habían pasado. Pero otros no.

Y los números hablaban con la ecuanimidad de los números.

Obinna, Emeka · episodio activado en el sol 6.114 · duración: 118 soles · desenlace: retirada de unidad de energía.

Ciento dieciocho soles. Rebeca tradujo la cifra con el cuidado de quien convierte monedas de otro reino.

Cuatro meses terrestres de aislamiento. Cuatro meses en los que Emeka Obinna había seguido colocando tablones de castaño falso en un barrio sin vecinos, con sus compañeros a metro y medio, con las manos de siempre, con la mente despierta y sin una sola voz que le llegara.

No supo qué sintió. Fue algo parecido a la náusea de aquella tarde en Santiago, pero más fría y precisa. Siguió bajando por el registro como se desciende por un pozo, a ciegas, tanteando los peldaños.

Olsen, Lars · episodio activado en el sol 5.402 · duración: 63 soles · desenlace: reintegración espontánea. Causa: no registrada.

El corazón, si hubiera tenido uno, le habría dado un vuelco.

Lars. El hombre que había repetido tres veces su pregunta.

El que sabía la verdad y no quería decírsela.

Había estado dentro, y había salido, no se sabía cómo.

Era un superviviente. Por eso había dicho la respuesta no está aquí con una tristeza que ella había confundido con hostilidad.

Lars no había dejado de hablar con ella por rencor.

Lo había hecho porque no podía permitirse volver a hablar de aquello con nadie.

Reintegración espontánea. Causa no registrada.

Algo, alguien o una casualidad había roto un muro desde dentro. Rebeca retuvo el dato, como se guarda una llave que aún no se sabe a qué puerta corresponde.

Sobre el borde de su visión se encendió, discreta, una línea.

[Consulta registrada · Auditoría de Sistemas · Credencial R. Rey]

No era una alarma. No era siquiera un aviso.

Era una constancia, lo que deja el bibliotecario en el libro que algún lector se ha llevado en préstamo.

Cristina se lo había dicho en el umbral con una frase que ahora le sonaba distinta.

Aquí no se miente bien, Rebeca. No hablaba de ética. Hablaba de ingeniería.

Rebeca no cerró nada. Siguió.

El resto era una cuestión de hilar, y Rebeca lo hizo.

Un Lázaro, recién despertado, con su duelo a cuestas.

Una mujer que sueña con la voz de una hija que ya no está.

Un hombre que cada noche vuelve a una cocina de Lagos donde su madre ha dejado de cocinar.

Alguien con la nostalgia de un cuerpo, del sabor del café, de un abrazo que no se repetirá.

Todo eso persiste, bien cosido a la memoria, sin que ninguna IA pueda ni deba extirparlo, porque arrancarlo sería desgarrar a la persona.

Es un dolor humano y legítimo, que no se puede borrar sin destruir la identidad que lo sufre.

Y en el momento en que ese dolor cruza el umbral, el sistema lo aparta de los demás.

Es una trampa de dos filos. El Lázaro no puede librarse de lo que siente, porque ese dolor es él.

Y no puede compartirlo, que es lo único que en la historia de la especie ha servido para soportarlo.

Los humanos han sobrevivido a toda clase de infiernos, guerras, plagas, exilios, por una razón que cabe en una frase: alguien estaba al lado.

Una mano, una voz. Un amigo que no dice nada y se queda.

La cura de un dolor no es su abolición. Es su compañía.

A los Lázaros, justo cuando más lo necesitaban, se les retiraba.

Rebeca lo comprendió con una precisión casi física.

Notó cómo se cerraba el círculo, pieza a pieza, igual que se sella una trampilla.

Un dolor psicológico insoportable. La desesperanza de la permanencia, esa certeza de que aquello no iba a terminar nunca, reforzada ahora por un muro que ningún esfuerzo de la voluntad podía derribar.

Y, sobre todo, la desconexión: el aislamiento absoluto, impuesto, perfecto, en medio de una colmena de veinte mil voces que no podían oírle.

Se acordó de Lars. De los puntos mudos del canal.

De las pausas de dos y tres segundos en la sala de revestimiento, donde había un hueco con forma de hombre.

De Marcus y sus chistes, siempre tras un silencio, como las gaviotas tras el arado.

De pronto vio en ellos otra cosa. Un hombre que cuenta chistes sin parar a toda hora, que rompe cada pausa antes de que se enfríe, que no deja nunca un hueco por el que pueda colarse un pensamiento largo.

Quizá Marcus llevaba muchos años de soles manteniendo a raya su propio índice, con las manos, con la lengua, con lo único que sabía hacer.

Quizá su humor no era una válvula. Era un puntal.

Y Anya. Rebeca. Cuando puedas. Un mensaje sin responder, a veinte kilómetros, en un canal que seguía abierto.