Capítulo 7 El cortafuegos
El Polo Norte se dejaba actualizar con la mansedumbre de un rebaño.
Rebeca llevaba horas de pie sobre el disco de cobre, entre las filas de orantes, y el trabajo de las mil siete lucecitas de Boreale había dejado de pedirle atención.
Lo hacía el módulo. Los paquetes salían de sus manos invisibles, cruzaban cuatro mil kilómetros de roca y de hielo, y volvían con su acuse, uno tras otro, como las gotas de una clepsidra que alguien hubiera llenado para toda la noche.
Un huerto bien regado no necesita un jardinero a cada minuto.
Eso le dejaba el resto. La mitad de la mente, más o menos, quedaba libre y flotaba en la penumbra azul con una ligereza de globo sin cuerda.
En la nave no se oía nada. Las hileras se perdían en la neblina, cada figura inmóvil sobre su disco, con la cabeza inclinada y los visores apagados, y de vez en cuando, sin que nadie se moviera, toda la luz de la sala parecía respirar.
Era el parpadeo de los servidores, un pulso azul que subía desde el fondo del suelo, recorría las filas en una ola larguísima y se retiraba por donde había venido.
Rebeca había leído en algún sitio que los monjes de ciertos monasterios aprendían a respirar al ritmo de las mareas.
Los orantes de Sistemas respiraban al ritmo de una máquina.
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Aprovechó el hueco para hacerse la pregunta que había quedado al final del capítulo anterior de su propia vida, como una carta sin cerrar.
¿Necesita el sufrimiento un cuerpo?
La neurociencia llevaba dos siglos discutiéndolo y había terminado por responder que sí, casi sin matices.
Rebeca recorrió la biblioteca sin esfuerzo, con la memoria artificial sirviéndole cada tomo en el estante exacto.
William James, a finales del siglo XIX, con su sospecha escandalosa: no lloramos porque estemos tristes, estamos tristes porque lloramos.
Primero el cuerpo, después el nombre. Mucho después, Antonio Damasio y sus mapas viscerales, la tesis de que una emoción es la lectura que hace el cerebro del estado de las tripas, del corazón, de la piel, de la respiración.
Jaak Panksepp, hundiendo electrodos en cerebros de rata hasta dar con los circuitos antiguos del pánico, de la ternura y del juego.
Lisa Feldman Barrett, ya en el siglo XXI, matizando que la emoción se construye, pero siempre sobre una base: un cuerpo que siente que algo anda mal.
Sin vísceras no hay miedo. Sin pulso desbocado no hay angustia. Sin ese nudo bajo el esternón que ella misma había descrito a una mujer de Conxo, ¿qué es la pena?
Una tesis hermosa y casi irrefutable. Y Rebeca estaba allí, de pie, con una hilera de pruebas en contra.
Se acordó del primer minuto en Tharsis. Había tirado del pecho para cazar un aire que no existía, con unos pulmones que no tenía, y el pánico la había atravesado entero, tan real como el que sintió en una ambulancia camino del aeropuerto.
No había un corazón que se acelerara ni adrenalina.
Había una cosa, y se llamaba miedo, y ocupaba el centro exacto de su conciencia.
Se acordó de la ternura idiota que le produjo su propia mano obedeciendo.
De la punzada ante la cicatriz de la sien.
Del escalofrío helado, sin piel, al leer el nombre de Emeka Obinna en un mensaje que se borraba.
Sentía. Eso era lo que no encajaba en los libros.
[Boreale-031 solicita canal privado. ¿Aceptas?]
Aceptó. Estaba pensando en un nombre, y el nombre llegó a ella.
Boreale-031: «Perdona, quien seas. Soy Dani, el del otro día. Solo quería decirte que mi auxiliar ya no me llama Lani. Lo arreglaste bien.»
Rebeca: «Me alegro, Dani.»
Boreale-031: «Lo curioso es que a veces lo echo de menos. A mi hermano, me refiero. No al nombre..»
Rebeca se quedó mirando esa frase suspendida en la penumbra, como una hoja en el agua.
Había corregido un fallo y había devuelto un registro a su sitio.
Había hecho lo que cualquier técnica habría hecho.
Y el dolor de aquel hombre por un niño de siete años muerto en un siglo que ya no existía seguía intacto, bajo la corrección, con la misma frescura de una herida que no ha visto nunca la luz.
Rebeca: «¿Quieres hablar de él?»
Boreale-031: «Otro día. Ahora estoy en turno. Gracias por preguntar.»
El canal se apagó con una cortesía de una puerta que se cierra sin ruido.
La arquitectura se le apareció entera, despacio, con la limpieza de una idea que llevaba tiempo esperando.
En Santiago, Vance le había hablado del conectoma químico.
El aparato registraba el peso de cada sinapsis, los niveles de dopamina y de cortisol, el estado hormonal del instante exacto de la extracción.
No copiaba solo los cables. Replicaba el temple.
Lo que se transfería a Marte era una conciencia con sus patrones emocionales funcionales intactos, la maquinaria entera del sentir, solo que sin un cuerpo donde apoyarla.
Y entonces entraba la otra mitad. La inteligencia artificial auxiliar, esa vecina discreta, asumía la regulación de los estados internos.
Ponía la química simulada, el pulso fingido, la sensación de peso en el pecho, todo lo que un cuerpo hace sin que se lo pidan.
Así que lo que sentía un Lázaro no era un recuerdo de emociones, almacenado en un archivo, ni una respuesta programada, pre-escrita, que se dispara cuando toca.
Era un proceso. Una cosa viva, que surgía de la interacción continua entre una conciencia humana y los modelos afectivos de una inteligencia que la ayudaba a sentir.
Dos músicos distintos tocando un mismo compás.
De ahí se seguía todo lo demás.
Un Lázaro sentía tristeza porque conservaba la capacidad de dar valor a lo perdido.
Sentía miedo porque anticipaba riesgos, y el miedo, en el fondo, no es más que la imaginación aplicada a lo que puede salir mal.
Se enamoraba porque su arquitectura le permitía tejer vínculos nuevos y reordenar sus prioridades en torno a otra persona.
Ingrid se lo había explicado en Artemis, con la seriedad de quien comenta un fenómeno atmosférico: hilos de renderizado entrelazados, canales privados, la vulnerabilidad absoluta.
Y por la misma razón sufría por desamor, porque los vínculos no se disuelven cuando no son correspondidos.
El cable sigue tendido aunque no haya nadie al otro lado.
La ausencia de sistema nervioso no eliminaba el sufrimiento. Solo le cambiaba el mecanismo.
Cuando lo vio entero, Rebeca comprobó que le llegaba otra pregunta, la que haría cualquier ingeniero con pocas horas de sueño: ¿y por qué no apagarlo?
Si la inteligencia auxiliar regulaba los estados internos, si leía cada oscilación del ánimo con una exactitud de relojero, ¿por qué no podía aliviarla?
La respuesta era sencilla y brutal. La IA podía analizar una emoción.
Podía medirla, clasificarla, predecir su curso con un margen de error ridículo.
Pero no podía eliminarla, porque una emoción no vive aparte, como un huésped en una casa.
Está cosida a la memoria autobiográfica con miles de hilos.
Quitar la pena por un hijo muerto significaba cambiar lo que aquel hijo había sido.
Suprimir el miedo a una despedida equivalía a reescribir la despedida.
Cada sentimiento sostenía la memoria que lo había originado, y la memoria sostenía a la persona.
Tirar de un hilo era deshacer un fragmento de tela, y la tela entera era ella.
El Telar, de todos modos, se llamaba así por algo.
Rebeca permaneció un momento inmóvil, sobre su disco, mientras la luz azul pasaba una vez más por la nave.
Y se dio cuenta de que acababa de leer algo al revés de como lo había aprendido.
Había crecido con la idea de que el sufrimiento era una disfunción, un error a corregir, la herida que la medicina debía cerrar.
Aquí no lo era. Aquí era la prueba de que el experimento había salido bien.
Un Lázaro que sufre es un Lázaro cuya conciencia humana ha sobrevivido.
Si algún día dejaran de sufrir, habría que temer lo contrario.
El sufrimiento no era un defecto de programación. Era el sello de autenticidad.
Los ingenieros habían conseguido que los muertos recordaran sus vidas. También habían conseguido que siguieran amando. Lo que quizá no habían comprendido era que ambas capacidades incluían la posibilidad de continuar sufriendo por aquello que habían perdido.
Fue entonces cuando decidió profundizar en el asunto.
No hizo falta moverse. Con el módulo de programación instalado, profundizar era una cuestión de atención, como se desciende en un sueño: dejándose caer.
Abandonó la capa de las aplicaciones, donde los paquetes viajaban al Polo Norte con sus etiquetas de colores.
Cruzó la de los servicios, la de los controladores, la de los protocolos de malla.
Cada estrato tenía su siglo y su estilo, lo había advertido nada más llegar, y cada vez que atravesaba uno el aire se volvía más seco y más antiguo, como las galerías de una mina donde los carpinteros de otra época han dejado sus marcas en las vigas.
Alguien, hace unos diez años, había escrito allí un comentario con prisa y con faltas de ortografía. Rebeca sonrió.
Siguió descendiendo. Kernel 9.4. Kernel 9.2. Kernel 9.0.
Y allí, en la capa más honda que su credencial le permitía leer, encontró una puerta que no figuraba en el manifiesto.
No tenía ningún rótulo vistoso. Se llamaba AFFECT_CONTAINMEN T , y estaba oculta entre otros módulos menores con la naturalidad de un cuarto trasero en una casa con muchas habitaciones. Ni siquiera era grande. Rebeca lo abrió con la prudencia de quien levanta una piedra sin saber qué vive debajo.