Capítulo 6 La nave de los orantes #3
Había que buscar en otra parte. Rebeca fue recuperando a los autores que, cada uno desde su orilla, habían mirado más hondo.
Edwin Shneidman, el primero. Su concepto ocupaba una línea en cualquier manual: psychache , el dolor psicológico insoportable.
Lo había leído por primera vez en una biblioteca de la Facultad, una tarde de lluvia, y recordaba el subrayado a lápiz de un lector anterior, torpe y vehemente, al lado de una frase que ya sabía de memoria: lo que mueve a una persona no es la enfermedad ni el desamparo, sino el dolor de la mente que ya no puede soportarse.
No se trataba de un síntoma. Era el pulso de fondo de todos los demás.
Pero el dolor, por insoportable que fuera, tampoco decidía. La gente soporta cosas atroces. Se vive con un hijo muerto, con una guerra a cuestas, con una cadena de amputaciones. Algo debía convertir el dolor en un callejón sin salida.
Ahí entraba Aaron Beck, y con él la desesperanza.
Sus escalas, hacía mucho, habían demostrado algo que seguía sorprendiendo a los clínicos: que la gravedad de la depresión predecía peor el desenlace que la convicción del paciente de que no habría cambio.
No es que el sufrimiento sea grande. Es que se cree eterno.
El dolor transitorio, vestido de permanencia, se convierte en una condena sin fecha de caducidad.
Y no existe intervención, ni persona ni fármaco ni argumento, capaz de modificar una condena.
La conclusión era, de nuevo, una distinción. El sufrimiento, por intenso que sea, no lleva necesariamente al suicidio. Lo determinante es la interpretación que el sujeto hace de ese sufrimiento: la certeza de que no terminará nunca, de que nadie puede cambiarlo.
[Boreale-114 · lote 213 aplicado. Boreale-007 · latencia 61 ms ▲. Reencaminando.]
Quedaba la tercera pieza, y era la que Rebeca llevaba tiempo evitando.
Thomas Joiner, medio siglo después de Shneidman, había hablado de dos percepciones que, cuando coinciden, abren la puerta.
La primera, sentirse una carga: estar convencido de que uno es un peso para los demás, de que su ausencia sería un alivio.
La segunda, una pertenencia frustrada: la necesidad humana de formar parte de algo que no se cumple, de no importarle a nadie, de estar fuera de todos los círculos.
Dos heridas que, por separado, causan penas.
Juntas, y alimentadas por la desesperanza, generan otra cosa.
Rebeca se detuvo en esa idea, como se detiene un tren en una estación pequeña.
Porque en los Lázaros de Marte, uno a uno, los factores de la Tierra desaparecían.
No había enfermedad ni cuerpo que doliera.
No había deudas, ni ruina, ni hambre. No había soledad física: veinte mil conciencias cabían en un chat.
Todo lo que la clínica había catalogado como causa quedaba, de pronto, fuera del cuadro.
Y sin embargo se apagaban, dos o tres por semana, con una pulcritud de un reloj.
Algo, entonces, no figuraba en el cuadro.
Pensó en la sala de revestimiento y en su silencio de quirófano.
Pensó en el rosario de puntos mudos que habían trazado los siete compañeros de la cuadrilla ferroviaria, uno detrás de otro, la noche del aviso.
Nadie preguntaba por qué . Nadie tenía a quién preguntárselo.
La muerte de un Lázaro era una pena individual que cada uno vivía a solas, en la intimidad más absoluta, dentro de una red de veinte mil mentes capaces de leerse sin filtros.
Y la imagen que se le formó, nítida y helada, no fue la de una mujer sola en una casa.
Fue la de una multitud. Una plaza llena, con todos hablando a la vez, y en el centro, alguien que sufre una soledad más honda que cualquier aislamiento.
Porque la soledad que mata no es la ausencia de gente.
Es la certeza subjetiva de que el propio dolor es incomunicable, de que nadie puede alcanzarte allí donde de verdad sufres.
Se puede estar rodeado de una multitud y sentir que uno vive al otro lado de un cristal.
Veinte mil conciencias. Veinte mil cristales.
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Rebeca dejó que el trabajo se detuviera.
Arriba, a cuatrocientos metros, soplaba un viento sin sonido sobre las llanuras de Tharsis.
Aquí abajo, entre los orantes, la luz azul seguía recorriendo las caras de porcelana sin dejar en ninguna una arruga.
Armó la hipótesis con la calma de quien coloca la última pieza de una estructura.
Un dolor psicológico insoportable. Una desesperanza de permanencia: la convicción de que no terminará nunca, de que nada ni nadie podrá cambiarlo. Y una desconexión emocional absoluta, el aislamiento de quien no puede hacerse entender ni siquiera entre los suyos.
Tres piezas, y ninguna, por sí sola, bastaba. Las tres juntas formaban un círculo sin salida.
En alguna parte de aquel sótano, en una sala que no figuraba en ninguna lista, alguien podía haber estado cerrando ese círculo mucho antes de que Emeka Obinna retirara su pila. Rebeca no sabía quién, ni cómo. Pero había dejado de buscar a un enemigo. Buscaba a una persona que sufría.
Y de la biblioteca entera, de las treinta mil páginas, de las cifras, las curvas y los subrayados a lápiz de un lector desconocido, quedó, por fin, una sola frase. La misma que había quedado al fondo de la caja de galletas de aquella mujer de Conxo, el último martes que no vino.
No era necesariamente la muerte lo que se deseaba. Era el final del dolor.