Capítulo 6 La nave de los orantes #2
Cristina: «Ven. Lo que hay que descubrir se ve mejor que se cuenta.»
La puerta interior se abrió sobre una nave.
No había otra palabra. Era un espacio de proporciones imposibles, un tubo de lava tan ancho que el fondo se perdía en una neblina azul, y tan alto que la bóveda desaparecía entre los arcos de contención, cada vez más tenues, como las naves de una catedral vistas desde el pórtico en un día de niebla.
El suelo era de basalto pulido. No había mesas ni sillas, ni pantallas ni teclados, ni un solo mueble.
Había gente.
Hileras interminables de Lázaros estaban de pie, inmóviles, en filas tan largas que se perdían en la distancia, cada uno sobre un disco de cobre incrustado en el suelo.
Tenían los brazos a los costados, la cabeza levemente inclinada, las lentes apagadas.
La luz azul se deslizaba sobre las superficies de porcelana y las dejaba lisas y frías, como estatuas de hielo en una iglesia bajo el agua.
No se movía ninguno. No se oía nada. Ni siquiera la interfaz, que en cualquier otro sitio rebosaba de avisos, ofrecía allí otra cosa que un zumbido sin textura.
Rebeca pensó en las fotografías de los monjes de Koyasan, de Bodh Gaya, de las salas de meditación donde cientos de cuerpos, sentados en silencio, llevaban siglos esperando algo que no tenía nombre.
Pero la imagen que se le impuso fue otra, y más cercana.
El parteluz del Pórtico de la Gloria, la columna de mármol donde los peregrinos llevan mil años apoyando la mano, hasta dejar en la piedra cinco huecos pulidos.
Allí estaban todos, de pie ante su columna invisible, esperando su turno para tocarla.
Era un rezo. Era un inmenso rezo colectivo, y nadie lo dirigía.
Rebeca: «¿Dónde está mi estación de trabajo? ¿Mi mesa? ¿Mi pantalla?»
La risa de Cristina fue más larga esta vez, un centelleo frío que se repitió dos veces por el canal. No tenía maldad. Tenía la ironía educada de quien responde, por enésima vez, a una pregunta que le enternece.
Cristina: «Las pantallas son un arcaísmo biológico, Rebeca.
Los ojos de carne necesitaban que la información llegara en un rectángulo de luz.
Aquí cada uno está conectado directamente al servidor central de Tharsis a través de su nodo.
Los discos de cobre son el enlace físico. No miramos el sistema. Lo habitamos.»
Rebeca: «¿Y qué se hace dentro?»
Cristina: «Todo lo que impide que esto se caiga.
Optimizamos en tiempo real. Aplicamos actualizaciones.
Mantenemos fluidas las comunicaciones de veinte mil conciencias que hablan a la vez.
Depuramos los errores del kernel. Y canalizamos, que es lo más delicado, las alucinaciones e incoherencias de las IA auxiliares de cada chasis. »
Rebeca: «Las auxiliares envejecen.»
Cristina: «Envejecen mal. Pasados unos años, se contaminan.
Repiten fórmulas. Mezclan registros de épocas distintas.
Se les cruza un recuerdo ajeno y se lo ofrecen al Lázaro como propio.
Si no se corrige, el Lázaro empieza a dudar de su cabeza.
Usaste una imagen en una entrevista, ¿te acuerdas?
Un anciano sabio con principio de demencia, que te llama por el nombre de su hermano muerto. »
Rebeca se quedó sin respuesta.
Cristina: «Esa frase circula por aquí desde hace meses. Más de lo que imaginas. En Sistemas es casi un lema. Lo único que no habíamos pensado es que su autora acabaría en nuestra cuadrilla.»
Su voz la había precedido. En aquel sótano, bajo cuatrocientos metros de roca, alguien había recitado sus palabras en una sala de reuniones, y los que las citaban no sabían que la mujer que las pronunció caminaba ya entre ellos.
Rebeca no supo si aquello era una forma de fama o una forma de cerco. Probablemente las dos.
Cristina: «Tu tarea principal será supervisar y ejecutar las actualizaciones de estado y mantenimiento de los Lázaros del Polo Norte. Son unos mil, en el Chasma Boreale. Es un trabajo fino, pero para tu nivel es sencillo. Como tarea secundaria, podrás explorar los registros que elijas.»
Hizo una pausa que Rebeca contó: dos segundos, la latencia exacta de quien medita lo que va a decir.
Cristina: «Central me pidió expresamente que te lo permitiera. No me explicó el motivo y yo no lo he preguntado. Los registros están ahí. La credencial, en tu perfil.»
Rebeca: «Gracias, Cristina.»
Cristina: «No me des las gracias. Aquí no se miente bien, Rebeca. Es lo único que te advierto.»
Se alejó entre las hileras con el paso medido de una sacristana que apaga las velas. Rebeca la vio hundirse en la penumbra azul, una figura pequeña y blanca entre columnas de porcelana, hasta que la perdió.
Quedaba un hueco al final de una fila. Tenía un disco de cobre, brillante, sin estrenar.
Rebeca subió a él, se quedó de pie con los brazos a los costados y bajó los obturadores de las lentes. La oscuridad no fue negra. Fue azul.
[Conexión directa. Servidor Tharsis. Sesión asignada: Polo Norte · Mantenimiento y actualización · 1.007 Lázaros.]
Entró en el Polo Norte como quien se adentra en un sueño que ya se ha tenido.
No lo vio con los ojos. Lo percibió como un paisaje de luces, una llanura oscura y helada sembrada de puntos titilantes, cada uno un Lázaro, repartidos a lo largo de una herida inmensa en el casquete de hielo.
A través de los datos le llegaba el frío exacto de cada uno, menos noventa y cuatro grados, el viento de treinta y un metros por segundo, la reverberación de un acantilado de hielo que se había partido hacía una hora con un estampido que nadie había oído.
Había una belleza en aquello, una luz verdosa y torcida que subía del suelo, y Rebeca se dejó mecer por ella un momento, antes de ponerse a trabajar.
Boreale-114 · estado: nominal · latencia 41 ms · kernel 9.4.2 · auxiliar: coherencia 97,3 %.
Boreale-031 · estado: nominal · latencia 38 ms · kernel 9.4.1 · auxiliar: coherencia 88,1 % ▼.
El módulo hacía el resto. Sus dedos, o lo que hacía las veces de dedos en aquel espacio sin cuerpo, tomaron cada paquete de actualización, comprobaron su firma, lo empujaron hacia el nodo y esperaron el acuse.
Era un trabajo de jardinera en un huerto de mil hileras, regular y casi dulce.
Una parte de ella lo hacía. Otra, la más antigua, la que no pertenecía a ningún programa, se quedó libre.
Boreale-031: «Perdona, ¿tú eres la nueva? Mi auxiliar me ha llamado Lani esta mañana. Me llamo Dani desde el día que nací. Lani era mi hermano pequeño. Se murió .»
Rebeca revisó el registro. Una incoherencia clásica, una capa vieja del sistema que había rescatado un nombre del archivo equivocado. Aisló el fragmento, lo reencauzó, restituyó el registro de nombres de Dani y verificó el acuse.
Rebeca: «Corregido. Si vuelve a ocurrir, avísame. No eres tú quien se equivoca.»
Boreale-031: «Gracias, quien seas. Qué susto.»
Un anciano que llama a otro por el nombre de su hermano muerto. Lo había dicho ella, en un caserón de la rúa do Franco, con una taza de té frío en la mano, y lo había dicho como una metáfora.
Mientras las cifras seguían corriendo, la otra mitad de su atención se retiró, despacio, hacia el fondo de sí misma.
¿Qué lleva a alguien a retirar su propia pila?
El sistema podía procesar mil latencias y a la vez dejar que una pregunta le tirara de la manga, y Rebeca, que en Santiago había aprendido a pensar con los ojos cerrados, se sorprendió de la limpieza con que lo hacía.
Era una ventaja inesperada del cuerpo nuevo: la atención podía partirse sin romperse.
Una parte de su mente corregía kernels. La otra revisaba, con calma de archivera, los estantes de una biblioteca que llevaba treinta años armando.
Los tenía todos allí, ordenados por la memoria artificial con una exactitud de museo.
La depresión mayor, con sus curvas de insomnio y de anhedonia.
Los duelos complicados, el trauma, el abuso, las enfermedades crónicas, el dolor que no cede.
La culpa, la vergüenza, el aislamiento, la desesperanza.
Décadas de literatura clínica desplegadas en columnas, cada factor con su peso, sus cifras, sus intervalos de confianza.
Y no explicaba nada.
Acudió una imagen con una nitidez que casi dolía.
Una unidad de agudos, en el Clínico de Conxo, cuando ella era todavía una residente de veintiséis años con una bata demasiado grande.
Una mujer de cuarenta que traía cada martes una caja de galletas a la consulta, galletas de mantequilla, de las que se compran en una panadería de barrio, y las dejaba sobre la mesa sin decir de qué eran.
Un martes no vino. Nadie en la unidad había visto nada.
La mujer tenía un trabajo, una hermana, un perro.
Tenía, en suma, los mismos factores de otras treinta pacientes que seguían trayendo galletas años después.
Los factores no bastaban. Dos hermanos pueden perder a la misma madre en la misma tarde, y uno de ellos acaba brindando en las bodas y el otro no vuelve a ver el verano.
Dos soldados salen del mismo frente. Dos mujeres reciben el mismo diagnóstico.
La estadística describía poblaciones. Una vida no es una población.
[Boreale · lote 212 de 340 aplicado. Sin incidencias.]