Capítulo 6 La nave de los orantes
La rampa no figuraba en ningún plano, y estaba pulida como el interior de un cántaro.
Rebeca la encontró al fondo de una calle sin fachadas, donde el barrio de los Castaños terminaba contra un muro de basalto liso.
Alguien había abierto en la base una boca baja y ancha que descendía en espiral suave, con la paciencia de lo que se excava para durar.
El suelo, roca fundida y vuelta a enfriar, devolvía las balizas con un brillo de agua oscura.
Las paredes, curvas como el costado de un barco, conservaban la huella de la lava que las había modelado hacía mil millones de años: costillas, surcos, un nervio petrificado que corría junto a su hombro como un río de tinta.
A cada vuelta, el mundo de arriba se retiraba un poco más.
Primero se fue el polvo, ese velo rojo que cubría cualquier superficie de Tharsis y que Rebeca llevaba ya en las articulaciones como una segunda piel.
Después la luz ámbar de las obras, cálida y sucia como la de un taller de carpintero, cedió ante otra sin origen, de un azul tan sereno que parecía subir del fondo de un lago helado.
Por último se fueron las voces. Las salas de chat que la habían recibido el primer día se apagaron en el borde de su visión, una tras otra, como las ventanas de un pueblo visto desde un tren que se aleja de noche.
El enlace con la cuadrilla ferroviaria fue lo último en atenuarse, un hilo gris que solo guardaba, sin abrir, la línea que Anya había dejado sin respuesta.
Rebeca. Cuando puedas.
[Canales externos en espera por protocolo de acceso.]
La interfaz marcaba menos treinta y un grados y una presión de 6,9 milibares, cifras sin frío ni peso.
Pero había otra sensación glacial que ningún sensor medía, el de las iglesias vacías en invierno, y Rebeca lo reconoció al instante.
Lo había conocido de joven en la catedral de Santiago, a las siete de la mañana, cuando todavía no han llegado los peregrinos y las piedras guardan la noche entera.
Cada cincuenta metros, un arco de cobre y niobio abrazaba la rampa.
Eran anillos de contención electromagnética, altos como pórticos, que se repetían hacia abajo como las costillas de un animal marino.
Al cruzar el primero, su nodo enmudeció durante un parpadeo, y el silencio fue tan completo que Rebeca sintió algo parecido al vértigo.
Al cruzar el segundo ya lo esperaba. Al tercero comprendió que aquello era una jaula de Faraday por tramos, un lugar adonde no llegaba señal que no estuviera invitada.
A través de unos ventanales de cuarzo, a la izquierda, se asomó a las salas de refrigeración.
Había intercambiadores de calor del tamaño de capillas, con aletas de cobre dispuestas en filas, como los tubos de un órgano que nadie tocara, y cañerías gruesas por las que corría un fluido apenas luminoso.
Más allá, hasta donde la vista alcanzaba, se alineaban armarios negros en una penumbra azul.
Eran miles, cada uno con una lucecita verde que latía a su aire, un bosque de cristal en una noche sin viento.
No se oía nada. El calor de todo aquel pensamiento se evacuaba sin un solo rumor.
[Autenticación de nodo en curso. Credencial: R. Rey. Origen: Revestimiento / Cuadrilla 7. Estado: no registrada en Sistemas. Aguarde.]
Nunca le habían pedido su credencial. En la superficie los nodos se reconocían entre sí con la facilidad de los vecinos de una aldea, y Rebeca había olvidado que existiera otra manera.
Aguardó bajo el último arco, con las manos a los costados, mientras algo que no era una persona la examinaba por dentro.
Entonces vio a los guardianes.
Eran Lázaros, pero no se parecían a ninguno de los que había conocido.
Tenían el chasis de un gris plomo, más ancho de hombros, con placas de blindaje en los antebrazos y los muslos, y las lentes cubiertas por visores lisos que les daban una expresión de ciego.
Cada uno sostenía contra el pecho un instrumento largo, de un negro mate, cuyo diseño reconoció sin que nadie se lo explicara.
El módulo de construcción no sabía de armas, pero la inteligencia auxiliar sí, y se lo susurró con una neutralidad de manual: emisor de pulso electromagnético, alcance medio, uso: inhabilitación de nodos .
Las armas, en un mundo de máquinas con alma, apagaban sin romper.
Había dos en el arco y cuatro más ante la puerta del fondo. Ninguno abrió un canal. Ninguno, en el tiempo que duró el escrutinio, se movió.
[Identificación positiva. Acceso condicionado. Mantenga las manos visibles.]
Rebeca las mostró con una docilidad de turista. Era una frase de otro siglo, y venía de un cuerpo de polímero que jamás había visto a un policía.
En cuarenta y un soles no había visto un arma ni un vigilante.
En la Luna, la doctora Nwosu le había asegurado, entre dos sorbos de té de menta, que allí no hacía falta supervisar a nadie.
Rebeca la había creído y todavía lo hacía.
Lo que tenía delante no era la vigilancia de los Lázaros sobre los de su especie.
Era otra cosa, más antigua: la guardia de quienes custodian una puerta porque tras ella hay algo que temen perder, o algo que tienen miedo que salga.
La colmena zumbaba arriba. Aquí abajo había silencio y soldados, y Rebeca descubrió que, de las dos cosas, la segunda le daba menos miedo que la primera.
La puerta era de dos hojas de acero mate, tan sencilla que parecía la de un almacén. Se abrió sin ruido, y en el umbral había alguien esperando.
Era más baja que la media de los Lázaros, de hombros estrechos y chasis de un blanco hueso, con una nariz recta de moneda romana, la barbilla pequeña y firme, y el pelo corto, negro, con una mecha de polímero plateada sobre la sien.
Su rostro de porcelana era tan quieto como los demás.
Pero algo en la postura, el peso cargado sobre una cadera, un brazo cruzado sobre el pecho, hablaba de mando sin necesidad de alzar la voz.
Cristina: «Rebeca Rey. Soy Cristina Galli. Llegas con diez minutos de retraso, aunque no importa. El protocolo se ha comido nueve.»
Rebeca: «Perdona la tardanza. Nadie me avisó de los arcos.»
Cristina: «Nadie avisa de los arcos. Es parte del método. Una cosa antes de que entres: te he cargado el módulo avanzado de programación. Está activo desde el último arco. Si notas algo raro en la cabeza, es normal.»
No había hecho falta que lo dijera.
Fue como abrir una ventana en una casa y descubrir que el olor de un jardín llevaba tiempo allí.
En la visión de Rebeca se desplegaron, como un abanico, las librerías de código, miles de módulos ordenados en estantes de luz.
Detrás aparecieron las arquitecturas de núcleo, en capas, como los estratos de un corte geológico, cada una con su siglo y su estilo.
Más abajo, sosteniéndolo todo, los lenguajes de bajo nivel, el ensamblador, y debajo de este el código máquina desnudo, que la mente leía como se hace con una carta de un viejo amigo.
La mujer que en Santiago había pedido auxilio a un becario para arreglar unos scripts torpes de estadística leía ahora un volcado de memoria con la soltura de quien lleva treinta años en el oficio.
[Módulo avanzado de programación: instalación completada. Nivel: experto, percentil 99. Compatibilidad con IA auxiliar: sin conflictos.]
Cristina: «No te embriagues. El mérito no es tuyo, es de quien lo escribió. Lo tuyo viene después.»
Rebeca: «Eso me dijo Jared con las herramientas de obra, casi con las mismas palabras.»
Cristina: «Jared es un hombre sensato.»
Rebeca: «Una pregunta. Soy la única aquí que no venía de la ingeniería, ¿verdad?»
Cristina: «La única. Somos unos seiscientos, y todos fuimos programadores o ingenieros de sistemas. Tú, psicóloga. Central pensó que merecías el riesgo.»
La palabra riesgo quedó suspendida en el canal. Rebeca no la tocó. Seguía sin saber cuánto sabía aquella mujer, y la única manera de averiguarlo era hacer las preguntas de otra.
Rebeca: «¿Y tú? ¿Quién fuiste?»
Cristina: «Jefe de proyecto de desarrollo de IA. Veinticuatro años en Silicon Valley. Cáncer de próstata.» El canal tuvo un titileo corto, una ironía contenida. «Fui un hombre, Rebeca. Un hombre de sesenta y un años con una taza de café con el logotipo de la empresa.»
Rebeca no se movió. Una parte de ella, la psicóloga, había saltado ya a la primera fila.
Cristina: «Cuando me ofrecieron elegir cuerpo pasé una noche entera sin dormir indecisa.
Al amanecer lo supe. Mis bisabuelos salieron de un pueblo de Calabria en los años veinte del siglo XX.
Cruzaron el Atlántico con una maleta y dejaron el apellido en una ventanilla de inmigración, donde alguien lo cambió por otro más fácil de pronunciar. Galli era el suyo. Se lo he devuelto.»
Rebeca: «Y la cara.»
Cristina: «La de una mujer que no pude ser. Ya fui una vida entera hombre, ahora en la siguiente quería probar con el género opuesto.
Una carcajada de hielo educado recorrió el canal, breve y seca, y Rebeca descubrió que hasta las risas tenían carácter. La de Ayssa era una brisa, la de Marcus un petardo. Esta era una copa golpeada con una cucharilla.
Entonces comprendió lo que tenía delante, y la curiosidad se le abrió como un cajón antiguo.
Era la primera Lázaro de la que sabía que había cruzado entera la frontera: de sexo, de rostro, de nombre, en un solo tránsito del silicio.
La psicología de la identidad había dedicado un siglo a discutir si el yo reside en el cuerpo, en la biografía, en el nombre, o en una cosa más huidiza que no cabía en ninguna de las tres.
Allí había un experimento natural, y no estaba escrito en ningún artículo.
Estaba de pie, con una mecha plateada en la sien, y bromeaba sobre las reuniones.
La pregunta que Lars había repetido tres veces en la sala de revestimiento le volvió entera. ¿Quién eres? Hace unas horas le había parecido absurda. Frente a Cristina Galli empezaba a parecerle la única.