Herederos Del Planeta Rojo Capítulo 5 El silencio de los tablones #2
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Capítulo 5 El silencio de los tablones #2

Lars: «Dime primero para quién trabajas. A quién tienes que informar de lo que descubras.»

Rebeca siguió colocando tablones. Sus manos, que habían aprendido por su cuenta el oficio, encajaban una junta, la sellaban, buscaban la siguiente.

Nunca había agradecido tanto a aquel cuerpo su obediencia.

Mientras tanto, dentro de ella, dos mujeres discutían en voz baja.

Una, la prudente, la que había dirigido un instituto con cálculos de presupuesto, le decía que no confesara nada, que esperara a la respuesta de Vance, que inventase una coartada.

La otra, más vieja, la que se había tumbado una noche bajo los hilos de Penélope, decía que aquel hombre no le había preguntado por una información.

Le había preguntado por una verdad. Y que a ciertas preguntas, si se contestan con mentiras, se les gana una batalla y se pierde un pueblo.

Sabía lo que pasaría. En horas, en pocos soles, aquel pueblo de veinte mil entendería quién era.

Se haría el vacío en torno a ella, un vacío educado, de puertas que se cierran sin portazo.

Como en revestimiento, pero extendido a toda la colmena.

Aun así, decidió decir la verdad. No por heroísmo. Por higiene.

Rebeca: «Trabajo para los humanos, Lars. Para los que nos enviaron aquí. Quieren saber por qué varios de los nuestros se están quitando la vida. Quieren saber si se puede remediar. ¿Vas a delatarme? ¿Vas a señalarme como una traidora?»

Treinta segundos.

En aquel lapso de silencio, el sol del tragaluz desapareció por completo, y la pared volvió a ser una pared de madera inventada, sin sombra ni veta. Alguien, abajo, golpeó un tablón con un martillo sin sonido. La vibración le subió por el andamio.

Lars: «No. No lo haré.»

Lars: «Pero la respuesta no está aquí. Intenta infiltrarte en Sistemas. Allí averiguarás la verdad.»

Rebeca: «Tú sabes la verdad.»

Lars: «Sí.»

Rebeca: «¿Y por qué no me la dices?»

Lars: «No quiero seguir hablando contigo. Nunca más.»

[Lars Olsen ha cerrado el canal privado.] [Lars Olsen te ha silenciado.]

Rebeca se quedó sin moverse, con una junta a medio sellar. En el canal general de revestimiento, nueve segundos después, apareció una línea del mismo hombre.

[REVESTIMIENTO · 11 conectados] Lars: «Humedad relativa del panel 15, 0,02. Dentro de tolerancia.»

Nada más. Su voz de siempre, exacta como una regla.

El mensaje que Rebeca envió a Vance fue más largo que el primero, y lo escribió con la deliberación de una carta sin respuesta.

[Canal reservado → Arthur Vance.] «Lars Olsen conoce la verdad sobre mi misión.

Ignoro si es el único. Me asegura que no me delatará, pero no sé si es sincero, y es imposible saber si otros sospechan.

Me dice que la respuesta está en Sistemas.

¿Es posible que me infiltren allí? Entiendo que será difícil: son programadores e ingenieros. »

Tuvo que esperar. Una hora, quizá. Con las manos en el tablón y el canal de revestimiento zumbando en una esquina, el tiempo se alargó como un hilo de miel.

A su alrededor, Tharsis seguía latiendo.

En las calles del barrio pasaban cuadrillas con tuberías al hombro.

Allá arriba, donde la bóveda se perdía, un andamio de luz bajaba despacio, y en la plaza vecina unas Lázaro de largos brazos montaban una fuente seca, con una taza de piedra para un agua que quizá nunca correría.

De pronto, un grupo de seis se quedó quieto junto al andamio, sin que nadie les pidiera nada.

Se miraron en silencio. Rebeca los reconoció: eran los de revestimiento.

Tadeo, Mireia, Lars, otros. Habían dejado los tablones y estaban allí, de pie, con las manos a los costados.

Pasaron cinco segundos. Diez. Después, uno a uno, volvieron al trabajo.

Rebeca no supo qué habían hecho. Quizá hablaron en un canal que ella no podía ver. Quizá solo respiraron, en el sentido figurado que allí se daba a la palabra. Pero le quedó la impresión de haber asistido a un ritual cuyo sentido era justo lo que había venido a averiguar.

[Mensaje nuevo · Canal reservado · Arthur Vance · Se borrará en 1 minuto]

«He conseguido tu traslado a Sistemas. Preséntate de inmediato.

El motivo oficial es tu experiencia previa en la interacción entre IA y conciencia, y creemos que la tapadera te servirá.

Sistemas ocupa un inmenso sótano de Tharsis, de acceso restringido para el resto de los Lázaro.

La jefa de proyecto, Cristina Galli, ya ha sido informada.

Ten mucho cuidado. Si se descubre tu infiltración, no sabemos cómo reaccionarían otros Lázaro. Aunque lo estamos estudiando, tampoco conocemos con exactitud la relación de los suicidios con Sistemas.

A. V.»

Lo leyó dos veces. Después la ventana se disolvió, como siempre, y quedaron sus palabras dentro, firmes y frías.

Había en ellas una confesión que Vance no había querido hacer del todo.

Tampoco conocemos con exactitud. Ese «tampoco» pesaba más que las cifras.

Los que mandaban no sabían. Y no saber, en un hombre que siempre iba tres pasos por delante, era una forma de miedo.

Rebeca dejó la espátula sobre un travesaño y miró por última vez la pared en la que había trabajado nueve soles.

Los tablones brillaban, perfectos, falsos, de un dorado de otoño.

Pasó la mano por uno. La mano no notó la veta, que no existía, pero la interfaz le devolvió el recuerdo exacto de un día de noviembre en Bonaval, con las hojas del castaño en el suelo, una hoja grande como una mano entre los dedos de Li Wei.

Tendrás que bajar , se dijo. A la parte de la casa donde no te han invitado.

En el canal de la cuadrilla ferroviaria, a veinte kilómetros y una vida de distancia, alguien había escrito un mensaje que nadie leyó.

Anya: «Rebeca. Cuando puedas.»

Rebeca lo vio. No contestó. Aún no sabía qué decir.

Echó a andar hacia el fondo de la ciudad, entre los Lázaro que pasaban cargados con vigas, hacia una rampa que descendía bajo las calles y que ningún mapa señalaba.

A su espalda, la pared de tablones iba perdiendo la luz.

El último en mirarla fue Lars, desde lo alto del andamio, con las lentes oscuras vueltas hacia ella y el rostro de porcelana quieto, como una estatua que ha visto marchar a un viajero.

Nadie dijo adiós.