Herederos Del Planeta Rojo Capítulo 5 El silencio de los tablones
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Capítulo 5 El silencio de los tablones

El silencio de la cuadrilla de revestimiento no se oía, pero se notaba, como uno se cuenta de la humedad en una casa cerrada.

Rebeca llevaba nueve soles en el andamio del barrio de los Castaños, así llamado por los tablones dorados que sus compañeros iban encajando en las paredes de basalto, y empezaba a reconocer la textura de aquel mutismo.

Había conocido otros. Los silencios de los entierros, los de las salas de espera, los de las cenas familiares donde nadie menciona a quien falta.

Este era de la misma familia, pero más fino.

No se parecía a una ausencia de palabras. Era una disciplina.

Eso era todo. Hora tras hora, soles enteros, la sala de revestimiento daba la impresión de un taller sin una radio sonando que sirviera para llevar mejor el trabajo.

Nadie preguntaba por una canción, nadie lanzaba un comentario sobre el partido del día anterior.

Nadie, sobre todo, le había preguntado a Rebeca de dónde venía, qué hacía en la Tierra, cómo llevaba la muerte.

En la cuadrilla ferroviaria la habían integrado a los tres minutos.

Aquí se limitaban a asignarle tareas con una cortesía de ventanilla.

Lo había probado, claro. Con cuidado de entomóloga, había soltado en el canal pequeñas cebas.

Rebeca: «¿Alguien ha leído lo de la sala de lectura? Los Karamázov a las ocho.»

[Canal de revestimiento: 6 segundos sin mensajes]

Mireia: «Tablón 413.»

Rebeca: «El otro día vi que el Chelsea ganó en el último minuto. Para los que seguís la Premier.»

[Canal de revestimiento: 11 segundos sin mensajes]

Tadeo: «Siguiente panel: cocina tipo B.»

Cada tentativa moría en el aire con una pulcritud casi amable. No había hostilidad sino una puerta cerrada con mucho tacto.

Leer a aquellos compañeros exigía una finura que Rebeca aún estaba aprendiendo.

Sus rostros de porcelana y polímeros no contaban nada.

Pero en el chat, a falta de gestos, se lo contaba todo la puntuación.

Las frases cortas, sin un adjetivo. La ausencia de signos de exclamación.

La manera en que nadie, nunca, usaba el nombre de otro.

Se hablaban como se hace en un quirófano.

Y de vez en cuando, al terminar un panel, alguien dejaba una pausa de más antes del siguiente, un hueco de dos o tres segundos en el que Rebeca creía oír, sin oírlo, el lugar exacto donde había estado Emeka.

Fuese cual fuese el motivo por el que Emeka se había arrancado la pila, algo había dejado en los demás.

Se podía deber a la pena, al miedo, a una complicidad.

O quizá hablaban entre ellos por canales privados y ella quedaba fuera, como una huésped a quien se sirve el café en el salón mientras la familia discute en la cocina.

Algo había ocurrido en aquel grupo. Eran eficaces y exactos, y estaban sumidos en una especie de duelo de máquinas que se negaban a serlo.

Habían intentado, tal vez, borrar su huella humana para que ya no doliera.

Eso le parecía lo más inquietante de todo: la posibilidad de que fuera un método.

Por las noches, si es que las había, el consuelo llegaba desde lejos.

El enlace con la cuadrilla ferroviaria seguía abierto a través de Jared, un hilo fino y tibio que cruzaba veinte kilómetros de basalto y llegaba intacto.

Rebeca lo mantenía en una esquina de su visión, como quien deja una lámpara encendida en el pasillo, y por él le llegaba la vida de antes: las discusiones de Hu con una viga, los reproches de Cinthia al ciclista que había perdido, las preguntas de Jared al caer la tarde.

Jared: «¿Todos bien?»

Rebeca: «Todo bien.»

Jared: «Qué raro que lo digas tan rápido.»

Rebeca: «¿Raro?»

Jared: «Tardabas dos segundos. Ahora no.»

Rebeca había aprendido a no contestar a lo que no convenía. Un día, para romper la tirantez, decidió hacer lo que haría cualquiera.

Rebeca: «Marcus. Tengo un chiste.»

Marcus: «Me inquieta, pero adelante.»

Rebeca: «¿Cuál es la diferencia entre el trabajo de un Lázaro y un lunes?»

Marcus: «Ninguna: los dos nos llegan sin que nadie los pida.»

Rebeca: «No. La diferencia es que el lunes, al menos, se acaba.»

[Canal de cuadrilla 7: 4 segundos sin mensajes]

Ayssa: «Eso no es de Rebeca.»

Cinthia: «Huele a algoritmo.»

Anya: «Rebeca. ¿Lo has hecho con tu IA?»

Rebeca: «...Quizá le pedí una ayudita.»

Marcus: «¡TRAMPA! ¡TRAMPA! Todo el mundo lo vio! Ha usado a la máquina!»

Hu: «Una máquina escribiendo chistes sobre máquinas. Qué horror metaliterario.»

Marcus: «Y encima mejor que los míos. Eso no se lo perdono.»

Anya: «Los chistes generados no tienen gracia, Rebeca. La gracia está en la herida de quien lo cuenta.»

Marcus: «Gracias, Anya. Eso lo voy a bordar en una almohada.»

Rebeca: «Os juro que me he reído al escribirlo.»

Cinthia: «Pues se ríe tu IA. Tú ni ríes ni lloras, hija.»

Rebeca contestó con un dibujo de una cara avergonzada, y desde veinte kilómetros de distancia le llegó una ola de risas apiladas, un chaparrón tibio de nodos que se acariciaban unos a otros.

Fue breve. Duró lo que tarda un perro en sacudirse el agua.

Pero cuando acabó, en la sala de revestimiento seguía el mismo silencio de siempre, de tablones y pausas, y Rebeca sintió que habitaba dos casas a la vez y que solo en una de ellas había calefacción.

La mañana del sol cuarenta llegó con una luz inusual.

Por una grieta de la bóveda, a cientos de metros sobre el andamio, bajaba un hilo de sol muy fino, un cuchillo dorado que cruzaba el aire cargado de polvo y venía a clavarse en la pared, sobre un tablón recién colocado.

Era un accidente de la geología, un tragaluz perdido que solo funcionaba durante doce minutos al día.

El castaño falso se encendía con una veta de ámbar.

Un nudo de la madera, pintado por algún escultor aburrido, parecía un ojo.

Rebeca se quedó mirando esa luz, con la espátula inmóvil. Y entonces, en un rincón del panel, se abrió una ventana que no había visto nunca.

[Lars Olsen solicita canal privado. ¿Aceptas?]

Se le detuvo algo, el equivalente de un pulso.

Lars era uno de los once, el más lacónico.

Medía los paneles, anotaba humedades, avisaba de las juntas.

Nunca, en todos los soles que había pasado en Revestimiento, había escrito una palabra que no fuera un número o una orientación.

Aquella era la primera vez que alguien de la cuadrilla se dirigía a ella sin un tablón de por medio.

Y era, además, su segundo canal privado desde que había despertado, después del que había abierto con Anya sin atreverse a decir nada.

Dudó tres segundos. Era una eternidad en aquella red.

[Aceptar]

Lars: «¿Quién eres?»

Rebeca: «Soy Rebeca Rey. Llevo cuarenta soles en este planeta, desde mi despertar.»

Lars: «No has contestado a la pregunta. ¿Quién eres?»

Rebeca: «Si te refieres a quién fui, era psicóloga en la Tierra, hasta mi muerte.»

Lars: «Sigues sin responder. Te lo preguntaré por última vez. ¿Quién eres?»

La espátula se le quedó quieta contra el tablón.

Se oyó a sí misma, o a la inteligencia que la acompañaba, ordenando una respuesta.

No la dio. De algún lugar de su memoria, de una sala de seminarios de la rúa do Franco, le vino una frase de sus tiempos de profesora: a quien pregunta con tanta insistencia hay que preguntarle por qué.

Rebeca: «Donde yo nací, en Galicia, tenemos fama de contestar a una pregunta con otra pregunta. ¿Para qué quieres saberlo, Lars? ¿Cuál es el propósito?»

Lars: «Porque lo sucedido tras la muerte de Emeka es muy raro.»

El nombre cayó en el canal como una piedra en una charca. Rebeca esperó a que terminara de ondular.

Lars: «Nos envían a un Lázaro que trabajaba a treinta kilómetros, en una cuadrilla ferroviaria. Lo normal es no reemplazar a nadie, o esperar a que se active otro. Y si revestimiento fuera urgente, mandarían a alguien de Tharsis, que está aquí al lado. Hay algo extraño en que te envíen a ti.»

Rebeca: «Es una rotación. Para que me vaya acostumbrando a varios puestos.»

Lars: «Mientes.»

Rebeca: «Lars...»

Lars: «Mientes. Aquí se empieza en una cuadrilla y se acaba en la misma. Veinte años de servicio. Nadie rota.»

Rebeca: «Yo solo cumplo órdenes. Lo pidió Central y ya está.»

Lars: «¿Órdenes de quién? Central no se comporta así.»

Rebeca: «¿Qué quieres que te diga? ¿Qué quieres exactamente?»

Lars: «Creo que has venido a investigar por qué murió Emeka. Por qué se quitó la vida.»

El tragaluz se estaba apagando. El hilo de sol se retiraba por el tablón, centímetro a centímetro, y el ojo de la veta se cerró.

Rebeca: «¿Qué te hace pensar eso?»

Lars: «Tu profesión. Psicóloga. En la Tierra eras la directora de un instituto que estudiaba la relación entre la mente humana y la IA. Eres la primera psicóloga que llega a Marte. Y llegas a nuestra cuadrilla justo después de lo de Emeka.»

Rebeca se quedó inmóvil. La inteligencia que la acompañaba, y que le procesaba cada frase con una frialdad de contable, le subrayó el dato en una esquina de la visión.

Ella no había dicho nunca que dirigiera un instituto.

Lo había dicho de pasada, un día, en un canal de cuadrilla ferroviaria: «Soy psicóloga».

Nada más. Aquel hombre de porcelana sabía de ella más de lo que ella le había contado.

¿Quién le había hablado de eso? ¿Qué clase de acceso tenía?

Abrió, sin interrumpir la conversación, un segundo canal, el único que tenía y que no figuraba en ninguna lista, y escribió con una rapidez que no se notaba en sus manos, sobre el mismo tablón:

[Canal reservado → Arthur Vance. URGENTE.] «Creo que he sido descubierta por Lars Olsen, de mi cuadrilla. Conoce mi pasado como directora del ISC, cosa que yo no he dicho. Enviar.»

El indicador de envío parpadeó. Ahora las respuestas contaban.

Rebeca: «Y si fuera así, Lars. Si realmente estuviera aquí por lo de Emeka. ¿Qué pasaría? ¿Me consideraría una espía? ¿Una traidora?»

Pasaron veinte segundos. En la sala de revestimiento, los demás seguían trabajando, con una armonía de relojes.

Lars: «No lo sé.»